Una persona educada

Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)

Uno. Empecemos con lo obvio. Una persona educada es aquella que tiene información y sabe administrarla. Pero es también aquella que tiene formación y sabe obrar en consecuencia. O aquella que posee erudiciones y sabe aplicarlas. Pero no basta.

Hace falta un buen preceptor. Una persona educada es aquella que es consciente de sus ignorancias. No es que viva en la infelicidad, sino en la felicidad de la duda, en la dicha del tanteo, de la exploración. No tiene todos los conocimientos, pero sabe cómo obtener las informaciones que le faltan. Pero no basta.

Dos. En un reciente artículo aparecido en El País, Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, decía lo siguiente:

 “Una persona educada debe ser capaz de pensar y escribir con
claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente (…). Una buena educación, además, debe proporcionar una apreciación crítica de las formas en que obtenemos el conocimiento y la comprensión de la sociedad, conocimientos básicos de los métodos experimentales de las ciencias, de los logros sociales, artísticos y literarios del pasado, de las principales concepciones religiosas y filosóficas que han guiado la evolución de la humanidad (…). La educación debería servir también, por supuesto, para adquirir especialización o formación profesional en algún campo del conocimiento. De una persona educada, en fin, se espera que tenga algún conocimiento sobre los problemas éticos y morales, en constante cambio, que pueda ayudarle a formarse un juicio sólido y elegir entre las diferentes opciones”.

El título de la tribuna es sintomático: El valor de la  educación. En sí mismo es revelador. La educación no tiene precio, sino  valor (ya sabemos que al decir de Antonio Machado es necio aquel confunde valor y precio). En segundo lugar, el título remite voluntaria o  involuntariamente a aquel libro del filósofo Fernando Savater que tanto  éxito tuvo: El valor de educar. Dicho volumen era una defensa del  amor propio, de la autoestima que nos procura la educación. No basta con instruirse, con informarse. Hay que tantear, experimentar, avanzar. Hay que  atreverse y hay que saber colmar lo que ignoramos. Sin criterio, las erudiciones son  mero adorno, un aderezo improductivo.

Tres. Creo que hay aspectos comunes en lo que defendía Fernando Savater y en lo que ahora proclama atinadamente Julián Casanova, el historiador. Cito de memoria, porque no tengo aquí mi ejemplar del volumen: si no me equivoco, el filósofo acababa su libro con dos cartas que eran los capítulos finales, una dirigida a la madre, maestra de profesión; y otra destinada en este caso a la ministra de Educación, entonces Esperanza Aguirre. Cómo pasa el tiempo. O, mejor dicho, parece que no pasa el tiempo. De su madre tomaba ejemplo; a la ministra le pedía que diera ejemplo… 

Casanova  y Savater pueden coincidir en un dato básico: si no informamos, si no formamos, si no instruimos, si no educamos, nuestros jóvenes estarán inermes. ¿Y eso cómo se consigue? Con erudición y con criterios; con noticias y con razonamientos. La información bastísima y vastísima no es suficiente. Hemos de saber orientarnos, discriminando. El alud o la avalancha no nos alivian: nos empeoran. En cambio, el refinamiento o la habilidad siempre son selectivos, cualificados. Con esto no quiero decir que haya que formar especialistas, siempre necesarios; lo que quiero decir es que el dato concreto no da el sentido. Hay que saber muchas cosas para poder olvidar lo redundante o lo secundario. Un buen maestro es eso precisamente: un sabio que conoce los logros o los calamidades de la humanidad, un investigador.

Cuatro. Permítanme decir algo trivial. U otra trivialidad más… Lo pasado –lo histórico– no es material de desecho, algo prescindible y poco útil, sino la base de lo que hoy nos rodea. Por muy peritos que seamos, por muy habilidosos que seamos, poco alcanzaremos si ignoramos el fundamento de lo que nos condiciona. Actuaremos con torpeza. ¿Y los historiadores? Pues los  historiadores son maestros, propiamente educadores. Si no lo son, si no ejercen como tales, al menos deberían serlo o proponérselo. No somos meros depositarios de datos, sino formadores. Ser críticos significa saber –o estar en condiciones de saber– qué nos pasa o por qué.  No se trata de tener muchos datos, sino de acopiarlos bien, de discriminar adecuadamente entre informaciones vastas y bastas.

“Una persona educada”, como decía Julián Casanova en el artículo antes citado, “debe ser capaz de pensar y escribir con claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente”. Y para ello hay un remedio milagroso. Sus efectos no tardan en aparecer y además perduran: leer, leer con abundancia, sobradamente; leer subrayando, interpelando. Si los estudiantes no leen, no hay nada que hacer: pensarán, por supuesto; pero no sé si con claridad. Desde luego, serán incapaces de escribir. ¿Tener ideas sin poder expresarlas? ¿Razonar sin poder exponer? ¿Hay algo más descorazonador o más triste?

Cinco. Domingo, 18 de septiembre. En Abc leo una columna de José María Carrascal titulada La educación, ese foso. No puedo poner enlace en abierto a su versión digital. Pero les puedo resumir el argumento.

La educación está hecha unos zorros. Los bachilleres llegan muy mal preparados y de eso, cómo no, tienen la culpa, los socialistas, los izquierdistas, los reformistas. No sé si también los pedagogos. Si no arreglamos la educación, que es esfuerzo y contenidos –dice José María Carrascal–, está todo perdido.

Leo la columna y me hago cruces (últimamente no me hago más que cruces). Carrascal se atreve a diagnosticar el mal estado de la enseñanza y los pésimos conocimientos de nuestros bachilleres mientras él comete una falta por la que habría que remitirlo al PREU, al preuniversitario. Al menos en un par de ocasiones confunde “deber de” con “deber”. Confunde la suposición con la obligación. Por Dios, qué barbaridad: un varón educado y otoñal no puede cometer este desliz. No debe. Un periodista de derechas y superferolítico no puede incurrir en este error. No debe.  Pero comete ese desliz e incurre en ese error: merecería ser castigado con la desposesión del título de bachiller. De cara a la pared, con los brazos en cruz aguantando varios ejemplares del Diccionario pahispánico de dudas.

En clase no me pongo estríctisimo con la ortografía y la sintaxis. ¿Por qué razón? Porque sé que los errores abundantes no se corrigen en un plis-plas. Se arreglan con lectura, con mucha lectura. Con paciencia, observando, anotando, registrando. ¿Eso significa que no me importan las faltas de ortografía, por ejemplo? Por supuesto que me importan. Como me molesta una sintaxis descuidada. “Escribir con claridad, comunicar con precisión”, decía Julián Casanova. Pues eso.

Ilustración: Fotograma de El profesor chiflado (1963), de Jerry Lewis.

16 comments

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  1. Flora Sanz Sánchez

    Coincido plenamente con lo que debe proporcionar la educación a nuestros niños y niñas, a nuestra gente joven, según se nos dice en su estupendo y claro texto.
    Yo incidiría también en otro aspecto. Una persona educada debería, también, de ser capaz de comunicar con el otro, de respetar al otro, en suma, ha de haber desarrollado su capacidad de empatía. No siempre es así.

  2. Facebook

    A Carmina Del Río Vidal y Lidia Woolford les gusta esto..

    Lidia Woolford
    ‎:-)

    Lidia Woolford
    De oreja a oreja.

    Lola Mínguez
    Después de leer este magnífico artículo señor Serna, creo que soy una persona educada (aunque en ocasiones ante los maleducados sabelotodos pierda los nervios y diga algún improperio). Como siempre, muchas gracias.

    Lidia Woolford
    Y además de la educación académica habría que abordar los modales.

    Justo Serna
    Gracias por su palabras y emoticonos. Los modales forman parte de la educación… En las viejas escuelas de hace décadas, la gente aprendía incluso a comportarse. Mi padre recibió muchas enseñanzas de este tipo con un profesor republicano. En mi época, ya en los sesenta, me daban varazos y capones, una pedagogía que tanto gusta a algunos. Hace unos meses lo contaba en un artículo que publiqué en El País:

    http://www.elpais.com/articulo

    Me gusta · 1 persona.

    Manguis Reina de Groenlandia
    Me ha gustado mucho su articulo, quizas añadiria la “educacion del corazon”, que no se aprende en los libros, pero si en la casa, y es una mezcla de bondad hacia los semejantes, de humildad cuando se expone el saber. Gracias.

    Me gusta · 1 persona.

    Justo Serna
    Gracias. Me perdonarán que les remita a otro texto mío, pero lo veo complementario. Me refiero a ‘El espejo de la educación’. Quizá algo de eso que me dicelo traté también allí. Con algo de desconcierto.

    http://www.revistamercurio.es

    Lidia Woolford
    Muchísimas gracias por este tercer texto, tan certero y tan bello…

    Manguis Reina de Groenlandia
    Tiene usted razon, muchas gracias por compartir.

    Justo Serna
    Gracias por sus generosas palabras.

  3. Marisa Bou

    ¡Qué razón tiene usted, señor Serna! Leer, leer, ¡leer! Cuando yo era una jóven ama de casa, cargada de niños y de tareas, robaba tiempo al descanso para leer. Compulsivamente. Fervorosamente. Desordenadamente… pues no disponía de esa guía o tutela a la que usted hace referencia.

    No sé si me aprovechó de algo (supongo que sí) pero lo que sí he comprobado, con no poca satisfacción, es que mis hijos conservan de mí esa imagen de ávida lectora. Y eso, por supuesto, me llena de gozo.

    Sin embargo, he notado que ahora que el tiempo y las obligaciones ya no constituyen un veto a la lectura, me distraigo con gran facilidad; es decir, me disperso, me desconcentro, retraso el momento de empezar una nueva lectura con la duda absurda de si es ésa u otra la que me conviene ahora.

    En fín, debe ser algo inherente a la vejez, que -lejos de esclarecer definitivamente las dudas juveniles- no hace sino complicar los procesos mentales que, antes, me llevaban de una lectura a otra sin demasiados miramientos. Es como si, pensando que no me va a dar tiempo a leerlo todo, quisiera leer solo aquello más importante. Pero ¿con qué criterio tomo yo tal decisión? ¡Ah, la duda!

  4. jserna

    Marisa, usted se presenta habitualmente como madre, como trabajadora, como jubilada. Es todo eso, por supuesto. Y es mucho más (aparte de amiga). Entre otras cosas, es una persona cuyas inquietudes no se han evaporado. Es lo que yo deseo para mí. Que es lectora voraz –condición de la que ha obtenido gran provecho inmaterial– se puede comprobar con su último comentario. ¿Usted cree que un mindundi puede escribir, con esa corrección y sutileza, lo que usted acaba de anotar? No se persiga, no se culpe, se castigue. La queremos. Sin condiciones. Y no soy quién para decirle esto…

  5. Leda

    Aleskander62, me recuerda usted con su intervención al educado lema de Rubalcaba: “escuchar, hacer, explicar”. :-)

    Magnífico post, Sr. Serna. Aunque debo decirle que no llego a coincidir del todo con su amigo y colega Julián Casanova: no es tan fácil escribir con claridad o comunicar con precisión. Se puede haber leído mucho, tener una idea o una teoría o una historia clara en la cabeza, pero explicarlo (por escrito) cuesta un poquito más.

    Me viene a la cabeza una entrevista que leí no hace mucho tiempo a Antonio Muñoz Molina en la que el escritor hablaba precisamente de la dificultad de escribir. “Describa usted una lechuga”, decía.

  6. O profundador

    Buenas tardes, D. Justo:

    Creo que yo no soy tan optimista como usted. Convengo, por supuesto, en que la mucha y buena lectura es una herramienta valiosísima para remediar insuficiencias ortográficas y sintácticas. Me temo, no obstante, que muchos alumnos universitarios se muestran reacios a hacer uso de ella, acaso porque no acaban de ver dónde está el problema. Sí,ven las anotaciones en tinta roja, pero eso no significa que vean el problema.

    No quisiera, sin embargo, que me incluyese Ud. entre los devotos del Prof. Moreno Castillo. Yo, como Ud., también creo que el pasado no era de color de rosa, y tengo pruebas (indicios, si se quiere) en que fundar mi juicio, por ejemplo:

    ************************************************************************************

    La literatura en la Edad Media es uno de los períodos más importantes. En este período está como escuela principal la escuela del Mester de Clerecía que en la cual se transformó la medida de los versos usando como metro predilecto el verso de 8. Uno de los principales de la escuela de Mester de Clerecía es, Berceo, este importante autor era español y escribio Cantigas.
    Durante este tiempo existía la poesía trovadoresca, en las cuales un trovador iba a los castillos de los nobles y cantaban o recitaban poesías bien de ellos propios o de otros.

    ************************************************************************************

    ¿Quién ha perpetrado este texto? ¿Una víctima de la LOGSE, como dirían Carrascal y demás enderezadores-de-tuertos-educativos? ¡Pues no! Créanlo o no los incansables profetas de la decadencia (me gustaría dar nombres, pero voy a contenerme), este texto es obra de un alumno de 5º de Bachillerato del curso 1954-55. Quien dude de mi palabra, que consulte la página 46 de “Metodología y didáctica de la lengua y literatura españolas”, de Manuel Seco Reymundo (Madrid: Dirección General de Enseñanza Media, 1966).

  7. David P.Montesinos

    Es curioso, algunos de los educadores que conozco más nostálgicos y entregados a la letanía del viejo modelo educativo y a la teoría de que las leyes socialistas tienen la culpa de todo son tan exigentes y despectivos con sus alumnos como condescendientes con sus propias debilidades. Un botón de muestra (esto lo he visto ya muchas veces): un alumno dice no entender por qué le sancionamos duramente por llevar un tfno móvil, pues aduce que hay profesores en el Instituto que contestan al móvil en medio de la clase; la respuesta de un profe aludido es que “yo no soy igual como tú en este Centro”. En estos casos siempre me entran ganas de decirle: “desde luego que no, tú eres mucho peor”. Yo, que detesto particularmente el uso que se hace de los móviles en aulas y reuniones, soy firmemente partidario de hacer entender a mis alumnos que la norma que prohíbe el uso del móvil en el aula es buena porque de no existir se haría mucho más dificultosa la vida académica. Pero, claro, con compañeros que adoptan conductas tan ejemplares se hace difícil.

    A un correligionario de Carrascal, quien por cierto siempre me pareció una parodia en sí mismo, el ínclito Jiménez Losantos, le oí decir una vez que la culpa de todo lo que pasaba en la educación española la tenían los profes progres “que se empeñaron en que dejaran de llamarles Don José y que les llamaran Pepe y Pepito, con lo cual renunciaron a toda la autoridad que tenían”. El mismo caballero definió en una ocasión el sentido de la profesión docente de esta guisa: “se trata de saberse la lección o no sabérsela”. Añado aquello de Aznar de “cero patatero” y, con estas tres simpáticas pinceladas, tenemos resumida la concepción que de la educación maneja la derecha española.

    Ah, y cuando tengamos un rato les diré lo que pienso de las últimas geniales declaraciones de doña Esperanza Aguirre.

  8. jserna

    Leda, muchas gracias por su calificativo. Ojalá no tuviéramos que escribir sobre la educación. En cuanto a lo de escribir con claridad y comunicar con precisión, yo le digo que sí: si se lee se puede escribir aceptablemente. Incluso muy bien. No hay secreto. Pero los prodigios sólo están al alcance de unos pocos. Ciertos escritores…

    Sr. O profundador, el ejemplo que pone es bien significativo. Se remonta a los años cincuenta, cuando según los nostálgicos los estudiantes estudiaban, el mundo estaba fijo y el que se movía no salía en la foto o le daban un mamporro. Ahora ese mismo mundo gira y ya nada para. Bueno, sr. O profundador, no le confundo con apocalípticos. En absoluto.

    En un mundo en el que la comunicación es lo fundamental, no entiendo por qué hay estudiantes que no ven la importancia de escribir con corrección. No se trata de escribir bonito, sino de comunicar precisamente. Para que no haya malentendidos. O para que haya menos.

    ¿Y qué decir de la intervención del sr. Montesinos? Pues que nuevamente estoy de acuerdo. Qué barbaridad. Por otra parte, En La cueva del gigante acabo de leer sus reflexiones sobre ‘El origen del planeta de los simios’ (2011), la precuela de ‘El planeta de los simios’ (1968). Comparto nuevamente la mayor parte de lo que dice. Cuando vi esa película este verano, lamenté el abuso del ordenador. ¿Era preciso sacar a tanto mono? ¿No podían haberse contentado con César, ese simio que empieza a hablar y a rebelarse? Si en un mundo de seres humanos, sólo hubiera estado César, la película habría echado chispas: chispas poéticas. Pero no es así: a pesar de ser un film que se deja ver, la historia acaba en un alarde de efectos que se notan y que quedarán viejos y desfasados en poco tiempo.

    Por cierto, sr. Montesinos, una pregunta tontorrona. ¿Por qué no tituló su blog ‘La cueva de Montesinos’ en vez del gigante del mito? Ya sé que es una pregunta carente de sentido, pero no quería dejarla pasar. Así su blog tendría resonancias cervantinas, que es a lo que me remite su apellido. Usted perdone.

  9. Marisa Bou

    La anécdota que nos cuenta don Gigante Montesinos sobre los teléfonos móviles, no por sabida es menos interesante: tanto en lo que toca a esos prepotentes “profesores” que están por encima del bien y del mal, como al fenómeno comunicativo que éstos representan.

    No se conforman con la velocidad del contacto, sino que tratan de ganar tiempo al tiempo haciendo abstracción del máximo posible de letras, con lo que el mensaje se convierte en un caos indescifrable. No estoy en contra de su uso (nunca en el aula, claro) pero tendrían que ver lo que me cuesta escribir un mensaje, por el empeño que pongo en no saltarme una letra, un signo de puntuación, un acento… con el hándicap añadido del tamaño ridículamente pequeño del teclado, cada vez más reducido por el afán minimizador.

    Y aquí no valen creencias. Debo decir: ¡qué cruz!

  10. David P.Montesinos

    La verdad es que no se me había ocurrido una historia del origen con César como único protagonista, pero sí, quizá hubiera sido más fácil encontrarse sin tanto figurante simio con esa poesía del primate iluminado que, de alguna manera, se encuentra en la angustiosa soledad del fundador.

    Verá, hace tiempo alguien me insinuó que había cierta petulancia en el nombre que di a mi blog, como si quisiera sugerir que era yo el gigante que habitaba la cueva, mala interpretación porque me tengo por persona de vanidad controlada. No sé si han visto Big fish, a mi entender la película más inspirada de Tim Burton, en ella aparece un gigante que habita una cueva y que ayuda al protagonista a encontrar su lugar en el mundo. Él termina trabajando en un circo. Ese es uno de los motivos, pero el principal es que viví durante casi una década en una localidad de las comarcas del Vinalopó, El Pinós, a la cual he quedado irremediablemente vinculado para siempre. El Pinós está respaldado por una montaña llamada El Cabeço hacia la que mis alumnos salían de estampida cada vez que nevaba. En esa montaña hay un lugar llamado así -La Cova del Gegant-, que, una vez uno lo visita, descubre que parece exactamente lo que su nombre indica. No consta, una vez consultada la historiografía local, que hubiera nunca un gigante viviendo allí, pero sí es muy probable que constituyera habitual refugio de bandoleros, dada la presencia que en la zona tuvo el bandolero Jaume el Barbut, todo un personaje a principios del XIX. Ese es el motivo: homenajeo con ello a uno de los lugares donde he sido feliz.

    LO de la Cueva de Montesinos es una sugerencia tentadora, pero el mundo cervantino, como el velazqueño, es para mí, como se lo diría, Tierra Santa, de manera que prefiero no tomar el nombre de Dios en vano.

    Verá Marisa, ya me he encontrado en exámenes para nota escritos con abreviaturas del código habitual de los sms, lo cual, más que un simple descuido, se explica porque hay muchísimas personas que escriben y leen más tiempo mensajes de móvil que cualquier otra cosa. Por cierto, volviendo a la educación y a la señora Aguirre, que ahora parece amenazar con un “copago” en la educación. La frase de ayer es “que si la educación ha de ser obligatoria y gratuita en unas fases, a lo mejor no tiene que ser obligatoria y gratuita en todas las fases” . Es posible que doña Esperanza no tenga buenos asesores o que simplemente no les haga demasiado caso, pero si la Presidenta de Madrid estuviera bien informada respecto al tema educativo sabría que no todas las fases de la educación son obligatorias, y que el Bachiller o la formación profesional constituyen etapas opcionales, aunque el Estado garantice su gratuidad. Pero bueno, cada día decimos una burrada y al día siguiente la rectificamos, pero la confusión ya está sembrada, como cuando confundió las horas que trabajamos los docentes con las horas lectivas.

  11. Alejandro Lillo

    Señor Montesinos, su primera intervención, nombrando al señor Jiménez Losantos, me ha llegado al alma. No he podido refrenarme y… verá…, les transcribo un análisis sencillo y algo impetuoso sobre el concepto de educación que tiene el mencionado periodista y el ínclito historiador Vidal. El análisis es del prólogo al primer volumen de su “Historia de España”. Tal vez sea un poco largo…, ya les pido disculpas por adelantado.

    En un momento determinado de ese prólogo los autores comentan: “Había pensado también Federico que la aproximación a la Historia fuera lo más sencilla y accesible que imaginarse pueda. Para ello, se le había pasado por la cabeza que estuviera articulada en torno a preguntas sencillas y respuestas no menos simples, al estilo del catecismo para niños o, mejor todavía, de la Enciclopedia Álvarez con la que se educaron generaciones de españoles. «De esa manera –decía Federico-, se puede preguntar quiénes eran los fenicios y tú podrías dar una respuesta sencilla, de ésas que se les quedan a los niños y también a los adultos». [Jiménez Losantos, por su parte, añade:] “Se trata de gravar en la memoria, cuanto más virgen mejor, preguntas pensadas para contestarse durante toda la vida, como «saberes» indiscutibles ya ancestrales”

    Si se lee con atención puede verse con claridad lo que Vidal y Losantos están realmente diciendo. De hecho, sólo el análisis de los prólogos de sus libros daría casi para una tesis doctoral. Lo que los autores proponen en estas pocas líneas es realmente tremendo, e impacta la tranquilidad y la naturalidad con la que lo expresan.

    Lo primero que llama la atención es el planteamiento de la obra, articulada en torno a “preguntas sencillas y respuestas no menos simples”. El problema con el que nos encontramos con este enfoque es que la historia, como la vida, es bastante compleja. Pensemos, por ejemplo, en un programa de radio. En La mañana, el espacio del propio Jiménez Losantos en el que se gestaron estos libros. Un oyente que no sepa de medios de comunicación puede pensar que hacer radio es muy sencillo, tan fácil como sentarse delante de un micrófono y ponerse a hablar. Craso error, porque hacer un programa de radio es un proceso complejo y plagado de dificultades: hay que planificar los tiempos, llevar un guión muy medido, realizar conexiones, gestionar la publicidad, etc., es una tarea que requiere mucho trabajo y en el que se aúnan los esfuerzos de muchos profesionales: técnicos de sonido, presentadores, redactores, documentalistas, colaboradores, etc.. No es una tarea sencilla. Pues con la historia pasa lo mismo. Creer que la historia es algo sencillo o presentarlo así puede producir errores y tergiversaciones. No digo que necesariamente los produzca, sino que hay que ser muy cuidadosos y precavidos a la hora de simplificar.

    Tenemos entonces una estructura de preguntas sencillas y respuestas más simples aún, al modo del “catecismo para niños o, mejor todavía, de la Enciclopedia Álvarez”. Analicemos estos referentes. Los catecismos para niños que yo conozco son dos: uno para alumnos de segundo grado (entre siete y doce años) fechado en 1958, con preguntas y respuestas como las que siguen:

    “¿Qué verdades debemos creer? – Debemos creer las verdades que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña (…)¿Qué es fe? – Fe es una virtud sobrenatural por la que creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña (…) ¿Cuáles son los principales pecados contra la fe? – Los principales pecados contra la fe son: la infidelidad, la apostasía y la herejía”.

    Del mismo modo, el otro catecismo, el que tenían que aprenderse los niños de seis o siete años, incluía cosas como éstas:

    “¿Dios lo ve todo? – Dios lo ve todo, lo pasado, lo presente y lo futuro, y hasta los más ocultos pensamientos (…) ¿Cuántos son los enemigos del alma? – Los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne

    Por otro lado, la Enciclopedia Álvarez, estaba compuesta por varios libros de texto que los niños tenían que estudiar en la escuela durante la dictadura de Franco. Allí se justificaba el golpe de Estado contra la República y se intentaba adoctrinar a los niños en la ideología de la dictadura con afirmaciones como las siguientes:

    “Hace varios años España estaba muy mal gobernada. Todos los días había tiros por las calles y se quemaban las iglesias. Para acabar con todo esto, Franco se sublevó con el ejército y después de tres años de guerra logró echar de nuestra Patria a sus enemigos. Los españoles nombraron a Franco Jefe o Caudillo y desde el año 1936 gobierna gloriosamente a España”.

    Como Jiménez Losantos afirma sin rubor, de lo que se trata es de “gravar en la memoria” de los niños, y cuanto más inocentes sean mejor, esos “saberes indiscutibles ya ancestrales”. Justo lo que se hacía en tiempos del franquismo. De hecho, en una entrevista realizada en el mundo al autor de la enciclopedia, Antonio Álvarez comenta: “O decías lo que ellos querían o le encargaban a otro la tarea” y un poco más adelante la periodista pregunta: “¿Y usted falseó la Historia para burlar la censura? Claro, había que decir lo que imperaba. Yo no estaba de acuerdo con la dictadura y en sus últimos tiempos, era abiertamente contrario”.

    Así que para Vidal y Jimenez Losantos el modelo de su Historia de España es ése, dar explicaciones sencillas, emulando la metodología esa enciclopedia que millones de niños tuvieron que estudiar durante la dictadura franquista. Finalmente don Federico también cita como referente los “catecismos patrióticos”, de una manera un tanto confusa. Seguro que no se refiere al Catecismo patriótico español firmado por un tal Ignacio G. Menéndez-Reigada, aparecido en 1939, y de claras intenciones pedagógicas:

    “¿Cuál es la tierra de España? La tierra de España es la mayor parte de la Península Ibérica, colocada providencialmente por Dios en el centro del mundo.
    (…)
    ¿Cuáles son los enemigos de España? Los enemigos de España son siete: el liberalismo, la democracia, el judaísmo, la masonería, el capitalismo, el marxismo y el separatismo.
    ¿Y han quedado vencidos esos enemigos con la gran Cruzada? [la Guerra Civil]
    Con la gran Cruzada esos enemigos han quedado vencidos, pero no aniquilados; y ahora, como sabandijas ponzoñosas, escóndense en mechinales inmundos para seguir desde las sombras arrojando su baba y envenenando el ambiente, o atraer incautos con ayes lastimeros y cantos de sirena, principalmente la masonería, que es la nodriza de todos los otros.”

    En fin. Recopilemos un poco el plan de la obra, su enfoque y su metodología. Nos encontramos, pues, con un texto simple y sencillo, formado por preguntas y respuestas. Este formato tan cerrado y acotado no facilita la reflexión, sino más bien la repetición acrítica de lo que allí se dice, dificultando la posibilidad de plantear alternativas y distintos razonamientos. Algo que es sumamente importante, y más teniendo en cuenta que el libro va dirigido a personas con escasos o nulos conocimientos sobre la historia de España, con lo que el riesgo de que se confundan o malinterpreten lo que se cuenta es grande. Del mismo modo, el formato se inspira en los catecismos para niños y en la Enciclopedia Álvarez, unos libros de texto que, simplemente también, buscaban adoctrinar a los niños. Ante estos planteamientos, uno no puede dejar de preguntarse por la curiosa forma que Vidal y Jiménez Losantos tienen de entender la transmisión de conocimientos en democracia.

    ¡Ah!, por cierto, este primer volumen fue presentado por Esperanza Aguirre. Qué cosas.

  12. Marisa Bou

    No sabe usted bien, señor Lillo, lo espeluznante que fué sufrir en propia carne semejante “gravamen”, para unas jóvenes mentes que no estábamos dispuestos -en algún caso al menos- a pagar tan alta tasa cerebral por unos conocimientos que, afortunadamente, no se nos quedaron grabados, porque les prestamos la atención justa para aprobar exámenes, dejando libre el espacio para lo que la vida nos pudiera enseñar después, ya con más criterio.

    Pero traquilo, don Alejandro, que a estos señores ya no les escucha ni su propia afición, si es que conservan alguna. Y es que, al demonio, se le ve siempre el rabo, por mucho que trate de esconderlo. Se lo dice una atea convencida.

  13. David P.Montesinos

    Sin comentarios después del repaso que nos ha dado don Alejandro, bueno sí, uno, doña Marisa, ¿está segura de que no les hacen caso? Ojalá sea así.

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