Mientras ella duerme

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El prodigio del cine. Acudí a la sala de cine a una hora intempestiva, esperando no encontrarme con adolescentes ruidosos. Sí, ya sé: el calificativo de los púberes es una generalización. Resulta imperdonable lo que digo. ¿Por qué? Porque hay muchachos sensatos, gente respetuosa.

Sí, pero hay también mucho quinceañero que desconoce las reglas de cortesía, de hipocresía social, tan necesarias para la convivencia. ¿Tal vez porque crecieron sin contención? ¿O tal vez porque la vida gregaria, la de los adolescentes,  es hoy la norma de ocupación, de ocupación del espacio?

Acudí a una sesión en la que éramos seis personas, no más. Me senté en la fila siete. De todos los presentes, cuatro eran jubilados; los restantes éramos mi acompañante y yo. ¿Gente de mediana edad?

Olvidé al público. Buena señal: eso significa que los espectadores, pocos o muchos, no molestaban, no se hacían ver u oír, no invadían la intimidad de los otros, no violentaban tu reserva, tu dominio personal. Simplemente podías abandonarte al prodigio del cine.

Mientras ella duerme. ¿Y qué prodigio es ése? Una sala a oscuras, una película bien hecha con una buena historia que contar, con una producción generosa, y con actores que interpretan creíblemente (o increíblemente bien). ¿A qué film aludo? Ya lo habrán adivinado: me refiero a Mientras duermes (2011), de Jaume Balagueró.

El título es muy próximo al de un cuento de Javier Marías. Quizá lo hayan leído: Mientras ellas duermen, un relato sobre el voyeurismo y el cine, el propio cine, una historia de posesión.

El cuento se publicó en un libro de 1990 (luego reeditado y ampliado en 2000). Se rotulaba igual: Mientras ellas duermenTiene momentos desternillantes y observaciones muy agudas sobre la conducta humana, patética y paleta.

Muchos años después, la película de Balagueró es también una observación minuciosa sobre el patetismo, una pesquisa sobre voyeurismo. Y es un film sobre la crueldad.

¿Es posible que los seres humanos seamos tan mezquinos, rebuscados y altaneros? ¿Es posible que seamos tan superficiales y serviles, que trabajemos tanto y tan inteligentemente para satisfacer deseos impotentes?

He empleado la palabra crueldad y es, sin duda, la primera que me viene a la cabeza tras haber visto el film de Balagueró. ¿Por qué? No quiero revelar nada. Todo cuenta y no hay que perderse ni un instante a Luis Tosar: al principio, por ejemplo, justo cuando lo vemos levantarse de la cama de  Marta Etura; o, mejor dicho, a César, cuando suena el despertador y abandona el lecho de la señorita Clara.

No parece española. “No parece español”, le espetaban a Javier Marías. Se lo decían como insulto, como vejación. “Parece que escribe como si tradujera”, le insistían. Él se lo tomó como un elogio. ¿En qué sentido? Marías podía escribir de lo que se le antojara y como deseara, sin rendir homenaje obligado al casticismo o al costumbrismo.

No parece española, podemos admitir de Mientras duermes. Pero podemos decirlo también como un elogio. Hay películas que se malogran por su aspecto de serie televisiva pobretona. En el film de Balagueró no tienes la impresión de asistir al capítulo de un culebrón hispano. En primer lugar, porque la fotografía, la iluminación, el tono gris metálico le quitan el brillo falso del estudio o del plató. Pero no hace falta una producción millonaria, un despilfarro de medios.

Basta con un buen guión y basta con una buena factura técnica. El eje escénico es la portería de un edificio, allí donde trabaja César. Es un espacio semejante al de [REC]. En este caso, es una residencia burguesa de Barcelona, con excesos modernistas, tan sombríos. La acción transcurre allí, en el zaguán o, como decimos en Valencia, en el patio. Pero los hechos también suceden en uno de los apartamentos…

¿Recuerdan El quimérico inquilino (1976), de Roman Polanski? También en el film de Balagueró hay un patio de vecindad, hay un conserje o portero que atiende solícito las demandas de los habitantes de la casa.

Pero sobre todo hay una cama, la cama que cuando niños nos acoge como un castillo, como una defensa. ¿Qué hay más allá?

En Intruders (2011), de Juan Carlos Fresnadillo, la niña protagonista se protegía mientras permanecía en el lecho. Quizá si no se dormía, quizá si encendía la luz, quizá si miraba debajo de la cama.

En la película de Balagueró, las cosas ocurren de otro modo y en otro tiempo. Pero no debo seguir, no debo seguir, por su propio bien…

Mientras ellas duermen (1990).  En el cuento de Javier Marías, el narrador –de nombre desconocido– pasa unos días de descanso, de vacaciones, en Menorca. Concretamente cerca de Fornells. Allí, todas las mañanas, acude con Luisa, su esposa, a la playa. Y es junto al mar en donde observa a una pareja que también se broncea cada jornada: ella, muy joven y consciente de su belleza, permanece tumbada, sin hacer nada; él, gordo y mayor, filmándola constantemente. Al narrador, eso le parece raro, una conducta inexplicable.

Una noche descubrirá que la extraña pareja se hospeda en el mismo hotel. El narrador hablará con el gordo que filma, de nombre Alberto Viana. Dos hombres solos, junto a la piscina, mientras las mujeres duermen, mientras ellas duermen. Será entonces cuando Viana confiese lo siguiente:

“Escuche, cuando yo digo que adoro a Inés, quiero decir eso literalmente, que la adoro. No se trata de una manera de hablar, de ninguna expresión corriente y sin significado que podamos compartir usted y yo, por ejemplo. Lo que usted llama adorar no tiene nada que ver con lo que yo llamo del mismo modo, compartimos el vocablo porque no hay otro, pero no la cosa. Yo la adoro y la he adorado desde que la conocí (…), y porque todo me resultará insoportable ella deberá morir antes que yo, un día (…) ¿O es que cree que a estas alturas yo podría permitirme el fin de mi adoración? ¿Cree usted que yo podría asistir a su deterioro y envejecimiento sin ponerle el único remedio que hay contra eso, que muriera antes?”

Esta revelación deja confuso, aturdido, al narrador. ¿Por qué Viana le hace depositario de dicha confesión? ¿Por qué habla de esa mujer como si fuera una posesión suya? ¿Hasta qué punto es creíble toda la historia que el adorador cuenta? ¿Seguirá viva justo en este momento, cuando el narrador se entera de esa adoración morbosa, cruel? Algo sucede ahí que atrae su atención:

“Instintivamente miré hacia arriba, hacia las habitaciones, hacia mi terraza y hacia las terrazas, y en una de ellas vi aparecer una figura envuelta en su toga de sábana, que me llamó dos veces, dijo mi nombre, como las madres de sus hijos. Me puse en pie. A la terraza de Inés, cualquiera que fuese, no salió sin embargo nadie”.

7 comments

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  1. Lola Mínguez

    y como no ha seguido, no me queda mas remedio que ir a verla. Aunque no como una penitencia. Será una magnífica tarde de buen cine.
    Gracias señor Serna

  2. Facebook

    Ángeles Lario:

    Gracias Justo, por volcar tan bien en palabras mi pensamiento al respecto: inteligencia, crueldad, impotencia, mezquindad. Un gran análisis psicológico.

    Justo Serna:

    Muchas gracias.

    Ángeles Lario:

    Impotencia y crueldad: “¿Es posible que los seres humanos seamos tan mezquinos, rebuscados y altaneros? … que trabajemos tanto y tan inteligentemente para satisfacer deseos impotentes? ”

    El peligro de la infelicidad como estado permanente.

  3. Sigue

    Mientras ellas duermen (1990).  En el cuento de Javier Marías, el narrador –de nombre desconocido– pasa unos días de descanso, de vacaciones, en Menorca. Concretamente cerca de Fornells. Allí, todas las mañanas, acude con Luisa, su esposa, a la playa. Y es junto al mar en donde observa a una pareja que también se broncea cada jornada: ella, muy joven y consciente de su belleza, permanece tumbada, sin hacer nada; él, gordo y mayor, filmándola constantemente. Al narrador, eso le parece raro, una conducta inexplicable.

    Una noche descubrirá que la extraña pareja se hospeda en el mismo hotel. El narrador hablará con el gordo que filma, de nombre Alberto Viana. Dos hombres solos, junto a la piscina, mientras las mujeres duermen, mientras ellas duermen. Será entonces cuando Viana confiese lo siguiente:

    “Escuche, cuando yo digo que adoro a Inés, quiero decir eso literalmente, que la adoro. No se trata de una manera de hablar, de ninguna expresión corriente y sin significado que podamos compartir usted y yo, por ejemplo. Lo que usted llama adorar no tiene nada que ver con lo que yo llamo del mismo modo, compartimos el vocablo porque no hay otro, pero no la cosa. Yo la adoro y la he adorado desde que la conocí (…), y porque todo me resultará insoportable ella deberá morir antes que yo, un día (…) ¿O es que cree que a estas alturas yo podría permitirme el fin de mi adoración? ¿Cree usted que yo podría asistir a su deterioro y envejecimiento sin ponerle el único remedio que hay contra eso, que muriera antes?”

    Esta revelación deja confuso, aturdido, al narrador. ¿Por qué Viana le hace depositario de dicha confesión? ¿Por qué habla de esa mujer como si fuera una posesión suya? ¿Hasta qué punto es creíble toda la historia que el adorador cuenta? ¿Seguirá viva justo en este momento, cuando el narrador se entera de esa adoración morbosa, cruel? Algo sucede ahí que atrae su atención:

    “Instintivamente miré hacia arriba, hacia las habitaciones, hacia mi terraza y hacia las terrazas, y en una de ellas vi aparecer una figura envuelta en su toga de sábana, que me llamó dos veces, dijo mi nombre, como las madres de sus hijos. Me puse en pie. A la terraza de Inés, cualquiera que fuese, no salió sin embargo nadie”.

  4. jserna

    Sra. Mínguez, es usted muy generosa conmigo si la razón para ir al cine es mi post. De niño me gustaba contar películas. Ahora prefiero comentarlas, que es una manera más considerada de relatar lo que en parte o en conjunto no se puede decir. Desde mi punto de vista, la película de Balagueró –excelente– tiene pegas, claro. Pero no las voy a revelar.

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