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Uno. Comienza el seminario que en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Valencia, dedicamos a Historia y literatura.
Actualidades de Pío Baroja. Del 2 al 4 de noviembre. Son unas jornadas con expertos, con académicos, con conferenciantes que tratarán de las novelas, de lo que ganamos con las ficciones, de las confusiones o malentendidos que generan. La cosa promete.
La historia es una disciplina de verdad, regida por las reglas comunes de una profesión; en cambio, la literatura es un dominio de creación, de invención individual: finalmente de la ficción que un artista urde.
Pero contrariamente a lo queremos pensar, historia y literatura están próximas. Primero, porque la historia es uno de los más antiguos géneros, propiamente literarios. Ahora, sólo ahora, hemos acabado por aceptar lo que tiene de retórica, de presunción, de conjetura, de creación imaginativa. Eso no significa que el historiador escriba ficciones; significa que la imaginación está presente en su tarea: cuando supone o conjetura, cuando completa hipotéticamente lo que el documento no le da.
Segundo: la literatura y la historia son vecinas, porque la creación es un calco transfigurado de lo existente, materia que un artista deforma de manera monstruosa o sublime a partir de una realidad que está ahí fuera o de unos motivos que se hallan dentro del propio novelista. Discutir sobre ello es objeto de este seminario. Aparte de Francisco Fuster y yo mismo, intervienen Manuel Alberca, Juan Pablo Fusi, Isabel Burdiel, Juan Carlos Ara, Ascensión Rivas, Jordi Gracia, Darío Villanueva y Luis Mateo Díez.
Pío Baroja es el principal convocado. Aquí lo vemos en una eficaz caricatura de Marcelo Pinto. Esa expresión, esos ojos, esa suspicacia y avidez con que contempló el mundo están presentes en dicha ilustración. Baroja cultivó el género novelesco principalmente. Su torrencial escritura, su imaginación potente y la mezcla que hizo de vida y fantasía lo hacen protagonista de estas jornadas. Y lo hacen lectura frecuente y placentera de todo amante de la literatura.
Los historiadores tienen la sospecha de que observó, analizó y criticó unos mundos bien reales, una España de ficción, una condensación de la España de su tiempo. Pero no sólo por eso lo leemos. Lo seguimos leyendo, porque nos procura placer, el placer del texto, la dicha de una narración con aventura y agudas observaciones: historias en las que pasan cosas que los personajes han de afrontar con coraje y determinación.
Su escritura es precisa, tajante, sin desmayos ni concesiones cursis. Su prosa es un depurativo. Lo es ahora, en tiempos de corrección política, de metáforas gansas y de eufemismos tontorrones…
Dos. Las jornadas han transcurrido con el interés y el entusiasmo que la figura de Baroja despierta. No somos una secta de barojianos. Somos lectores y analistas de su obra, gente dispuesta a dejarse encandilar por las artes narradoras del escritor vasco. Hemos insistido en su retórica compositiva, en sus modos de proceder, en los géneros o subgéneros que practicó. Pero sobre todo hemos insistido en la actualidad de sus historias: el yo que se expresa y se embosca, la subjetividad del que sale y se aísla, la marginalidad y la originalidad de su rabia, la observación minuciosa, la construcción de los personajes, de esos tipos humanos parcialmente inspirados en vecinos, en parientes, en individuos que conoció y forman una demografía de seres aventureros y alucinados, de compadres obstinados y temerosos.
Leer a Baroja es adentrarse en un mundo que corre, que progresa, que pasa de novela a novela hasta crear un mundo alternativo. Pero es también el hecho moral por el que habitualmente se pregunta, por la responsabilidad de sus tipos, por los juicios sensatos o temerarios que sus personajes adoptan. Autobiografía y ensayo no fueron los géneros que con mayor esmero cultivó. Pero la novela fue el género inclusivo que le sirvió para escribir de sí mismo y para tantear el estado del mundo, de lo real.
Y luego está el humor, la socarronería explícita que hay en tantas de sus páginas y que nos permiten distanciarnos de la grave severidad de algunos colegas de su generación. Fue un trágico ilustrado, como señaló un amigo y compañero nuestro. Un precursor. Pero fue sobre todo un tipo que miraba con guasa y escepticismo lo que el ser humano promete, aquello a lo que el ser humano se compromete: tan inconstantes y previsibles somos.
Un placer, ya les digo. Una felicidad el Seminario y especialmente la recuperación de unas lecturas que nos producen pura dicha. No se lo pierdan: a Baroja, quiero decir..
Colofón. La historia es el folletín de las personas serias, decía Pío Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía (1911). Podríamos parafrasear al escritor donostiarra para darle la vuelta a esa provocación. O para completarla. En ese caso, la formulación podría quedar así: la novela es la historia de las personas serias que no pueden vivir un folletín.
Nosotros no podemos vivir en un folletín, pero los personajes de Pío Baroja, de sus novelas, sí: son errabundos y sedentarios a un tiempo, algo alucinados o incluso extraviados, buscadores del centro de gravedad, aquejados de algún mal narcisista y, sin embargo, capaces de organizar planes secretos o desaforados para adaptarse o para recomponer el mundo, gentes cómicas con su punto de amargura e incluso de tragedia, personajes a la deriva.
Volveremos a ellos.
Justo Serna, «La purga de don Pío», El País, 2 de noviembre de 2011.

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