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La vuelta electoral. He seguido con mucho interés las encuestas electorales que la prensa ha difundido hasta ahora. He s
eguido con mucha atención el sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que también se ha hecho público. ¿Consultan los votantes dichas encuestas?
Es posible que muchos no se detengan a leer la letra pequeña (mejor dicho, el número concreto), pero los titulares de la prensa y de los telediarios revelan datos que provocan efectos.
Meses atrás me planteaba si las encuestas sirven para algo. No era una pregunta retórica. Las prospecciones del futuro voto retratan el estado de opinión que los encuestados quieren manifestar en el momento en que se les interroga. Que ese estado de ánimo electoral –cierto, falso o impostado– se conozca por los votantes condiciona a los que respondieron la encuesta y también a los que no se les preguntó.
El que contestó en un sondeo no sabe de entrada lo que otros dicen. Pero cuando responde tiene una sospecha previa; tiene la certidumbre más o menos fundada de cuál es la tendencia dominante. Según eso, contesta: para sumarse o para contrarrestarla. Los restantes votantes ven también cuál es el resultado general de la encuesta y por tanto lo que parece la consecuencia previsible y real de las elecciones. En función de esos datos potenciales acomodan su voto: para reforzar la tendencia o para corregirla, para detenerla o para suavizarla. ¿Pero cuántos electores cambian su sufragio en función de las encuestas? ¿Habrá vuelta o vuelco?
La clasificación general. Los sondeos que se han hecho públicos revelan la enorme distancia que saca el Partido Popular (PP) al Partido Socialista Obrero Español (PSOE): hasta quince puntos. Para muchos, ese abismo que los separa es casi insalvable: no es imposible, pero es poco probable. Si pierden, los socialistas admitirán que les ha faltado campaña –semanas o meses– para remontar.
Como en una vuelta ciclista: los minutos que separan al líder de la carrera del segundo clasificado son mucho tiempo, pero si quedan etapas suficientes es posible triunfar. ¿Objetivamente es así? Unas elecciones no se parecen al Tour. Al menos, estas elecciones del 20 de noviembre (20-N) poco tiene que ver con el ciclismo. ¿Por qué razón? Porque una competición deportiva no depende de los ánimos del público, sino de las fuerzas, de las estrategias y de la buena suerte de quienes participan.
¿Podrá Alfredo Pérez Rubalcaba remontar la diferencia de quince puntos que le distancia de Mariano Rajoy? En realidad, la pregunta está mal planteada. ¿Podrá Alfredo Pérez Rubalcaba detener la tendencia negativa, la oleada que lo anega? Hay una impresión general de que los socialistas son ya los perdedores; de que estos resultados no tienen remedio ni remontada. Eso podría beneficiar al Partido Socialista si los electores del Partido Popular se confiaran. Pero la tendencia histórica no es ésa: los seguidores del PP suelen votar con ganas y con disciplina. ¿Entonces?
Contra los elementos. El problema del Partido Socialista es que hay muchos descontentos que necesitan hacerle pagar a alguien el malestar real: desde luego no todo el mundo confía en el Partido Popular; no todos esperan que Mariano Rajoy nos haga salir del marasmo económico en que estamos sumidos: entre otras cosas, porque no depende enteramente del Gobierno.
Ahora bien, los damnificados de la crisis no pueden perdonar al Partido Socialista el deterioro material que hay en España: José Luis Rodríguez Zapatero ha encabezado el Gabinete de los últimos años como máximo dirigente socialista y en él confiaban sus correligionarios y seguidores. En cambio, ahora no es candidato y sus compañeros de partido evitan presentarlo en los mítines de campaña. No temen a Rajoy: temen el mal efecto, la mala impresión, la mala imagen.
Hay un estado de opinión irritado que centra las culpas en el Partido Socialista: algunas culpas son reales y otras fantasiosas. ¿No estábamos en la cultura de la queja? Pues numerosos votantes se quejan: creen que con razón, responsabilizando al PSOE de lo que ocurre. Otros, sin razón, achacando a los socialistas lo que es una coyuntura adversa. Algunos, incluso, culpan al Partido Socialista del mal tiempo (piove, porco governo…) o del fin del mundo venidero: del Apocalipsis, vaya.
Por lo que parece hay electores que culpan al PSOE del mal despertar, del sueño interrumpido. O de una pesadilla. Parafraseo: no soy rico cuando creía serlo o cuando esperaba serlo. La conclusión momentánea es ésta: no podemos seguir así. Si ésa es la conclusión, Alfredo Pérez Rubalcaba no lucha contra Mariano Rajoy, contra el líder de la clasificación general en esta vuelta. En realidad, lucha contra todos, contra la animadversión de tantos y tantos espectadores, contra los jueces de carrera, contra los restantes equipos, contra la mala suerte.
Lucha incluso contra los elementos: hoy mismo, 6 de noviembre, está lloviendo en Valencia: el mitin de Alfredo Pérez Rubalcaba en mi ciudad debía celebrarse en la Plaza de Toros. Finalmente, los socialistas han decidido no lidiar en dicho coso: las previsiones electorales, digo meteorológicas, aconsejaban un recinto más reducido, razón por la cual se celebra en el Pabellón deportivo de la Fuente de San Luis. ¿En un Pabellón? Puestos a ello podrían haber decidido otro local semejante, también valenciano: el Palacio Velódromo Luis Puig, un pabellón en donde se celebran competiciones ciclistas. Es lo que le hace falta a Alfredo Pérez Rubalcaba: velocidad, confianza, optimismo. ¿Esprintar, quizá? ¿O fuelle para aguantar? Como ven, no salimos de las metáforas deportivas.
¿Hay partido, hay Partido? ¿Habrá segunda vuelta..?
El Debate. Asistí al debate televisivo de Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy con mucho interés. Quería ver una competición propiamente deportiva: cómo se imponía un contendiente a otro; cómo
peleaban –es palabra de Alfredo Pérez Rubalcaba– y cómo encajaban los contraataques.
Por lo que se sabe y por lo que él mismo cuenta en su libro, Mariano Rajoy es un amante del fútbol. Eso significa que le va bien cuando se mueve entre metáforas balompédicas. Piensa, habla e interviene como un espectador deportivo. Incluso se fuma un puro, según se sabe y vemos en esta fotografía que reproduce sin autor El faro de Cantabria.
Permanece a la espera. Hace de la vida un partido de fútbol que el equipo va ganando con poca convicción y algo de prevención. Por tanto, se contenta con una defensa que no permita jugar al contrario. Por eso, como mucho, se vale de argumentos centrocampistas que frenen y estanquen el juego. Así no hay riesgo de facilitar el lucimiento de nadie: ni el propio ni el del oponente. Teme el ataque y el contraataque. Va ganando el partido y no tiene por qué arriesgar. Eso hace que el espectador real se aburra.
Rubalcaba es un deportista. Al menos lo fue cuando era joven, como acredita la foto que de él se ha distribuido. Era un velocista, un atleta. Le gusta esforzarse y de hecho ha dado pruebas suficientes de que no se resigna, de que aprieta los dientes, de que enfila. Es más: es incluso capaz de esprintar y de ganar velocidad.
En el debate televisivo, Rubalcaba –que es como quiere que se le llame en estas elecciones– estuvo combatiente, pero no mordaz. Estuvo al ataque –como corresponde a quien tiene los resultados en contra–, pero no esbozó un gesto de satisfacción o una sonrisa, la sonrisa de quien confía en su buena suerte, en su habilidad, en su esfuerzo. Estuvo pegado al contrario sin mostrar enteramente lo que puede hacer. Se le vio cansado, quizá cargado de hombros y tal vez un poco harto de tener que luchar contra un adversario que puede echar balones fuera, que puede detener el juego en el centro del campo sin avanzar ni retroceder. Rubalcaba solo no puede remontar la corriente (salvo que muchos indecisos se inclinen a su favor).
Hace unos años, un periodista de Abc –entonces director del diario– hizo un ditirambo de Mariano Rajoy: uno entre tantos. Lo comparó con Leo Messi. Un absoluto disparate de retórica partidista, que comenté aquí, en el blog. Ahora ganará Rajoy sin el esmero o el virtuosismo que algún hooligan le atribuye. «Yo navego contra la corrupción de la corriente. Yo no soy un producto de mi tiempo; soy un producto contra mi tiempo». Eso decía Josep Pla en un pasaje de El quadern gris, un pasaje que me gusta citar porque refleja la conducta retadora. Mariano Rajoy no remonta la corriente: simplemente se deja arrastrar por ella.




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