Dos mujeres. Me escriben dos amigas preguntándome por qué no renuevo el post, ay. Es lo que tiene el e-mail: la inmediatez. Ya no nos acostumbramos a la demora, a la lentitud (de la que hablábamos aquí tiempo atrás). O a la melancolía. O al desconcierto: no saber qué decir.
El domingo 22 de enero me encontré con Gregorio Martín. Durante los minutos que tuvimos de charla me expresó el estupor que la situación actual le provoca: la falta de líquido, de fondos, de recursos colectivos. La Comunidad Valenciana va a la deriva, lamentaba. Yo asentía sin saber tampoco qué contestar. «Y Europa está en decadencia», apostillaba. A ver qué hacemos, me animaba. Al día siguiente aparecía un artículo suyo en el que señalaba la circunstancia, un verdadero diagnóstico de los males que nos aquejan: «Enfrentar la emergencia«.
Vivimos en un ay, como decía Luis Eduardo Aute en aquella canción. Gregorio Martín me recomendó un libro de Loretta Napoleoni: Maonomics (2012). Inmediatamente me hice con un ejemplar, que hojeé con interés y temor. Aún no he podido leerlo, pero me angustian la medicina china, la disciplina y el recorte que he visto anunciados en sus páginas. El capitalismo sin democracia; el marxismo como sistema de provecho. Al artículo de Gregorio Martín no puedo poner pero ni oponer resistencia. Sólo se me ocurre una columna amarga. Me manifestaré este jueves en Valencia a las 18:30.
Mientras tanto, mientras espero la convocatoria o el cataclismo autonómico, leo a Elvira Lindo: Lugares que no quiero compartir con nadie (2011), dedicado a Nueva York. Su guía urbana, tan local y tan universal, me alivia y me saca de esta cosa tan valenciana, castiza y chusca. Entre bromas y veras, con ironía y guasa, también Elvira Lindo manifiesta dolor.
Mañana les cuento.
No me toquen los sexenios. ¿Qué les puedo decir? ¿Que lo mejor es dedicarse a apalabrar, a cerrar negocios, a pedir favores, a solicitar puestos? No sé: cualquier cosa menos trabajar en algo rutinario.
Francisco Camps es un hombre piadoso. Ha querido creer y hay visto cómo se obraba un milagro. De los benditos es el reino de los cielos.
Se agarró a la caña con una media sonrisa y, probablemente, rezó dispuesto a pasar el calvario. Así lo vemos en este diseño de Monigote.
Estoy tocado, pero no hundido: eso es lo que debió de pensar cuando tuvo la epifanía, el primer avistamiento. La vista pública, quiero decir. Allí había un letrado eficaz.
Yo no quiero creer, me digo. No me llega el sueldo para abonar los haberes de un buen abogado. Por eso no confío en Dios, que es perezoso. Tendré que ir a defenderme antes de que me toquen los… sexenios.
Hemeroteca
Justo Serna, «Que las pasen canutas», El País, Comunidad Valenciana, 25 de enero de 2012


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