Ese individuo solitario

Uno. Si no me equivoco, de Antonio Tabucchi creo haber escrito un par de veces. Sólo un par de veces. La primera fue con motivo de una pequeña polémica que el novelista mantuvo con Umberto Eco. Yo hablaba de los intelectuales y la controversia entre ambos me resultaba muy didáctica. Era en 2005.

La segunda fue en 2010, al recordar mi lectura de Sostiene Pereira (1994), una novela que había comentado con mi padre en 1996 y que había  leído por la misma época en que lo había hecho con el clásico de J. D. Salinger El guardián entre el centeno (1951). ¿Qué tienen que ver ambas obras?

De entrada no hay nada que las emparente. Pero si lo pensamos bien tienen mucho en común: Caulfield y Pereira son individuos apocados, tímidos y solitarios que un día deciden erguirse. Tienen algo de ridículos y de egregios. Caulfield es un adolescente inquieto y maldito, simpático e integrado. Su relato tiene un tono cómico y finalmente optimista.

El protagonista de Sostiene Pereira es un pequeño héroe de los tiempos sombríos, en el Portugal de 1938: alguien temeroso que se convierte poco a poco en un tipo digno y moderadamente rebelde. Un acto final lo redime, un acto épico e inteligente. Sostiene Pereira es una novela sencilla que va agravándose y creciendo. Nos dice mucho de la vida y de nosotros. Más que un tratado:

“La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”.

Mi padre me había hablado de estos libros…: conforme pasa el tiempo, su falta se me hace más explícita y dolorosa. No compartíamos lecturas ni entusiasmos literarios, pero sus recomendaciones siempre me hacían interrogarme. Justamente por eso, este fin de semana he pensado lo que dice Vilnius, el personaje de Aires de Dylan (2012), de Enrique Vila-Matas: en ocasiones creo que él ocupa mi pensamiento. Punto y aparte.

Dos. Como me entusiasmo enseguida con lo que me atrae, el nuevo objeto imanta todo lo que leo. Son pequeñas obsesiones que no hacen daño a terceros. O eso creo.

Recuerdo cuando años atras leía y leía sin parar cualquier página de Fernando Pessoa y sobre Fernando Pessoa. Era uno de esos clásicos que tenía pendientes, que no había disfrutado aún, cosa por lo que me sentía culpable. Cuando descubrí la virtud del autor portugués, entonces no pude parar. Libros gruesos y finos, eruditos y ensayísticos: una dieta bulímica (si me permiten esta expresión tan desgraciada).

De todas las páginas que leí, aquellas  que me deslumbraron por su sencillez y justeza fueron las de Un baúl lleno de gente (1997) de Antonio Tabucchi. Con precisión, el escritor italiano (finalmente portugués) detalla por qué hay que leer a Pessoa: a él, a sus heterónimos y a sus semiheterónimos. Ahora me doy cuenta de que ese volumen de Tabucchi me influyó mucho en la reseña que escribí del Libro del desasosiego para Ojos de Papel. La publiqué en 2003 con motivo de la nueva traducción que de esta obra había hecho Perfecto E. Cuadrado.

El volumen de Tabucchi tiene páginas exactas sobre el desdoblamiento (o, mejor, la multiplicación), el trabajo sedentario del oficinista (al modo de Franz Kafka), la soledad, la condición extranjera, el amor, el alcohol, la desazón (o propiamente el desassossego), la ensoñación infantil, las trivialidades. La vida. Fue Tabucchi quien más me enseñó sobre Pessoa, quien me hizo ver que la extraterritorialidad es una condición que se puede vivir internamente.

Titulé aquella reseña Interior noche: Tabuchi ha regresado a esa noche real y metafórica. Su viuda se llama Maria José Lancastre. ¿Qué puedo decir? Que la acompaño en el sentimiento. Su apellido, tan portugués, es una derivación de Lancaster: originario del inglés, claro. Ahora, dicho linaje reaparece en Vilnius Lancastre y en su padre, personajes de la última novela de Enrique Vila-Matas (Aire de Dylan).

Qué cosas.

Imágenes:

Antonio Tabucchi, AFP

Marcello Mastroianni, fotograma de Sostiene Pereira (1996), de Roberto Faenza.
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8 comments

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  1. Juan Calabuig

    Hoy era el momento de despedirse de uno de los buenos, y a estas horas ya he leído más columnas de las necesarias que a ello se han dedicado con más o menos fortuna o más o menos naturalidad, lo que en estos casos suele ser lo mismo. Pero usted, don Justo, ha conseguido darme algo extra en lo que pensar hoy: ¿la relación entre los protagonistas de dos novelas tan aparentemente distantes como ‘El guardián entre el centeno’ y ‘Sostiene Pereira’? Sí eso también, pero, además, en algo que no por sabido y asumido, me deja de producir extrañeza cada vez que caigo en ello: La vida está llena de analogías. Me explico, Yo no había leído nada todavía de Antonio Tabucchi hacia finales de los ochenta, cuando mi padre (que era un lector compulsivo y autodidacta) me recomendó un volumen de este autor que alguien me había regalado y al que yo no había hecho demasiado caso: ‘Nocturno hindú’ y esperó pacientemente a que yo lo leyera también para repasar conmigo el sentido último que le daba a esta obra breve. Estos días pasados he comenzado a leer ‘Diario de invierno’ de Paul Auster, y aquí es donde se cierra el círculo con el final de su artículo: “en ocasiones creo que el ocupa mi pensamiento”. Una de las frases de Auster, me llevó a otra lectura del mismo autor: ‘La invención de la soledad’ y este recuerdo involuntario me trajo la imagen de mi padre leyendo ese libro otra vez antes de que yo lo hiciera, pero esta vez ya no pudimos comentarlo, ni tan siquiera llegó a su final porque murió a los pocos días de empezarlo. Y es por ahí, por las frases que me ocupaban la memoria esta mañana antes de enterarme de la desaparición de Tabucchi y de leer su entrega de hoy, por el pequeño detalle de mi demora de meses en leer La invención de la soledad, para retirar a un terreno neutro (el principio o el final) la cinta que marcaba donde mi padre había dejado su lectura, es por ahí digo donde me doy cuenta de una vez más de que la analogía es mucho más perfecta que la simetría o al menos eso me parece a mí. Un abrazo…

  2. jserna

    Qué raro es todo, sr. Calabuig.

    Cuando mi padre estaba muy malito y le faltaba poco morir (y ambos lo sabíamos pues iba perdiendo fuelle), ya no leía. Sobre eso escribí aquí: ‘Mi padre no me lee’.

    Yo, para animarlo, le decía algo así como: “Papá, cuando puedas, tienes que leer este libro. Te gustará”. Me refería al ‘Dietario voluble’, de Enrique Vila-Matas. Él asentía con gesto de dolor y cerraba los ojos. No pudo llegar a leerlo.

    Mi padre no ponía la cinta de lectura a los libros, sino unos diminutos papeles de forma rectangular. Coloreaba en rojo dos de sus ángulos y eso le servía como punto para saber dónde se había quedado. En fin, una cosa muy artesanal y minuciosa: lo contrario de lo que yo soy.

    Leí ‘La invención de la soledad’ hace tiempo y creo que describe bien el impacto que supone la muerte del padre: en ‘Diario de invierno’, Paul Auster vuelve sobre su él y vuelve sobre la falta de entendimiento de ambos. Pero regresa con ternura suficiente y madurez. Sin pasarse, vaya.

    Un abrazo.

  3. Sigue... Antonio Tabucchi y Fernando Pessoa

    Dos. Como me entusiasmo enseguida con lo que me atrae, el nuevo objeto imanta todo lo que leo. Son pequeñas obsesiones que no hacen daño a terceros. O eso creo.

    Recuerdo cuando años atras leía y leía sin parar cualquier página de Fernando Pessoa y sobre Fernando Pessoa. Era uno de esos clásicos que tenía pendientes, que no había disfrutado aún, cosa por lo que me sentía culpable. Cuando descubrí la virtud del autor portugués, entonces no pude parar. Libros gruesos y finos, eruditos y ensayísticos: una dieta bulímica (si me permiten esta expresión tan desgraciada).

    De todas las páginas que leí, aquellas que me deslumbraron por su sencillez y justeza fueron las de Un baúl lleno de gente (1997) de Antonio Tabucchi. Con precisión, el escritor italiano (finalmente portugués) detalla por qué hay que leer a Pessoa: a él, a sus heterónimos y a sus semiheterónimos. Ahora me doy cuenta de que ese volumen de Tabucchi me influyó mucho en la reseña que escribí del Libro del desasosiego para Ojos de Papel. La publiqué en 2003 con motivo de la nueva traducción que de esta obra había hecho Perfecto E. Cuadrado.

    El volumen de Tabucchi tiene páginas exactas sobre el desdoblamiento (o, mejor, la multiplicación), el trabajo sedentario del oficinista (al modo de Franz Kafka), la soledad, la condición extranjera, el amor, el alcohol, la desazón (o propiamente el desassossego), la ensoñación infantil, las trivialidades. La vida. Fue Tabucchi quien más me enseñó sobre Pessoa, quien me hizo ver que la extraterritorialidad es una condición que se puede vivir internamente.

    Titulé aquella reseña Interior noche: Tabuchi ha regresado a esa noche real y metafórica. Su viuda se llama Maria José Lancastre. ¿Qué puedo decir? Que la acompaño en el sentimiento. Su apellido, tan portugués, es una derivación de Lancaster: originario del inglés, claro. Ahora, dicho linaje reaparece en Vilnius Lancastre y en su padre, personajes de la última novela de Enrique Vila-Matas (Aire de Dylan).

    Qué cosas.

  4. Juan Calabuig

    “<> Pereira!”
    Sweeney agonistes. Fragments of an Aristophanic Melodrama.
    T.S. Eliot

    ¡Caramba, don Justo! lleva usted unos día dando en el clavo: Ayer Tabucchi, hoy Fernando Pessoa ¡Caliente, caliente!.
    Empezaba diciendo usted, en respuesta a mi comentario, que “Qué raro es todo, sr. Calabuig”, y vaya si lo es, al menos en “ese episodio de la imaginación (al) que llamaremos (la) realidad” como dice Pessoa en su ‘Libro del desasosiego’ del que hoy nos habla en este blog.
    Ayer, al escribirle de mi padre y de Tabucchi pensaba, créaselo, en el poeta lisboeta al que tanto releo, y acudía por la noche a unos versos que le cabían a mi despedida a ese italiano tan luso él que nos acaba de dejar. Espero que no le importe que le lea un poco en portugués : “Um dia baço mas nâo frio…/ Un dia como/ Se nâo tivesse paciència pra ser dia,/ E só num assomo/ Num impetu vazio/ De dever, mas com ironia,/ Se desse luz a um dia enfim/ Igual a mim,/ Ou entâo/ Ao meu coraçâo,/ Um coraçâo vazio,/ Nâo de emoçao/ Mas de buscar, enfim-/ Um coraçâo baço mas nâo frio”.
    Pensaba también, en un fragmento que era el preferido de mi padre del citado ‘Libro del desasosiego’ (precisamente, y para mi sorpresa, mi viejo leyó muchas páginas de este extraño libro porqué un buen día tropezó, ojeándolo y hojeándolo, con esas líneas de forma absolutamente casual, al menos por lo que yo sé): “No hay imperio que valga el que por él se rompa la muñeca de una niña. No hay ideal que merezca el sacrificio de un tren de juguete”. Y a estas alturas, todavía no sé si estaba de acuerdo o no con estas palabras, precisamente él que tanto llevaba ya a cuestas.
    “Nunca me he creído eso de de que la vida imita al arte” dice el narrador de uno de los cuentos de Tabucchi. Y yo tampoco, añado desconcertado mientras sigo “infantil de absurdo, reviviendo mi niñez” y ya no sé si hablo yo, si lo hace Pessoa, si lo sostiene Pereira, o si lo dicta Bernardo Soares para que lo escriba Tabucchi: ¡Qué raro es todo, don Justo! “Tal vez, en la inescrutable trama de los eventos que los dioses nos conceden, todo ello tenga su significado”.
    ¡Pero, qué cosas! ¡Qué cosas nos pasan!

  5. David P.Montesinos

    Cuando oigo hablar de Sostiene Pereira me viene a la cabeza el Yo acuso de Zola y todo el asunto Dreyfus, que tanto ha marcado la problemática sobre el lugar de los intelectuales ante la urgencia política. No sé si es una asociación forzada, pero el tema me viene a la cabeza. Lo hizo también cuando leí no ha mucho uno de esos clásicos que uno no debe haber sacado de la biblioteca cuando es más joven, La traición de los clérigos, de Julien Benda.

    Hablando de Fernando Pessoa -cuánto hizo este caballero por volver seductora Lisboa- , soy uno de esos tontos del haba que se fotografió en el viejo café brasileño donde pasaba tantas horas el poeta. Ahí han puesto su estatua. Me recuerda a la que hay en La Floridita de La Habana, obviamente de Ernesto Hemingway.

    En fin, les animo a ponerse mañana en huelga. Con todas las reservas respecto a la estrategia sindical, creo que debemos decir no.

  6. jserna

    Hola, David. Luego, cuando empiece la huelga escribo. Con todas las reservas, pero apoyando la huelga.

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