Lecciones de ‘Los Soprano’

TonySoprano3James Gandolfini, in memoriam

Durante meses y meses vi Los Soprano (serie emitida entre 1999 y 2007, de la que fue responsable David Chase). La vi a destiempo, años después de su conclusión. Y la vi sin parar, gracias al DVD.

Prácticamente, cuando la disfrutaba coincidía con el estallido de la corrupción masiva en la Comunidad Valenciana. Los Soprano debería ser de obligada visión en esta tierra, me decía y aún me digo. Aunque, para engañarme, me decía también que en el Mediterráneo no tenemos esa mafia local. No, no y no, insistía para calmarme.

Miré el mundo, leí las noticias, influido por Tony Soprano. La ficción la veía reflejada en la realidad, en el País Valenciano y en el resto del país, y a veces me hacía un lío. Mientras pensaba los contenidos de La farsa valenciana, James Gandolfini se colaba en mi vida. Casi, casi, escribía al dictado.

Avancemos. Los Soprano es una ficción, de una perfección formal y de una narrativa sobresaliente. Tony Soprano tiene varias tapaderas legales en Nueva Jersey, su municipio. Uno de sus trabajos reconocidos es la gestión de desechos: alguien tiene que hacer el trabajo sucio en dicha ciudad. Pero eso no es lo más señalado. Lo más llamativo es su familia: o, mejor dicho, las familias, las relaciones, las redes, la jerarquía, el poder, el enriquecimiento, el intercambio, la redistribución, la influencia, el respeto…

Los Soprano no es exactamente una serie de mafiosos: a pesar de los italonorteamericanos del crimen organizado que aparecen. Es una gran serie sobre la angustia humana, sobre la fiera humana, algo muy distinto. Hay un hombre demediado, triste: Tony Soprano.

Es un varón frustrado. Un tipo agresivo, muy agresivo: un individuo que hace de la violencia su nutriente. Todo eso es cierto. Pero, a la vez, Tony es patético y hasta grotesco: igual que cualquiera de nosotros en condiciones lamentables. Vive suspicaz, amenazando, consumido por la codicia y permanentemente excitado. Padece una compulsión: la de la repetición.

¿Quien es Tony Soprano? Volvamos a la caracterización sociológica. Es un marido, un padre de familia que vuelve a casa cada día. Es un tipo serio, formal, fiable, respetuoso de los códigos en los que ha sido educado y, por supuesto, un hombre lleno de dudas, en ocasiones paralizado por la incertidumbre, por la muda vertiginosa de los cambios. El mundo está irreconocible.

Ha desempeñado su trabajo a lo largo del día. Ha estado organizando negocios en la trastienda de Satriale’s en compañía de sus subordinados. Ha acudido al Bada Bing!, el club de chicas que regenta. Pero al final del día, como el americano corriente, como el ejecutivo medio, retorna al hogar. Es una residencia de la que se siente orgulloso, el lugar en el que cobijar a su familia, el fortín en el que proteger a la esposa y los hijos. El mundo es un sitio violento, un lugar en el que reina la desconfianza. Tony espera hallar seguridad y sobre todo compensación moral y material. Su llegada al comienzo de cada capítulo nos advierte ya de la naturaleza de la historia: es una epopeya familiar con ritos que se repiten y con decepciones que no pueden evitarse.

Tony Soprano cuida mucho de su familia. Vigila y protege a la progenie. Es un buen padre, atento con los estudios de sus hijos. Es un esposo aceptable, si descontamos las infidelidades (que no son pocas). Pero Tony es un mafioso, sí. Es un tipo que basa su trabajo en el mercado cautivo, en el chantaje, en la extorsión, en la amenaza, en la muerte. Favorece la prostitución y el juego ilegal. Forma una familia y una ‘famiglia’, con capitanes y subordinados. En cuanto se le traiciona no tiene reparos en matar. Su moral no es la nuestra. Pero eso no impide nuestra simpatía. ¿Cómo es posible tal cosa?

Precisemos e insistamos. Quien haya visto algún capítulo de Los Soprano, difícilmente olvidará a su protagonista, a ese James Gandolfini que nos intimida y del que nos apiadamos. Es un tipo nacido en Nueva Jersey de origen italiano. Tiene gran volumen: su carácter irritable y a la vez manso, su glotonería y su amenazante presencia ocupan la pantalla, que ya no es tan pequeña. Tony fuma unos cigarros carísimos, come pasta con auténtica gula, bebe agua o vinos importados o licores de muchísima graduación. Viste con elegancia impostada: un traje de buen corte y de excelente paño cuando quiere impresionar; una camisola informal o un chándal cuando se siente cómodo y suelto, eficaz. Soprano es de Nueva Jersey, sí. Allí vive en una residencia ostentosa, de mucho lujo, de gran fasto. Y allí regresa cada día, según nos anuncian los créditos iniciales, conduciendo él mismo su enorme automóvil: temporada tras temporada, así empieza la secuencia de apertura, cada capítulo.

Tony gobierna los negocios con mano de hierro y dirige las relaciones entre las familias del crimen organizado. ¿Su tapadera? Ya lo hemos dicho: la gestión de desechos. Al mismo tiempo es hijo, hermano, esposo y padre. Es decir, tiene parentesco. Posee una familia carnal y, por tanto, desempeña todos esos papeles. Está casado con Carmela: la quiere y la engaña, a veces de manera compulsiva. Con ella mantiene una relación matrimonial que inexplicablemente resiste los altibajos y los adulterios del varón. Quizá por ser su confesión católica y quizá porque a Carmela la respeta a su manera: como madre que es de sus hijos Meadow y Anthony Jr. Soprano.

Cuando conocemos a Tony, a finales de los años noventa, es un hombre de mediana edad. Su padre ya ha muerto y de él sabremos siempre por relato, evocación, recuerdo. Las hermanas de Tony mantienen con él una relación intermitente o tensa. Y la madre…, pues la madre es una anciana fastidiosa, entrometida, mandona, con la que ninguno de los hijos parece llevarse bien. Es más: Tony se lleva mal o muy mal. El parentesco de Soprano no es nada particular u original, ya que su vida es vulgar. Arrastra como puede las decepciones de la existencia, mantiene esa relación matrimonial previsible y, sobre todo, sobrevive a un mar de contradicciones. No es que se equivoque en sus decisiones. Es que la decisión que toma como capo o como padre no son exactamente compatibles. Todo eso lo siente y lo padece con gran angustia: con desvanecimientos y con toda clase síntomas que no siempre calman los ansiolíticos o, concretamente, el Prozac.

Justamente por eso, Tony Soprano acude de modo regular a la consulta de Jennifer Melfi. Hablo de la Dra. Melfi, la psicoanalista que lo trata, que trata sus malestares psíquicos: las neurosis que padece y las sacudidas o avisos que su cuerpo le envía en forma de síntomas. En la consulta se nota lujo y sobre todo gusto. Los muebles son caros, pero no aparatosos: tienen un diseño fino y unos materiales nobles. Se aprecia el tacto y el tino de la psiquiatra, que ha creado un espacio suntuoso y discreto a la vez. Como corresponde a tdo terapeuta, la Dra. Melfi habla poco, aconseja menos y procura no implicarse emocionalmente. Mira, escucha y, de cuando en cuando, hace alguna observación. Mientras tanto, Tony, que se ha dejado caer en la butaca que los pacientes tienen reservada, larga sin parar, revelando lo que buenamente puede revelar. Es decir, habla con paráfrasis, con eufemismos, y por tanto evita la sinceridad completa que sería deseable en una terapia de esta naturaleza. Allí no acude a declarar sus crímenes, pero sus acciones y sobre todo sus contradicciones le fuerzan a confesar parcialmente, con cierto enredo y con cierta franqueza. Pero la Dra. Melfi no ejerce las funciones de un sacerdote que escuche, imponga una penitencia y absuelva. Ella mira tras sus lentes y procura no torcer el gesto…

TonySopranoA Soprano lo he vivido como un colega, como un compañero con el que departes y compartes inquietudes y dolores. Ha sido una convivencia difícil. No es sencillo tratar con un mafioso, con un tipo que corrompe a concejales, a empresarios. Si eres un individuo corriente, no es cómodo hacerlo tuyo, un habitual. Uno desea departir con gente honrada. O con personas normales, aceptablemente honestas. Tony Soprano no es una persona normal: conforme ha ido envejeciendo, su fisonomía se ha ido agrandando hasta hacerse un tipo amenazadoramente corpulento. Pero le tengo simpatía: y esto no es normal.

Yo creo tener su misma edad, año arriba, año abajo. He ido envejeciendo, pero a la vez he ido perdiendo corpulencia. En cambio, la figura de Tony ha aumentado: se ha desbordado anormalmente. Pero su anormalidad es, también, de otra naturaleza. Es la de quien resuelve los problemas con favores, con compromisos particulares, con regalos, con amenazas, con presiones. Con presiones y depresiones, las que él mismo provoca y las que su circunstancia le produce.

Tony Soprano gestiona desechos sí. Basuras, vaya. Pero es un mafioso, un individuo que emplea la extorsión, la violencia, la represalia, el secreto, la mordida y la red para obtener beneficios. No es exactamente un capitalista. Sus prácticas son, propiamente, precapitalistas. O al menos no tienen que ver con el mercado libre, sino con los contratos cautivos. Con las contratas amañadas.

Qué pena, me decía. Seguro que yo podría haber simpatizado con Tony, pero no soy tan deshonesto. No me vanaglorio de ello. Sencillamente: no tengo agallas para amedrentar, para exigir, para cobrar, para torcer voluntades.

Nunca olvidaré a James Gandolfini. Como dije al principio, escribí prácticamente al dictado. La farsa valenciana sería impensable sin su sombra amenazadora.

————

Las palabras que preceden son una reescritura de reflexiones anteriores sobre Los Soprano.

Añado aquí “Todas las familias felices se parecen”. La vida de Tony Soprano

Un artículo mío publicado el 3 de enero de 2012 en Ojos de Papel

3 comments

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  1. David P.Montesinos

    No sabía hasta que punto su libro sobre la farsa valenciana estaba influido por su visionado de las muchas temporadas de Los Soprano. Las simpatías que yo puedo experimentar por Tony admiten tantas reservas como las suyas, es un desaprensivo y su frialdad alcanza en ocasiones grados insoportables, como en aquel episodio en el coche con su sobrino Christopher Moltisanti, al que tanto ha protegido y perdonado durante años. Qué cutrez en aquel acto tan miserable, qué diferencia con la muerte de Fredo Corleone en una barca en la segunda parte de El Padrino. Aquí todo es trágico, allá es terrible y, al mismo tiempo, parece una ópera bufa.

    Siempre me llamó la atención aquel supuesto culto a la liturgia que, sin embargo, en ese hatajo de bárbaros resulta impostado, una sugestión de defensa contra los advenedizos, contra los malhechores no italianos y, por tanto, gente que no conoce todo aquello de “con el debido respeto”. Es imposible tomarse en serio a los Soprano. Cuando Coppola dirigió El Padrino, se diría que todo estaba empezando a decirse sobre la leyenda de la mafia, con Los Soprano más bien parece que todo se ha agotado, que ya no es posible contar nada de ese asunto sin que se rían de ti.

    Me he fijado mucho en los de la generación paterna, su tío Junior, y su madre Livia. ¿Nos dice algo este nombre? Livia, si seguimos la hipótesis de Robert Graves, es la asesina en la sombra que limpia despiadadamente el terreno en la corte imperial durante años para que termine reinando su hijo Tiberio. Aún así, Livia está mas cerca de Gertrudis, entregada a su cuñado, como sugiriéndonos que entre los dos han tramado la desaparición del padre, en un conflicto de naturaleza edípica y que justifica la intervención terapéutica de la doctora Melfi: Tony odia a su tío y a su madre.

    El hombre que ha muerto en estos días era un magnífico actor, o quizá no, quizá es que a Gandolfini se lo comió Tony Soprano, pero eso ya no lo sabremos. Oiremos Gandolfini y solo nos dirá algo ese nombre cuando lo asociemos a Tony Soprano. Este tema es puramente artístico, el problema cuando nos empieza a suceder a todos lo que a usted con su libro, que presentiremos la sombra de Tony en cada político corrupto que nos aparezca en la tele diciendo mamarrachadas y desatando nuestra sorna.

  2. jserna

    Se. Montesinos, lo primero muchas gracias por escribir aquí. De un tiempo a esta parte andamos algo perezosos. Yo he abierto otros frente que ahora utilizo más que antes: Facebook y Twitter. Pero lo he hecho tras comprobar que aquí suele haber silencio. Pero le garantizo que los contenidos del blog quiero qu sigan siendo buenos. De hecho, la prueba la tenemos con este post: Los Soprano. Yo no lo he escrito ahora pero síotra veces: fue su insistente presión, la suya, Sr. Montesinos, la que venció mi inicial resistencia a ver Los Soprano. Sólo por ello le estaré eternamente agradecido.

    Luego vuelvo para comentar algunas cosas concretas que uste dice…

  3. David P.Montesinos

    En mi caso no es exactamente pereza, es tiempo. Como usted sabe lo tengo hipotecado, la paternidad tardía no le libra a uno de las ansiedades del primerizo. Pese a todo le leo tenazmente. No sé si le he dicho que soy algo refractario a facebook y twitter, pero no es cuestión ideológica, bueno, un poquito sí desde que vi La red social y llegué a la conclusión de que Mark Zuckerberg era un tipo insoportable. Me abrí una cuenta para seguirle a usted en facebook. Se va reír, pero me han llegado ofertas de amistad incluso de personas que me consta que me detestan. Prometo enmendarme en cualquier caso en cuanto acabe el curso. Por cierto, y hablando de series cuyo interés compartimos, está ya por ahí pululando la nueva temporada de Mad Men, le garantizo -solo he visto un capítulo- que viene muy interesante. Por cierto, y ahora que le veo, recién termino siguiendo sus consejos Las leyes de la frontera, qué interesante hacer memoria sobre el Liang shan po y La frontera azul. He releído lo escrito por usted sobre el relato, me gustó mucho, aunque en algún momento presiento que no es su preferida, a pesar de que reconoce que, como a mí, le atrapó desde el principio. Creo que usted prefirió Memoria de un instante, tengo que leerla urgentemente.

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