Javier Tomeo: me importa un rábano

Tomeo--644x362Fotografía: Agencia EFE

Ha muerto Javier Tomeo. No ganamos para sustos. ¿Por qué se nos muere gente a la que admiramos, escritores y actores por ejemplo, y en cambio duran y duran sinvergüenzas, pillastres, crápulas o delincuentes? De Javier Tomeo tengo muchos libros que llenan baldas y baldas. Escribió y publicó numerosas obras de las cuales creo disponer de casi todas a partir de Amado monstruo (1985). Con regularidad casi puntual, una o dos al año, Tomeo publicaba sus libros y libritos. Y yo, con fidelidad, adquiría y leía lo nuevo.

Nuevo, lo que se dice nuevo, no había mucho en Tomeo. No lo digo como reproche. Él escribía prácticamente la misma historia de tipos solitarios, avenados, retóricos y con tendencia al travestismo. Él escribió novelas y relatos protagonizados por seres tarados, de ojos desiguales, con tenencia al delirio y la paranoia. Lo demás le importaba un rábano.

Normalmente, el protagonista tiene siempre un personaje que le replica, alguien a quien creemos demente. No siempre es así. La chifladura la vemos y finalmente la diagnosticamos en quien creíamos cuerdo o sensato. En Héroes alfabéticos (PUV, 2008) le dediqué un homenaje en el capítulo titulado “Licántropos”. Mientras, aprovechaba para reírme a gusto.

Reproduzco aquí un artículo que publiqué en 2006. Me valgo de Tomeo para pensar Cataluña en forma de fábula. La de entonces, la del Estatut; y también, por qué no, la actual. El artículo tiene vigencia. Cataluña tiene hortalizas y deseos de independencia. De eso hablo: de rábanos y de actividades fraccionales.

Los rábanos de Cataluña

Levante-EMV, 11 de mayo de 2006

Hace unos años, Javier Tomeo publicó ‘La rebelión de los rábanos’ en la editorial Destino. Lo leí. Hace unos meses lo releí y escribí una anotación en el blog que por entonces tenía. Ahora he vuelto sobre esa novela y veo, para mi sorpresa, la extraordinaria clarividencia del autor. Tanto…, que parece una predicción de ciertas cosas que pasan. La rebelión de los rábanos es una simpática fábula, pero no protagonizada por animales (como dicta la tradición), sino por hortalizas. Las hortalizas de Tomeo son unos seres parlanchines dispuestos a crear un Estado propio, un Estado de independencia. Para lograrlo deciden escoger una receta culinaria como emblema. De lo que se trata es de acertar, de dar con el texto definitivo e irrepetible. Una tras otra se proponen recetas reales (esas a las aún nos atrevemos nosotros, los humanos), recetas inventadas (esas que todavía no hemos degustado), recetas razonables o disparatadas (esas cuyos ingredientes no casan, no pueden casar). La escogida finalmente ha de ser el símbolo que represente a la colectividad. Pues bien, lo que en principio parece tarea sencilla que a todos reúne, ese propósito entre grandilocuente y mayestático, es pronto motivo de enfrentamiento, de rencillas, de reproches mutuos, de envidias y, a la postre, de rencores entre socios y aliados.

¿Acaba ahí el conflicto? No, por cierto. Inmediatamente vemos aparecer la acción fraccional separatista de los rábanos que, por su mala cabeza, abren la jaula de los caracoles para que éstos, enemigos declarados, liquiden a las restantes hortalizas. Todo ocurre con tan mala fortuna, con tan poco tiento, que éstas y aquéllos (los rábanos) acaban devorados por los ladinos gasterópodos, unos caracoles que arrastran una pesada armadura y cuyo silencio, el silencio con que avanzan, resulta de lo más espantoso. ¿Habían reparado ustedes en su mutismo? “Saben que tienen la razón de su parte”, dice el narrador, “y por eso consideran que no tienen necesidad de dar a nadie cuenta de sus movimientos”, en este caso de sus movimientos letales. “Les importa un pimiento la opinión pública. No tienen por qué justificarse ante nadie”, precisa el narrador. “No actúan en función de lo que ellos consideran la dictadura del voto”, esa ley del número que los autoritarios detestan (también los silentes caracoles). Discutir sobre textos (las recetas) concebidos como símbolos unificadores es ocioso o comprometido, viene a decirnos el narrador: es trivial y hasta ridículo cuando de ello se deriva un estado de independencia que en nada favorece los intereses de los rábanos, pues lejos de aportar ventaja para los separados hunde a todos en la ruina o en la muerte provocada por el gasterópodo invasor.

La novela de Tomeo resuelve muy bien la fábula, y el apólogo no es meramente chistoso, sino que nos da lecciones profundas acerca de la estupidez humana. Además, el narrador, la voz que allí se expresa y cuenta, consciente de la inverosimilitud de una fábula moral en este milenio, echa mano de la ironía, así como de constantes apelaciones al lector. Ese narrador, insisto, sabe que no son creíbles cuentos al estilo de Samaniego y, por eso, además de la broma se esfuerza por dar verismo a lo que pasa. Justamente por eso, los rábanos no andan. ¿Hubo alguien, en el jardín fresco del edén, que viera alguna vez a estas hortalizas dando un paseíto? Si los rábanos no andan, entonces…: ruedan. Pero los guisantes no son menos verosímiles. Un petulante guisante se atreve a enfrentarse a la fiera, al gasterópodo, creyendo ser capaz de convencerlo… “¿Será usted capaz de comerse a una legumbre liberal y progresista que acepta de buen grado el hermafroditismo de todos los de su familia?, le dice al caracol. En la novela, las cosas no acaban bien puesto que al gasterópodo le importa un pito o un comino la cultura, añade el narrador, y el guisante es plato suculento para el caracol.

No me pregunten quiénes son los rábanos y quiénes las restantes hortalizas, quiénes los bichitos con caparazón y quién el guisante vanidoso. Pero la vida no es un cuento y yo espero que todo acabe sin fractura y con consenso. Los políticos de Cataluña tienen mucho que perder si la resultante del proceso es el deterioro de los consensos parlamentarios: pueden ser devorados por los caracoles.
…………………

Si lo pienso bien, me importan un rábano, los guisantes, las hortalizas y los caracoles. Lo que importa y me duele es Javier Tomeo, un hombre aragonés, tímido y antiguo, siempre dado a la gamberrada y al escrutinio metafísico.

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