Juan Pablo II

imageAunque carezca de todo interés para quien me lea, diré, sin embargo, que soy ateo, no agnóstico o cosas así, sino expresamente ateo. Renuncié a Dios y a sus pompas hace ya muchas décadas. O sea que no soy un advenedizo y tengo plaza reservada, supongo, en el Infierno que aguarda a quienes nos alejamos con arrogancia humana de la divinidad, de la gracia esperada. Soy incluso anticlerical, aunque sin aspavientos porque, como me gusta repetir con Josep Pla, las especulaciones de un ateo se tomarán siempre como irreparablemente ofensivas por los creyentes y, por eso, convendrá expresarlas con talante humilde y una considerable modestia, pues si uno pretende que lo acepten en sociedad a pesar de sus ideas chocantes y anticonvencionales, le convendrá adoptar un aire apacible y resignado. Punto y aparte.

Por razones que no vienen al caso, he debido repasar un volumen relativamente antiguo. Data de 2005. Es un retrato fiel del autor poco antes de morir o, mejor dicho, del interlocutor principal, pues está concebido como una entrevista. Me refiero a ‘Memoria e identidad’, de Juan Pablo II. ‘Memoria e identidad’ es un libro en el que se exponen en forma de diálogo las tesis principales del Papa poco antes de morir. Lejos de reconciliarme con una figura decisiva en la política de nuestro tiempo, dicho volumen me distanció aún más de sus ideas. Lamento ser incorrecto, pero he de decirlo: la obra era una penosa apología de la religión ultramontana. Y con ella se retrataba Karol Wojtyla.

El texto que escribo y los pensamientos que entonces y ahora me suscitan no trazan una semblanza completa del pontífice, no resumen los perfiles variados de aquel Papa. Sólo aspiran a abordar el clericalismo ultramontano del que se sirvió para evangelizar. Nos hemos habituado a las declaraciones animosas del Papa Francisco, a sus ‘happenings’, y parece que olvidamos con qué Iglesia nos las tenemos que ver ‘todavía’. Menudas ideas…

En plena Semana Santa de 2005, mientras descansaba del ajetreo cotidiano, me embarqué en lo que los antiguos llamarían una lectura edificante, en la lectura de ‘Memoria e identidad’, precisamente. Es desolador que Juan Pablo II sostuviera nociones históricas tan equivocadas en dicho volumen; es triste que quien tuvo influencia práctica en el curso de Europa defendiera unas ideas tan arcaicas; es lamentable que quien luchó por la libertad del catolicismo en Polonia creyese, en fin, que el rumbo de Occidente comenzó a perderse con el cartesianismo, con el cógito cartesiano, con el “pienso luego existo”. Vamos, que la razón, la ciencia y el libre discernimiento nos hundieron.

El Papa achacaba el espanto del siglo XX y las “ideologías del mal” al racionalismo, a ese humanismo que se esfuerza en pensarse sin Dios, al hombre rebelde que se aúpa hasta su trono.

La interpretación histórica de Karol Wojtyla es decididamente reaccionaria y me recordaba también a la de Joseph de Maistre, expresada finales del siglo XVIII. De Maistre fue un inteligentísimo retrógrado, un adversario acérrimo de la Ilustración y de la Revolución francesa. ¿Y por qué me la evoca? El Papa, como De Maistre, experimenta una gran añoranza del mundo medieval (¡del mundo medieval!), un tiempo en el que los creyentes vivían la fe “con su universalismo cristiano”, una “fe simple, fuerte y profunda”, sin dudas, sin incertidumbres, añade Juan Pablo II.

Eran unos viejos “buenos tiempos” que “fueron barridos por el Siglo de las Luces y el iluminismo”, una concepción de base atea que “se opuso a aquello que Europa era por efecto de la evangelización”. Fue la consumación del Mal y de ese cataclismo aún no nos hemos repuesto. El Mal, a juicio de Juan Pablo II, habría tenido, sin embargo, un efecto positivo: haber funcionado como un castigo regenerador.

También para el antirrevolucionario Joseph de Maistre, la Revolución francesa habría sido un acto paradójicamente milagroso. De hecho, no fueron los propios rebeldes quienes la habrían provocado, sino los mismos acontecimientos como “fuerza arrolladora” que escapa a la voluntad humana. Para Maistre, la revolución vendría a ser una suerte de paradoja o de prodigio directamente queridos por Dios, el cual, por su parte, habría permitido que las fuerzas satánicas que vuelven insurrecto al hombre triunfasen temporalmente para así perderse.

Al haberse dado la irrupción desnuda del Mal, añade De Maistre, se habría desvelado de manera providencial la corrupción inherente del racionalismo en que se fundaría. De ahí podría derivarse una regeneración catártica: “Si ¡Dios! emplea los instrumentos más viles, es porque castiga para regenerar (…). Si la Providencia borra, es sin duda para escribir de nuevo (…). Verdaderamente, se siente uno inclinado a creer que la Revolución política no es más que un objetivo secundario del gran plan que se desarrolla ante nosotros con una majestad terrible”.

Es decir, el Mal sobreviene, pues, en un mundo ya corrupto como realización del proyecto moderno que niega a Dios. Sólo la vuelta a la esencia del catolicismo salvará a la Europa degradada: como Joseph de Maistre, como Louis de Bonald o como Donoso Cortés, entre otros, también Juan Pablo II se refugia en ‘Memoria e identidad’ en la nostalgia de una civilización católica inmune al contagio de los modernos, una cristiandad medieval de creyentes firmes, de hombres puros. ¿Y los otros? ¿Qué será de ellos?

Como dice el Gran Inquisidor en ‘Los hermanos Karamazov’, de Fedor Dostoievski, “la libertad, el librepensamiento y la ciencia los conducirán a tal laberinto y los situarán en presencia de tales prodigios y misterios insolubles, que algunos hombres, los indomables y furiosos, se matarán a sí mismos; otros, indomables, pero poco fuertes, se matarán entre sí, y un tercer grupo, los que queden, débiles y desdichados, se arrastrarán a nuestros pies y clamarán: Sí, vosotros teníais razón, únicamente vosotros estabais en posesión de su misterio y volvemos a vosotros, ¡salvadnos de nosotros mismos!“

He tratado de vivir ese sentimiento. Débil y desdichado me he echado al suelo dispuesto a arrastrarme hasta los creyentes para clamar: sí, salvadme de mí mismo. No ha habido manera. Ni siquiera la amenaza del Más Allá me ha servido. Sigo aquí arrastrándome sin añorar el misterio. Tras el repaso de ‘Memoria e identidad’, pensé: de uno bueno nos hemos librado, de un santo en ciernes. En la primavera de 2014 ya lo será. Punto y aparte.

Imagino la Plaza de San Pedro como un inmenso plató. Pronto, pronto. Los eventos masivos, aquellos en los que una muchedumbre se congrega, facilitan la expresión de sentimientos colectivos, esos que nos permiten abandonarnos hasta hacer desaparecer nuestra individualidad. El simple hecho de compartir el espacio y de hacer visible esa muchedumbre transfiguran: uno a uno podemos vivir de manera sublime y en comunión lo que una gigantesca totalidad experimenta.

A esta vivencia Freud la denominó sentimiento oceánico, esa experiencia verdaderamente excepcional en el que el yo se desdibuja, en el que los individuos se libran al empuje de lo unánime. Es una circunstancia que, en sus momentos de mayor excitación, se asemeja a la ebriedad, al abismo, al vértigo, un momento transitorio de descarga, de alivio, un momento más o menos duradero, pero que siempre tiene comienzo y conclusión, transcurrido el cual volvemos a la vida de vigilia, a la rutina cotidiana.

Tengo la impresión de que algo de esto sucedió en 2005 con los funerales de Juan Pablo II. Tengo la sospecha de que algo de esto sucederá en la primavera de 2014, cuando una vasta multitud se arremoline en la Plaza de San Pedro en espera de la canonización. Gracias a los medios, que se alimentan de acontecimientos y tanto sirven para retransmitir las acciones colectivas, la multitud del Vaticano se convertirá en un espectáculo. En esa circunstancia y en otras semejantes, la televisión acrecienta el protagonismo de quienes se agolpan, aumenta por inducción o mimetismo la afluencia de quienes se saben retransmitidos, y facilita un sentimiento oceánico entre creyentes o espectadores que viven vicariamente la larga espera: una especie de confraternización catódica.

Que nos pille confesados.

2 comments

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  1. ciferi35

    Pues coincido esencialmente contigo, también me considero ateo sin que esto quiera decir que no pueda existir una espiritualidad laica. Es decir un ateo puede sentirse inmerso en el universo que nos rodea y vivir plenamente en armonía con él.

  2. David P.Montesinos

    Sus momentos más inspirados, señor Serna, son aquellos en los que, como en este artículo, respira el historiador, pero no para la erudición y la academia, sino para intentar explicarse qué es lo que nos está pasando. Le felicito, su escritura suele ser buena, esta noche me parece admirable.

    A propósito de De Maistre Cioran escribió un emocionante primer capítulo en “Ejercicios de admiración”. De Maistre, paroxista del pensamiento reaccionario, construyó su maestría desde una visión enfurecida. Cuando se descubrieron sus cartas personales, se reveló un tipo afable y sosegado, qué decepción para sus lectores, seducidos por la prosa publicada, que inocula el resentimiento más atroz contra el mundo moderno, empezando por la Revolución Francesa, la verdadera bestia negra del teocentrismo en Occidente. De Maistre, a ojos de un pensador tan hiperbólico y provocador como Cioran, tuvo el mérito de recordarnos que Dios solo puede ser terrible, y que la Providencia cuida de su obra convirtiéndonos en herramientas de las guerras y los crímenes.

    En este sentido Wojtyla sería un razonable seguidor. En sus épocas más delirantes, obligaba a los fieles a recordar que hay arcángeles e infierno, que las llamas nos esperan y que la lujuria demanda plagas y calamidades. Pero, claro, era a su vez un líder posmoderno, y asumió como nadie antes la cultura del espectáculo. Por eso su muerte fue un circo, y lo será ahora su canonización, un gigantesco show donde los fanáticos, conscientes de que las instituciones del Poder Temporal se pudren a la carrera, vociferarán furiosos para exhibir su disposición a obedecer hasta la muerte. Situada la Iglesia gracias a Wojtyla y Ratzinger en un orden posconciliar, la duda es si lo que pretende Berdoglio es retornar al espíritu renovador del Vaticano II. ¿Otro Juan XXIII? Creo que ya no será posible, la Iglesia ya perdió el último tren. Pero conviene estar atentos.

    ¿Descartes? Pobre, desde De Maistre hasta Foucault están empeñados en echarle la culpa de todo. El autor del Discurso del método entendió, en un momento de la historia confuso y espantosamente violento, que el ser humano solo podía salir de las tinieblas de la guerra, el fanatismo y la crueldad si conseguía ser riguroso y sistemático en el uso de su única arma realmente potente: la razón. Descartes enseñó a los europeos lo que los maestros antiguos ya habían planteado en las orillas del Egeo: sólo podía defenderse la civilización desde su capacidad de autocuestionamiento, sólo un interrogante permanente -“¿puedo estar seguro de que es verdadero lo que parece verdadero?”- sería capaz de construir una cultura definitivamente adulta.

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