Los catalanes que huyeron al campo enemigo

espias-cubierta.inddSabíamos, sí, sabíamos que Josep Pla y Francesc Cambó fueron hermanos políticos, con desiguales dominios e influencias. Sabíamos que tenían cercanías y rivalidades. Sabíamos que ambos detestaron la República antes de que los representantes del nuevo régimen dieran pruebas de agotamiento o sectarismo.

Sabíamos, sí, sabíamos que ambos eran conservadores, una cosa telúrica y a la vez urbana, burguesa y a la vez rústica. A Cambó se le debe una parte sustancial del ‘redreçament’ cultural de preguerra. Barcino y sus bellas ediciones en catalán, que iniciara Josep Maria Casacuberta en 1924, convirtieron la Barcelona menestral en ciudad cosmopolita, en capital de un pequeño imperio de saber y modernidad. Con el patrocinio, entre otros, de Francesc Cambó.

Dice Joan Fuster en su canónica Literatura catalana contemporània (1971) que Josep Pla no era un burgués, que era un conservador y un tipo simultáneamente anarcoide. Con ello parece exculparle de algo: justamente por eso, Pla no se habría privado de lanzar todo tipo de dicterios contra la burguesía (entre ellas, la catalana).

2011-03-13_IMG_2011-03-06_01.14.18__fotos2006-200703_0003078_Sostiene Fuster que “por esta misma razón, su reacción ante la derrota del treinta y seis no fue muy visible”. Es decir, que no se le vio. ¿Y dónde estaba por esas fechas? Tuvo que huir, dice Joan Fuster. Pero tuvo que huir tanto y tanto que acabó huyendo al campo enemigo. Literal.

Hay que admitir que el escritor valenciano tenía su gracia para no decir lo que debía decir o para fantasear con lo que no sabía. Fuster y Pla fueron uña y carne y se dedicaron páginas de mucha lujuria verbosa, de mucha hermandad. Fuster venía del carlismo más católico y rural, una cosa pueblerina que pudo quitarse de encima: se creó un mundo propio, viajaba una vez a la semana a Valencia, y residía en Sueca protegido por una biblioteca creciente y por una correspondencia igualmente creciente.

¿Y Pla? Pla venía de un cosmopolitismo de amplio espectro, de un europeísmo de muchos quilates, que acabaría en postureo: en un rusticismo postizo y a la vez interesantísimo. Con boina y todo.

El escritor ampurdanés ayudó muchísimo al valenciano: por ejemplo, dedicándole uno de sus famosos Homenots. Con ello contribuía a encumbrar al polígrafo de Sueca (que era un ensayista de fuste, sin duda). Y todo eso sucedía cuando Edicions 62 creaba, en los años sesenta precisamente, el canon de la literatura catalana: en tapa dura, uniformados, los volúmenes de Josep Pla y Joan Fuster, entre otros, fijaban una normalidad literaria. Y algo más. ¿Unos Países Catalanes? Para Fuster, sin duda…

Ahora, Josep Guixà, en Espías de Franco (Fórcola Ediciones) nos devuelve una historia antigua y mal conocida: la de ese catalanismo remoto que huyó al campo enemigo para poder sobrellevar la derrota (en palabras de Joan Fuster). La historia es muy maleable, pero la ignorancia o el silencio lo son más.

Sabíamos, sí, sabíamos que había habido catalanes franquistas, incluso catalanistas acérrimos que se adhirieron al nuevo Estado Español. Pero eso supuestamente no empañó la imagen de una Cataluña nacionalista y democrática. ¿No empañó? Según dijo Borja de Riquer, “una cosa es que la Cataluña nacionalista, democrática y revolucionaria fuera vencida el año 1939 y otra muy distinta es creer que todos los catalanes perdieron la guerra”.

No, todos los catalanes no perdieron la Guerra Civil: algunos la ganaron. Josep Guixà nos lo cuenta con páginas bien templadas, con pasajes que estremecen. Hay mucho detalle sorprendente y un trabajo de archivo realmente notable.

36177680El cinismo de tanto patriota no es exclusivo del catalanismo. En el resto de España tenemos muestras abundantes de nacionalismo también carpetovetónico. La prosa de Josep Pla es inconmensurable. El quadern gris, manufacturado a lo largo de décadas, es una delicia del diarismo y es a la vez un falso dietario.

Por otra parte seguiré leyendo a Joan Fuster: ahora se cumplen diez años del libro que publicamos en Espasa Encarna García Monerris y yo (Joan Fuster, Nuevos ensayos civiles).

En fin: que la prosa no es asunto preferentemente ético, pero una ética prosaica nos lleva, sí, al cinismo.

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