¿Dónde está el frente?

image¿Se puede decir algo que no sea un bla, bla, bla? ¿Podemos expresar de algún modo nuestro horror? Por supuesto, todo puede empeorarse, todo puede calcinarse. Provocar un Infierno en la Tierra no debe de ser muy difícil. Sólo hacen falta desenvoltura criminal, arrojo temerario y ausencia de piedad.

Víctor, Mercé, Vicent, etcétera, se encuentran bien. A mi hijo, el atentado le ha sorprendido trabajando, trabajando en París. En una televisión, que es en donde está empleado como graduado en Comunicación Audiovisual.

No tenía ocupación en España y se fue, se fueron, para allá, para París. Es un emigrado. Sin saberlo –o sí, sabiéndolo–, esto le ha sorprendido en el frente de batalla.

¿El frente de batalla? En este caso, en el del terrorismo islamista, ¿dónde está el frente? Como admitía Umberto Eco en una entrevista, desde la guerra del Golfo, la guerra ya no se desarrolla entre dos líneas de frente netamente separadas, y las nuevas tecnologías de comunicación permiten, de Bagdad a Washington, de París a Madrid, flujos de información que nadie puede detener y que desempeñan el papel que tenían antes los servicios secretos.

“La guerra produce una inteligencia permanente con el enemigo. Desde el 11 de septiembre, la guerra ya no concierne a dos países opuestos. Se enfrentan, por un lado, la comunidad occidental, y por otro, el terrorismo fundamentalista, que no tiene patria ni territorio”, añade Eco.

“Peor aún, el territorio más seguro para el terrorista es el mismo país al que quiere amenazar y cuya tecnología y armas adopta (se han destruido dos torres estadounidenses con dos aviones estadounidenses); el enemigo vive en la sombra”, prosigue.

“Aunque el fin de todo acto de terrorismo no es solamente matar ciegamente a algunas personas, sino también lanzar un mensaje destinado a desestabilizar al enemigo, desde el momento en que los medios de comunicación retransmiten estos actos (y no pueden evitar hacerlo), colaboran de hecho con el enemigo”. Hasta aquí, Eco. Punto y aparte.

La circunstancia actual me ha hecho evocar una película, ‘Which Way To The Front’ (1970), de Jerry Lewis. Ustedes la recordarán: al principio de la Segunda Guerra Mundial, un rico ostentoso, Brendan Byers III, interpretado por Jerry Lewis –un magnate, en fin– quiere alistarse como voluntario en las tropas del frente europeo.

Es rechazado, sin embargo, por un Tribunal del Ejército. Brendan Byers III no renunciará a su sueño, empeñado en ser partícipe del conflicto, como un nuevo y torpe Fabrizio del Dongo en Waterloo.

Organizará un ejército financiado por él mismo, una tropa formada por unos pocos, tan ineptos como él. Su propósito era noble: armarse de valor para combatir fieramente al enemigo nazi. Pero… ¿dónde está el frente?

Las guerras tienen frentes, incluso trincheras, enemigos reconocibles, uniformados, alineados, con banderas, con bayonetas. En las contiendas hay artillería y aviación, dos ejércitos combatiéndose y sobre todo unas imágenes censuradas. En nuestro mundo de hoy no parece haber esto.

En Irak, por ejemplo, se decretó el fin de las hostilidades, se proclamó cumplida la misión, se auguró una reconstrucción, se habló de democracia para el porvenir. De momento, sin embargo, el resultado de dicha operación es un proscenio bélico, un campo de entrenamiento para terroristas y, además, a la vista del mundo entero, con explosiones suicidas que se registran en directo, con ajusticiamientos atroces que se difunden por la Red.

¿Y el enemigo? La definición del enemigo… Si el combate contra el terrorismo islamista lo definimos como una Guerra Mundial (cuyas vicisitudes ya conocemos), entonces el enemigo también puede ser calificado en unos términos reconocibles. Por ejemplo, islamofascismo fue un hallazgo idiomático de la Administración Bush: si bien se mira, era una manera muy extraña de calificar al oponente al que habría que derrotar.

Por un lado, hacía de la memoria antifascista un aliado retrospectivo de la nueva guerra; y por otro, subsumía el islamismo bajo las formas reconocibles del totalitarismo.

El fascismo fue un comunitarismo extremista, generalmente ateo o religiosamente indiferente, fundado en los lazos primarios de la Nación, una nación guiada por un Líder, siempre de origen modesto como la mejor encarnación del pueblo.

Fue un movimiento organizado militarmente en milicias o escuadras que empleaban la intimidación violenta y visible contra los enemigos de clase o los oponentes de las formaciones antinacionales.

Fue una experiencia política en la que un partido aspiraba a la toma del Estado, a adueñarse de todas sus instituciones para así imponer ese aparato sobre la sociedad civil, sobre las instancias intermedias, a las que invadiría o propiamente haría desaparecer.

El fundamentalismo islamista no es exactamente eso. En el islam moderno, la nación no es una referencia central de su organización política, entre otras cosas porque las estructuras estatales se ven como herencias o artificios coloniales: la unidad política real es, por el contrario, la comunidad de los creyentes, algo transnacional. Por tanto, llamar a los terroristas islamofascistas es un enredo conceptual de grandes dimensiones.

¿Y por qué este lío expresivo? Desde antiguo, los fenómenos nuevos, inauditos, tendemos a identificarlos con un léxico previo con el fin de conjurar fantasiosamente lo que ignoramos y, sin embargo, eso no reduce el proceso desconocido y las consecuencias inusitadas del acontecimiento.

Creo que tenemos gravísimo problema con la violencia extrema del islamismo, con los atentados, con las amenazas…: George W. Bush dijo en cierta ocasión que la guerra era un sitio peligroso.

Y creo que tenemos un grave asunto con el lenguaje. Los periodistas, los historiadores, observan la realidad, pero esa realidad no es un dato que se imponga sin intelección alguna.

Necesitamos un armazón conceptual que nos permita entender qué tenemos ahí enfrente, qué significado hay que darle para después transmitírselo a los lectores. ¿Me refiero al lenguaje?

Resulta obvio que es así, pero esa afirmación es insuficiente porque con los lectores no sólo compartimos un idioma del que nos servimos, sino también ciertos significados de las cosas, el sedimento histórico que las palabras tienen.

Pues bien, el nuevo terrorismo –que ya no es tan nuevo– es un fenómeno efectivamente reciente e inaudito, para el que nos faltan referencias, una conceptualización en la que se están empeñando los mayores expertos (no sin polémicas) y que no tiene por qué coincidir con la designación que a esos hechos les dan los Gobiernos y las Administraciones.

Hay un mundo externo, referencial, que funciona o sucede al margen de la voluntad del observador, sea éste un reportero o sea éste un investigador, pero ese mundo necesita, en efecto, de alguien que lo atisbe, que lo escrute y que, al final, sepa relatarlo, explicarlo e interpretarlo poniendo en orden los datos.

Para narrar, los cronistas (de la índole que sean) precisan un dato documentado y un vocabulario cierto: un léxico que aluda a algo externo que se quiere aclarar, pero sobre todo los cronistas necesitan los conceptos, las nociones generales y abstractas con las que indicar los datos concretos.

Pues bien, pese a los años transcurridos desde el 11-S aún estamos en esa fase previa, aquella en la que sólo empezamos a distinguir a qué refriegas nos enfrentamos y con qué rótulo calificamos al enemigo.

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