Francis Albert Sinatra

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El 26 de noviembre de 1938, Frank Sinatra es detenido en la oficina del sheriff de Bergen Country, en Hackensack (Nueva Jersey). Se le arresta bajo la acusación de seducción. El expediente que incoó el FBI no tiene desperdicio y algunas de las pruebas reunidas son pistas de un mundo mojigato.

Entre el 2 y el 9 de noviembre de 1938, el joven cantante había hecho promesas de matrimonio a una muchacha del distrito de Lodi. No sólo promesas. El detenido “había tenido relaciones sexuales con la demandante, que era una mujer de buena reputación que vivía sola”.

Esa relación vulneraba un código de 1937. La sanción no fue menor: Sinatra se vio obligado a abonar 1.500 dólares, suma cuyo pago le valió la puesta en libertad.

Semanas después, el 22 de diciembre de ese mismo año, se descubrirá algo nuevo: la dama con la que había mantenido relaciones no era esa mujer de buena reputación que vivía sola. No: la señora estaba casada. En esa circunstancia, la tipificación del delito cambia y a Frank Sinatra se le acusa de adulterio. La multa desciende a 500 dólares.

Años después, en 1963, la revista Plaboy le hace una entrevista al cantante, ya mayor. Le preguntan por su confesión religiosa. Él, con esa chispa cínica que tenía, habló en efecto de sus creencias:

“Yo estoy a favor de todo aquello que te hace pasar la noche, ya sea una oración, somníferos o una botella de Jack Daniel’s”

La foto de aquella detención es justamente la que reproduzco y en la que se atisban los rasgos del Sinatra maduro. La instantánea resulta insólita. O no tanto. Procede de un libro la mar de interesante, que leí años atrás y que te muestra la imagen policial de cantantes y actores.

¿Su título? ‘Fichados. Una historia del siglo XX en 366 fotos policiales’, de Giacomo Papi. De cantantes y actores, pero también de asesinos múltiples, como Charles Manson, aquel tipo avenado que acribilló a Sharon Tate en 1969. Creo que sigue en prisión.

A cualquiera de nosotros, que no somos crooners ni psicópatas, nos cambiarían el aspecto si nos arrestaran. La instantánea del guardia sacaría nuestro lado más siniestro o sombrío; o desangelado y estúpido. En cambio, fíjense en Sinatra: el flash no altera la elegancia de su calavera y del calavera que ya es.

“Si alguna vez tienen que hacerme un regalo, por favor obséquienme con un póster, un cartel, de esta fotografía”. Eso dije cuatro años atrás. ¿No se lo imaginan? Dos personas que me son muy queridas me lo regalaron. Por supuesto lo enmarqué y en una coqueta buhardilla allí figura.

Tony Soprano también la tenía, bien ampliada, en su oficina. Era el principal elemento decorativo del Bada Bing! Y era también el principal elemento votivo, podríamos decir.

Soprano, el mafioso de Nueva Jersey (de dónde iba a ser), recuerda al viejo crooner y, como buen italonorteamericano, lo homenajea mostrando su lado más bronco, su foto más canalla.

Destacan, sí, sus ojos azules. Sobresalen esas greñas indómitas que caen. Y resultan apetecibles esos gruesos labios de joven conquistador. Qué imagen, por Dios.

Frank Sinatra murió en 1998. Lástima. Justo un año después comenzaba la serie que protagonizó James Gandolfini. De haber vivido, me apuesto doble contra sencillo a que Frank se hubiera pasado por el Bada Bing!, el club que regentaba Tony y en cuya trastienda estaba la foto del Sinatra joven y aún prometedor.

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