Desconocer el pasado es una temeridad

Uno. Julián Casanova ha tenido la amabilidad de mencionar Españoles, Franco ha muerto (Punto de Vista Editores y Sílex Ediciones) en Babelia, el suplemento cultural de El País.

Su artículo es una revisión de las últimas novedades sobre el Generalísimo, su régimen, su vida y su muerte. Mi libro es mencionado escuetamente. Casanova alude a él tras reivindicar la buena escritura, la precisa comunicación.

Sí, la buena comunicación a que estamos obligados los historiadores si no queremos que ciertos publicistas hagan el trabajo que nosotros no hacemos o hacemos mal o con desgana. Casanova pone mi volumen como ejemplo de que el pasado no se liquida, se estudia.

Se estudia.., ¿para qué? Para no depender de la ignorancia, para no depender de las circunstancias que confundimos con fatalidades.

Dos. Francisco Franco fue un dictador de estatura menguada y ferocidad probada. Fue un general que, al frente de una coalición militar y civil, se alzó en armas contra un régimen

constitucional.

Tal suceso ocurrió en julio de 1936. La consecuencia inmediata fue una guerra civil entre los sublevados y el ejército leal al sistema legítimo: la República española.

El conflicto fue español, en efecto, y fue internacional en un contexto, el de los años treinta del siglo XX, de grandes violencias europeas, de internacionalismo bolchevique, de fascismos, inspirados en la reacción, en la antidemocracia y en el antisocialismo.

La guerra y la posterior dictadura de España no fueron fatalidades históricas, no fueron plagas mandadas por una Providencia irascible, no fueron la justa reparación y castigo de una revolución inevitable.

Las religiones políticas del Novecientos inflamaron a las masas con inmundicia ideológica. Sus tiranos respectivos repartieron munición muy dañina y desarrollaron represalias, persecuciones, represiones, exterminios absolutamente sanguinarios.

Don Francisco Franco Bahamonde, de aspecto poco marcial, fue un militar recriado en África, en la guerra colonial. De sus atrocidades tomó buen nota para tratar y eliminar a sus enemigos, los enemigos de España, la AntiEspaña, el comunismo internacional y la democracia parlamentaria.

Su régimen varió a lo largo del tiempo: de un sistema de inspiración fascista y filonazi, atemperado por el tradicionalismo y los monárquicos, pasó a ser una dictadura unipersonal con familias políticas forzosamente afines bajo el mandato del Caudillo.

La Iglesia Católica le propocionó durante décadas la argamasa ideológica que amasaba el cerebro de los afines y de los indiferentes. También ese mejunje sellaba las fracturas internas de la coalición que aupó a Franco: el nacionalcatolicismo fue el principal nutriente de su régimen; y la Guerra civil, epopeya cruenta, permanentemente recordada para exaltación de ganadores y laceración de derrotados.

El Generalísimo prácticamente llevó a la ruina al país con su política de sustitución de importaciones, una rígida autarquía que esquilmó las capacidades productivas.

Sólo el apoyo de Estados Unidos sacó al régimen de los sistemas apestados: la lucha contra el comunismo exigía mantener el bastión de una España ferozmente antibolchevique. Sólo la hecatombe probable de un fracaso industrial y comercial permitió cambiar la política económica, una liberalización que trajo cierta prosperidad en un contexto de recuperación internacional.

Franco fue amado y detestado, ensalzado con sonrojantes ditirambos y ultrajado con opúsculos y propaganda de opositores. Murió en la cama, tras años y años de represión, tras una penosa enfermedad y tras una esperpéntica agonía.

Nada de lo que he sintetizado tiene que ver con nosotros, con nuestro tiempo y con la España de hoy. Hoy no es ayer, cierto. La historia no pesa con sus fatalidades y cada generación de jóvenes desenvueltos pueden remontar, horros, ligeros de equipaje…, siempre que conozcan su pasado y esas condiciones deplorables que siempre limitan las posibilidades. Lo demás es temeridad.

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