Yo, Charles Darwin

En breves días celebramos el aniversario de Charles Darwin. Perdonen que hoy me extienda tanto y tan seguido sobre estas filosofías. Es la lectura que les propongo para el fin de semana. Hablo de cosas piadosas.

imageDarwin es una referencia inevitable para todos nosotros, un sabio. Vivimos bajo su imperio conceptual y bajo su idea de lo terrenal.

Eso nos obliga a reconstruir parcialmente a Darwin para entendernos mejor. Los autores que leemos nos llevan a los autores que veneraron o que respetaron o que detestaron.

El día 12 de febrero de 1809, Charles Darwin nace en Shrewsbury, West Midlands, Inglaterra. De él depende una parte de la concepción del mundo de la que somos deudores y herederos.

Pero la de Darwin no es sólo una concepción: es una explicación científica. Si sólo fuera una concepción, entonces ésta se basaría en la certidumbre y en la conjetura, en la constatación y en la fe.

Una concepción es un marco a partir del cual se inviste de sentido lo que se ve. Pero en el caso de Darwin su concepción es una teoría científica. Ha pasado, pues, el examen de la observación sistemática, de la recopilación de datos, de su contraste; el examen del laboratorio, por decirlo así; el examen de las pruebas que recopila.

Pero el científico no es un observador ordinario, alguien que se afana por mirar como los demás; es alguien que mira de un modo excepcional con el fin de explicar precisamente lo ordinario, eso que por estar a vista de todos resulta invisible.

¿Qué es una mente científica?, se pregunta en cierta ocasión Charles Darwin. Su contestación es entrañablemente decimonónica. Es científica aquella mente que intenta “universalizar su conocimiento bajo leyes generales”, se contesta Darwin.

Es ésta una respuesta que no habría disgustado a Auguste Comte o a Karl Marx, por citar sólo a dos autores tan alejados de la investigación del naturalista inglés.

¿Autores? ¿He dicho autores?
Charles Darwin escribió una célebre ‘Autobiografía’ cuya lectura actual resulta simplemente deliciosa, aleccionadora, una escuela de ironía y de observación, precisamente. Brevísima.

Aunque dice escribirla sin haberse “esmerado nada en cuanto al estilo”, la obra de Darwin es franca, incisiva y entretiene como pocas: es tan sutil en la descripción de tipos y situaciones como la de su contemporáneo John Stuart Mill, que es un modelo autobiográfico para el Ochocientos.

Según dice Janet Browne, su biógrafa, “por encima de todo lo demás, fue indiscutiblemente un autor”. ¿Darwin, un autor? Calificar así a un científico no es precisamente el mayor elogio que puede hacérsele: nos lo acerca a los novelistas.

Releemos la ‘Autobiografía’ de Darwin, editada póstumamente. Digo “releemos” y me corrijo. La nueva edición que se presentó hace unos años en castellano por Martí Domíngez en la editorial Laetoli (2009) no era exactamente la versión que yo había leído tiempo atrás.

Mi primera aproximación a la “Autbiografía’ es un texto amputado y aligerado por los retoques de Francis Darwin y Emma Wedgwood, hijo y viuda de Charles. “Resulta muy interesante analizar de qué manera recortaron, recondujeron y, sencillamente, manipularon la ‘Autobiografía’ de Darwin, con el objeto de presentarla con el aspecto menos polémico posible”, precisa Martí Domínguez.

Echemos un vistazo, releamos las partes ya conocidas y examinemos con inocencia lo que ignorábamos. Las ciento y pico páginas nos llevan directamente al Ochocientos.

El niño Darwin parece robusto y con ese punto de picardía que nunca perderá. Su familia y su entorno lo ven como un jovencito bien despierto, atento observador desde fecha temprana, amante de la naturaleza.

Hacia 1876, cuando escribe la ‘Autobiografía’, recuerda su infancia con cierto detalle, su afán coleccionista, sus cacerías de animales, las clases de su hermana Caroline, las lecciones en la escuela local, la inocencia traviesa de aquel muchachito.

La madre fallece tempranamente, cuando el joven Charles cuenta ocho años, y las evocaciones del adulto son tiernas y compasivas e irónicas.

Se sorprende siempre corriendo, convencido entonces de que sus habilidades motoras son una gracia de Dios; se sorprende también de la crueldad y de la piedad infantiles de que es capaz, robando nidos, matando lombrices, golpeando algún cachorro que no llega a aullar; se sorprende, en fin, doliéndose de sus punibles acciones, con sentimiento de culpa.

No era tan travieso, pues. Eso sí: tenía mal acomodo en el colegio. Las primeras clases en las aulas fueron para él “un mero espacio vacío”, un lugar en el que forzaban a los muchachos con aprendizajes memorísticos de cosas inútiles.

Leen, sí, recitan versos de Virgilio u Homero, disfrutan con odas de Horacio, pero sus avances son irrelevantes. “Cuando dejé el colegio no era ni avanzado ni retrasado para mi edad; creo que todos mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel intelectual normal”, admite.

“Para mayor mortificación mía, mi padre dijo una vez: `Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia´…” ¿Qué decir de dicho diagnóstico? ¿Qué decir del futuro que le espera a ese muchacho?

Esas preguntas tienen fácil respuesta si las leemos en clave paterna. En realidad, algunas de las páginas más divertidas de la ‘Autobiografía’ son las que el naturalista dedica a Robert Waring Darwin, su padre. Lo recuerda voluminoso, con una corpulencia intimidatoria. Lo menciona con ironía y ternura.

“Medía 1,88 metros, era de espaldas anchas y muy corpulento: nunca vi un hombre más grande”, precisa. “La última vez que se pesó llegó a los 152 kilos, pero después aumentó mucho de peso”, admite resignadamente. ¿Demasiada humanidad? ¿Y qué significa eso?

Del padre –médico de profesión– admiró su capacidad para acercarse a los demás, para ponerse en el lugar del enfermo, para ganarse su confianza. Tanto era así, que la palabra de Robert Waring Darwin parecía tener efectos terapéuticos.

Como un psicoanalista ‘avant la lettre’, lo primero que hacía era dejar hablar a los pacientes: a las pacientes, precisa el hijo. Así se desahogaban y, muy frecuentemente, lo que en principio parecían dolencias físicas acababan diagnosticadas como padecimientos psíquicos.

Darwin dedica páginas de admiración a esta habilidad que tanto bien hizo, añade. ¿Bien? ¿No sería acaso la treta de un hábil manipulador? No, responde el hijo. En Robert Waring Darwin había la entrega humana del médico rural y una particular capacidad de observación.

Sabía conjeturar a partir de lo meramente superficial y sabía predecir el curso de la enfermedad valiéndose de su aguda mirada: un finísimo observador dispuesto a ver las maravillas del mundo, dispuesto a viajar para aprender, para coleccionar estableciendo series.

El coleccionismo fue una práctica habitual entre los burgueses del Ochocientos, pero ese juego solía limitarse al placer que procuraba el tesoro acumulado. En cambio, en Darwin, las piezas se interpelaban y lo reclamaban, creando cadenas y contextos que ya no existían o que eran invisibles.

Se formó en la Universidad de Edimburgo y en la de Cambridge, cursando estudios de medicina y teología, materias que no le dispensaban gran satisfacción. En realidad, “ninguna de mis dedicaciones”, dice, “fue, ni de lejos, objeto de tanto entusiasmo ni me procuró tanto placer como la de coleccionar escarabajos”. ¿Podemos imaginar algo así? Una tarea aparentemente irrelevante es el principio de un habilidad científica.

El viaje en el ‘Beagle’ (1831-1836), surcando mares, recalando en islas y costas remotas, anotando sus registros, cuaderno que más tarde publicará, le permite descubrir lo inesperado.

La aparición de ‘El origen de las especies’ (1859), que tanto escándalo provocará trastorna el orden del mundo y de las concepciones científicas. La realización de diferentes investigaciones sobre el mundo natural, con minucia erudita y entusiasmo poético será práctica de Darwin.

Todo ello nos muestra a un científico tenaz: un observador atento a lo minúsculo. Del indicio extrae información general, de la huella obtiene datos circunstanciales, del resto saca noticia de otro tiempo que ha sobrevivido hasta hoy. Lo pequeño deviene grande, ley general, ley de funcionamiento.

“Al examinar por primera vez una comarca, nada parece menos prometedor que el caos de las rocas; pero al registrar la estratificación y la naturaleza de rocas y fósiles en numerosos puntos, razonando y prediciendo siempre lo que se encontrará en otros lugares, no tarda en proyectarse luz sobre el terreno, y la estructura del conjunto se vuelve más o menos inteligible”, dice Darwin en un pasaje de su ‘Autobiografía’.

¿Y Dios? Selección natural y supervivencia de los más aptos son algunas de las fórmulas expresivas que resumen la teoría evolucionista y que pronto hicieron fortuna. No puedo extenderme en ello porque mi competencia en este ramo es escasa. Para nuestros fines, es más interesante detenerse en Dios. ¿Qué papel finalmente reservamos a Dios a partir de Darwin? ¿Qué dice el naturalista a este propósito? ¿Dios nos mira?

Conviene recordar la censura, las censuras que amputaron la primera edición de ‘Autobiografía’. No fueron las únicas, desde luego: los familiares de Darwin consideraron que las ironías o los sarcasmos que el naturalista se permitía para enjuiciar a sus contemporáneos eran expansiones indebidas.

Muchas descripciones de colegas o de amigos o de coetáneos simplemente desaparecieron para no herir sensibilidades o susceptibilidades, según. ¿Coetáneos? Las menciones que hace a la figura de Dios –nuestro eterno coetáneo, digamos– son las más censuradas.

En la ‘Autobiografía’, Darwin manifiesta incredulidad y escepticismo, entendiendo por tales la duda acerca de las verdades reveladas y el racionalismo frente a los prodigios. Llega a ello poco a poco, tras sus observaciones, tras sus investigaciones. ¿Un Dios irascible, un Dios benevolente, un Dios diseñador?

Admite lo increíble que es el Antiguo Testamento, “versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo” o con una Providencia dominada por “los sentimientos de un tirano vengativo”. Por eso, no admite la evidencia de los milagros, su supuesta obviedad: “cuanto más sabemos acerca de las leyes fijas de la naturaleza más increíbles resultan éstos”, unos prodigios que sólo pueden aceptarse por seres humanos “ignorantes y crédulos”.

Pero no menos dudosa es la historia del Jesucristo: es un Dios bondadoso, sí, pero desmentido permanentemente por el sufrimiento del mundo. “Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías”. El mundo es un espacio de conflicto sin fin.

En conjunto, admite Darwin, los Evangelios son literatura, bella literatura que explota y explora lo sublime, con un Dios que hace del prodigio su modo de manifestarse. Se cree en Dios contra toda evidencia, añade, porque hemos sido educados en el hábito de creer.

“No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte”. El naturalista está convencido de ello. Es tan constante y tan duradera esa enseñanza en los niños, “que deshacerse de su creencia les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes”.

¿Y la moral? Entonces, si no hay Dios, ¿qué nos frena o qué nos justifica? Si no hay castigo eterno o recompensas definitivas, ¿cuál puede ser la regla de vida? Podría pensarse que ya no hay nada que detenga el carácter depredador o avasallador de los humanos, regidos por “la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes”. ¿Es así?

Darwin niega ese ciego destino, ese comportamiento puramente pulsional. “El ser humano”, dice el naturalista, “mira al futuro y al pasado y compara sus diversos sentimientos, deseos y recuerdos”. El ser humano es capaz de demorar su satisfacción más primitiva y, por tanto, es capaz de seguir “los instintos sociales”. ¿Y qué es eso?

El freno que nos impone la civilización y que aceptamos para vivir en común y para sobrevivir: el pago inmaterial que recibimos de los demás, la ayuda, el reconocimiento. El individuo no es sólo un ser egoísta: también tiene sentimientos altruistas, nos dice Darwin.

“Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive”, precisa. “Este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos”, concluye.

Si le quitamos esa visión victoriana –la prevención que el naturalista manifiesta ante las “pasiones sensuales”–, la conclusión de Darwin es la de la moral laica aún pudorosa. Para él y para tantos otros después, la ética no empieza con Dios, sino con los individuos estableciendo relaciones humanas: justamente cuando de los demás esperan respeto y buen trato, justamente cuando a los demás dispensan reconocimiento.

Escultura de Susana Ruiz, en homenaje a Anís del Mono (Badalona).

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