Le haré una oferta que no podrá rechazar

“i’ll make him an offer he can’t refuse”

Siempre regreso y siempre amplío lo que originariamente había escrito. Meses atrás leí en ‘El País’: “El Padrino: Oscar de los Oscar. El filme es votado por los lectores como el mejor de los que han obtenido el Oscar a mejor película en las 86 ediciones del premio…”

image‘El Padrino’ (1972), de Francis Ford Coppola, es un film que he visto y vuelto a ver en numerosas ocasiones. No me jacto de ello. Es rara la familia que no ha disfrutado de dicha película: incluso en comandita, todos los parientes consumen su tiempo en común. Todos los familiares juntos mostrando su estupor.

Mi noción primera de la Mafia procede de esta película. La vi siendo adolescente y sin duda el film me sobrecogió. ¿El mundo puede ser así, tan violento y fatal? ¿Sin perdón? Me deslubraron Marlon Brando, su voz afónica en el doblaje español, las mandíbulas amenzadoras, la jefatura indiscutible, la lentitud de sus gestos y la determinación de sus condenas.

Luego vinieron las conversaciones que mantuve con mi padre a propósito de la obra de Mario Puzo, la novela de la que procedía el film. Yo iba creciendo tontamente, despistado, y mi padre iba leyendo provechosamente. Entre las miles de novelas que registró, ‘El Padrino’ estaba entre sus favoritas.

Yo nunca la leí: la ficción de Puzo (quiero decir). Pero mi padre la disfrutó al menos en dos o tres ocasiones. He de mirar sus archivos, esos registros particulares. Curioso su empeño y curioso mi desinterés. Supongo que tienen que ver con rivalidades generacionales o incluso con algún asunto más ridículo.

Después, cuando mi padre ya era un anciano, investigué sobre este fenómeno, sobre la Mafia. Leí, vamos. Al pasar un curso académico en Italia, en Bolonia concretamente, no dejé de averiguar con regularidad y dedicación lo que los antropólogos decían sobre este fenómeno: sobre la Mafia, la Camorra, la ‘Ndrangheta.

La Mafia es una trama de extorsiones, de violencias; una trama que reemplaza al Estado, que sustituye a las instituciones. En Valencia, regularmente, no tenemos muertos en la plaza pública; tampoco tenemos linajes enteros acribillados por familias rivales y hostiles. No vivimos en un estado de intimidación semejante. Pero la Mafia es algo más que ese terror extraordinario. Es también un miedo cotidiano.

Es una red particular que se lucra con lo público, gentes que se benefician de su posición privilegiada. Prestan ayuda, auxilio, asistencia que el orden legal no podrá conceder. Es una red que hace favores, que concede prerrogativas. Acogen, tratan, apoyan, pero sobre todo tutelan en una circunstancia siempre comprometida.

Protegen: eso es la lógica mafiosa. Nosotros velamos por vosotros y vosotros, en contraprestación, nos concedéis estas o aquellas ventajas. Nos lo agradecéis materialmente y nosotros, a cambio, os permitimos desarrollar una vida ordinaria: negociar o gobernar. Un servicio por otro. Y si es preciso apiolamos.

Como lo mafioso, como el delito organizado, quiebra toda confianza y elimina los vínculos legales, el fenómeno –ya digo– acabó por interesarme. Más allá de la película, digo. La sumisión voluntaria, la ‘famiglia’ como marco de referencia y de obediencia, el individuo como resorte, ‘i capi’ como jefes jerárquicos, la lealtad, la ‘omertà’, la vida corriente en una circunstancia extrema, los dones, los favores, los regalos, los sicarios. Y, luego, los individuos que no ven, que se someten, que aceptan el estado de cosas.

A mi interés creciente, renovado, contribuyó sin duda la actuación de Marlon Brando en aquella película temprana. No hay actor de la saga que pueda equiparársele. Tengo un ‘pack’ con las tres películas. Las he vuelto a ver recientemente con devoción, con recogimiento. Con inquietud incluso: tras haberme rendido a ‘Los Soprano’ (1999-2006), esperaba lo peor. Amo a Tony Soprano-James Gandolfini y temía enfrentarme a un mito adolescente.

Francis Ford Coppola es grande. Pero Brando no tiene comparación: todos los actores de las tres películas son livianos, de una pieza, sin costuras: inconsútiles. Al menos, si los comparamos con ese monstruo llamado Brando. O con ese gigante que fue Gandolfini. Un gesto, un leve movimiento de sus rígidas mejillas, un ademán. Nada puede ser cotejado con Brando o con el sanguíneo Soprano.

Ni siquiera en la España actual, en la España real de corrupciones y extorsiones. La mala práctica de los partidos políticos no alcanza la magnitud de don Vito Corleone; la corrupción local no es nada comparada con el dominio férreo de la ‘famiglia’. Las sustracciones, las presiones, las coerciones…, no son gran cosa si las confrontamos con la tiranía de Corleone. Tú tienes un problema; el Estado no alcanza a ayudarte o a resolverlo; la ‘famiglia’ te asiste.

Pero, atención, no nos hemos librado. Se multiplican las tramas, se acrecientan los casos, se disparan los escándalos…

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