Pablo Iglesias. Un avance elástico en la retaguardia

imageHe leído con asombro y escaso interés las entrevistas que el líder de Podemos concede a eldiario.es y elpais.es. La finalidad de las declaraciones es averiguar la posición y la actitud negociadoras de la formación y sus allegados.

El lenguaje que emplea Pablo Iglesias es estremecedor y, en ocasiones, patético. Sirve para enmarañar, para enredar y para enredarse evitando así lo real y sus efectos y defectos.

Hace deliberada mezcla del lenguaje bélico –real y metafórico– con aquel otro bla-bla-bla que sirve para tapar, ocultar o maquillar las derrotas.

Resulta que pretendían tomar el cielo por asalto en una guerra de movimientos, una contienda de avances rapidísimos. ¿Qué se ha encontrado? La resistencia de enemigos o indiferentes, la resistencia de muchos a ser comandados por un líder iluminado, cosa que convierte el esfuerzo de Podemos en una guerra de posiciones.

Lentamente avanzaremos, se dice, dado que se ha producido “una ralentización de los tiempos políticos”. La capacidad del lenguaje para ocultar o deformar la realidad es proverbial. Si para un general alemán, una derrota o una retirada eran un avance elástico en la retaguardia, para Iglesias es una derrota de las expectativas o una retirada política es una ralentización: todo, menos admitir que las metas les han derribado.

Ellos no son una formación tradicional, por tanto no se limitan a las Cortes o a las instituciones y, por tanto, esperan dirigir un “bloque histórico” que sume fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias.

Es una hegemonía en toda regla: una dirección intelectual y moral que ahorme y aúne. Iglesias lo llama de forma estrepitosa: el movimiento o partido ha de construir la sociedad civil. Es decir, se propone una meta característicamente leninista: hacer desaparecer lo civil para quedar absorbido por el partido o aparato político.

El empacho de referencias de Iglesias es mayúsculo: alusiones a la Primera Guerra Mundial, al leninismo, al gramscismo y al tercermundismo. Etcétera.

De verdad, de verdad, este lenguaje es estupefaciente, ‘bullshit’, una cháchara que obtura lo real. Si cree en este lenguaje, entonces Iglesias es un ‘locatis’, un peligroso idealista. Si, por el contrato, lo emplea como forma de ocultar lo obvio –el fracaso del ‘sorpasso’–, es un cínico.

Tengo la impresión de que Iglesias es un tipo convencido de sus metas, un sujeto que se juzga omnipotente y que se deja engañar por sus expectativas y juicios erróneos. Es un narcisista equivocado. Pero creo también que es un palabrero, un tacticista, un oportunista de izquierdas.

Fotografía: Pablo Iglesias. PABLO BLAZQUEZ DOMINGUEZ GETTY IMAGES

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