Juan Luis Cebrián y Jordi Évole

Domingo, 11 de diciembre de 2016, veo La Sexta. Concretamente el programa de Jordi Évole. A El Objetivo, de Ana Pastor, ya no llego. Tengo sueño y el tedio se me apodera.

Salvados es un espacio entretenido a pesar de la condescendencia que últimamente se gasta su conductor. Entreviste a quien entreviste, Évole ha perdido mordiente. Pregunta retorcido, pero el interlocutor se le escapa. Ya lo he visto en varias ocasiones. 

Jordi trata con suavidad para, en teoría, hincar finalmente el estoque… ¿Pero qué es lo que pasa? Que los entrevistados ya saben a dónde van o ya saben quién les interroga. Por tanto van preparados.

Juan Luis Cebrián, magnate del Grupo Prisa y antiguo director de El País, sabía a lo que iba (a publicitar el primer volumen de sus memorias) y sabía a quién tenía enfrente. 

La puesta en escena era previsible, incluso para el propio entrevistado. Tú pregunta, que yo responderé lo que me dé la gana y si me da la gana.

Y así fue. Jordi Évole se las vio y se las deseó para que la interviú no fuera un fracaso absoluto. Preguntaba y repreguntaba, pero Cebrián, que es un antiguo periodista que sabe esquivar lo que él mismo plantearía si estuviera en ese papel, se le escurrió.

No quiere eso decir que el ex director de El País saliera indemne de la interviú. Salió escaldado, admitiendo contradicciones de las que no quería hablar. Salió maltrecho, sí. Pero no por la esgrima de Jordi, sino por el fardo que arrastra Cebrián.

Évole se mostró impotente para sacarle algo de provecho, para exprimir a quien tenía mucho juego y jugo… retenido.

Al final, lo obvio no se planteó. Jordi no supo o no quiso decirlo y Juan Luis se fue la mar de contento, equivocadamente contento: yo aquí he venido a hablar de mi libro. Ni más ni menos.

No reparó en algo esencial: resulta patético que un potentado de la prensa como Cebrián tenga que ir a la Cadena Enemiga para vender el género y su producto.

¿Ustedes recuerdan la cubierta del libro? La fotografía que sirve de reclamo es de Ricardo Martín, que estuvo en El País como reportero gráfico y ya no lo está: la suya es una instantánea que el periódico ha publicado repetidamente sin indicar la autoría. Ya no…

Resulta triste este asunto, sin duda. Felizmente a Martín le han reconocido lo que se le adeuda: esa fotografía épica. Me alegro, la verdad. Punto y aparte.

Ahora bien, yo, por las dudas, voy a leer a Cebrián. ¿Inducido por Évole? No, lo siento, movido por el morbo: para leer entre líneas al magnate académico. 

Lo voy a comprar en Amazon. Lo leeré en dos días y luego, en un plis plas, lo devuelvo. Pretextaré aburrimiento. La Cadena Amiga me reembolsará el importe. 

Viva el capitalismo.

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El estilo de Juan Luis Cebrián
He leído el único capítulo que de momento hay accesible en la Red. De las memorias de Cebrián, quiero decir.

Es la justificación de la obra y es el relato entrecortado de su infancia. 

Con ser interesante, en dicha primera mocedad apenas hay algo nuevo o insólito que detallar.

Retrata epidérmicamente a una burguesía provinciana (eso sí: de Madrid, de Chamberí), de linajes militares y cercana a la Corte. 

Describe un hogar con numerosas mucamas que atendían y criaban a los dos hermanitos Cebrián: esas mucamas…, gente de pueblo y del pueblo que daban calor y crianza a los vástagos.

Informa del ambiente liberal que en casa de los Cebrián se respiraba, y ello a pesar de ser el padre un falagista valeroso y un reportero de primera fila en el diario Arriba. 

Proporciona algún chisme, pero sobre todo importa el tono del memorialista. 

El tono es propio de niño pera. Y ello resulta irritante. Se ocupa y se preocupa de dejar bien claro que es, que son, clase media, clase media alta. 

Habla de su timidez enfermiza (quizá por ello tiene tantos reparos a contar detalles personales o primeras sensualidades). 

Habla preferentemente de las correrías de sus abuelos, por los que parece sentir mucha admiración: gente de tradición, gente de posibles, que tuvo que remontar sus respectivas crisis. 

Ahí se verían la calidad y la nobleza de los linajes: individuos ricos de cuna, pero avispados, inteligentes a más no poder.

La prosa de Cebrián es de una corrección algo anacrónica con expresiones ocasionalmente rancias. 

Creo que el autor confunde el escribir bien con el uso de un castellano anodino y algo cursi: por momentos, recuerda al empleado en un manual de urbanidad y buenas costumbres.

Con ese castellano apenas irónico alude a las calaveradas de sus ancestros, riéndoles las gracias y quedando él mismo como un tipo también rancio e incluso anacrónico. 

Irrita la pose sobrada, inevitablemente sobrada, con la que cuenta experiencia tan escasa.

Es como si dijera: no me importan los bienes materiales, pues en casa siempre hemos estado acostumbrados a vivir bien; no somos avaros o roñosos, aunque tampoco generosos o desprendidos; somos burgueses que disfrutan de los lujos, de los dones.

Eso es un modo de alardear, una manera de revelar que en su casa no hubo falangismo austero o franquismo confesional.

Cebrián dice ser patológicamente tímido, al menos por aquellos años de su infancia. Y así parece haber seguido: ustedes, distinguidos lectores, me perdonarán el pudor con que me voy a expresar. 

En realidad, ese pudor es digno y signo de clase: los varones pueden hacer de las suyas y calaveradas, pero esas cosas no se confiesan o al menos se relatan sin procacidades. Se relatan con una prosa que se juzga cortés, elegante.

Y hasta aquí puedo analizar…. 

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