Bowie.  Montreaux, julio de 2002

Estamos en julio de 2002. En el Festival de Jazz de Montreaux –el certamen más famoso de dicha localidad suiza– se anuncia un concierto de David Bowie. No es raro. El artista siempre se ha declarado amante de esa música. 


Es más, sus piezas y su imaginación introducen cada vez más motivos jazzísticos en rocks o baladas, incluso en alguna pieza remota o abiertamente folk. Así es al menos desde finales de los setenta del siglo XX. 

Por su parte, también desde 1970, el Festival de Jazz invita a artistas y virtuosos de otras músicas al certamen. 

A la altura de 2002, Bowie es una gloria que se resiste a desaparecer. De hecho, para la vida de excesos que ha llevado, la persona física, el cuerpo, se mantiene muy bien. Sigue en la carretera, sigue de gira, sigue resignándose a aviones y vuelos, ese riesgo que detesta y que le dejan mal cuerpo.

Para entonces, para 2002, Bowie sobrepasa los cincuenta y cinco años. Conserva una figura envidiable y un pelo que doma a su antojo, un cabello al que somete: se lo tinta, se lo carda, se lo estira, se lo plancha. 

Para la ocasión, Bowie viste un terno oscuro que realza su pose elegante y los gestos desmayados, casi en suspensión, de absoluta languidez. Precisamente como el que distinguimos en la fotografía que le toma Fabrice Coffrini. 

“He started the show in the very stylish black and white clobber that has become the trademark look of this tour”, leo en una crónica del 19 de julio que reproduce ahora la página oficial de David Bowie. Para entonces, para 2002, ya no vemos la estética recargada, estridente, de anteriores décadas, the ‘glam clobber’.

Hace muchos años que ha abandonado sus indumentarias glam, sus colores chillones, sus artificios más ostentosos: el lamé, las lentejuelas, los zapatos de vértigo, de enorme plataforma, los pantalones de vuelo, audazmente acampanados o los leggings, los pendientes de muchas libras, los plásticos satinados, los aderezos tras los que se oculta o se exhibe. 

Fue ese momento, hacia 1972, hacia 1974, etcétera, cuando según admite estuvo apagando el fuego con gasolina. La extravagancia indumentaria revela convulsiones anímicas y creativas, y revela el esfuerzo de un tímido por dejar de serlo. O revela la absoluta dramatización de su puesta en escena.

Ahora, en 2002, es un tipo mundialmente famoso que ha logrado todos los éxitos tan ambicionados, incluida un riqueza descomunal. Al mismo tiempo, ha cosechado fracasos materiales y humanos.

Ahora, en 2002 –insisto– su aspecto en el escenario es de un caballero, de pose refinadamente elegante, un maduro otoñal que aún puede enamorar, que todavía puede seducir a un fan de cualquier edad.

En la instantánea, en la que vemos un gesto de extrema liviandad, Bowie parece doblarse de placer o por la ligereza corporal o por el balanceo de la coreografía. 

El efecto entre el público es el mismo. Hay una larga historia detrás de ese gesto, de esa desmayada suspensión. Hay o sigue habiendo la puesta en escena de un mimo o de un clown o quizá de un crooner. ¿Cómo saberlo? 


Ah, algún día diré la mía…

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