68. Lo que queda de Mayo

Entre los meses de mayo y junio de 1968, una protesta estudiantil conmocionó las estructuras de la República francesa.

Lo que en principio parecía una chiquillada sin mayor trascendencia se convirtió en una revuelta de mucha repercusión.

Tanta repercusión tuvieron esos acontecimientos que de manera ritual y decenal volvemos a preguntarnos qué fue aquello, qué incidencias inmediatas tuvo y qué consecuencias provocó.

¿Acaso aún vivimos bajo sus efectos? Lo de París fue un hecho local, pero a la vez universal: inmediatamente se convirtió en un espectáculo mundial, en simbiosis con revueltas y altercados de otras capitales.

Quizá ese mundo de la posguerra, aún rígido, necesitaba sacudirse los frenos morales y políticos de una tensión inacabable que obligaba a fijar las posiciones sin indisciplina: la propia Guerra Fría.

Pero Francia es en este aspecto muy especial. Desde 1789, desde 1830, desde 1848, desde 1871, etcétera, París sufre convulsiones que asombran a vecinos y foráneos.

Asombran a quienes las protagonizan con alborozo y a quienes las observan con admiración, incredulidad o rechazo.

Pero volvamos al 68. Lo que de entrada son unos estudiantes universitarios y bachilleres bien nutridos y levantiscos se convierten en unas masas urbanas hostiles y festivas.

Se cultiva, sí, en la capital de Francia una tradición de revueltas, de rebeliones, que trastornan periódicamente las calles de París, escenario de bacanales políticas.

Practicarán la violencia, la violencia política, y padecerán la represión contundente y contumaz de la gendarmería, de los cuerpos antidisturbios. Habrá muertos. Pero habrá sobre todo fiesta revolucionaria.

¿Qué es lo que se vive? La satisfacción de estar juntos, de salir juntos, de ocupar alegremente la Sorbona, el Teatro del Odeón, la Escuela de Bellas Artes y otros recintos.

Se unen, se reconocen, se identifican como jóvenes, con esa inmortalidad que aún se disfruta.

Están en París, el mejor escenario posible, el teatro de los acontecimientos, para reivindicar cosas concretas, referidas a la vida académica, y para plantear metas más abstractas y hasta utópicas.

Los jóvenes alborotados ocupan, ya digo, recintos universitarios, salen en manifestación continua.

Se enfrentan a la policía, levantan barricadas y lanzan adoquines. Difunden pasquines, empapelan los muros con afiches, popularizan consignas audaces.

Emplean lenguajes sedicentemente marxistas y anarquistas, hablan con léxicos maoístas y hasta trotskistas, pero sobre todo convierten el desafío en un reto político y hedonista, colectivo e individual.

Con los fotoperiodistas y los cámaras inmortalizando rostros y situaciones, situaciones de regocijo y revolución, de rebeldía e insolencia, el Barrio Latino vivirá su particular kermesse.

En la tradición histórica, por kermesse entendemos una fiesta popular, con algo de celebración barrial, un alboroto y un alborozo del vecindario que se realiza y se consuma para fines prácticos y para exaltación colectiva.

Una kermesse es también un mercado material y un mercadeo de pasiones, de desenfrenos varios, hasta bacanales de placer y de desafío al orden constituido.

Es el desorden, la inversión de los valores; es el fin (temporal) de las normas, de las restricciones, de las reglas de la civilización, de la compostura y de la ‘politesse’.

Se acaban —ahora, ya, de momento— las hipocresías y las cortesías.

Y es la vivencia del carnaval político y mundano, la celebración de la carne e incluso de lo bestial. Abajo el orden, en efecto, y arriba lo reprimido, lo oculto, lo condenado.

Es o se vive como una explosión de lo impulsivo, de lo instintivo, del desenfreno y de la libertad salvaje o natural.

En 1968, París vuelve a ser, en efecto, el escenario de la revolución. París vuelve a ser una fiesta. París no se acaba nunca.

Los hijos del bienestar, que pertenecen a la “Francia que se aburre” (según el diagnóstico previo de un periodista), adoptan formas de guerrilla urbana y, durante unas semanas, se adueñan del espacio público atrayendo el interés de los medios.

Pronto se les unen numerosos obreros en paros e intervenciones de fábricas hasta llegar a una huelga general con millones de seguidores.

El presidente de la República, el General De Gaulle, y su primer ministro, Georges Pompidou, afrontan los hechos con desconcierto, luego con determinación y pronto con sangre fría.

La Francia burguesa y menestral, la Francia propietaria y bienestante, se pondrá a la cabeza de una gran manifestación gaullista en defensa de los valores tradicionales, en defensa de la República.

Todo había empezado en marzo, en Nanterre, una universidad de reciente creación y ubicada en el extarradio junto a la miseria invisible del París más chic.

Una reivindicación inocente, acceder a las salas y a las aulas de las muchachas, y una demanda modesta de libertad sexual desatan las hostilidades.

Se crea un movimiento estudiantil, el Movimiento 22 de Marzo, que encabezará un joven germano-francés (hijo de judíos alemanes emigrados) Daniel Cohn-Bendit.

Ahora bien, los enfrentamientos estudiantiles se inician en los primeros días de mayo, cuando se ordena la clausura de la Universidad de Nanterre (2 de mayo) y las fuerzas del orden interrumpen una asamblea en la Sorbona, en la que se discute la implantación de la selectividad (3 de mayo).

De inmediato empieza una campaña de movilizaciones cuya meta no sólo es derogar el proyecto de reforma educativa, sino también denunciar la hipocresía de la sociedad burguesa.

A lo concreto se une, pues, la reivindicación de un mundo distinto, de una moral abierta o laxa.

A partir del 10 de mayo se levantan barricadas en el Barrio Latino y la Sorbona será tomada por los grupos estudiantiles, haciendo caso omiso de la amnistía prometida por el primer ministro.

El 13 de mayo los sindicatos irán a la huelga general, tomarán las fábricas reclamando un aumento de salarios.

Justo en ese momento, justo entonces, diez millones de trabajadores se suman a la huelga estudiantil como muestra de solidaridad y de comunión de intereses.

El levantamiento de barricadas, las manifestaciones, la ocupación de locales públicos y la guerrilla urbana serán las formas expresivas de ese teatro revolucionario.

La unidad se quiebra cuando afloran las diferencias entre los sindicatos, cada vez más moderados, entre ellos la CGT (comunista), y el movimiento estudiantil, radicalizado y dirigido por grupos de inspiración trostkista y maoísta, como el Movimiento 22 de marzo.

El 30 de mayo De Gaulle anuncia la convocatoria de elecciones generales y la disolución de la Asamblea Nacional.

Finalmente, la policia expulsará a los estudiantes del teatro de Odeón, de la Sorbona y la Escuela de Bellas Artes (el centro de producción de la iconografía izquierdista).

Los gaullistas obtiene un triunfo sin precedentes en las elecciones celebradas en junio, con lo que se pone término a la crisis de mayo. Al menos temporalmente. Se pone fin al vértigo de acontecimientos.

Pese a este fracaso político inmediato, el Mayo francés es y será un aldabonazo, una llamada de atención.

Por esas fechas, el mundo está cambiando, los jóvenes reclaman su espacio, cuestionan con lucidez o con torpeza mayor libertad, nuevos valores, nuevos hedonismos.

Son unos cambios culturales que ya se están dando y que se radicalizarán todavía más con el paso del tiempo.

El radicalismo trastornó aquella sociedad aún pacata, pero una parte de esos valores individualistas y hedonistas serán pronto credo común y nutrientes del mercado y de la publicidad.

En parte, yo mismo soy hijo contradictorio de todo aquello: del puritanismo, de la reserva, de la contención en que fui educado, y del hedonismo ateo al que aún aspiro. Esto no es un Valle de Lágrimas. O eso quiero creer.

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