Vicente Blasco Ibáñez, hombre de acción

La Universidad de Valencia ha organizado la exposición Blasco Ibáñez y la conquista de las masas: fondos de la Universitat de Valencia.

La imagen del cartel recupera la obra que Lluís Dubón diseñó para el número extraordinario de El Pueblo en 1921. Se conserva en la Biblioteca Histórica, en cuya sala noble se encuentra la exposición.

¿Cuál es el motivo? El centenario de los homenajes tributados a Vicente Blasco Ibáñez por el Ayuntamiento de Valencia en 1921. La exposición la encontramos en La Nau y acaba el 5 de septiembre.

No se la pierdan.

La muestra, comisariada por Blanca Cerdá, nos propone un redescubrimiento del autor valenciano (1867-1928). Y el resultado es bello y equilibrado: como también lo es el catálogo. No es un libraco. Es una obra de mucha sabiduría condensada en pocas páginas y, a la vez, un volumen bien vistoso y sobrio.

La cartelería y los ejemplares de sus principales novelas y escritos figuran en la exposición: con sentido, con hilo conductor. Nos acercan a la vida pública de este individuo incansable que tanto protagonismo tuvo en la Valencia finisecular y posterior.

La comisaria ha elaborado una muestra para todos los públicos y para quienes saben mucho del autor. Entretenida e ilustrativa.

No se puede decir más en un espacio chico, reducido, pero de gran nobleza. Allí brillan las ilustraciones de sus cubiertas para la editorial Prometeo, algunas de las cuales firmó José Benlliure.

Creo que la sala de Biblioteca Histórica —sede de la muestra—, los contrastes de luz y la categoría del entorno dan a la exposición una armonía y una calidad sobreañadidas.

Blasco Ibáñez lo fue todo en vida y, por ello, fue amado, reverenciado, seguido, repudiado, vilipendiado, envidiado. Lo fue todo, sí. Según nos recuerda la comisaria, Blasco Ibáñez destacó como:

“…novelista, periodista, político, emprendedor, viajero y cinematografista. En definitiva, un ‘hombre de acción’…”

En efecto, fue eso e incluso mucho más. Y yo añadiría que también después de muerto, dado el eco que su figura aún despierta.

Quizá muchas de sus novelas no formen parte del canon más eximio, pero esos relatos encandilaron al pueblo (lector u oyente de sus folletines y de sus obras más dramáticas o didácticas). Éste era uno de sus objetivos. Ganar para sí un gran número de lectores con el fin de entretener y convencer.

En Valencia tuvo repercusión como literato y tuvo gran incidencia como político profesional, como revolucionario de salón, como polemista y publicista, como hombre que se batió en las calles, en los mítines y en los duelos.

Hizo profesión de fe del republicanismo y del anticlericalismo, y esa posición y el combate que libró con su diario, El Pueblo, le costaron varios destierros: el último, ya con Alfonso XIII y con su dictador de servicio, el general Primo de Rivera.

Blasco Ibáñez morirá en Francia, siendo repatriados sus restos en los años treinta.

Esas novelas y algunos enjuagues —al decir de sus oponentes— le permitieron vivir holgadamente, con un buen pasar e incluso con una ostención de nuevo rico que creía merecer.

Tuvo resonancia internacional: en muchos países será conocido y admirado, pero sobre todo en Argentina y en los Estados Unidos.

De hecho, la Primera Guerra Mundial le permitió alejarse de la esfera local para triunfar con su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), adaptada al cine en Hollywood.

Fue leído por millones de personas, sí, y dicho film fue visto por no menos espectadores.

La existencia de Blasco Ibáñez resulta tan trepidante y variada como las novelas que escribió y publicó. Según él mismo admitirá, su vida plural es el relato de un hombre de acción que, en momentos de descanso, escribía.

Escribía torrencialmente y de su pluma sale literatura de mucho fuste, así como páginas folletinescas y enfáticas.

Gracias a estas casualidades o celebraciones, yo me he dedicado a leer o a releer no sólo el catálogo de la Exposición, sino también otras obras de mucho relumbre, principalmente biografías.

Entre otras, he releído la que escribió Ramiro Reig, publicada por Espasa. Y he descubierto, por fin, las páginas que Javier Varela le dedicó en una biografía de Blasco realmente lograda (aunque todo puede mejorarse, claro).

El libro de Varela anonada. Se titula El último conquistador: Blasco Ibáñez (1867-1928). Es extenso, ciertamente, como el propio autor advierte: 926 páginas. Pero yo no me salto ni una.

Tales son la calidad de la prosa, el esmero de la narración y la base documental. Por otro lado, administra precisamente esa información de una manera admirable. A pesar de ser copiosos los datos, ese hecho no cansa, no fatiga.

Quizá no comparta todas las interpretaciones que Varela hace de la vida de Blasco Ibáñez. O quizá el autor no cite enteramente a quienes le antecedieron, según algunos le reprochan.

Pero yo no soy especialista y me he dejado guiar con placer por Varela: por su sutil mirada y por el tono levemente irónico de su prosa.

Lástima que en su momento no me hiciera con el catálogo de la celebrada Exposición que Varela comisarió para el MUVIM. O yo estaba en las nubes o estaba con otros compromisos académicos. O ambas cosas a la vez.

Ahora, este verano, me he resarcido. He disfrutado de una honesta y equilibrada exposición, la organizada por Blanca Cerdá. Y he disfrutado de las vidas de Blasco Ibáñez: las que él vivió y las que ciertos historiadores (Varela especialmente) nos han contado.

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