Javier Tomeo (1932-2013) fue el gran autor de la novela corta, la historia que empieza con orden para después desencajarse.
Lo sigue siendo (el gran autor de la novela corta). Ahora, Anagrama lo rescata para nuevos y viejos lectores en su colección Compendium. Compendium que tiene algo de fondo noble y funerario: exhuma lo mejor de la casa.

Pero volvamos a la vida.
Las historias de Tomeo aún nos aturden. El mundo es un lugar en el que milagrosamente rige el orden. Eso es lo queremos creer. A esa fantasía compensatoria nos aferramos.
Pero no es así y Tomeo lo mostró y demostró.
De origen, de raíz, el mundo es un lugar averiado, desparejo, con roturas y malformaciones. Es un sitio en el que pasan cosas.
Lo peor. Aunque sean pequeñas e ignoradas.
Tomeo puso toda su inmensa creatividad al servicio de tantas y tantas historias que suceden, que podrían suceder y que él las narra sin tiempos muertos, acelerada o abreviadamente.
De entre todo lo que contó, tuvo especial predilección por los monstruos, por los tipos raros y averiados. Quizá el mismo se veía así.
Y uno de ellos, una de esas criaturas, fue el lobo, incluso el hombre-lobo, ser que siempre le enterneció. Caperucita se salva gracias a los pastores, un oficio nobilísimo de armas tomar.
Esos pastores acribillaron al antepasado del lobo del que ahora hablamos. Y esta bestia vive con dolor la soledad y esa herida de estirpe. De hecho, murió de soledad, nos dijo Tomeo: luego…, es un lobo fantasmal.
Esto es el colmo. O el colmillo.
Javier Tomeo imaginó personajes extravagantes, algo locos, que salían desnudos al balcón, en bolas: enseñando sus partes, sus partes pudendas, sus vergüenzas.
No me los imagino.
Soy muy limitado si debo pensar en un varón en pilota picada. Tomeo, en cambio, imaginó pajarillos que se alegraban de ver dichas desnudeces.
Eran aves normales, no vayan a pensar, absolutamente entregadas al alpiste, alimento rico en carbohidratos y pobre en grasas, según nos advertía Tomeo.
Detallemos algo más ese ejemplo.
El tipo desnudo del que arriba hablaba alimenta al pajarico y al mismo tiempo se exhibe ante la vecina de enfrente. Los colgajos se ven claramente.
La vecina lo examina. No sé si con aprensión. Los escruta con prismáticos, nada menos. Nos confiesa e insiste el personaje-narrador que a la dama no le interesa su cara, sino su entrepierna.
¿Será verdad? No me imagino la inmundicia y la impudicia que deben de acumular. ¿Qué? ¿Quién? ¿Quiénes?
Javier Tomeo tuvo especial cariño por la televisión, esa gran desconocida. Sintió simpatía por el televisor, ese monstruo metálico y cristalíneo que literalmente devora.
Pongamos un ejemplo.
Nos compramos un aparato nuevo, de muchas pulgadas, y muy ufanos lo colocamos en la parte noble del salón. ¿Dispuestos a qué? Dispuestos a sorprender a la audiencia…
¿Cuál es el resultado?
Al poco tiempo, la pantalla catódica o plana ha devorado a un par de telespectadores, familiares nuestros que estaban en el comedor.
La última vez que tuvimos contacto con ellos estaban abducidos… Mientras tanto, la abuela seguía allí, sin contemplarla, sin inmutarse, sin enterarse. Haciendo calceta.
Javier Tomeo fantasó con personajes que sudaban mucho, como cerdos, según dicen algunos narradores suyos.
El sudor, en Tomeo, es un dato imprescindible de su literatura: como las borracheras y los ojos asimétricos.
¿Sudan los cerdos?, se pregunta un personaje. Quizá se autorrefrigeren, dice uno de sus locos, esos dementes que se expresan con tanta verborrea.
Pero entonces si el personaje que suda está sudando no es exactamente un cerdo. Un galimatías.
Javier Tomeo imaginó azoteas, casas con altillos, cobertizos, balcones (siempre balcones). Siempre en las alturas, con escaleras inacabables, con escalones interminables.
No era infrecuente que esas casas estuvieran habitadas por muñecas muertas, piezas inertes ¿Algo sadomasoquista? ¿Algo fetichista?
Bueno, conocemos alguna historia de Tomeo en que todas las muñecas de la casa están ahorcadas.
¿Muñecas ahorcadas?
¿Qué perturbada imagen es ésa? Una muñeca ahorcada es una fantasía homicida. Justamente a la medianoche, esos seres inertes empiezan a suspirar de manera muy sospechosa.
La patrona del inmueble es quien las colgó y las exterminó. ¿Adivinan por qué?
Javier Tomeo llegó a soñar con islas remotas, espacios lejanos a los que ir para no regresar, islas rodeadas por mares insondables y hasta inverosímiles.
Se trataba, sí, de islas de color amarillo. Nada menos: el amarillo es el color del dinero. Y el del diablo. Y el del calor. Islas sin horizonte, sin esoeranza. Literalmente.
Como dijo el escritor en cierta ocasión, «hace tiempo que el horizonte dejó de interesarme».
Allí en el horizonte, en ese horizonte sin esperanza, en esa eternidad sin confín, Tomeo estará riéndose de todos nosotros.
¿Por qué?
Porque en el Cielo no puede estar pasando la eternidad, al lado de seres angelicales, sin tacha moral, limpios y sin transpiración. Convivirá con sus amados monstruos, aguardando nuestra llegada. No nos demoremos.
No nos demoremos en leerlo o en releerlo.

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