Cuando lo vimos por vez primera (1981), Indiana Jones era un joven profesor universitario. Era, sí, varonil y atento, elegante y tímido.
Acudía a la Universidad impecablemente vestido: un modoso docente que atiende en sus clases e imparte lecciones de arqueología.
Como espectadores pronto lo aprendimos: ante los grandes retos arqueológicos, Indy siempre deja la rutina para emprender una aventura.
Cambia su indumentaria y, con ello, cambia también la actitud con la que afrontar la vida.
Ahí lo tenemos: pantalones amplios de lanilla, camisa de Safari, cazadora de cuero, sombrero Fedora, látigo y revólver, aparte de un zurrón. Ahí lo vemos, remotamente inspirado en Stewart Granger, el protagonista de Las minas del rey Salomón (1950).
En esa bolsa, la de Indy, caben todas las cosas que necesita. Reparemos en dos de sus pertenencias.
El sombrero y el látigo.
Ambas piezas son valores masculinos tradicionales, una afirmación del macho que se pierde en el agitado siglo XX, que se desvanece en un presente visiblemente femenino y gay.
Resulta evidente: tras los sesenta, tras el feminismo y el Gay Power, la reivindicación de la masculinidad que hay en Indy sólo puede hacerse mediante el humor, cosa que abunda en la saga.
No se trata de burlarse del héroe varonil, del macho valiente, sino de otra cosa: se trata de que el sujeto masculino se afirme y a la vez se disculpe simpática y nostálgicamente por los larguísimos siglos de dominación.
La figura de Indy es una reivindicación melancólica de la masculinidad, cierto, pero de cierta masculinidad perdida. O ya seriamente cuestionada.
De hecho, cuando vemos en la primera película a Marion, aquella dama que competía bebiendo destilados sin parar, sabemos que hay una cuestión amorosa irresuelta. Pero sabemos también que Marion ya sobrepasa a Indy.
Por otra parte, el látigo y el sombrero son también ‘objetos transicionales’. La expresión es psicoanalítica, de D. W. Winnicott, y es atinada y feísima.
¿A qué se refiere?
Un objeto transicional es un artículo generalmente blanco que recuerda a la madre, su protección.
Es una defensa contra lo depresivo, algo muy primario, infantil e infalible, algo blando –ya digo– que cubre y protege (sombrero) o algo evidentemente fálico y flexible (látigo).
Dice D. W. Winnicott en Juego y realidad que lo transicional puede convertirse en un objeto fetiche en la vida adulta.
Así vive Indy cuando deja de ser profesor. El arqueólogo Indiana Jones jamás se desprende de su sombrero Fedora: arriesga la vida por retenerlo si lo ha perdido o se le ha caído.
Con el látigo recupera a la muchacha de El templo maldito: a Willie. La enrolla cuando ella creía escapar. La enrolla para atraerla hacia sí, hacía el varón.
Y el revólver, inevitablemente fálico, sirve para disparar y acabar con el enemigo y sus artes bélicas tradicionales, un enemigo en el fondo débil, ingenuo, premoderno.
Como ven, todo en Indy es políticamente incorrecto, infantil, fálico.
Pero todo está teñido por el humor, por el guiño, por la ironía, por la confraternización. Con todos puede amistarse, salvo con el nazi depredador.
El héroe se cansa, va envejeciendo… ¿Y nosotros? Pues nosotros con él.
Hay una última producción de Indiana Jones con Harrison Ford. La Quinta. Me han hablado bien y no tan bien de esta última película de la saga.
Por lo que sé, al final le dejan las arrugas, los achaques, las tendinitis, la artrosis, etcétera.

Por lo que sé le dejan todo, todo aquello que nos lo hace, ahora sí, humano, viejo y descangallado. Solo y sombrío.
Ignoro las cualidades cinematográficas de esa quinta entrega. La veré, por supuesto, aunque sólo sea para despedirme.
Queremos tanto a Indy.

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