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En su última novela, No te veré morir (2023), Antonio Muñoz Molina proporciona abundantes referencias a nombres célebres de la Edad de Plata de la cultura española.

¿Por qué?
El padre del protagonista, Gabriel Aristu, vive en el Madrid de los años treinta, frecuentará la Residencia de Estudiantes, conocerá a Lorca, a Falla, etcétera, ejercerá de crítico musical y escribirá en la prensa monárquica.
Pasará terror en la capital republicana de la Guerra Civil. Aunque la contienda la ganan los ‘suyos’ pronto se desencanta de esa España vengativa y cruel.
Deseará que su hijo varón, Gabriel, pueda hacerse un futuro prometedor. Pero no en la música, sino en las finanzas. Y en otro país menos áspero y quizá más civilizado.
El novelista nos presenta a unos personajes que fueron pareja y dejaron de serlo, Gabriel Aristu y Adriana Zuber. Tuvieron trato antes de 1967. Volverán a tenerlo en 2014.
Tras 1967, ambos llevarán adelante sus respectivas vidas, manteniendo mejor o peor a sus respectivas familias.
Uno triunfará como financiero en America: es un hijo que cumple dócilmente el sueño civilizado de su padre. A la altura de 2014 ya está retirado.
La otra, con una hija y repudiada por su marido, sobrevivirá como profesora y finalmente editora en la España del último franquismo.
Son individuos de orígenes muy distintos: madrileño de clase media intelectual; y polaca afincada en la capital tras escapar del Reich.
¿Es la suya una historia de amor? ¿Leemos una novela romántica con drama hasta ser propiamente un melodrama?
Por supuesto, en una novela de Muñoz Molina siempre hay historias posibles, con sus hijuelas y derivaciones: lecturas potenciales y hasta contradictorias. Y hay un narrador o narradores que nos suministran la información.
En esta novela hay alguien que nos relata la historia en tercera persona adoptando el estilo libre indirecto. Y hay alguien que, como complemento y contrapunto, se expresa en primera persona: Julio Máiquez.
Máiquez es el interlocutor y el protegido de Aristu, un profesor por el que Gabriel siente amistad, pena y superioridad. Es a él a quien cuenta y es él quien nos lo transmite en los capítulos pares.
El profesor ha sido maltratado por la vida y el financiero lo ayudará cuando emigre a los Estados Unidos.
No hay posibilidad de verificar lo dicho, la certeza de los hechos y la fiabilidad de lo narrado.
La emoción y la dudosa percepción de Aristu son aquello que transmite el narrador en tercera persona, pero también Máiquez.
Aristu es el centro en torno al cual gira todo: o ve demasiado y fantasea o no ve lo que está delante de sus ojos, cosa que le hace vivir en la fabulación.
¿Es verdad lo que se nos cuenta?

Aristu se ata fantasiosamente a un amor de juventud durante medio siglo sin que esa relación tenga continuidad.
De creer lo que dice o lo que de él se dice, es la suya una especie de fidelidad a un ser fantasmal en una vida adulta o madura y con quien nada ha podido compartir, salvo episodios oníricos.
En efecto, para alimentar esa querencia, Aristu dispone de una facultad, la de soñar frecuente y abundantemente con Adriana.
Es su amada remota, a la que de manera creativa e involuntaria revive en una irrealidad más decisiva que su propia existencia material.
Eso quiere decir que las fantasías oníricas son más influyentes que su trabajo de financiero, que su familia americana o que el teatro en que ha convertido su vida.
¿Significa que, como Don Quijote, reelabora a una Aldonza real hasta hacer de ella una Dulcinea imaginaria?
El choque con la realidad, en 2014, será el negativo exacto de la novela romántica en que ha convertido su historia.
¿Qué descubrimos? Por supuesto, no lo revelaré. Y, aunque lo dijera, eso que descubrimos no es el entero de todo el enigma, el busilis de esta fábula moral.
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