Gabriel García Márquez. Una obra en la cabeza

Escrito y publicado el 18 de abril de 2014

Imagino que muchos periodistas tenían preparada ya la nota necrológica dedicada a Gabriel García Márquez.

Desde hace semanas, todo apuntaba a que la enfermedad lo derribaría. Yo lo pensé cuando me enteré recientemente de que había entrado y salido del hospital en una semana.

Eso no era buen síntoma. Lo sé por experiencia familiar.

Imagino que miles y miles, que digo miles…: que millones de seguidores nunca habrían querido nleer un titular periodístico en el que se anunciara la muerte de Gabriel García Márquez.

Imagino que millones de admiradores no habrían deseado leer una nota necrológica referida al escritor colombiano.

Yo me he enterado aquí, en Internet, y me ha parecido una noticia tristísima. Hasta inverosímil.

Hacía tiempo que Gabriel García Márquez ya no nos pertenecía: sobrevivía con mucho esfuerzo mientras su existencia se consumía aceleradamente.

Y, sin embargo, no acababa de creerme algo así… Cuando me he informado del hecho, yo venía de tontear con la muerte.

Venía de ver un capítulo atrasado –la muerte siempre se adelanta– de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under). De ahí mi incredulidad.

Pero en García Márquez nada parece inverosímil. En su prosa no hay frase prescindible y hasta las oraciones más ornamentales son un logro de maestro, de genio. Crónica de una muerte anunciada no tiene nada sobrante.

Es una novela breve explícitamente basada en hechos reales que Gabo narra al modo de un reportaje. O de una crónica.

La frase en García Márquez siempre está basada en la realidad, aunque parezca mentira. No hay en él un mundo de fantasía.

El ser humano no soporta un exceso de realidad. Pero un abuso de la fantasía resulta estomagante. Nada de esto hay en Gabo.

García Márquez escribía siempre motivado por una historia, por la historia. No contaría, pues, con obra de índole fantástica, sino que la suya sería una literatura siempre real.

En unas ocasiones, la historia se integra como obsesión, vivencia biográfica. En otras, por el contrario, lo real se toma como fuente incontrovertible.

Una fuente incontrovertible cuyo reto narrativo es el respeto fiel y minucioso, a la manera exacta y antigua del historiador y según el modo documental del periodista que Gabo siempre fue.

Acabo de hablar del respeto que García Márquez guardaba por la información histórica.

De hecho, ese respeto se debería a la memoria oral de los testigos en los que se basan frecuentemente sus narraciones.

Por un lado, habría una memoria oral de impronta mítica en García Márquez, una memoria cuyo origen más remoto sería el relato hiperbólico e imaginativo de sus abuelos: la oralidad misma sería narración. Ahí está como cumbre Cien años de soledad.

Por otro, habría una memoria oral de diferente índole, entendida ésta como fuente estrictamente documental, que, a la manera de la disciplina histórica, proporciona los datos a respetar, pero a los que hay que dar forma narrativa.

En este caso, el reportero García Márquez opera igual que lo haría el novelista García Márquez, y los motivos de la historia original, sean éstos míticos o reales, experimentan la intervención del relator.

Por eso al final, al menos a cierto tipo de lectores, nos resulta indiferente si hay mayor o menor número de motivos reales incorporados a la trama de sus obras, porque nuestro deleite no depende de la certeza documentada.

De hecho, las contribuciones periodísticas de García Márquez parten de una anécdota para así contarnos una historia, tenga ésta la parquedad de dos páginas o tenga la extensión de un largo reportaje.

Como sucede en Relato de un náufrago. Más aún, el propio novelista, hablando a calzón quitado, acabó por admitirlo en cierta ocasión: «nunca hay ficción».

Una y otra vez, pues, García Márquez vuelve sobre esa idea retando al interlocutor más minucioso a comprobar si «hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad», según declara en El olor de la guayaba.

Fuera de lo fantástico no habría ficción estricta, habría relatos en conflicto acerca de lo real. Y de esa empresa relatora serían partícipes novelistas, historiadores y reporteros.

Para todos nosotros, pero sobre todo para aquel niño de pocos años que era García Márquez, las historias, los dichos populares y los recuerdos familiares no eran ficción.

Eran la forma de dar sentido al mundo, de someterlo a orden y de dispensar significado a la ambigüedad azarosa que lo constituye.

Eran, en fin, un lenitivo que mitigaba la incertidumbre y una falsilla en la que calcar ejemplos didácticos y morales.

Por eso, el interrogante no es sobre la calidad o la veracidad de sus materiales, sino sobre su virtud narradora.

Pues bien, esa virtud, que otorga sentido y que configura el orden de las cosas, es algo que no pertenece, por necesidad, al dominio de la ficción.

Es una capacidad que atraviesa géneros, dominios y disciplinas y que los antiguos también aplicaron a lo real histórico o a lo que ellos creían lo real histórico.

Es un atributo específicamente humano, una cualidad ordinaria de percepción y de recreación de la que estaríamos todos constituidos y que alcanzaría su condición eximia en algunos genios.

Y Gabriel García Márquez era un genio, no el genio de la lámpara, de la fantasía, sino de la historia, de la crónica, del reportaje.

Su legado literario es inmenso. Es probable que el porvenir no le reserve el hueco enorme que ahora nos deja.

Pero, aunque de él sólo queden un par de novelas, ese tesoro será incalculable y nuestro placer seguirá siendo indescriptible.

No he sabido concebir un texto emocionado, de homenaje y recuerdo, como el que bellamente ha escrito David Pablo Montesinos.

Releo lo que arriba he puesto y veo mis retales, mis recurrencias. Demasiado largo…

Pero veo también que si ahora escribo en frío es porque un día me deslumbré con Cien años de soledad. Ese descubrimiento te deja conmocionado para siempre.

Yo aún estoy anonadado. No por la muerte de un ser humano, previsible y fatal muerte, sino por una obra que sigo llevando en la cabeza.

Como García Márquez en esta fotografía de Colita.

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