Juan Carlos I. ¿La Historia me absolverá?

Espero con verdadero interés Reconciliación, el libro de memorias que el rey emérito, Juan Carlos I, ha firmado para una editorial francesa.

Lo escribe con su historiadora de Corte y lo publica, en principio, en idioma extranjero. Por lo que parece sólo confía en una historiadora foránea que, además, se lo escribe en otra lengua romance.

Nuevamente, un acto del emérito que es un dolor infligido a patriotas y monárquicos.

A lo que nos cuentan, son más de quinientas páginas. Por supuesto las leeré con interés y, a la vez, con prevención. Por un lado, no espero nada. Por otro, quisiera hacer la exégesis de la prosa real.

Según el sello francés, el rey emérito explica “sus errores y malas decisiones”. Es más: “no oculta sus arrepentimientos”.

Errores, malas, decisiones, arrepentimientos. ¿Y en qué lugar quedan las infracciones y los presuntos o reales delitos? 

Añade la editorial que el monarca ”habla con el corazón abierto, como alguien que sabe que no le queda mucho tiempo y prefiere confesarse que mentir”. 

La sintaxis es algo extraña. O la idea. O la fórmula.

Si se trata de hablar con el corazón abierto, podría hacerlo ante los españoles en vez de ante una interlocutora francesa.

Si, además, el emérito sabe que no le queda mucho tiempo (un arcano que sólo está en manos de la Providencia), podría dirigirse a la ciudadanía con prontitud. Anuncian el volumen para noviembre. Quizá para entonces el baqueteado cuerpo real ya no esté. O sí.

En todo caso, si prefiere confesarse a mentir, si desea decir la verdad en vez de enredar, entonces podría haberlo hecho antes, cuando a todos nos decepcionó. Esperar a hacerlo en estado decrépito no ayuda.

Pero lo mejor viene ahora.

Según la editorial, el monarca confiesa tener “la sensación de que me están robando mi historia”. Es decir, aspira a que la historia lo absuelva. Como Fidel Castro. Sin duda, no parece la justificación de alguien verdaderamente arrepentido.

De momento no entro en las razones pecuniarias de la operación. Es decir, nada quiero comentar acerca de los ingresos posibles por la venta de este libro, que irían destinados a la Fundación de Abu Dabi, pensada para las infantas.

Los padres se preocupan de que a los vástagos les quede una herencia arreglada: líquido, inversiones financieras, bienes rústicos y urbanos. Lo normal. ¿Lo normal?

Punto y aparte.

Desde hace años, muchos estamos enojados, irritados, estupefactos ante un rey, el anterior jefe del Estado, que ahora es presunto delincuente, cabeza de latrocinios.

Insisto… Muchos estamos enojados, irritados, estupefactos ante un soberano que no habría sabido comportarse. Ay, Dios.

¿Comportarse ante qué? Ante las exigencias de una monarquía constitucional.

Me pregunto: ¿se habrá dejado llevar por la picha y la bolsa? Eso se preguntan la plebe y la Corte.

Majestad, ¿era preciso obrar con tan poco seso y, quizá, con tanto sexo? Majestad, ¿era preciso acumular lo que ya sobraba?

No quiero ser equidistante. Quiero un régimen que someta a inspección al jefe del Estado y al último peatón.

Durante su ejecutoria, Juan Carlos I de España, debía desempeñar unas funciones institucionales.

Estaban fijadas, establecidas por la Constitución de 1978. Así lo contemplamos durante la fase pública de aquel tiempo, el de la Transición.

Si es cierto lo que se dice de él, contrariamente a lo que son sus obligaciones, el rey Juan Carlos de Borbón y Borbón ha sido un delincuente.

Ha sido un crápula y un previsible pícaro, un pisaverde que desfloraba con ardor y un agiotista que se forraba con comisión.

Nosotros declaramos a Hacienda y los listos se las piran con saquitos, mochilitas y maletitas de mano.

Son adminículos muy útiles para llevar suelto, algo de calderilla. Y billetes de 200.

No sabemos si al rey Juan Carlos le tocó el dinero en una tómbola o en una herencia extranjera o en una donación o en una comisión ventajosa.

Lo que sí sabemos es que Borbón y Borbón tiene muy buenas razones para no tributar.

Para no tributar aquí. ¿Se arrepiente?

España está convulsa (con razón), porque el padre de la patria y algunos de sus churumbeles se lo han llevado crudo. Literalmente.

Ay, Dios, qué vergüenza.

Qué vergüenza, sí señor.

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