El golpe de Estado y nosotros

La primera vez que escribí sobre Anatomía de un instante, de Javier Cercas, fue en 2009, cuando el libro acababa de ver la luz.

Entonces publiqué en Ojos de Papel una reseña breve, casi de urgencia, en la que intentaba fijar la impresión inmediata que la obra de Cercas me había provocado.

Pasados los años he vuelto sobre ella en distintas ocasiones y, con más calma, en 2019, precisamente cuando publico Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas.

¿De qué trata Anatomía de un instante? Del intento de golpe de Estado de 1981 (23-F), de la figura de Adolfo Suárez, del gesto heroico —o simplemente valeroso— de unos cuantos individuos.

Y, sobre todo, de la virtud y la capacidad humanas para afirmarse en circunstancias extremas. Cercas encontra ahí una veta que no ha dejado de explorar.

Anatomía de un instante es una novela muy… particular, una crónica y muchas cosas más. Al escribir dicha historia, Cercas renuncia explícitamente a la ficción, no por pudor sino por necesidad.

Hay demasiado ruido previo, demasiada literatura especulativa en torno al 23-F, demasiados ecos de una y mil conspiraciones.

¿Para qué añadir otra capa más de invenciones y ficciones a lo que ya es de por sí inverosímil? Me refiero al 23-F.

El escritor opta entonces por un relato real, por una reconstrucción minuciosa y obsesiva de lo sucedido aquella tarde en el Congreso de los Diputados, cuando Tejero y sus hombres irrumpen en el hemiciclo. Todos hemos visto las imágenes, repetidas hasta la saciedad, pero todas las veces vuelven a perturbarnos.

Siempre que las veo me invaden la vergüenza, el estupor, la sensación de repetición histórica: de nuevo el militarismo carpetovetónico, de nuevo el autoritarismo soez. Hay algo humillante en esas figuras armadas que gritan y amedrentan, algo que nos devuelve a nuestro pasado más sombrío.

Cercas quiere entender qué ocurre exactamente y, sobre todo, por qué, en medio del caos, tres hombres —Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo— deciden mantenerse en pie o permanecer en sus escaños cuando el resto obedece las órdenes de los asaltantes. Ese gesto, que dura apenas unos segundos, condensa múltiples narraciones posibles.

Uno no lo sabe, y Cercas tampoco lo sabe del todo, pero él hace lo único que puede hacer un narrador inquisitivo: desmenuzar las posibilidades, examinar cada hipótesis, mostrar lo que está documentado y lo que solo puede conjeturarse.

¿Es valor? ¿Es terquedad? ¿Es sentido del deber? ¿Es la simple imposibilidad de actuar de otro modo?

Esa mezcla de datos y de imaginación controlada es la marca de su obra, de esta y de otras suyas. No inventa hechos, pero imagina intenciones; no trastoca la historia, pero explora lo que la historia no puede decir.

Y lo hace con una franqueza metodológica destacable: cada vez que Cercas especula lo declara, cada vez que Cercas se aventura lo señala. “Tal vez pensó… Tal vez sintió…”, repite. Es la única manera, dice, de acercarse a la verdad o, al menos, de imaginarla.

Cercas aplica un método propio de la literatura para interpretar la realidad: la literatura entendida no como ornamento, sino como instrumento cognitivo.

Desde Soldados de Salamina (2001), su procedimiento es el mismo: reconstruir lo que pudo ser a partir de lo que fue, detectar simetrías, buscar en la ficción modelos que nos ayuden a descifrar conductas reales.

En ese sentido, Anatomía de un instante es una obra inspirada por Borges: la vida imita a la literatura, y la literatura nos sirve para entender la vida. No porque esta se vuelva ficción, sino porque la ficción nos ha enseñado a mirar.

De ahí que Cercas compare a Suárez con personajes de Stendhal, de Balzac, del neorrealismo italiano o incluso de Dostoievski. No lo hace por erudición, sino por necesidad interpretativa.

En medio de la crisis, Suárez, un político seductor adaptado a los engranajes del franquismo, se transforma en un individuo que responde a un guion imprevisto.

De repente se alza como un “héroe de la retirada”, un traidor para los suyos que decide asumir la responsabilidad de la transición democrática. La literatura, lejos de desfigurar su trayectoria, la ilumina.

¿Es arriesgado interpretar así una vida real?

Sin duda. Pero también es inevitable. A falta de un acceso directo al interior de las personas —a sus pensamientos, a sus miedos, a sus debilidades—, la ficción nos ofrece tanteos o moldes provisionales.

Eso hacemos con todos: con nuestros contemporáneos, con nuestros antepasados, con nuestros vecinos. Buscamos parecidos, proyectamos tipologías, reconocemos papeles.

Cercas lo sabe y no pretende ocultarlo. Por eso Anatomía de un instante es también una reflexión sobre los procedimientos del narrador, sobre la dificultad de contar lo real sin adulterarlo y, al mismo tiempo, sin renunciar a su inteligibilidad.

Pero hay más. Anatomía de un instante no es sólo la microhistoria del 23-F. Es también la historia de una generación: la de los padres del autor y, por extensión, la de quienes crecen bajo el franquismo, asistiendo después a la transición con esperanza y resignación.

La figura del padre ocupa en el libro un lugar que no siempre se advierte en una primera lectura. Cercas lo menciona casi al final, cuando dice que tal vez ha escrito el libro para entender a su padre, no a Suárez. Ese desplazamiento —del presidente al progenitor— abre un ángulo inesperado.

No se trata ya del líder político, sino del hombre corriente que vota a Suárez porque quiere creer que es como él o como le habría gustado ser.

No lo vota por sus virtudes excepcionales, sino por los defectos compartidos. Suárez representa una posibilidad de redención: limpiar el pasado construyendo un futuro.

Esa dimensión íntima añade a Anatomía de un instante otra capa, otra profundidad. Porque no es una hagiografía de Suárez ni una reconstrucción neutral de la política española: es un examen de cómo las personas —corrientes, contradictorias— afrontan sus responsabilidades.

Natalia Ginzburg lo explicó con claridad en Las pequeñas virtudes: solemos educar a los hijos en la prudencia, en la astucia, en el ahorro, en la cautela; pero lo decisivo es lo contrario: la generosidad, el coraje, la verdad, la abnegación.

En tiempos de estabilidad esas virtudes parecen inútiles; en momentos de crisis se revelan esenciales.

Cercas trabaja con esa paradoja: individuos que no parecen llamados a la grandeza realizan un acto que los transforma; sujetos que son mediocres, oportunistas o acomodaticios se enfrentan, de pronto, a una decisión que exige decencia.

La tarde del 23-F es, sobre todo, eso: un banco de pruebas moral. La mayoría se tira al suelo, obedece, calla. Tres no. Tres hombres permanecen con un aplomo que sigue desconcertándonos. ¿Por qué hacen eso?

Cercas recorre su biografía como si cada línea de vida condujera a ese instante. Una epifanía, dice. No la epifanía religiosa ni la revelación mística, sino la súbita iluminación de la propia identidad.

Uno se descubre entonces, quizá por primera vez, y ese descubrimiento lo define. Borges lo había dicho: un destino puede concentrarse en un instante.

¿Exageración literaria?

Tal vez. Pero Cercas no busca épica; busca sentido. Y ese sentido no reside sólo en Suárez. Tampoco en Carrillo ni en Gutiérrez Mellado. Reside en la posibilidad de que cualquiera de nosotros pueda ser otro —mejor o peor— en un segundo que no esperamos.

La vida, dice Cercas, no se cierra con simetrías perfectas; pero de vez en cuando permite una figura nítida. La figura no se repite, no garantiza nada. Brilla un instante y desaparece.

Esa conciencia es la que vertebra también la figura del padre. Cuando Cercas escribe que no es mejor que él, y que ya no va a serlo, está reconociendo la deuda moral que todos tenemos con quienes nos preceden.

No son héroes; no aspiran a serlo. Son personas corrientes enfrentadas a circunstancias que las sobrepasan.

Lo mismo puede decirse de Suárez. No es un titán, no es un santo laico: es un político hábil y contradictorio que, en un momento límite, hace lo que debe. Ese gesto basta para comprenderlo y, quizá, para perdonarlo.

Con el paso del tiempo, Anatomía de un instante se ha convertido, para mí, en un libro esencial: no por lo que dice del 23-F —aunque también—, sino por lo que revela sobre la condición humana.

Nos recuerda que la virtud existe, aunque sea diminuta; que la dignidad puede aparecer incluso donde menos se la espera; que la historia no la hacen solo los grandes nombres, sino los individuos que, en un instante, deciden no apartar la mirada.

Quizá por eso seguimos volviendo a esas imágenes del 23-F: para preguntarnos, con algo de temor, qué habríamos hecho nosotros.

La literatura, cuando es buena, nos ofrece esa prueba: nos obliga a confrontarnos con lo que somos, con lo que podríamos ser, con lo que quizá ya no tendremos ocasión de demostrar.

Anatomía de un instante pertenece a esa tradición. Nos habla de política y nos habla de nosotros. Por eso, cada vez que vuelvo a ella, descubro algo que ya sabía y que, sin embargo, se renueva.

¿Qué cosa?

Que la historia —como la vida— se decide en un gesto. Y que ese gesto, mínimo y frágil, puede iluminarlo o arruinarlo todo.

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