Hay una imagen de Henry James (1843–1916) a la que siempre vuelvo. En uno de sus ensayos compara la novela con una casa llena de ventanas y también con una lámpara que proyecta distintos haces de luz.
Nunca acabamos de ver el conjunto, solo fragmentos. Lo que se atisba depende de quién mira, desde dónde mira y con qué intensidad. Lo real, en James, no se entrega de una vez ni de forma transparente: se filtra, se deforma, se reconstruye.
Esa idea atraviesa con especial claridad sus relatos y novelas breves. Muchas están narradas en primera persona o en una tercera persona muy cercana a la conciencia del protagonista. No hay voz omnisciente ni seguridad narrativa. Hay una mirada limitada, a veces vacilante, que avanza a tientas. O a ciegas.
Los protagonistas de estas historias suelen ser, paradójicamente o no, quienes menos saben. Son personajes secundarios en la gran escena del mundo. Observan oblicua o veladamente y apenas alcanzan a contemplar la vida de los otros.
Recrean el mundo exterior o emprenden una inquisición más o menos obsesiva sobre alguien esquivo, remoto, inaccesible. No investigan crímenes ni misterios espectaculares; investigan conductas de ciertas personas. Intentan entenderlas, descifrar una relación, explicar un pasado del que apenas quedan rastros.
Con los indicios que tienen a su alcance reconstruyen lo que ven o creen ver, lo que saben o creen saber a partir de conversaciones oídas a medias, cartas antiguas, rumores, gestos ambiguos, silencios significativos.
Levantan hipótesis y concluyen, por ejemplo, sobre la posible perversidad de unos niños aparentemente inocentes. La materia prima de estas historias es siempre escasa y fragmentaria. James trabaja con restos: documentos conservados, testimonios incompletos, recuerdos dudosos. Nada se presenta como una verdad definitiva.

Los protagonistas no se resignan, sin embargo, a ignorarlo todo del mundo exterior o de sus contemporáneos. Se resisten a aceptar que el sentido les esté vedado. Por eso se dedican a reconstruir aquello que pudo ocurrir y a ensayar las interpretaciones que consideran más plausibles o más satisfactorias.
En ese empeño hay algo admirable y algo inquietante. Son individuos inteligentes y a menudo fantasiosos, quizá trastornados. No tienen acceso directo al centro o de los acontecimientos, a su sentido incontrovertible, pero ejercitan o fuerzan su mente con los datos que el mundo les ofrece. La imaginación se convierte para ellos en una herramienta de compensación y, al mismo tiempo, en un riesgo constante.
No es casual que James subraye en varias ocasiones la influencia de ciertas lecturas. Algunos de estos personajes se han formado con novelas baratas, con relatos sensacionalistas, con historias de terror o de aventuras. Su percepción del mundo está, en parte, modelada por esos esquemas narrativos.
De ahí la pregunta que James formula en alguna de sus páginas: ¿qué no producirá la percepción embotada de una persona con un determinado tipo de alma cuando es estimulada de forma intensa?
La respuesta es ambigua, como casi todo en James. Por un lado, ese estímulo produce un conocimiento aproximado y parcial del mundo externo, un conocimiento que a veces resulta sorprendentemente certero.
Hay intuiciones que se validan, conjeturas que se acercan mucho a la verdad. Pero, al mismo tiempo, esa actividad imaginativa produce fantasías que no se corresponden en absoluto con lo real, construcciones mentales que se derrumban a poco que se examinen objetivamente.
De hecho, las conjeturas más ambiciosas, aquellas a las que los personajes dedican mayor energía intelectual y emocional, suelen o pueden ser también las más fracasadas. Son desmentidas al fin por una revelación inesperada, por una confesión tardía o por el simple escepticismo de quien lee.
El golpe es un giro narrativo y moral. Lo que se vendría abajo no es solo una hipótesis, sino la confianza en la propia capacidad para comprender el mundo.
En este sentido, las novelas de James funcionan como metáforas de una necesidad profundamente humana: la necesidad de saber, de dar sentido a lo que ignoramos, de completar los huecos de la experiencia con relatos coherentes.
Pero también son una reflexión severa sobre los límites de esa empresa. El conocimiento siempre llega tarde, es incompleto, está condicionado por la posición que ocupamos y por los instrumentos de que disponemos.
James no ridiculiza a sus personajes por conjeturar. Al contrario, parece comprenderlos y, hasta cierto punto, justificarlos. Conjeturar es inevitable. Vivimos rodeados de información incompleta y de perspectivas parciales.
Lo que James pone en escena es la dificultad inherente a cualquier intento de interpretación y la ambigüedad que define nuestra relación con los demás. Ver no es conocer; saber no es comprender del todo.
Quizá por eso sus relatos conservan una vigencia tan clara. En un mundo saturado de datos y de versiones, seguimos asomándonos a las ventanas disponibles y seguimos iluminando la realidad con focos parciales.
Como los personajes de James, construimos historias con lo que tenemos a mano. Y como ellos, a veces acertamos y a veces nos engañamos. Esa tensión, más que cualquier trama, es el verdadero centro de su obra.
Qué poco sabemos.

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