La democracia —dicen los nuevos autócratas y tecnócratas del mundo— es el problema. Resulta lenta, engorrosa, demasiado preocupada por normas, derechos, controles y procedimientos. Un estorbo, vaya.
Y como el mundo arde —o al menos así nos lo cuentan— no hay tiempo para escrúpulos. Hay que actuar. Rápido. Aunque para ello haya que pisotear algo o a alguien. En política, repiten, no hay amigos; hay intereses.
Así, la concentración de poder deja de verse como un riesgo y pasa a presentarse como una solución técnica. El personalismo se convierte en virtud. La dureza, en carácter. La crudeza, en realismo. Y la crueldad, cuando llega el caso, se justifica como necesidad: los enemigos no entienden otro lenguaje.
El resultado es siempre el mismo, aunque se reovista con mejores palabras: más poder para el líder y menos para todos los demás. Menos representación, menos pluralismo, menos controles. Menos democracia, aunque la palabra siga utilizándose como coartada retórica.
¿Vivimos de verdad en un mundo tan extremo como para justificar esta poda constante de derechos y garantías? Si la realidad fuera exactamente como la describen, viviríamos en una excepción permanente que lo excusaría todo.
El problema es que, aun siendo exagerado, ese relato acaba moldeando la práctica política. No porque las amenazas sean siempre nuevas, sino porque reaccionamos peor ante ellas, con más resignación y menos exigencia.
Nada de esto ocurre de golpe. No suele haber tanques ni comunicados solemnes. Es algo más eficaz: una erosión lenta. Desde hace años se imponen liderazgos que fuerzan los límites un poco más cada día.
De entrada no abolen la democracia; la vacían. En principio no rompen las reglas de inmediato; las reinterpretan hasta dejarlas irreconocibles. Y todo ello lo hacen en nombre de la ley, del pueblo, de la nación o… de la propia democracia.
Los líderes fuertes de este mundo no comparten un programa coherente, pero sí un estilo. Desprecian las normas cuando estorban, convierten su figura y sus riquezas en espectáculo y fomentan una política emocional basada en el agravio.

Siempre hay enemigos: jueces, periodistas, opositores, minorías, extranjeros. El líder es fuerte, pero está acechado por otraidores; la nación es grande, pero en el pasado ha sido humillada. Ahora hay que despertarla.
A diferencia de las viejas autocracias, estos hombres fuertes no necesitan partidos únicos ni uniformes. Les basta con instituciones cansadas y ciudadanos que confundan estabilidad con obediencia. No destruyen el edificio democrático: lo roen. Y cuando se descubre que las paredes están huecas, ya es tarde para fingir sorpresa.
Nada de todo esto invita al optimismo, pero tampoco justifica la resignación. Las democracias no se defienden solas, ni sobreviven por costumbre.
Se sostienen —cuando se sostienen— gracias a una vigilancia constante y a una ciudadanía que no acepta el discurso de lo inevitable. El verdadero triunfo de los nuevos autócratas no es gobernar con dureza (que también), sino convencer a los ciudadanos de que no hay alternativa.
¿Estamos condenados a la fatalidad? Conviene estar atentos, con lucidez: con la conciencia de que el peligro no siempre llega por la acción de un pelotón, sino por la cínica exaltación del chovinismo, que encubre negocios de depredadores.
¿Y cómo hacemos frente? Estamos abandonando un mundo de sistemas imperfectos con ordenamientos y cumplimientos legales.
La democracia no desaparece de golpe: se abandona poco a poco, cuando se acepta que los atajos sustituyan a las reglas y que la eficacia justifique cualquier recorte. Defenderla no garantiza el éxito. Renunciar a hacerlo garantiza el peor resultado.

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