No dejar hablar, no dejar de hablar
España es un país en el que siempre hay alguien dispuesto a explicar lo que acaba de ocurrir, lo que está pasando y, sobre todo, lo que pasará.
Da igual que los hechos sean confusos, que falten datos o que los pronósticos de ayer se hayan venido abajo esta misma mañana: el opinador profesional siempre tiene una respuesta. Y cuando no la tiene, le queda algo todavía más útil, una opinión.
Antonio Villarreal ha dedicado a esta conglomerado de emisoras, platós y redes un libro, Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España (2026). Es útil, y conviene leerlo con la radio apagada, prestando atención..
Durante quince días de enero y febrero de 2025, mientras llevaba a su hija al colegio, Villarreal fue anotando en una hoja de cálculo los nombres de los tertulianos que oía al saltar de una cadena a otra, de un programa a otro, dirigidos por Carlos Herrera, Àngels Barceló, Carlos Alsina, Federico Jiménez Losantos.
En esRadio la tarea era sencilla. Allí, observa Villarreal, la tertulia suele ser un largo monólogo del presentador que los colaboradores interrumpen de vez en cuando alzando la voz “como pistoleros disparando al mar”.
La imagen es espléndida. No sabemos si esos pistoleros quieren abatir algún pez, hacerse notar o comprobar que el revólver todavía funciona. Da lo mismo: el dueño del barco sigue al timón, y hablando.
El inventario de Villarreal llegó a 314 tertulianos, casi tantos como diputados tiene el Congreso, con la ventaja de que a estos no hace falta votarlos. Es mucha gente para un país que no siempre parece tener tantos asuntos nuevos que discutir.
Detrás de esa abundancia hay un cambio en el oficio. Investigar exige tiempo, dinero y comprobaciones. Opinar sale barato.
La tertulia llena horas de programación y convierte cualquier suceso en una ronda de interpretaciones. La radio asentó el género en la Transición, la televisión le añadió bronca y teatro, y las redes han hecho que la conversación no se acabe nunca.
En esa industria, Losantos es el caso más visible de un comunicador cuya personalidad se ha convertido en el producto. La biografía ayuda a entenderlo.
Fue militante comunista de orientación maoísta antes de pasar al ultraliberalismo y a la derecha más dura. En 1981 sufrió un secuestro y un atentado de Terra Lliure, y desde entonces no ha dejado de pelearse con políticos y periodistas, incluidos algunos que antes fueron de los suyos.
Esa trayectoria forma parte del personaje tanto como sus opiniones, igual que su facilidad de palabra, su cultura, su rapidez en la réplica y una afición a la invectiva que, delante del micrófono, encuentra pocos frenos.
Su discurso cabe en un espacio ideológico reconocible, pero no habla como portavoz de ningún partido, y sus choques con dirigentes del PP o más allá alimentan entre sus seguidores la imagen de un periodista que no se pliega ante nadie.
Para saber cómo funciona ese lenguaje hay que acudir a la tesis doctoral de José M. López Martín, La descortesía en el lenguaje radiofónico. El discurso de Federico Jiménez Losantos (2011).

Sobre un corpus de intervenciones emitidas entre 2007 y 2011, que cubre sus últimos años en la COPE y los primeros en esRadio, López Martín identifica cuatro estrategias: intensificar la opinión, descalificar al adversario, imponerse al oyente y expresar el desacuerdo de forma radical.
Su conclusión es que la agresividad cumple una función persuasiva y sirve para construir la figura del comunicador. Lo que parece un hombre que pierde los estribos es, en buena medida, un método. En realidad, una pose muy estudiada.
La primera estrategia convierte la opinión en certeza. Afirmaciones categóricas, repeticiones enfáticas, ningún matiz. De ese modo, el comentario suena a sentencia.
Lo que cuenta es decir la interpretación con tanta rotundidad que cualquier objeción parezca inútil, aunque no se haya probado nada. El oyente se lleva un diagnóstico cerrado y, en un mundo confuso, eso tranquiliza. Siempre hay alguien que sabe quién tiene la culpa. Y casi nunca es el que habla.
La segunda estrategia es la descalificación, que va del insulto directo a la ironía, de la parodia a la caricatura.
López Martín se detiene en el humor, quizá el rasgo más característico de Losantos. La burla ataca y entretiene a la vez. El político se convierte en un personaje ridículo, reconocible por sus defectos y contradicciones, y el oyente se suma con una sonrisa cómplice.
El chiste suaviza la imagen del que habla sin restarle un gramo de violencia a lo que dice. El rival sale empequeñecido y el locutor luce su ingenio para el ultraje.
Hay en la tesis de López Martín un ejemplo muy revelador. En enero de 2011, Losantos afirma que el PSOE no tiene cabeza y finge adelantarse a la objeción de algún oyente: ¿tendrá al menos corazón? Responde con una risa sardónica y despacha la pregunta.
Nadie le ha llevado la contraria. Él solo imagina la discrepancia para finalmente formularla y liquidarla. Toda la conversación ocurre dentro de su propio discurso.
Los colaboradores pueden seguir disparando al mar: Losantos tiene hasta adversarios imaginarios para mantener vivo el combate. Y, como es natural, siempre les gana.
La imposición, tercera estrategia identificada, se sirve de imperativos, exhortaciones, preguntas retóricas y apelaciones directas que colocan al periodista por encima de quien le escucha.
El desacuerdo radical, la cuarta, va más allá de rebatir argumentos y pone en duda la credibilidad, la capacidad o incluso la legitimidad del contrario.
El debate se desplaza así de los hechos a las identidades, y los errores del otro pasan a explicarse por su naturaleza política o moral.
López Martín aporta aquí una distinción importante. En su corpus, los ataques a socialistas y a ciertos nacionalistas apuntan a su identidad política, mientras que las críticas al PP se dirigen sobre todo a decisiones, errores o carencias concretas.
A los primeros se les atribuyen defectos de fondo, una mala índole. A los segundos se les reprocha, muchas veces, falta de firmeza.
Esa asimetría, documentada para aquellos años y, a mi juicio, más acusada hoy, explica que la crítica a los propios refuerce la identidad ideológica en vez de debilitarla.
Losantos puede atacar a dirigentes conservadores y presentarse a la vez como guardián de unos principios que ellos habrían traicionado.
Este discurso funciona, en parte, porque convierte la indignación en una experiencia compartida. Quien sintoniza a Losantos no siempre busca información nueva. A menudo quiere escuchar a alguien decir, con más gracia y más saña, lo que él ya piensa.
El locutor pone palabras a un malestar previo y hace de la irritación de este o de aquel una comunidad de oyentes, unida por la familiaridad de una voz, la repetición de ciertos agravios y el gusto de ver ridiculizado al adversario. La indignación tiene además una ventaja comercial: se renueva cada mañana, como el pan.
Funciona también la promesa de contar lo que otros callan. Los programas más combativos construyen su autoridad denunciando a unos medios supuestamente sometidos al poder.
Así, un comunicador instalado en una empresa radiofónica, con audiencia fiel y enorme presencia pública, puede presentarse como voz de la resistencia frente al sistema. La resistencia, eso sí, con calefacción y horario fijo.
Esa posición no tiene que ser del todo falsa para resultar eficaz: basta con que el público vea en ella una independencia que echa en falta en otros sitios. En el caso de Losantos, las broncas con la propia derecha la refuerzan.
Nada de esto convierte toda opinión conservadora en propaganda, ni a todos sus oyentes en partidarios de sus excesos.
Pero la repetición de argumentarios, la selección interesada de los hechos y la fabricación de enemigos colectivos favorecen una lectura cerrada de la realidad. El problema empieza cuando los hechos ya no sirven para contrastar las opiniones, solo para confirmarlas.
Por eso, el éxito de Losantos no se explica solo por sus ideas. Lo singular es la mezcla de ideología, carácter y espectáculo: una función diaria de sátira, ultraje, certeza y confrontación con el locutor en el centro del escenario.
Sus oyentes no sintonizan únicamente para saber qué ha pasado, sino para oír qué dice Federico de lo que ha pasado. La noticia pone el argumento del día, pero el protagonista es quien la cuenta.
Leídos juntos, el libro de Villarreal y la tesis de López Martín muestran que la rudeza verbal puede ser un oficio, una marca y una forma de entretenimiento.
Conviene, con todo, no sacar conclusiones apresuradas. Gritar no hace falsa una opinión, como hablar bajo no la hace verdadera, y que un periodista tenga convicciones fuertes, use la sátira o se enfrente al poder no tiene nada de reprochable.
Lo reprochable es confundir la eficacia retórica y la invectiva con el conocimiento. Un argumento puede ser brillante y estar equivocado. Igual que una caricatura puede ser divertida y, a la vez, injusta. Ridiculizar al adversario nunca ha servido para quitarle la razón.
Vuelvo a los pistoleros de Antonio Villarreal. Mientras Losantos sigue con su monólogo, los colaboradores disparan de vez en cuando al mar.
Los disparos hacen ruido, agitan la superficie y entretienen al público. Cuántos dan en el blanco, nadie lo sabe. Quizá lo grave no sea que en España se hable demasiado, sino que hayamos acabado confundiendo la contundencia de las palabras ultrajantes con la solidez de las razones.
Y algo más: entre tantos dispuestos a explicarnos el mundo, cuesta cada vez más distinguir a quienes tienen algo que contar de quienes solo necesitan seguir hablando. O insultando.

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