Hace ahora diez años, en octubre de 2016, José Antonio Illanes tuvo la amabilidad de hacerme muchas preguntas. Yo respondí a unas cuantas. Por entonces presentaba un libro con un título que algunos tomaron por provocación: El pasado no existe.

He repasado estos días aquel libro y también la entrevista, con la mezcla de pudor y curiosidad con que uno contempla una fotografía antigua.
Ahí estaba yo, en ambos textos. Más joven, desde luego, más rotundo en algunas cosas, más ingenuo en otras.
Y ahora me dispongo a citarme, cosa que me produce rubor. No conozco, sin embargo, mejor manera de contrastar lo que entonces dije con lo que hoy puedo sostener. No me cito para darme la razón, sino para comprobar hasta qué punto la tenía o, llegado el caso, para quitármela.
La primera lección que me ofrece aquel documento es bastante elemental: no puedo volver a 2016. No puedo alterar lo que dije ni matizar lo que afirmé con excesivo aplomo. Solo puedo leerlo como lo que es: una huella (histórica). Es decir, exactamente aquello de lo que hablaba.
Ahora, al escribir otra vez sobre aquellas respuestas, hago de historiador de mí mismo. Es un oficio peligroso, porque el investigador y el investigado comparten el yo, recuerdos y vanidad. Procuraré no absolverme demasiado.
La escena del crimen
Empiezo por lo que sigo sosteniendo, quizá con mayor convicción. Existe una creencia muy extendida: la de que el pasado está ahí, al lado, como una habitación contigua en la que bastaría con empujar la puerta. Creemos que lo pretérito es accesible, recuperable, reproducible. Es un error y tiene consecuencias.
Usaba yo entonces una analogía que todavía me parece útil: la del crimen. Una vez cometido, acuden el policía, el juez, el forense, el detective, el reportero. Ninguno de ellos accede al crimen. Ya les gustaría. Se personan, como mucho, en la escena del crimen, que es otra cosa.
Allí buscan indicios, los conectan, establecen un curso probable de los hechos. No reproducen lo sucedido: construyen un relato a partir de pruebas. El historiador hace algo semejante. Por algo decimos de él que “investiga”.
Pero conviene precisar algo.
Construir un relato no significa inventarlo a voluntad. Las pruebas permiten afirmar unas cosas, obligan a descartar otras y dejan numerosas preguntas sin respuesta. No todas las interpretaciones son igualmente válidas.
La imaginación del historiador tiene límites, y esos límites los imponen los documentos, los testimonios y los procedimientos de comprobación. De lo contrario, no estaríamos haciendo historia, sino literatura de ficción, que es un oficio muy respetable, pero distinto.
Del pasado quedan cosas, claro: recuerdos, documentos, ruinas, cachivaches, testimonios, fotografías, etcétera. Son restos. Lo que hace el historiador es establecer relaciones entre ellos para darles significado. Ni más ni menos. Y ese significado no tiene por qué coincidir con el que les atribuían quienes vivieron los acontecimientos. A menudo no coincide en absoluto.
Hasta aquí, 2016. Pero en esta década ha ocurrido algo que vuelve aquella tesis más urgente.
La máquina de fabricar pasados
Hoy cualquiera puede generar, en segundos, la fotografía de una manifestación que nunca se celebró, la voz de un político diciendo lo que jamás dijo o el vídeo de un abuelo que sonríe y parpadea aunque murió en 1952.
La inteligencia artificial nos ofrece precisamente aquello que yo negaba: la ilusión de que el pasado es reproducible. Ya no hace falta imaginarlo. Nos lo sirve animado, coloreado, con sonido ambiente.
Y ahí está la trampa. Durante siglos, el historiador ha trabajado con huellas auténticas y falsas, con documentos fiables y falsificados, con testimonios veraces y mentirosos. La manipulación no nació ayer.
Las fotografías podían escenificarse, los documentos podían falsificarse y los testigos podían inventar. Lo novedoso es que ahora podemos fabricar documentos aparentemente históricos con una facilidad, una rapidez y una verosimilitud desconocidas.
Ya no basta con preguntarse quién produjo una fotografía, qué muestra y qué oculta. También hay que averiguar si aquello que representa llegó siquiera a existir o si fue generado ayer por la tarde mediante un “prompt” de tres líneas.
Si en la escena del crimen alguien puede sembrar millones de pruebas falsas, a un coste insignificante y con apariencia convincente, el oficio de investigar no desaparece, sino que se vuelve imprescindible.
El historiador, el periodista y el archivero adquieren una responsabilidad que quizá habíamos olvidado. Lo diré con algo de solemnidad, que de vez en cuando conviene: la crítica de fuentes, esa disciplina supuestamente aburrida que se enseña en la carrera, es hoy una virtud cívica. No sé si la salvación de la democracia, pero sí uno de sus andamios.
Sobre pronosticar el pasado (y fallar el futuro)
En aquella entrevista me preguntaron si el historiador debía atreverse a pronosticar. Respondí, con prudencia muy académica, que nuestras predicciones no son más acertadas que las de cualquier ciudadano corriente. Añadí que los historiadores pronostican muy bien el pasado, porque siempre aciertan, y que comparar lo consumado con lo que aún está en curso es exponerse al error.
Tenía razón. Y lo demostré yo mismo unas palabras después.
Me preguntaron por Donald Trump. Dije que no me parecía un loco, sino un tipo rudo, vulgarísimo, jactancioso y manifiestamente violento. Hasta ahí, creo que el retrato aguanta. Pero añadí: “De ganar las elecciones, sabrá moderarse. No tendrá otro remedio”. Pues bien. Ganó. Se fue. Volvió. Y moderarse, lo que se dice moderarse… Ahí queda mi pronóstico, fijado en el documento, como prueba de cargo contra el historiador que lo formuló. No lo borro ni lo enmiendo: lo exhibo. Es una ilustración bastante embarazosa de mi propia tesis.
Cometí exactamente el error que describía. Comparé un proceso en curso con otros ya cerrados, supuse que las instituciones y las circunstancias domesticarían al personaje, como tantas veces habían domesticado a otros, e ignoré factores que podían alterar el curso de los acontecimientos.
Varios factores, en realidad. Entre ellos, la capacidad de un dirigente para transformar las instituciones que supuestamente debían contenerlo y para convertir la transgresión permanente en un recurso político. No advertí suficientemente que aquello que yo interpretaba como un exceso de temperamento podía ser también un procedimiento deliberado de ejercicio del poder.
Hay quien diría que un historiador no debería confesar estas cosas en público. Yo creo lo contrario. El que nunca se equivoca en sus pronósticos es porque nunca los hace o porque los formula con tal vaguedad que sirven para cualquier desenlace. Prefiero equivocarme con nombre y apellidos.
Algo parecido me ocurrió con los partidos políticos españoles. Me preguntaron si los dos grandes partidos estaban en descomposición y si vivíamos una segunda transición. Respondí citando a Spinoza: la tendencia del ser es a perseverar.
Aquí, en cambio, creo que acerté más, aunque por razones que entonces no podía calibrar. Los grandes partidos se tambalearon, perdieron votos, vieron nacer y crecer a rivales, como Ciudadanos y Podemos, que parecían destinados a sustituirlos. Diez años después, algunos de aquellos rivales se han desinflado o han desaparecido, sus dirigentes de entonces se dedican a otras cosas y los viejos partidos siguen ahí, magullados pero en pie. La inercia, señores.
Lo que no supe prever fue el crecimiento de Vox, un partido de extrema derecha fundado en 2013 que por entonces tenía una presencia electoral insignificante. Tampoco habría podido anticipar todas las transformaciones que experimentaría el sistema de partidos, ni las nuevas formas de polarización y enfrentamiento. La perseverancia de las organizaciones no implica que permanezcan intactas. A veces sobreviven precisamente porque cambian, aunque sus dirigentes se empeñen en presentar cada transformación como una fidelidad a los principios. Otra cosa que añadir al expediente.
La riada como metáfora
Hay una respuesta de aquella entrevista que hoy no puedo releer con ironía.
Me preguntaron por un artículo que publiqué hacia 2006 en Levante-EMV, titulado “La riada como metáfora”. Criticaba en él al arzobispo de Valencia, que había asociado la secularización a una riada. Poco después, mi colaboración en el diario se volvió imposible. Me fui, no me echaron. Conté aquello en 2016 como una anécdota sobre los poderes fácticos y la libertad de prensa.
Hace casi dos años, el 29 de octubre de 2024, la riada dejó de ser metáfora en Valencia. La dana arrasó poblaciones de l’Horta Sud y de otras comarcas y se llevó la vida de más de doscientas personas. Todavía hoy hay familias que esperan explicaciones, responsabilidades y una reconstrucción que no acaba de llegar.
No voy a convertir aquella tragedia en un argumento de columna. Solo diré lo que, como historiador valenciano, no puedo dejar de pensar. En esta tierra, los nativos tienen una larga memoria de inundaciones. La de 1957 acabó provocando el desvío del Turia y transformó la fisonomía de Valencia. Sabíamos, sabíamos documentalmente, que el agua vuelve. Las huellas estaban ahí: en los archivos, en los mapas de riesgo, en las marcas de las paredes de las casas viejas. El pasado no existe, pero sus restos advierten.
Por supuesto, conocer el pasado no permite predecir con exactitud una catástrofe ni determinar por sí solo cómo debemos actuar. La historia no sustituye a la meteorología, a la ingeniería hidráulica ni a la gestión de emergencias. Pero ayuda a reconocer riesgos, a entender vulnerabilidades acumuladas y a desconfiar de esa peligrosa costumbre de considerar excepcional lo que ya ha ocurrido.
En la magnitud del desastre intervinieron factores diversos: las condiciones meteorológicas, la exposición de las poblaciones, las decisiones urbanísticas, las infraestructuras, la prevención y la pésima respuesta institucional, autonómica. No todos tienen la misma naturaleza ni corresponden a las mismas responsabilidades. Lo que resulta difícilmente aceptable es que la experiencia histórica y el conocimiento disponible no se tradujeran en una protección suficiente de las personas.
Si alguien me pregunta para qué sirve la historia, tengo ahora una respuesta más amarga que en 2016: sirve, entre otras cosas, para que no podamos decir tranquilamente “no lo sabíamos”.
La violencia, esa vieja conocida
En 2016 dije algo que entonces sonó pesimista y que hoy me parece casi una obviedad: no es pensable un mundo sin conflicto, sin violencia. Cambian las formas en que los humanos ejercemos el dolor, la crueldad y la destrucción, pero no hay “viejos buenos tiempos” libres de violencia, ni cabe esperar una sociedad futura sin dominio ni coerción.
Dije aquello antes de la invasión rusa de Ucrania, antes de la guerra de Gaza, antes de que Europa volviera a hablar de rearme con una naturalidad que a mi generación le habría parecido impensable. No me atribuyo ningún mérito profético: lo sabía cualquiera que hubiera leído un poco de historia del siglo XX. Lo que me inquieta es otra cosa. Durante unas décadas, una parte de Europa se convenció de que la guerra era un asunto de otros, de lugares lejanos o de épocas superadas. Fue un espejismo que terminó por desvanecerse.
Sigo pensando lo mismo que entonces: hemos mejorado mucho. Antes se resolvían demasiados conflictos a mamporros, y ahora muchos se encauzan sin sangre. No es poca cosa. Existen instituciones, derechos y procedimientos que han permitido reducir numerosas formas de violencia y que conviene defender precisamente porque son conquistas históricas, no propiedades naturales de nuestra especie. Pero seguimos siendo capaces de lo peor. Avanzamos, mejoramos y, en un instante, nos hundimos y, si nos dejan, hundimos al vecino. Diez años después no tengo nada que corregir en esas palabras, y lo lamento.
Medios, avalanchas y oráculos
Me preguntaron si los medios de comunicación eran independientes. Contesté con otra pregunta: ¿conoce usted algún país bienaventurado en que lo sean? Todos los medios dependen, en distinta medida, de quienes los financian, y los lectores no siempre ocupan el primer lugar. Pero añadí que la falta de independencia absoluta no debía decepcionarnos, porque tampoco existe la bondad absoluta. Lo que sí existen son el rigor, la deontología y el respeto a los lectores.
Hablé también de una crisis: las firmas que antes eran oráculos estaban en declive y la avalancha informativa nos descentraba. En 2016 eso era un diagnóstico. Hoy es el paisaje cotidiano.
Las redes sociales, los algoritmos que nos sirven aquello que confirma nuestros prejuicios, los creadores de contenido que interpretan la actualidad con más seguidores que muchos periódicos y, ahora, las máquinas que redactan noticias, resúmenes y opiniones a velocidad industrial. La avalancha informativa no ha cesado, pero ha cambiado nuestra relación con la información. El viejo columnista que pontificaba los domingos es hoy casi una especie protegida. No lo lloro demasiado, porque algunos de aquellos oráculos eran bastante pomposos.
Lo que sí lamento es la erosión de un espacio común de hechos compartidos sobre el que discutir. No es que ese espacio haya existido alguna vez de manera perfecta. Los periódicos han sido siempre parciales, los gobiernos han procurado influir en la opinión pública y los ciudadanos han preferido con frecuencia las noticias que confirmaban sus creencias.
Tampoco conviene idealizar una edad de oro del periodismo que nunca fue tan dorada. Pero la fragmentación actual, la velocidad de circulación de los mensajes y la posibilidad de fabricar pruebas falsas introducen dificultades nuevas. Uno puede debatir con quien interpreta los hechos de manera distinta. Es mucho más difícil hacerlo con quien rechaza cualquier hecho que contradiga sus convicciones.
No quiero exagerar: siguen existiendo periodistas rigurosos, medios fiables y lectores exigentes. Precisamente por eso conviene distinguirlos de quienes han convertido la información en propaganda o espectáculo. Y escribo esto, que conste, en una red social. Las contradicciones del historiador también son materia histórica.
Izquierdas, derechas y ciudadanos
En aquella entrevista defendí que la distinción entre izquierda y derecha seguía siendo válida, pero que había otra división aún más importante: la que separa a quienes quieren hacer fuertes y responsables a los ciudadanos de quienes prefieren debilitarlos e irresponsabilizarlos.
Mantengo ambas cosas, aunque hoy pondría el acento en la segunda. Lo que veo crecer en distintos sectores políticos, aunque con manifestaciones y consecuencias diferentes, es una política que trata al ciudadano como consumidor de emociones: agraviado, asustado, indignado, siempre en estado de alerta. Una política que no busca votantes capaces de matizar, sino seguidores dispuestos a compartir consignas.
No pretendo con ello equiparar programas, ideologías o responsabilidades. Las diferencias entre izquierda y derecha importan, y mucho. Importan los derechos que se defienden o se cuestionan, las desigualdades que se combaten o se justifican, las instituciones que se respetan o se debilitan. Pero el desprecio por la complejidad, la simplificación interesada y la apelación constante a las emociones pueden encontrarse en ciertas tradiciones políticas.
El antiintelectualismo que confesé temer en 2016, junto con la fuerza bruta, la indiferencia y el egoísmo irracional, ya no es solamente un riesgo: se ha convertido también en una estrategia de comunicación con presupuesto y asesores. La ignorancia, que antes podía disimularse, se exhibe a veces como una prueba de autenticidad. Saber demasiado resulta sospechoso. Matizar es una debilidad. Dudar, una traición. Y el experto, salvo que confirme lo que ya pensamos, es un individuo del que conviene desconfiar.
Frente a eso, el historiador no tiene soluciones mágicas. Tiene, eso sí, una disciplina: examinar la resistencia y la fatiga de los materiales, entender las conductas humanas con sus justificaciones y pretextos, sus deseos y frustraciones. Y desconfiar de dos tentaciones que ya señalaba entonces: el adanismo, esa convicción de que “conmigo empieza todo”, y el idealismo… que ve en cuanto existe desecho y podredumbre. Diez años de política española me han proporcionado ejemplos abundantes de ambas cosas. No daré nombres, que ya los di en 2016 y miren cómo me fue con los pronósticos.
El lector antes que profesor
Me preguntaron al final qué me gratificaba más, enseñar historia o aprenderla. Respondí que disfrutaba enseñando, pero quizá más aprendiendo, y que me consideraba sobre todo un lector. Y añadí: “creo que no he respondido a su pregunta”.
Es la respuesta de 2016 que más me gusta y la que firmaría hoy sin cambiar una coma. Porque el historiador que pretende responderlo todo es sospechoso. Las preguntas, decía entonces, son otra forma de denominar nuestra ignorancia. Diez años después, mi ignorancia ha crecido de manera notable, y no lo digo con saña. Sé más cosas y por eso sé mejor todo lo que no sé.
Quizá sea esta la principal diferencia entre aquel entrevistado y quien ahora lo relee. No creo haber abandonado mis convicciones fundamentales, pero me fío menos de las respuestas demasiado concluyentes, incluidas las mías. He comprobado que algunas resistían razonablemente el paso del tiempo y que otras no soportaban el primer encontronazo con los acontecimientos. También he aprendido que reconocer un error no garantiza que uno deje de cometer otros. Sería demasiado cómodo.
El pasado no existe. Yo tampoco: el ciudadano de 2016, quiero decir. Existen, por ejemplo, algunos documentos con sus palabras y existe este individuo que escribe ahora, leyéndolas con rubor. Entre ambos no hay corredor alguno, solo huellas, pruebas e interpretación.

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