Isabel Díaz Ayuso (IDA) es un producto. No es una ideóloga, porque eso exigiría ideas. Tampoco es una estadista, porque eso implicaría una formación y unas capacidades de las que carece.
En realidad, IDA es una marca. Lleva años vendiéndose y, a la vez, lleva el mismo tiempo presentando Madrid como un piso turístico: ático luminoso, sin cargas, amplias terrazas con vistas a la libertad.
La prensa rosa (El Mundo, LOC) acaba de certificar su ruptura con Amador, el ciudadano particular que tanto defendió y a quien, a juicio de la exnovia, se persiguió con toda la maquinaria represiva y tributaria del Estao.
La prensa amiga ha dado la noticia del corazón partío como solo esos periodistas saben: convirtiendo una separación en un parte de victoria. “Ayuso recupera la soltería en pleno impulso político”, titula La Razón. Otra vez, como en 2021, ya la tenemos soltera y entera.

Las crónicas despachan la ruptura en dos líneas y, sin solución de continuidad, pasan a lo importante: Madrid roza los cuatro millones de cotizantes, encabeza la inversión extranjera y acoge otro partido, bien subvencionado, de la NFL en el Bernabéu.
El Mundo LOC nos informa de que la presidenta corre cada mañana y está más en forma que nunca, lo que podría leerse como “síntoma de soltería”. Admítanmelo: es gloriosa la apostilla. Parece un hallazgo de semiología deportiva.
Por su parte, el remate de La Razón también es de antología: tras airear la noticia, recuerda que la presidenta tiene derecho a vivir su vida lejos de la curiosidad mediática. Es la versión periodística de pedir silencio con un megáfono.
Del corazón ajeno no diré nada, porque no figura en este bestiario que voy escribiendo. Pero el tono de esas crónicas sí: es el de una corte que celebra hasta los desengaños de la reina como gestas de Estado.
Conviene recordar el origen. Ayuso fue en su día la responsable de las redes del perro de Esperanza Aguirre, que es un currículum como otro cualquiera, y la propaganda la hizo grande.
Detrás estaba Miguel Ángel Rodríguez, veterano del aznarismo más ríspido. MAR entendió antes que nadie que en España podía hacerse lo que Steve Bannon hacía en Washington: convertir cada asunto en una batalla cultural y cada pregunta incómoda en un atentado contra la patria.
Ella pone la cara y la interpretación con algunas improvisaciones, con morcillas, y él, el guion. Y el guion nunca cambia: ellos contra nosotros, el comunismo contra la libertad, Sánchez contra Madrid.
“Comunismo o libertad” fue el lema de 2021. Que yo sepa, ningún partido bolchevique amenazó con colectivizar los bares. Ahora bien, bastó sugerirlo para que la libertad quedara reducida a lo que cabe en una terraza: una caña, una tapa y un impuesto menos. Perdonen la cacofonía: es la libertad del parroquiano, no la del ciudadano.
El trumpismo tiene un mandamiento: el poderoso siempre es la víctima. Trump habla de caza de brujas, por ejemplo. Por su parte, Ayuso enumera una persecución que empezó por el padre, siguió por el hermano y la madre y llegó hasta el colegio y el expediente.
La letanía conmueve, salvo por un detalle: la recita quien gobierna la comunidad más rica de España con mayoría absoluta y una orquesta mediática afinada a su gusto. Es el victimismo de quien tiene la sartén, el mango, la cocina, la escritura del piso, y aun así se queja del humo.
Cuando el caso del ciudadano particular llegó a la Fiscalía, la maquinaria hizo lo que mejor sabe. MAR difundió una versión invertida del intercambio de correos, según la cual era el fiscal quien ofrecía el pacto.
Era falso, y no importó lo más mínimo. La bola rodó hasta el Supremo y terminó con el fiscal general condenado. Steve Bannon no lo habría mejorado: inunda la zona, que alguien acabará pagando el ruido, y procura que nunca seas tú.
Toda Internacional necesita sus santos. Ayuso condecoró a Javier Milei con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid, que es como darle el premio de jardinería a quien se presenta con una motosierra.
Se premian entre ellos, se citan entre ellos y se ofenden a coro. Madrid, nos dijo, es “España dentro de España”. A este paso será Mar-a-Lago dentro de Castilla, con chotis de fondo.
Del estilo apenas hay que decir nada, porque el estilo es el mensaje. Ayuso no argumenta: zanja. “Me gusta la fruta” convirtió un insulto en el hemiciclo en camiseta de partido, que es quizá la principal aportación de cierta derecha española a la cultura política reciente.
“Chao, pescao” despachó la polémica del ático de Martínez Campos, comprado con dinero público por 6,3 millones. Son frases hechas para el meme. No explican nada, pero se reenvían muy bien. Es la retórica del cuñao elevada a doctrina de gobierno.
Y aquí la realidad, que a veces tiene más gracia que los satíricos, se encargó del remate. El ático salió a subasta y nadie pujó. Volvió a salir y tampoco. El mercado, ese dios al que Ayuso encomienda la vivienda de los jóvenes y la salud de los mayores, se negó a rescatar a su sacerdotisa.
Ni la mano invisible quiso el ático. La parábola es perfecta: lo público se compra caro, se vende mal y las pérdidas las paga el contribuyente, que para eso es libre.
Hay un capítulo, sin embargo, que no admite chascarrillos: el de las residencias en la primavera de 2020. Los protocolos que restringían el traslado al hospital de ancianos de residencias siguen en la memoria de miles de familias madrileñas. Ayuso nunca ha pedido perdón. En el manual trumpista ese capítulo no existe, porque el líder no se equivoca: solo lo calumnian.
Ahora llegan sus memorias, tituladas ‘Íntimo’, que leeré con lápiz. El título es un acierto involuntario. Pocos han hecho tanto por privatizar lo público y por exhibir lo privado como espectáculo.
Esa es la gramática de esta España bizarra que trazo: lo íntimo se vuelve propaganda, lo público se vuelve negocio, mientras la rendición de cuentas se reserva a los particulares.

Deja una respuesta