José María Izquierdo, gran periodista y experto catavenenos en El País y hoy en ElDiario.es, ha reunido los trescientos insultos más feroces que la prensa española ha dedicado a Pedro Sánchez.
Si los leemos de un tirón, que es lo que he hecho, nos damos cuenta de que componen el retrato de una criatura espantosa, temible.
Se trata de un ogro que nadie ha visto jamás, aunque, por lo visto, lleva ocho años viviendo en La Moncloa.
Confieso que no lo entiendo. Hasta donde sé, Pedro Sánchez ganó una moción de censura en 2018, ganó después unas elecciones y formó un gobierno de coalición.
En 2023, pese a no encabezar la lista más votada, reunió una mayoría parlamentaria que dejó a Alberto Núñez Feijóo con las maletas hechas y sin poder estrenar las estancias de La Moncloa. Sánchez lo consiguió con astucia, mano izquierda y culo di ferro.
Se le podría reprochar casi todo, empezando por sus mudanzas de opinión, pero no haber vulnerado las reglas de la aritmética parlamentaria. En el ínterin, algo terrible debió de ocurrir, sin embargo, para que José María Izquierdo haya podido componer un libro con Los 300 insultos más feroces (de la prensa) contra Pedro Sánchez (2026).

Ninguno procede de las redes sociales ni de las conversaciones de barra de bar. Todos tienen cabecera, firma y fecha, y entre sus autores figuran académicos, novelistas, filósofos, periodistas ilustres y antiguos directores de periódicos. La flor y nata de la cultura española, desatada expresándose impunemente.
¿Qué habrá hecho este hombre para merecer semejante inquina? Para averiguarlo, he seguido a Izquierdo y he procedido como la policía cuando dispone de numerosos testigos: he leído sus descripciones para componer un retrato robot. El resultado es inquietante. Sobre todo para los testigos.
Empiezo por la cabeza y descubro que la prensa española dispone de una plantilla de psiquiatras que ya quisiera para sí la sanidad pública. Sánchez es, según buena parte del escalafón, un “psicópata”, diagnóstico reiterado que se expide sin necesidad de consulta ni exploración clínica.
Eduardo Coca Vita lo considera “un loco de atar” cuya “turbación mental merece la incapacitación”. Otros le descubren graves deficiencias intelectuales, cuando no la ausencia misma de cerebro.
Lo desconcertante es que este pobre hombre, privado de las facultades necesarias para gobernarse a sí mismo, resulte al mismo tiempo un genio del mal.
En efecto, es un genio del mal capaz de manipular elecciones, someter a los jueces, destronar al rey y convertir España, según el refinado Félix de Azúa, en “la primera república islámica de Occidente”.
Con Sánchez estaríamos ante un prodigio de la neurología: cuanto menos cerebro tiene, más poder acumula. Pedro de Tena viene a sacarnos de dudas: “No es un loco irresponsable. Si es algo, es un malvado responsable”.
Me quedo más tranquilo. Al menos conserva el discernimiento necesario para responder de sus fechorías, aunque sigo sin comprender cómo un incapacitado mental ha conseguido invalidar políticamente a tantos hombres de talento.
Paso al rostro, que tampoco sale bien parado. En 2024 todavía era un galán, aunque su apostura constituía ya una circunstancia agravante.
Chapu Apaolaza lo imaginaba como “un guayabo que va por el Congreso en Speedo”, visión que seguramente habrá perturbado el descanso de más de un diputado.
Un año después, el galán se había convertido, a ojos de Luis Ventoso, en “un vampiro de las viejas pelis de terror de la Hammer”. El relamido Jorge Bustos, que ha añadido la dermatología a sus competencias, le descubre “un cortafuegos de bótox tirado a cordel”.
No recuerdo otro presidente cuya anatomía haya merecido una inspección tan minuciosa. Antes se exigían responsabilidades políticas. Ahora, sin embargo, se examinan las arrugas.
La frivolidad sería inofensiva si no revelara una peculiar forma de crítica. Cuando no basta con censurar lo que hace un gobernante, se empieza a censurar su cara. Y si es bien parecido, peor: hasta eso es insultante, pues parece hacerlo con mala intención.
El retrato se completa con un bestiario que habría hecho las delicias de los naturalistas medievales. Miguel Ángel Benedicto lo describe como “un hipopótamo que vive y se mueve veloz en el fango”, variedad zoológica todavía pendiente de clasificación. Cristian Campos descubre una “lagartija de Troya” a la que vuelve a crecerle “el rabo cada vez que un juez se lo corta”.
Y, por supuesto, aparece el cerdo, animal de larga tradición en la injuria española, con su correspondiente “porquero mayor de la piara”.
Pero hay más. La zoología se mezcla con la criminología. Sánchez dirige “la banda de El Guapo”, un cártel que, según Jorge Bustos, tan ocurrente, carece incluso de los códigos de honor del crimen organizado.
María Durán aporta una esclarecedora lección de geografía criminal: “Si hubiera nacido en Italia pertenecería a la camorra”. Como nació en España, pertenece al PSOE. Ignoro si la camorra ha presentado alguna protesta por esa comparación.
Tampoco resulta sencilla su filiación histórica. Sánchez es Felón II, Nerón, Heliogábalo, Ceaucescu, un “Tejerito postmoderno”, un “stalinista completo” y, según convenga a las necesidades del articulista, émulo de Hitler o pariente político de Trump.
El repertorio abarca dos mil años de historia y casi todas las variedades conocidas de tiranía. Ni el doctor Moreau, de H. G. Wells, con todo su instrumental quirúrgico, habría conseguido ensamblar semejante criatura.
Lo extraordinario es que, pese a reunir tantos atributos dictatoriales, el monstruo haya tenido que negociar cada votación con unos diputados que, por lo visto, no han acabado de enterarse de que viven bajo una dictadura.
Pero, atención, no falta la dimensión sobrenatural. La conducta de Sánchez “asusta al demonio”, y Juan Manuel de Prada, siempre tan piadoso, asegura que sus partidarios lo defenderían “aunque se descubriera que celebran misas negras y se alimentan de niños crudos”.
La imagen tiene su mérito. Uno fantasea y ve a los ministros reunidos en torno a una caldera, con el presidente oficiando la ceremonia, mientras algún secretario de Estado comprueba que no falte perejil. El de todas las salsas.
También tiene olor propio. Me refiero a Sánchez. Miquel Giménez, por ejemplo, lo compara con el de “la axila del ladrón cuando ve acercarse a la Guardia Civil y él lleva debajo del brazo una gallina”.
Hay que reconocerle cierta imaginación olfativa. No todos los escritores son capaces de meter una gallina, una axila y a la Benemérita en la misma frase.
Hasta aquí me río, lo confieso. Pero llega un momento en que la carcajada se interrumpe. Jesús Cacho expresa su deseo de “verle gemir”, incluso llorar como Ceaucescu ante el pelotón de fusilamiento.
Juan Manuel de Prada, otra vez, a propósito de la catástrofe valenciana, escribe que, si los españoles no tuviéramos “horchata en las venas”, tendríamos que “ahorcarlos y después descuartizarlos”, para exponer sus restos en la plaza pública.
Y Fernando Savater, ay, que nos enseñó a desconfiar de los fanatismos y a defender la tolerancia, considera que detestar a Sánchez es “una obligación moral”.
No sé qué me impresiona más, si la ferocidad de los primeros o la conversión del odio en deber cívico por parte del filósofo.
Uno había leído a Savater para aprender a colegir, no para recibir instrucciones sobre a quién debía detestar. La filosofía moral ha progresado mucho. Antes exigía razonar. Ahora, en cambio, basta con aborrecer a la persona indicada.
En fin.
Me dirán que el insulto tiene en España un abolengo ilustre, y llevan razón. Quevedo dedicó a Góngora versos que todavía escuecen, Valle-Inclán convirtió la injuria en esperpento y el esperpento en una forma de conocimiento.
Pero el insulto, para alcanzar categoría literaria, exige ingenio y precisión y economía. Una frase basta para despachar al adversario y, de paso, revelar algo de su carácter. No necesita un diagnóstico psiquiátrico, tres animales de granja y una ejecución pública.
Lo que reúne Izquierdo no es, en su mayor parte, el arte del insulto, sino el oficio del ultraje. La diferencia importa…, y tanto que importa. La crítica discute los actos. En cambio, el insulto, cuando tiene ingenio, ridiculiza al adversario.
Ahora bien, el ultraje es otra cosa: pretende arrebatarle su dignidad. No busca demostrar que Sánchez se equivoca, miente o gobierna mal, sino que es una criatura moralmente repugnante, indigna de pertenecer a la comunidad de los ciudadanos respetables.
De ahí la insistencia en la enfermedad mental, la animalidad, la suciedad, la delincuencia y la traición. Son procedimientos distintos para alcanzar un mismo resultado: despojar al adversario de su condición humana.
Primero se le convierte en un psicópata, después en un cerdo, más tarde en un criminal y finalmente en un enemigo de España. Y cuando alguien ha dejado de ser un adversario político para devenir una amenaza contra la patria, ya no se le discute. Hay que combatirlo con la mayor ferocidad, expulsándolo de la comunidad o fantaseando con lo peor: verlo colgado de una viga.
El lenguaje no obliga a cometer esos actos, pero puede ir preparando el terreno para que dejen de parecer inconcebibles. La deshumanización tiene esa ventaja: ahorra el incómodo trámite de reconocer humanidad en quien se detesta.
El ultraje posee, además, una notable utilidad política. Sustituye la discusión de los hechos por un juicio sobre la naturaleza del acusado.
Si Sánchez es un psicópata, cualquier decisión suya será necesariamente perversa. Si es un traidor, cualquier acuerdo constituirá una felonía; y, en fin, si es un dictador, cualquier victoria parlamentaria será una prueba más de su condición de sátrapa.
El razonamiento se vuelve circular y, por tanto, invulnerable a los hechos. No hay conducta que pueda desmentir la acusación, porque la acusación precede a la conducta y la explica de antemano.
Esa forma de obrar también dispensa de una obligación a quien cultiva el periodismo perezoso, la de distinguir entre lo que se sabe, lo que se sospecha y lo que sencillamente se desea que sea verdad.
El adversario deja de ser alguien a quien hay que comprender para poder refutarlo y se convierte en un personaje al que atribuirle las peores intenciones, proyectando todo el odio que el observador lleva dentro.
Así se degrada también la inteligencia crítica del lector, a quien se le invita a indignarse antes de informarse. Es más: se le convida a reconocer enemigos en lugar de examinar argumentos.
En democracia nadie posee el monopolio de la nación, ni siquiera quienes más la invocan. Pero cuando se identifica la patria con una determinada opción política, el discrepante deja de ser un ciudadano con otras ideas para convertirse en un intruso, y el gobernante legítimo, en un usurpador.
El insulto adquiere entonces una coartada moral. Así es, ya no se ultraja por odio, se ultraja por patriotismo. Es más, ya no se injuria. Antes al contrario se defiende la libertad. Es una operación bastante antigua, aunque sus promotores la presenten cada mañana como una novedad editorial.
Ben Bradlee, a quien Izquierdo cita, llamó a esta práctica “periodismo de queroseno”. En su variante castiza propongo denominarlo periodismo cipotudo.
¿Y qué es? Pues es el que confunde la firmeza con el exabrupto, la independencia con la mala educación y la libertad de expresión con la libertad de escupir. Tiene cojones la cosa.
Sus cultivadores, entre los que destaca Federico Jiménez Losantos, anuncian diariamente el hundimiento de lo que ya es la Ex-paña, la liquidación de la democracia y la llegada del Anticristo. Como el Anticristo se retrasa y la democracia continúa celebrando elecciones, al día siguiente necesitan un adjetivo más grueso.
Y nada de esto sería posible sin los directores, editores y consejos de administración que lo publican, lo promocionan y lo pagan. Ya lo sabemos: la libertad de prensa ampara incluso las opiniones más disparatadas, pero no convierte el disparate en una virtud profesional.
Por supuesto, no pretendo convertir a Pedro Sánchez en una víctima inocente ni en un estadista de una pieza. Ha cambiado de opinión con desenvoltura que a veces desconcierta, ha hecho de la supervivencia política una especialidad y ha tomado decisiones que merecen dudas o críticas. Pero también ha demostrado una audacia admirable.
Ahora bien, una cosa es examinar sus actos y otra declarar que carece de cerebro, que es un psicópata, que se alimenta de niños o que merece terminar descuartizado en una plaza.
Sigo sin explicarme, pese a todo, la magnitud del odio. Quizá me falte algún dato esencial. O quizá la explicación sea tan sencilla que dé apuro formularla: perdieron.
Perdieron en 2018, cuando una moción de censura desalojó a Mariano Rajoy de La Moncloa, y volvieron a quedarse sin Gobierno en 2023, cuando ya habían empezado a distribuir los ministerios y a elegir el cortinaje del Ala Oeste de La Moncloa.
La democracia tiene estas crueldades: permite ganar las elecciones y perder la investidura. Hay frustraciones que se sobrellevan con resignación y otras que necesitan una columna diaria para encontrar desahogo.
No afirmo que esta sea la explicación. Me limito a preguntarme si una parte de la furia no procede menos de lo que Sánchez hace que de su obstinada costumbre de seguir ahí.
Bien mirado, lo verdaderamente intolerable de Sánchez no es que gobierne mal o regular. Lo insoportable es que gobierne cuando otros habían decidido que les tocaba a ellos. Y hay pocas ofensas más graves que impedir a un patriota cumplir con su deber de ocupar un ministerio.
José María Izquierdo ha preferido no comentar los trescientos improperios. Y yo, que hablo esta glosa, tampoco. Izquierdo los presenta con sus autores, periódicos y fechas, y deja que el lector saque sus consecuencias. Es una decisión acertada. Una sola de esas frases puede parecer una extravagancia, una salida de tono o el resultado de una mala digestión.
Trescientas, reunidas y ordenadas, revelan algo distinto. Como observa Iñaki Gabilondo en el prólogo, los pájaros de Hitchcock solo producen verdadero terror cuando forman un nubarrón.
Y aquí el nubarrón tiene nombres y apellidos, sin faltar quienes se enorgullecen de pertenecer a él. Hay, para ir acabando, una paradoja literaria que merece atención.
A los gobiernos de Sánchez se los llamó Frankenstein por estar compuestos de piezas políticas heterogéneas, algunas difícilmente compatibles entre sí.
Pero el único cuerpo verdaderamente cosido a retazos es el que han fabricado sus enemigos: un monstruo de trescientas piezas, con cabeza de psicópata, cuerpo de hipopótamo, cola de lagartija, modales de mafioso y ambiciones de emperador romano.
En la novela de Mary Shelley, la criatura acaba siendo monstruosa, en buena medida, por el rechazo de quien la creó. Aquí los doctores Frankenstein tienen firma y cabecera.
Lo inquietante no es que hayan inventado semejante engendro. Lo paradójico es que parezcan haberse enamorado de su propia creación. Se pasan el día denunciando al monstruo y, cuando este no hace nada monstruoso, se lo inventan. Es una relación sentimental complicada.
Albert Camus advirtió, en una frase que Izquierdo recupera, que “una sociedad que se deja distraer por una prensa que se deshonra se precipita hacia la esclavitud”.
No sé si vamos camino de la esclavitud, palabra demasiado grave para emplearla a la ligera, pero sí me parece que avanzamos con paso firme hacia el embrutecimiento. O hacia lo que, en otros tiempos, se llamó la brutalización.
La violencia verbal no conduce necesariamente a la violencia física, aunque contribuye a crear un clima en el que esta última puede encontrar disculpas y justificaciones.
Cuando se repite que un gobernante es un monstruo, un traidor y una amenaza mortal para la nación, no debería sorprender que algún exaltado termine creyendo que librarse de él constituye un servicio público. Y todavía queda la infancia, tan invocada por quienes se proclaman guardianes de las buenas costumbres.
Izquierdo recuerda a esos “empingorotados matrimonios” que, acompañados de sus hijos pequeños, gritaban “Sánchez, hijo de puta” al paso del presidente durante los desfiles militares. La escena tiene algo de estampa costumbrista: familias bien vestidas, fervor patriótico, niños de la mano y una lección de civismo impartida a voz en cuello.
A esos niños no los amenaza ningún ogro de La Moncloa. Los amenaza el ejemplo de quienes, mientras presumen de defender la educación y los valores, les enseñan que el insulto es una forma respetable de participación política.
Se trata de una pedagogía admirable: primero se enseña al niño a respetar la bandera y después a ultrajar al presidente que gobierna bajo ella.
Después de contarles todo esto, se me ocurre que algunos periódicos deberían llevar una advertencia en la cabecera: “No recomendado para menores de dieciocho años”. Ni para mayores, me temo, si todavía conservan el buen gusto y cierta confianza en la inteligencia humana.

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