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Uno. Estuve invitado en Juego de espejos, el programa de Radio Clásica que dirige Luis Suñén. Se emitió el domingo 26 de junio de 2011. Agradezco a Luis la amabilidad que tuvo conmigo, esa cortesía de convidarme a su prestigioso espacio.

En el programa, el invitado escoge unas músicas que tengan que ver con su vida. No se trata de alardear de conocimientos ni de fantasear con erudiciones que uno no tiene. Se trata de reflexionar sobre impresiones musicales que tanto nos afectan.

En mi caso, la elección era bastante previsible: la banda sonora original de 2001. A Space Odyssey (1968). Sobre dicha película he escrito en varias ocasiones. Sobre ella hablo en el programa. De todo lo que dije y se emitió y de todo lo que dije y no se grabó, quizá lo que más me motiva es HAL 9000, la computadora que gobierna la Discovery.

Es un ojo panóptico, un observador que escruta cada rincón de la nave. Al grabar el programa cometí un lapsus fónico: atribuí la figura del Gran Hermano, el Big Brother, a H. G. Wells. Por supuesto, me refería a George Orwell: la homofonía o, mejor dicho, la vecindad sonora me hizo cometer dicho desliz. Tal vez también el recuerdo de una novela imperecera: Los primeros hombres en la Luna (1901), que leí en la edición española de Rotativa.

Ustedes me perdonarán ese error, pero lo básico sigue en pie. ¿A qué me refiero? A lo inquietante de un ojo observador, un ojo que tiene algo de obsceno. Y me refiero también a la fascinación de la carrera espacial, de la que aquí he tratado en ocasiones anteriores: eso sí, siempre cuando llega el verano.

Dos. ¿Por qué elijo estas músicas procedentes de 2001. A Space Odyssey. Como indico en el programa de Luis Suñén, veo el film a los nueve años y quedo impresionado: prácticamente no entiendo nada y me fascina de manera perdurable. Hay piezas musicales y compositores que para mí ya están indisolublemente unidos a ciertas imágenes:  ¿A quiénes me refiero? Pues a György Ligeti o Johann Strauss, pasando por Aram Khachaturian o Richard Strauss.

¿Es posible contemplar El amanecer del hombre, la primera parte de la película sin asociar música e imagen? Vemos primates pacíficos, vemos de repente un monolito extraño, incongruente; pero sobre todo vemos la transformación del mono en hombre: la hominización gracias a la violencia, gracias al uso de las armas en disputa por los recursos escasos, por el agua, por la charca; la definición del territorio y de las posesiones.

¿Es posible sustraerse a la fascinación de ese vals que suena mientras las naves se desplazan o están suspendidas en el espacio exterior? Hemos llegado hasta allí tras una elipsis de varios millones de años y nuestros oídos escuchan con arrobo El Danubio azul, de Johan Strauss. Las pesadas máquinas flotan con levedad y a la estación espacial llega el doctor Heywood Floyd, un personaje cuyo nombre tiene  evidentes resonancias. O parecidos fónicos: con Sigmund Freud, claro.

Hay algo en la Luna, nuevamente un monolito en el cráter Tycho. ¿Qué me dicen de la estética de los objetos, de los gadgets que emplean Floyd o la azafata que lo atiende? Todo tiene una inspiración pop: mucho plástico y diseños retrofuturistas, si podemos llamarlos así. ¿Y la falta de gravedad? Siempre pensé que el futuro sería eso: una levedad que nos quita pesares…  Qué ingenuo. La levedad no nos quita pesares.

Tres. En un comentario de Facebook me pregunta Ignacio Martínez de Lejarza que qué significa eso de la levedad. Se refiere a la afirmación mía según la cual “la levedad no nos quita pesares”. Permítaseme la metáfora, dicha imagen.

La levedad es una ingravidez muelle. Flotar lo asociamos a un estado de bienestar. De placidez. En realidad, es un espejismo. La ingravidez no nos alivia del peso del porvenir, de lo que está por llegar y que es amenazante: la pesadumbre del futuro para los miembros del Discovery. Sobre ellos, sobre Frank Poole y Dave Bowman, se cierne algo.

Y eso es lo que observa  bien pronto un niño: por ejemplo, el que a los nueve años contempla fascinado a la computadora HAL 9000, que lee los labios de Poole y Bowman.

HAL es un artefacto ubicuo y con engranajes de muchos kilos. Hoy pensamos los ordenadores a partir del microchip. Entonces, a la altura de 1968, las computadoras pesaban y las imaginábamos gigantescas e infalibles.

De hecho, HAL se confunde con la nave, tiene planes, gobierna el porvenir y no admite errores. Nada menos.

Cuatro. La vida a bordo es muy plácida. La computadora se ocupa de lo básico mientras parte de la tripulación duerme en espera de ser despertada al cumplirse la misión: llegar a Júpiter.  ¿Se equivoca HAL? En un determinado momento, Poole y Bowman así lo piensan. Deciden tomar medidas… La máquina lo advierte (HAL reads lips) y no lo consiente. Escruta cada rincón de la nave y puede oponerse a las decisiones de los tripulantes, pues HAL es el único que tiene todos los datos de la misión. 

La actuación de la computadora será propiamente criminal y precisamente por ello Bowman –el único superviviente– deberá apagarla. Asistimos a una de las secuencias más bellas y estremecedoras de la historia del cine: la desconexión de HAL, equivalente a su muerte (cerebral, claro).

Ese proceso de pérdida, de regresión, de cierre de sus sistemas neuronales, es justamente un retorno a la infancia. De ahí que la computadora cante Daisy, Daisy, tonadilla cuyo sentido nos desvela Eladio Ramos: otro guiño de Kubrick.

HAL tiene frío, tiene miedo y siente un desamparo propiamente infantil. ¿Oyen la respiración entrecortada de Dave? Avanza con dificultad, con esa ingravidez de lo cerebral y no material. Nos vamos despidiendo de la computadora panóptica. Su largo parlamento y su sentido lamento, su entonación metálica: todo en HAL es pura música celestial.

Colofón. Tantas cosas se podrían decir de la computadora… Y de la creación de Kubrick. Me tuve que contener. En un programa musical, lo relevante es ese sonido que nos envuelve e impresiona, no la glosa que uno pueda hacer. Acabo de recibir de Radio Clásica un CD con la grabación del programa. Una cortesía. 

2001 dura ciento treinta y nueve minutos. Si no recuerdo mal, de todo el metraje montado, hay más de cien minutos sin diálogos: lo que se puede expresar con impresiones no se dice con digresiones. Este verano quiero volver a ver la película de Kubrick. Y quiero volver a ver La naranja mecánica (1971).

Ay, si supieran las erudiciones que quedaron si grabar. Nos las dijimos fuera de micrófono, por deferencia hacia los oyentes. ¿Un ejemplo? El caso de Alex North, el compositor al que Kubrick encargó la música de 2001, luego descartada. Hablamos sobre ello, pero no nos cabía… En fin, siempre es un placer la charla consentida y con sentido. Con amigos.

A. Podcast del programa: aquí puede escucharse completo

B. Cortes musicales

 1. Requiem for soprano, mezzo soprano, two
mixed choirs & Orchestra
(6:33)

György Ligeti

Francis Travis

The Bavarian Radio Orchestra

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2. The Blue  Danube (5:42)

Johann Strauss

Herbert Von Karajan

The Berlin Philarmonic

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3. Lux Aeterna (2:52)

György Ligeti

Clytus Gottwold

The Stugart Schola Cantorum

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4. Gayane Ballet Suite (Adagio) (5:15)

Aram Khachaturian

Gennadi Rozhdestvensky

The Leningrad Philarmonic Orchestra

.

5. HAL 9000 (9:11)

Dialog Montage

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6. Atmospheres (2:49)

György Ligeti

Ernest Bour

The Südwestfunk Orchestra

.

7. Also sprach Zarathustra (1:41)

Richard Strauss

Herbert Von Karajan

The Vienna Philharmonic 

.

8. The Blue Danube (5:42)

Johann Strauss

Herbert Von Karajan

The Berlin Philarmonic

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