‘Derecha, Monarquía y República’
Martes, 18 de julio de 2006
En este día, martes 18 de julio, no quiero abrir nuevo post en el blog, pero les remito al artículo que hoy publico en Levante, titulado ‘Derecha, Monarquía y República’ y que pueden comentar aquí mismo. Tiene que ver con el texto que desde ayer lunes es objeto de discusión (‘La República: entre Rajoy y Jiménez Losantos’). “…descreo profundamente del artificio monárquico de la derecha, esa que le lleva a fantasear sobre el peso de la Corona en el recorrido democrático de los dos últimos siglos”. Leer más…
La República: entre Rajoy y Jiménez Losantos
Lunes, 17 de julio de 2006
Decía Javier Cercas en uno de los textos de La verdad de Agamenón que necesitamos “instituir un relato consensuado de nuestro pasado inmediato que, como un mínimo común denominador, sin tergiversar la realidad histórica sea aceptado por la mayoría de la sociedad”. La idea es muy interesante, desde luego, y podríamos añadir que buena parte de los encontronazos que aún tenemos proceden de esa falta. Aunque ese relato consensuado esté aceptado en lo básico por los historiadores académicos, su “conocimiento no ha llegado a la sociedad”. Y eso facilita, precisamente, la proliferación de ideas fantasiosas, de errores de bulto, de fantasmagorías de las que se aprovechan los llamados revisionistas. Interrogado sobre el régimen de 1931 y los vínculos posibles que pudiera tener con el sistema actual, tal como proponen reconocer los socialistas, Mariano Rajoy expresó sus distancias (Abc, 25 de junio de 2006). Básicamente se mostraba reacio a incorporar la II República dentro de ese relato. Reproduciré el pasaje completo para después analizarlo. El extracto condensa la historia contemporánea de España y en él están el enredo y el encono que el pasado aún provoca entre nosotros. Revela un conocimiento sucinto, entre averiado o defectuoso, si me permiten.
“España tiene una historia absolutamente amplia. Yo creo que la II República no fue ni mucho menos una de las páginas más brillantes de nuestra historia; más bien muchos coinciden en que fue todo lo contrario. De donde venimos ahora es de la Constitución del 78, que, consciente de la historia próxima española, de lo que pasó en el siglo XIX y en el XX con la II República, que terminó en una Guerra Civil y en 40 años de régimen autoritario, y con voluntad de mirar hacia adelante y hacer un país europeo y democrático, dijo: vamos a mirar hacia el futuro. Y ahora esta pandilla de irresponsables están haciendo exactamente lo contrario y generando problemas que nadie les había pedido que lo generasen, además de tensiones ridículas. Son una pandilla de irresponsables. Me siento cada vez más identificado con el espíritu de la Transición. Por lo menos, aquella era una gente educada y normal que intentó construir”.
¿Por qué me parece una idea equivocada de la historia contemporánea? En primer lugar, decir que “España tiene una historia absolutamente amplia” no significa nada, exactamente nada, una enfática declaración de un político solemne. ¿Absolutamente amplia? No me extraña: para algunos historiadores dedicados a la divulgación, como Fernando García de Cortázar, puede hacerse una historia de España de Atapuerca al Euro. Ese exceso también lo cometió dicho autor justamente cuando aceptaba titular una serie televisiva como Memoria de España, remontándose hasta la prehistoria, abuso que ya le critiqué. Por tanto, la amplitud no es un dato significativo a la hora de poder incluir o no la II República como momento significativo de nuestra historia. Pero es que, además, tampoco el sentido de las libertades y de la democracia tienen que ver con esa historia absolutamente amplia, tan absolutamente amplia. Salvo que queramos, claro, hablar de libertades medievales asociándolas a la libertad que trae el Constitucionalismo.
En segundo lugar, decir –como dice Rajoy– que “yo creo que la II República no fue ni mucho menos una de las páginas más brillantes de nuestra historia; más bien muchos coinciden en que fue todo lo contrario”, tampoco significa gran cosa. La evaluación del pasado no depende de la brillantez de este o de aquel pasaje, sino de la lección que podamos aprender. El franquismo es una de las páginas menos brillantes de nuestra historia, cosa en la que muchos coinciden, y sin embargo estamos obligados a estudiarlo. ¿Por qué razón? ¿Porque de ese sistema procede nuestra actual democracia? Si hemos de atender a lo que dice Pío Moa, es así. Pero la democracia que se erige en la Transición se hace contra el franquismo, contra la exclusión y contra un sistema parlamentario defectuoso y digno que fue el de la II República. Fue éste un régimen en el que la construcción de la libertad se vio seriamente amenazada por la violencia que ya era tradición en la historia de España –las guerras civiles del siglo XIX y las colisiones sociales– y por el contexto antidemocrático de la Europa de entonces.
En tercer lugar, decir que “de donde venimos ahora es de la Constitución del 78”, un texto en el que el constituyente se hace sabedor “de la historia próxima española, de lo que pasó en el siglo XIX y en el XX con la II República”, es una afirmación que contiene verdades, verdades a medias y simplemente falsedades o errores gravísimos. En todo caso, son equivocaciones intolerables en un político de campanillas. ¿Por qué digo todo esto? Porque la Constitución se redacta con el propósito de hacernos remontar la anomalía histórica que había supuesto el franquismo, un sistema dictatorial que afectó e infectó todo lo anterior, un régimen que otorgaba nuevo significado a lo ocurrido, por ejemplo, en el Ochocientos. Por otra parte, la violencia decimonónica poco tiene que ver con la República (con la I República). Tiene que ver, por el contrario, con la difícil adaptación de la Monarquía tradicional a las exigencias constitucionalistas. Las guerras carlistas del Ochocientos no son episodios republicanos: la sangre que se vierte es resultado del desajuste con que los Soberanos se insertan en un sistema parlamentario y liberal.
En cuarto lugar, decir que la República “terminó en una Guerra Civil y en 40 años de régimen autoritario” es una manera de trabar continuidad a lo que es ruptura. El franquismo no fue un régimen autoritario, así, de principio a fin: fue un sistema que atravesó distintas etapas, la de la fascistización, la del nacional-catolicismo, la del desarrollismo: que nos hacen pasar del modelo estrictamente totalitario, de inspiración mussoliniana, de movilización extensa e intensa, a otro de raigambre conservadora, devota, beata y africanista, pero también violenta. Por eso, es un absoluto error plantear como único contexto de la guerra civil española el de las guerras civiles del Novecientos, como hace César Vidal en su último (¿último?) libro. Ustedes lo habrán visto. El autor comienza diciendo que el siglo XX se resume en la pugna entre revolución y contrarrevolución, esquema que habría suscrito Franco. Me parece una simplificación, pero –en el caso de aceptarlo– ese esquematismo se derrumba si consideramos el Ochocientos: las guerras civiles que se dieron en la España del siglo XIX son el auténtico proemio de la contienda del 36: resolver los conflictos a mamporros, unos conflictos del pasado en los que no había comunistas y en los que los republicanos no eran gran cosa. El palo y el tentetieso también forman parte de esa “historia absolutamente amplia” que evoca Rajoy y que llega hasta el franquismo.
Por eso, finalmente, decir de los socialistas –como dice Rajoy– que son una “pandilla de irresponsables” que están haciendo lo contrario de lo que fue la Transición “generando problemas que nadie les había pedido que lo generasen, además de tensiones ridículas” es, como mínimo, una expresión altisonante y belicosa. Decir que son una pandilla de irresponsables y a la vez proclamar que “me siento cada vez más identificado con el espíritu de la Transición” es una contradicción. Decir que “por lo menos, aquella era una gente educada y normal que intentó construir” es un gesto entre altanero y soberbio que se acomoda mal con la integración que propusieron los políticos de UCD, una integración que llevó a legalizar al PCE, que llevó a incorporar a una Oposición que se enfrentaba a los restos del franquismo.
Lamento decirlo, pero lo veo día a día: el lenguaje de Rajoy rinde pleitesía a la batahola de los sectores más bulliciosos de la derecha extremada. Ayer, en la clausura del curso de FAES, el líder actual del Partido Popular acabó echando mano, otra vez, de la historia. Su apostilla fue firme: “pero, sobre todo, para nosotros, como herederos de la tradición liberal iniciada en las Cortes de Cádiz, España es libertad. Libertad para vivirla desde el orgullo de poder contribuir personalmente a su grandeza y su progreso. España y la libertad, dos palabras menospreciadas por Zapatero a lo largo de sus dos años de Gobierno. Dos palabras que se echan de menos. Quiero que nuestro proyecto político las convierta en el eje de nuestras propuestas y de nuestra alternativa de gobierno. Quiero que sean el horizonte de un futuro que movilice a los ciudadanos en torno a ella. Quiero que sean la prioridad de un Partido Popular que desea estar a la altura de lo que de verdad está en el corazón de las ilusiones y esperanzas de los españoles. Creo que esto es posible”.
Bonitas palabras, España y libertad, desde luego. O son declamaciones que todos podríamos suscribir; o son voces de resabios historicistas, como esa invocación a las Cortes de Cádiz, de las que arranca, por cierto, la primera serie de guerras civiles entre españoles. Pero es que, además, esas palabras campanudas y rimbombantes coinciden, para mayor sorpresa, con el último best seller de Federico Jiménez Losantos: España y libertad. Vaya por Dios.

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Regresamos con nuevo ‘post’ el miércoles 19 de julio.

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