¿Son los blogs el diario del futuro? Al emplear la palabra diario corremos el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. Por lo que parece hay muchos bloggers que aspiran a convertirse en fuente de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación.
Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, infoxicado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas. Hace unos quince años nos recordaba Umberto Eco que el lector dominical del New York Times tenía ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso y esa abundancia (que ahora se han multiplicado hasta el vértigo) pueden generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo pueden provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Axiety.
Pero volvamos a las bitácoras. ¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias que hay entre el diario tradicional y los blogs? En principio, ya lo sabemos, las bitácoras son un medio de expresión del yo y un medio de comunicación verdaderamente interesante: ofrecen la posibilidad de enunciar y de enunciarse, de enjuiciar y de enjuiciarse, así, a bote pronto, al calor de la actualidad, según el instante mismo en que nos ocurren las cosas y en que las observamos. Alguien, un espectador, asiste al escenario contemporáneo desde un observatorio que es íntimo, local y, a la vez, universal, y lejos de reservar para sí lo que ese espectáculo le causa lo escribe al alcance de todos. Se muestra, pone al servicio de sus lectores lo que juzga o cree o sospecha. Los visitantes o usuarios de esos cuadernos de bitácora –ustedes mismos– pueden, a su vez, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca.
La ventaja de este medio es que transmite información, pero también algo de la intimidad intelectual (si se puede decir así), algo de opinión: es siempre un individuo el que se manifiesta y no una empresa de comunicación. Ahora bien, justamente porque son una especie de diarios personales expuestos al público es por lo que el responsable del blog no necesita –ni tiene por qué– acreditar la verdad de lo que escribe o de esas noticias de las que da cuenta, esas informaciones que comenta. Sus visitantes, es decir, comentaristas que opinan sobre las ideas del blogger pueden, además, expresarse sin identificarse, emboscados tras un nick. ¿Cuál es el resultado? Por un lado, permite que lo que se evalúa por los otros lectores sea la pertinencia o impertinencia de una opinión, la justeza o no de unas ideas, más allá del respeto que merezca un nombre. Al adoptar un alias, las palabras corren anónimamente y eso permite una gran libertad de opinión, exorciza ciertas prevenciones, pero en algunos facilita también la irresponsabilidad o el energumenismo. Es probable que juzgar sin tener que avalar esas palabras con un nombre propio tenga un gran valor para muchos en la medida en que la audacia expresiva o la temeridad verbal sin censura desinhiben. Pero no es menos cierto que las máscaras, las máscaras de que se valen esos internautas llamados Trolls permiten las osadías, el ruido informativo, las calumnias, el chismorreo irresponsable, el cotilleo, el amarillismo.
Y, así, estos calumniadores, que suelen estar aquejados del malhumor reinante en la prensa española, aumentan la crispación electrónica que ya está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales. Gente en la Red que parece mostrarse irritadísima insultando a quienes se les oponen por ideas o por inclinación: muestran una especie de desgarro personal, hasta un punto difícil de creer. La gente no puede vivir con ese desabrimiento patológico. Ellos creen manifestar opiniones contundentes, pero lo suyo es la hosquedad y la aspereza de quienes se sienten impostores (y encima lo llevan muy mal). “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”, decía Vladímir Nabokov al principio de Opiniones contundentes, aquel libro en donde reunía algunas de sus entrevistas. Eran las suyas, desde luego, respuestas terminantes de quien se sabía inteligente y debía soportar con paciencia y entereza la estulticia que le rodeaba. Nabokov fue arrogante, pero su soberbia intelectual no le impidió ejercer el trabajo más modesto: leer, informarse, documentarse, dotarse de noticias suficientes para fundamentar esas opiniones. Si se interrogaran sobre sí mismos, es probable que muchos de nuestros periodistas más amarillos y muchos de nuestros calumniadores electrónicos respondieran de modo semejante a Nabokov. O no, con una pequeña diferencia. Dirían algo así como… pienso como un genio, escribo como un genio y hablo como un genio. Los demás, cuando escribimos en el blog o cuando publicamos en prensa, intentamos seguir a Nabokov en lo que mejor nos supo enseñar: leer, informarnos, documentarnos, dotarnos de noticias suficientes para fundamentar nuestra opiniones… nada contundentes.
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Pueden leer también “Polución informativa”, artículo de JS en Levante-EMV, 19 de septiembre de 2006
Ilustración: Antón, Carol, Título: «Gritos» (2005). Óleo sobre tela.

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