En esta semana dedicada al Caudillo no podía faltar una pieza que me es muy querida, una pieza a la que vuelvo regularmente. Se trata de un artículo de Javier Marías, un texto en el que comenta la fotografía de Franco y Millán Astray que encabeza este post. En el tablón de anuncios que está a la entrada de mi despacho, tengo clavada la fotocopia de esa imagen. Pero también tengo colgado el texto de Marías como acotación. Ya amarillean. Desde hace unos diez años, si no recuerdo mal, lo pongo y lo repongo. Me parece un texto absolutamente cómico y escalofriante. De Marías siempre me gustaron sus glosas fotográficas, cosa que empezó en las páginas que el autor dedicara a John Gawsworth en Todas las almas (1989) para luego continuar en la segunda parte de su libro Vidas escritas (1992), en Miramientos (1997) y en otros volúmenes posteriores. He querido rescatar aquella acotación periodística para mi sección Scriptorium, aquella en la que la reproducción de un documento viene a ocupar parte del texto que les propongo. Lamento no disponer de todas las fotografías que Marías comenta en su artículo, pero, al fin y al cabo, la última es la fundamental, la que nos muestra a dos amigos o camaradas, uniformados y campechanos…
Cuando vemos fotografías, en especial las que publica la prensa cada día, todo son preguntas, como decía Juan José Millás en un volumen que tiene ese título. Un retrato es siempre un instante detenido en el tiempo, un momento que captó el objetivo de la cámara por intención expresa de alguien que al observar el mundo capturó una parte infinitesimal del mismo. La suma de todo ello haría el gran álbum de la humanidad, ese cuaderno de imágenes en el que estarían lo bueno, lo malo, lo abyecto y lo sublime. En principio, tiene razón Millás: “cuando repasamos el álbum familiar vemos reflejados en él todos los grandes acontecimientos familiares”, todos “excepto la muerte”. En efecto, “lo malo, en el álbum, sólo aparece como ausencia”, lo que se intuye, pero no se ve. “No hay fotografías de la abuela muerta, ni de su entierro, ni siquiera de sus funerales”. Haciendo una analogía, añade Millás en su libro: “la fotografía de la prensa diaria forma parte del álbum de familia de una sociedad”. ¿Hay diferencias? “La única diferencia entre el álbum colectivo y el familiar, es que en el colectivo sí aparecen los sucesos desgraciados”, concluye.
Y esa fotografía que comenta Javier Marías en su artículo es el preludio de un suceso desgraciado. A pesar de la alegría que a ambos protagonistas hermana –o tal vez por ello–, la imagen tiene algo de vaticinio funerario: seguro que los novios de la muerte entonan una canción sombría. Indicaba Roland Barthes en La cámara lúcida que a la efigie retratada puede llamársela propiamente Spectrum, con esa acepción fantasmal a la que alude la palabra. El retratado suele ser alguien que adopta una pose, su mejor pose, para inmortalizarse como alguien que se muestra y cuya fachada oculta lo que piensa, siente, hizo o hará. En el caso de Franco y su camarada, la fotografía es espectral, sí, pero esa pinta que exhiben no encubre ni disimula: sólo hay que proponer un sentido.
El procedimiento que emplea Javier Marías es el de conjeturar lo que no se ve a partir de lo que se muestra, profetizar lo que después de ese instante vino, lo que hubo previamente, lo que sentían en su interior el retratado o sus primeros espectadores: suponer, rellenar un espacio vacío, discurrir con más o menos tino acerca de lo que sugiere este o aquel retrato. Su operación no es propiamente informativa sino especulativa. Gracias a su inspiración y a su talento, Marías es capaz de decir fundadamente lo que jamás podrá ser averiguado, salvo que los protagonistas le refutaran. En cualquier caso, al desmentido informativo, Marías siempre podría oponerles su libertad interpretativa, su derecho a fantasear con lo que la imagen le sugiere. Insisto, pues, en que la suya es una operación imaginativa, más que informativa, basada en las licencias de la imaginación, esas que le permiten hacer presunciones de lo que fueron una persona o una circunstancia bien concretas.
Tal vez alguien me reproche la lectura que hoy les propongo, pero no por el autor, sino por su aparente anacronismo. ¿Franco y Millán Astray? ¿Qué tienen de actualidad? El día 1 de octubre se cumplen setenta años del ascenso del Caudillo a la Jefatura del Estado. Es un buen motivo para la reflexión y eso es lo que vengo haciendo a lo largo de estos últimos días en esta serie que bien podríamos titular «La semana del franquismo». Aun así, a despecho de esa actualidad conmemorativa, alguien –insisto– quizá me reproche hablar de espectros. Si lo son, me puede decir, es porque ya no están vivos y, por tanto, porque nada pueden hacernos. ¿Seguro? La cualidad reconocida a los espectros –y de eso Javier Marías sabe mucho– es seguir entre nosotros, vigilar nuestros actos, interferir nuestra existencia. ¿Por qué razón? ¿Porque algún vivo muy vivo agita esos fantasmas para acobardarnos? ¿O bien porque los espectros son aquellos muertos que acarrean su culpa inextinguible por la que han de penar eternamente? Es por eso por lo que se harían presentes sus aullidos, sus cánticos, sus gritos. No sé. Tengo la impresión de que esa pareja de militares que amenazan con su canto machote son efectivamente espectros que nos reclaman desde ultratumba. Yo sólo soy historiador y estoy habituado a vérmelas con personajes fantasmales: los que pueblan las fuentes históricas, todos muertos, pero de los que aún podemos ver sus rostros o leer sus manuscritos. Por eso, cuando repaso un texto u observo una fotografía sólo quiero distinguir la buena o mala vida que hubo en esos documentos, porque los documentos son una ausencia (lo que ya no está o no vive) y una presencia (lo que aún sobrevive entre sus líneas o en efigie). Presencias, sí, son eso: presencias. Echen un vistazo.
“La foto»
Javier Marias, 1994
«El pasado domingo, este periódico dedicaba unas páginas a la aparición en castellano de la biografía Franco, del historiador Paul Preston. La información venía ilustrada por cuatro imágenes. Ninguna tenía desperdicio: en una se veía a Serrano Súñer junto a Himmler y otros nazis eminentes; en otra, la más conocida, se veía a Franco y a Hitler en Hendaya, con ocasión de su famoso encuentro del 23 de octubre de 1940: Franco avanza mucho más marcialmente que el Führer (más ridículamente, por tanto, con las manos estiradas como si fuera a echar a correr) y pisa la alfombra que les han puesto, mientras que Hitler la evita y camina al margen; el austríaco lleva gorra y un correaje cruzándole el pecho; el español, gorro de soldado y un fajín que le queda alto. La tercera foto, con ser semifamiliar da bastante más miedo que las anteriores, pese a carecer del elemento germano: según el pie, se trata de una visita de Franco y su mujer, Carmen Polo, a las Torres de Meirás en 1938, y el matrimonio está acompañado del gobernador civil de La Coruña y el general Yuste. La señora tiene el gesto frío y seco que siempre la caracterizó; aún más, el gesto de asco o desprecio perpetuos, la ceja alzada, los labios finos de la rencorosa viuda que tanto tardaría en ser, la mirada difidente y de soslayo, una mujer ya convencida entonces (aún estamos en plena guerra) de que la altivez es un signo de distinción. Aun así no resulta distinguida, la delata la manera en que tiene agarrado el bolso, con fuerza y desconfianza, como si el general Yuste se lo fuera a robar. Es lo que le preocupa, el bolso; quizá también el pañuelo al cuello, su sombrero como boina ancha y su abrigo enlutado. A la izquierda de la imagen está su marido, Franco, ausente, distraído, por algo elevado, quizá las torres, de nuevo con su gorro de cuartel, sobre el uniforme un capote con cuello de piel, versión pobre y guerrera del manto de armiño que le llegaría, al menos en retratos oficiales e idealizados.
«Pero es la cuarta fotografía la que hiela la sangre. El pie dice: «Millán Astray y Franco cantan junto a su tropa. Millán Astray, fundador de la Legión, eligió a Franco para que dirigiera el primer batallón». Puede que estén cantando, pero la congelación del instante no nos lo permite ver. En todo caso, la cosa es aún peor si en efecto están cantando, porque nadie canta así. Más parece que estén abucheando o desafiando o escarneciendo a alguien. La cara de Millán Astray es la más acabada imagen de la chulería fanática. Alzado con desdén el bigote de hormigas, la, dentadura picada e irregular, los ojos semicerrados como para mirar sin ser visto, su gesto es ya un insulto, parece que estuviera diciendo: «¡Anda ya! ¡A tomar por saco!» o alguna frase similar. Le pasa la mano derecha a su compinche por encima del hombro, y la cara de éste es la de un individuo en el que lo último que debería hacerse es confiar. La expresión de irrisión. y rechifla, la denigración y la crueldad en la boca, las cejas turbias, los ojillos fríos mirando siempre con avidez, el conjunto del rostro mofletudo y fofo, es el de un criminal. Son un par de facinerosos, sin apelación. Si nos encontráramos hoy día con esas caras, ni la calle cruzaríamos en su compañía. ¿Nadie las vio? ¿Eran percibidas de otra manera en su tiempo? Hoy vemos las caras de la gente mucho más a menudo y con mayor impunidad: las vemos en televisión. Pero nadie parece ver lo que las caras dicen, y a veces dicen lo suficiente para no querer tener nada que ver con sus portadores (las apariencias engañan; sin embargo, no siempre). Me pregunto si en estos años nadie ha mirado de verdad los rostros de Javier de la Rosa y de Mario Conde, de Matanzo y de Álvarez Cascos, de Mohedano y Guerra y del ministro Belloch, de Idígoras y Roldán y de tantas figuras de nuestra política y nuestras finanzas. Si los hubiéramos visto en una película, habríamos adivinado en seguida sus papeles. Nos podríamos haber equivocado, pero es posible que no hubiéramos cruzado la calle con ellos, como tampoco con Jack Palance o Lee van Cleef. Que un pueblo entero se deje engañar por las caras de Kennedy o del propio González es comprensible; que se dejara engañar por Franco, no. Por favor, miren la foto otra vez”.



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