
Cuando recordamos, la función de la memoria es siempre selectiva e incluso arbitraria, un mecanismo que se activa por estímulos internos y externos y que desentierra no los hechos pasados, sino la huella que aquéllos nos dejaron, un vestigio que puede ser vago, muy vago.
Los individuos rememoramos con sentido y eso que regresamos al presente lo recubrimos con el significado que hoy le damos a las cosas pasadas, un significado que frecuentemente no se ajusta al que tuvo tiempo atrás.
Las sociedades que organizan sus mecanismos de recuerdo, que erigen monumentos, que conservan sus huellas del pasado, actualizan esas épocas pretéritas con el fin de atribuir sentido a los actos de ahora.
Pero esa memoria colectiva que las instituciones promueven para fines honestos o siniestros, para rendir justicia a los muertos o para organizar agresiones y enfrentamientos, no es exactamente equiparable a la historia.
Mientras la memoria es sugestiva, completa, coherente, emocional, la historia que llevan a cabo los historiadores es problemática, incompleta, intelectual y analítica.
Cuando durante estas semanas se habla de la ley de memoria histórica, suele hacerse para hablar de las víctimas.
«A estos ciudadanos y ciudadanas exiliados –así como los llamados niños de la guerra—supervivientes ya de aquel trágico episodio de nuestra historia, el Congreso de los Diputados considera un deber rendir un tributo de admiración y afecto, por la lealtad a sus convicciones y el sufrimiento que hubieron de padecer por un golpe antidemocrático y una guerra impropios de una nación cuya razón de ser ha de estar en el respeto a los valores democráticos”.
Eso decía la Proposición de Ley, la primera iniciativa emprendida en este sentido, a cargo del Grupo de Izquierda Unida. Tiene fecha de 2 de diciembre de 2005.
Las discusiones parlamentarias que después ha habido son muy reveladoras y en ocasiones muy equivocadas, pues suelen mezclar historia y memoria.
En todo caso, expresan con mayor o menor contundencia esa idea, proclaman la necesidad de preservar los lugares de la memoria (en expresión del historiador Pierre Nora), denuncian el olvido entre la ciudadanía de lo que fue el régimen de Franco.
En los debates parlamentarios y mediáticos, la expresión deber de memoria aparece una y otra vez y aparece como si esto, el recuerdo histórico, fuera algo obvio y asociado inevitablemente a las víctimas.
Por tanto, como si los negociadores de nuestra Transición hubieran evitado expresamente a las víctimas en la definición política del nuevo régimen democrático.
En el sentido que hoy se está planteando es así, desde luego. Pero como bien ha planteado el historiador Enzo Traverso en un libro estupendo y que hoy evoco en Levante, está fórmula (el deber de memoria) es algo reciente, una corriente que se impone en Europa a mediados de los ochenta y ya en los noventa, como consecuencia entre otras cosas de la caída del Muro de Berlín.
En efecto, incluso el espanto que mayores escalofríos nos produce (la Shoah) no empezó a ser considerado digno de memoria, la memoria de las víctimas, hasta fecha bien tardía: prácticamente hasta finales de los años setenta.
Hasta entonces, Occidente pasaba rápidamente por un genocidio al que no solía mirar directamente. Es decir, achacar a los políticos de la Transición que no ajustaran cuentas con el pasado es una percepción nuestra, pero no una evidencia de entonces.
Por otra parte, antes de que las víctimas se recuperaran aquí y allá para cumplir con ese deber de recordar, la memoria histórica aludía a algo bien distinto.
Aludía al patriotismo evocador de los connacionales y de los antepasados, al nacionalismo conmemorativo.
Seguro que los mayores no lo habrán olvidado: hubo un tiempo en que la memoria histórica se empleaba para elevar la moral de la tropa –idealmente, la nación en armas–; para dar forma, hondura y antigüedad al espíritu nacional.
No piensen sólo en el tiempo de la afirmación franquista: era también el recurso de todas las nacionalizaciones que comenzaron en el siglo XIX, el tóxico que envenenó a las masas en vísperas del 14, la solución que se daba una Europa guerrera que exaltaba el narcisismo de las pequeñas diferencias, por decirlo a la manera de Freud.
Todas las naciones han demandado a sus súbditos la entrega sublime, el libramiento colectivo, para honrar la memoria de las víctimas… de siglos atrás.
Hoy, felizmente, son cada vez menos los que aún confían en las propiedades de ese estupefaciente comunitario.
La mayoría ya no sorbe dicho bebedizo: ya no acepta convertir la historia en esa memoria venenosa y sublime que irriga los vínculos primarios de la comunidad de origen o de pertenencia; ya no acepta inmolar la vida breve en el altar de la nación y de la historia para reparar faltas colectivas, deudas pendientes, antiguas batallas perdidas.
Cuando hablemos de víctimas, pues, hablemos de aquellas que han sufrido, que han padecido y que aún pueden transmitirnos su relato, pero también de aquellas que por haber muerto ya no pueden narrarnos su dolorosa experiencia.
No hablemos de victimismo retrospectivo ni de nacionalismo conmemorativo y, sobre todo, no confundamos la justicia o la reparación debida con la historia.

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