Verdugos, víctimas, mal

arendt.jpg    1. Leo en el blog de Anaclet Pons una estupenda información sobre Hannah Arendt. Siempre es tiempo de regresar a esta autora, que nos dignifica, que nos mejora. Concedió toda la importancia al individuo, a cada uno de los individuos que con arrojo y escaso acierto nos  empeñamos en vivir. Criticó, como nos recuerda Anaclet Pons en su bitácora, “toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana”. Subrayó la finitud, la escasez, la precariedad como lo que nos es propio y constitutivo. Por eso no recayó en la melancolía de la omnipotencia perdida. Son numerosos los pensadores que se ensoberbecen, bien pagados por sus cualidades, para acabar pensándose como titanes que creen dominar el mundo y sus secretos. Hannah Arendt fue una mujer escasamente soberbia, vicio en el que solemos incurrir tantos varones. Pero frente a lo doméstico defendió el espacio público como  ámbito de la libertad, de la comunicación de las opiniones, un dominio que para ella era superior al familiar. En la esfera de lo propio se da la pertenencia comunitaria, esos lazos primarios que me atan a los míos y de los que no podría desprenderme. Lo familiar es el dominio de la necesidad, algo inferior frente a la esfera de la libertad, que es lo público. Pero Arendt defendió también el espacio público frente al ámbito de lo estrictamente privado o frente a la sociedad civil, lugares de la economía y de la fabricación, de los intercambios, lugares del trabajo y de la técnica, de las reglas. Ese espacio público es allá donde mejor se expresa la vida activa: la acción como meta de la excelencia humana…

 La historia también fue para ella una disciplina a desacralizar y justo por eso se opuso a la falacia de las leyes que presuntamente la rigen y gobiernan. ¿Leyes? Esa confianza en la determinación fue un peaje del cientifismo del Ochocientos. Si hay ciencia natural, ¿por qué no va a haber ciencia de lo social? Arendt descreyó de esta certidumbre. Por eso, si no hay un determinismo del proceso que llega hasta nosotros, si somos un azar cuyas conexiones no son evidentes, entonces el presente es un empeño de la libertad, un ámbito de la voluntad consciente frente a las fatalidades, y el futuro ya no es aquel momento predecible que las grandes teorías postulan. Por eso, en fin, como los viejos y esforzados existencialistas, también Hannah Arendt defendió la existencia frente a toda hipóstasis (el Estado, la comunidad, la religión, etcétera): es decir, resguardó la vida frente a los colectivismos que nos impiden respirar; frente a los totalitarismos, que por convertir al individuo en superfluo, practican el mal radical. Los totalitarismos no decayeron con la ruina de las dictaduras: persisten en las actitudes, en las conductas y en ciertos hábitos de quienes no se toman en serio a sus congéneres y los juzgan simplemente prescindibles. Tipos así no siempre son degenerados patológicos: es más frecuente que sean unos idiotas morales, gentes que se irresponsabilizan, que anulan su conciencia para así infligir el mal sin inquietarse. No son ni siquiera trágicos: son más bien triviales, ciudadanos corrientes, quizá vecinos ejemplares, tal vez eficaces y modélicos en el cumplimiento de sus funciones… incluso letales, que ejecutan sin interrogarse. Tipos que se hacen a sí mismos renunciando a su dimensión moral.   

2. Scriptorium: 

Digo lo anterior y me acuerdo del comentario que Theodor W. Adorno le hiciera a Thomas Mann (Correspondencia, 1943-1955) 

“Estimado y admirado Dr. Mann:

…La radical observación realizada en los Procesos de Nuremberg, a saber, que la culpa indecible en cierto modo se deshace en lo insustancial, esa observación se repite hasta en la cotidianidad más insignificante. Expresado de manera más drástica: con excepción de un par de canallas, penosos títeres de antigua cepa, no he visto todavía ningún nazi, y esto de ninguna manera sólo en el sentido irónico deque nadie admite haberlo sido, sino en el sentido, por lejos más ominoso, de que ellos creen que no lo han sido; que lo reprimen por completo; que, incluso, uno podría especular que ellos en realidad hasta cierto punto no lo  fueron… El hecho de que lo sucedido escapa a cualquier experiencia regular tiene además como paradójica consecuencia que uno mismo apenas pueda admitirlo. Si debo ser sincero, diré que siempre necesito de la reflexión para recordar que el hombre junto a mí en el tranvía puede haber sido un verdugo” (Theodor W. Adorno, 28 de diciembre de 1949).

3. Scriptorium.  Ejecuciones e imágenes. El mal retratado. “…Recordemos que el 8 de agosto de 1914 los primeros acusados fueron condenados a muerte por el Volksgerichtshof y ejecutados el mismo día en la prisión de Plötzensee en Berlín. Los ocho condenados, colgados de una cuerda de acero, agonizaron durante más de veinte minutos. Unos días más tarde, asistí a la reunión diaria de información en la Guarida del Lobo, y estaba escuchando a Guderian que hablaba de la situación en el frente este cuando Fegelein irrumpió en la sala, interrumpiendo bruscamente la exposición y arrojando un fajo de fotografías sobre la mesa de los mapas del Führer. Con gran estupor comprobé que se trataba de las ejecuciones del 8 de agosto. Hitler se puso las gafas, cogió ávidamente las macabras fotografías y las contempló durante un buen rato con una especie de placer morboso. Los clichés en primer plano  de la lucha a muerte de los condenados circularon a continuación de mano en mano (…). Incapaz de soportar ese espectáculo, abandoné la sala con un pretexto cualquiera”.

Bernd Freytag von Loringhoven, En el búnker con Hitler. Barcelona, Crítica, 2007.

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4. Hemeroteca: La violencia, el terrorismo.  La historia.

Puede leer un artículo de Justo Serna sobre la negociación en “Enemigos”, Levante-EMV, 12 de enero de 2007.

Diario de un burgués en Ojos de Papel.

0 comentarios

  1. Excelente reflexión… y qué titanes, Hannah Arendt y Adorno, incluso Thomas Mann, que como escritor nunca ha sido santo de mi devoción.

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