1. El peligro de las analogías históricas…
Uno de los errores más graves en los que puede incurrir quien observa el pasado es el del anacronismo, la mezcla indebida de hechos o de fenómenos que no son del mismo contexto. Confundir datos, informaciones o procesos asimilándolos como si éstos fueran idénticos o pertenecieran a una misma época son licencias o deslices o traspiés que un historiador profesional no puede cometer. Establecer analogías históricas con cierta cautela es, sin embargo, un recurso frecuente de los profesionales. Hay semejanzas, qué duda cabe, entre actos del pasado y acciones del presente. Hay similitudes entre hechos de otro tiempo y acontecimientos de ahora. Bajo determinada perspectiva no hemos cambiado tanto: tropezamos con barreras parecidas y cometemos yerros análogos. Ahora bien, el historiador riguroso suele ser prudente, incluso receloso, con estas aproximaciones, pues para hallar la similitud entre hechos distantes es preciso saltarse los contextos, palabra de orden entre los investigadores.
He quedado simplemente asombrado con la analogía absolutamente desmedida y anacrónica que el editorialista de El Mundo (18 de enero de 2007) traza entre la política parlamentaria española y el trato dispensado a los judíos por los nazis. Hay que leerlo dos, tres veces, frotarse los ojos, echarse agua a la cara, releerlo nuevamente, incluso deletrearlo, para corroborar lo que uno acaba de confirmar. El editorialista critica el comunicado sobre la política antiterrorista que el miércoles hizo público el PSOE, un comunicado suscrito por los partidos parlamentarios que le apoyan, que son todos a excepción del PP. De lo que se trata es de evitar lo que, a juicio de los firmantes, es la conducta obstruccionista de los populares. ¿Juzgo ese comunicado? ¿Apruebo o desapruebo dicha postura? No es eso lo que ahora me importa o creo relevante.
Más que esto, lo que me escandaliza es la comparación que establece el editorialista. “El comunicado del PSOE parece la puesta en práctica del ‘cordón sanitario’ propugnado por el actor Federico Luppi hace unos días. Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”, concluye. Repito: “Algo políticamente equivalente –y no exageramos un ápice— a lo que practicaban los nazis cuando enclaustraban a los judíos en sus guetos”.
Es detestable esa analogía, pues, si se acepta, lo que inmeditamente nos preguntamos es cuándo emprenderá el PSOE la Solución Final con el PP. Si los populares son los nuevos judíos, si la derecha es la nueva apestada, entonces pronto veremos un nuevo Wannsee en donde se decrete el exterminio… Ésa es la conclusión lógica de la analogía, el resultado de esas comparaciones absolutamente indecentes. La política parlamentaria es dura, incluso durísima, y está sometida a todo tipo de acuerdos, de negociaciones, de barreras, de obstáculos. Por ejemplo, un partido puede utilizar su mayoría absoluta para imponer –por la ley del número— sus iniciativas. La democracia puede tener rasgos totalitarios si las minorías quedan excluidas, quedan sin representación o quedan simplemente aplastadas por la fuerza parlamentaria del partido gobernante. A esa tendencia del parlamentarismo podríamos identificarla como una perversión. Ahora bien, calificar de democracia totalitaria a eso –como suele hacer Jiménez Losantos desde hace años— es una hipérbole política y moralmente reprobable. Es tal estrépito que ensordece, que ya no extraña una identificación de la política parlamentaria española con las prácticas nazis. Rodríguez Zapatero reivindicó la democracia deliberativa, concepto que yo mismo expuse hace unos años. El editorialista de El Mundo le reprocha haber pasado de esa deliberación a la mordaza. Es legítima la posición crítica de este periódico –no faltaba más–: lo que no resulta aceptable es el estruendo verbal a que su editorialista se entrega. Estamos llegando a un límite que no creíamos posible rebasar. No es que no sea posible el pacto entre los dos grandes partidos: el problema es que las guerras mediáticas favorecen el atrincheramiento y la guerra de posiciones, una colisión en la que ciertos medios parecen ser estrategas de la tropa. Resulta asfixiante y manipulador, sobre todo si esas analogías históricas, absolutamente ignaras y desvergonzadas, sirven para abatir al contrario.
Los discursos de los historiadores sobre la realidad histórica se fundamentan en una serie de fuentes, de documentos, por ejemplo albergados en los archivos. No puedes arrogarte el derecho de inventar hechos históricos que jamás han existido. Como tampoco puedes hacer analogías extremas o conjeturas sobre hechos si esas hipótesis carecen de fundamento documental y, en definitiva, histórico. A partir de ahí, el sentido que le atribuyas a las cosas dependerá de la percepción y de los esquemas teóricos con que analices. Pensar que cualquier discurso periodístico o histórico acerca de la realidad es una mera construcción entraña un riesgo muy grave: nos hace caer en la irrelevancia o en la equidistancia. Pero pensar que una par de referencias históricas permiten la comparación extrema es recaer en la ignorancia culpable.
Aún me froto los ojos.
2. «Para esto que cierren el Parlamento» (antetítulo del editorial de El Mundo, 18 de enero de 2007, y conclusión de la crítica a la política parlamentaria del PSOE y sus aliados).
3. Otras analogías
En una rueda de prensa concedida en Marbella, Mariano Rajoy aseguró que «ni Stalin» imponía vetos como el promovido por el PSOE contra el PP (Agencia Efe).
«Me parece un acto absolutamente totalitario y antidemocrático que las propuestas del PP no se debatan en las Cortes. ¿Entonces qué hacemos? ¿Qué democracia es esta? ¿Y los 10 millones de personas que han votado al PP, dónde van y cuál es su cauce de expresión? Es una cosa verdaderamente dramática», afirmó. Rajoy denunció, además, que «esto no pasa en ningún país del mundo», ni siquiera sucedía en la Unión Soviética de Stalin. Por eso, no sólo calificó de «inaceptable» el veto a sus propuestas, sino que informó de que piensa defender sus ideas «tenga el coste personal que tenga». Etcétera. «Me parece verdaderamente sorprendente porque es la primera vez, no en la democracia española, sino en la historia de cualquier democracia en la cual las posiciones de un partido y sus propuestas no se pueden debatir en un parlamento. Esto, ni Stalin, de verdad, esto no se ha visto nunca», concluyó.
3. Hemeroteca
Ofender para qué, artículo de Justo Serna en Levante-EMV, 19 de enero de 2007.
4. Hemeroteca
Elogios de Rajoy (2004).
5. Lecturas de fin de semana
Reseña de Ricardo García Cárcel de Diario de un burgués en Abcd Las Artes y Las Letras.
6. Atención. Noticia:
El próximo jueves día 25 de enero, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.
Seguiremos informando…




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