1. En cierta ocasión incumplí un encargo de Ojos de Papel: me había comprometido a escribir una tribuna más o menos extensa sobre el terrorismo, ese complejo fenómeno. Debía entregarlo en un mes de septiembre de hace un par de años, creo. Con un interés bien circunstancial, con una furia y un placer que algunos ya me conocen, me entregué a la lectura de algunos volúmenes que con rigor trataran dicho asunto. Entre otros muchos leí libros de Jason Burke, de Rohan Gunaratna, de Bernard Lewis, de Walter Laqueur, de Fernando Reinares, de Emilio Lamo de Espinosa. Conforme me hacía una idea cabal del fenómeno, conforme me documentaba, empezaba también a experimentar una crisis, un bloqueo. Comprendía la gravedad, la extrema complejidad de la red terrorista, los factores históricos que habían contribuido a su fundación y extensión desde Afganistán. Pero reparaba igualmente en mi dificultad para encajar todas las piezas de aquel puzzle. Alguna vez ya lo he dicho: escribir sobre un tema que te interesa y del que estás informado es como un juego de paciencia. No debes precipitarte, ni abreviar. Debes observarte a ti mismo como tu principal adversario: la información que has reunido, los libros que tienes encima de la mesa, las fichas que te has hecho o los esquemas que te has anotado pueden impedirte avanzar. Justamente lo que me pasó en aquella ocasión en que incumplí el encargo de Ojos de Papel: durante semanas, los varios meses de un largo verano, había estado haciendo acopio de datos, de noticias, de análisis que se me agolpaban hasta impedirme su asimilación. Tanto fue así que al llegar la fecha de entrega, con estupor tuve que renunciar a dicho compromiso.
¿Qué es lo que debería haber hecho para impedir dicho bloqueo? Para empezar, debería haber dejado pasar varios días, incluso semanas, antes de sentarme a la mesa para ponerme a escribir. En segundo lugar, debería haber evitado los libros leídos. Quiero decir, debería haberlos apartado de mi vista: los tenía allí mismo, justamente, al lado de mi ordenador y sus lomos y cubiertas eran un reclamo, una interpelación, un aviso de lo que tenía que decir. Los libros leídos (o incluso los que aún tenemos por leer pero que sabemos de su contenido) son como interlocutores que nos piden la vez en una discusión. Compiten entre ellos, exigen su sitio y, a poco que nos interesen, ejercen sobre nosotros un influjo contradictorio que llega a paralizar: son como cebos distantes a los que no podemos dirigirnos simultáneamente. Por eso, para escribir, el plan que me impongo siempre es expresar primero lo que uno ha retenido de sus observaciones, de sus lecturas, para sólo después corregir con erudición –o documentar con precisión– lo que únicamente era el embrión, el esbozo.
Al revelarles todo lo anterior, comprenderán por qué ahora he quedado muy satisfecho al leer un libro que con gran soltura y manejo ha hecho aquello que yo no pude realizar: una síntesis problemática de lo que significa el nuevo terrorismo. Es un volumen la mar de interesante sobre cuyos contenidos otro día volveré. Se titula El perdedor radical. Ensayo sobre los hombre del terror, de Hans Magnus Enzensberger, ese gran ensayista alemán, ese gran autor al que debemos textos penetrantes y breves, sintéticos, análisis que radiografían el estado moral y político de nuestro tiempo. Con mano firme, Enzensberger aborda un asunto difícil, un tema que tiene ya una bibliografía inmensa, inacabable, esa que a mí me saturó. Esta obra tiene pocas páginas, pero en ese breve espacio trata lo fundamental, examina con rigor lo que sin duda es y seguirá siendo la lacra de nuestro tiempo. Como comprenderán, no me quiero comparar con Enzensberger, pero –salvando las distancias– me pasa lo mismo que le ocurría a Gustave Flaubert: “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”, aquellos para los que carezco de suficientes recursos intelectuales. En una página de las suyas recuerdo haberle leído a Fernando Savater un elogio de Hans Magnus Enzensberger –con razón, claro–, un homenaje que yo también le rindo. Jugando con el nombre del ensayista alemán, decía Savater: cuando sea mayor, yo también quiero ser magnus. Toma… ¡y yo! Enzensberger es de la misma generación que mi padre y acumula saber y prudencia, que es aquello que engalana a los viejos y por lo que les debemos atención.
Pues bien, el otro día, en el blog de Arcadi Espasa, leí una descalificación intelectual del último Enzensberger. Decía concretamente: “el librito de Enzensberger sobre los terroristas (El perdedor radical) es obvio y banal. Pero lo peor son sus fragmentos de pensamiento acomodado. Este, por ejemplo: «Un indicio del efecto que puede conseguir una docena de bombas vivientes son los controles diarios a los que el mundo se ha acostumbrado. Alrededor de 1700 millones de pasajeros de avión tienen que soportar año tras año cacheos tan penosos como humillantes. Por otra parte también es de compadecer el personal de seguridad que tiene instrucciones para incautar, con cara de seriedad, toneladas de tijeras de uñas.» Palabras claves: soportar, año, cacheos, penosos, humillantes. ¡Dios mío, si tuvieran que ir a la guerra! Ni este precio está dispuesto a pagar por su libertad (que es lo que está al fondo de la seguridad) nuestro buen burgués, el ganador radical”.
¿Obvio, banal, pensamiento acomodado, buen burgués, ganador radical? ¿Sólo porque Enzensberger deplora las incomodidades a que se ven sometidos los viajeros en los aeropuertos? La extracción de un párrafo, su amputación, provoca estos efectos, estos espejismos. Si lees deprisa y, sobre todo, si seccionas un argumento a mitad de su desarrollo, entonces el resultado es monstruoso, caricaturesco. Y así, por ejemplo, Enzensberger aparece en el blog de Espada únicamente como un burgués acomodaticio, sólo temeroso de perder su bienestar occidental como consecuencia de los controles antiterroristas. “Pero ésta es la menor de las pérdidas de civilización que el terror trae consigo”, dice Enzensberger inmediatamente después del párrafo resaltado por A. Espada. “Puede generar un clima de ansiedad generalizada y desencadenar reacciones de pánico”, prosigue el ensayista alemán. “Incrementa el poder y la influencia de la policía política, de los servicios secretos, de la industria de armamento y de las empresas de seguridad privada; propicia la puesta en marcha de leyes cada vez más represivas; intoxica el clima político y lleva a la pérdida de derechos de libertad conquistados a lo largo de historia. No se necesitan teorías de conspiración para entender que haya personas que ven con buenos ojos esas secuelas del terrorismo. Nada mejor que un enemigo exterior cuya existencia puedan invocar los aparatos de vigilancia y de represión. La más peligrosa de las consecuencias del terror es la infección del adversario”. Y es entonces cuando Enzensberger acaba el párrafo y el argumento: “también la democracia norteamericana se ha dejado contagiar, según se ha demostrado, por sus enemigos islamistas, tomando del repertorio de éstos herramientas tales como el encarcelamiento arbitrario, el secuestro y la tortura”.
Muchas veces, es lo oculto, lo elidido, aquello que da la clave de un repudio o de un disgusto, algo que Sigmund Freud estudió en su Psicopatología de la vida cotidiana. Es esta conclusión excluida aquello que parece molestar especialmente al blogger catalán. La lectura rápida y la amputación dejan fuera la crítica que el ensayista hace de la deriva de la democracia norteamericana. Sajar –ese procedimiento de recorte– es, lamentablemente, un hábito en Espada cuando el autor o lo que trata le disgustan, un modo de expresarse como un augur, una manera de dar razones para no leer a quienes no leen porque tal escritor o tal autor no es de los suyos… Por mi parte, yo sí que les invito a leer el libro de Enzensberger (y sobre el que volveré, insisto). Es entonces cuando comprenderemos que el ensayista alemán no es el buen burgués que habla obviamente, banalmente, según dice Espada. Es, por el contrario, el ensayista magnus a quien Savater quería parecerse. Si excluimos de la crítica a los Estados Unidos; si excluimos de la crítica a los aliados; si excluimos de la crítica a quienes consideramos de los nuestros, entonces el militante y prosélito reemplazan al periodista. Aquí, en España, está empezando a pasar…
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2. Deprisa, de Prisa. Los acontecimientos se suceden y los protagonistas, también. La exaltación. De Hermann Tertsch al boicot del PP.
El Proceso Vasco, el Partido Popular, la Iglesia Católica y Prisa… Lo que he pensado y lo que está ocurriendo.
a. El periodista Hermann Tertsch y El País
(Hermann Tertsch, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
(Hermann Tertsch 2, en Los archivos de Justo Serna, 2005).
b. Fernando Savater (Los archivos de Justo Serna, 2005).
c. Las declaraciones de Jesús de Polanco sobre la derecha.
d. Boicot del Partido Popular a todos los medios de Prisa.
e. Editorial del periódico El País al PP.
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3. La Cataluña real, artículo de JS en Levante-EMV
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4. Atención, actualización del blog: nuevo post en esta bitácora en la tarde del martes 27 de marzo…




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