Jóvenes, éramos tan jóvenes

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0Jóvenes violentos… (Jueves, 19 de abril de 2007)

Semanas atrás escribí un artículo sobre la violencia en el cine y evocaba aquella célebre película de Martin Scorsese, Taxi Driver, de cuyo estreno se cumplen más de treinta años. Ustedes la recordarán. Estamos en los setenta y Travis Bickle, un jovencísimo Robert de Niro, transita por Nueva York conduciendo uno de esos vehículos amarillos que son emblema de sus calles. Es una especie de cowboy que hace la carrera sin apenas descansar, aquejado de insomnio, con la noche como espacio que recorrer y con la pesadumbre y el rencor como únicos combustibles. Ha de ganarse unos dólares y sus compañeros taxistas son rivales. Su pasado es una laceración: sabemos que es un ex marine que ha estado en Vietnam, alguien que resiste en la gran ciudad como un llanero solitario, como un misántropo crecientemente avenado y triste, sin ataduras. Vive solo, en efecto, tiene pocos tratos con sus colegas y se deja hipnotizar por la televisión banal. Quiere confiar en el amor y en la política, pero la candidata y el aspirante le decepcionan. El mundo simplemente le es hostil (o así lo siente), sin valores perdurables,  y, por eso, hay que pertrecharse.

Estamos en un verano canicular y las calles son abrasadoras y comprometidas, pero más riesgo entraña el asiento trasero del taxi. La ciudad hostiga sin descanso y el conductor –como un mohicano demente– asiste a su propio derrumbe psíquico. Espera y desea redimir a los más débiles –a Iris, la prostituta preadolescente que encarna Jodie Foster–, pero nadie entiende su porfía ni tampoco le reconocen su empeño. Lo toman como un buen muchacho, esquivo, algo arisco y tronado. Todos ustedes recordarán el baño de sangre que Bickle provoca, un acto insensato que consuma una tensión creciente. Al protagonista le hemos visto armarse entre otras con una Magnum o con una Smith and Wesson… En efecto, no hay manera de olvidar un film que tiene más de treinta años y que todavía nos incomoda y angustia. Después de haber visto esa película, uno ya no sube igual a un taxi, en Nueva York o en Valencia.

He visto las imágenes de Cho Seung-Hui, autor de la matanza de la Universidad de Virginia, y veo reproducidas tres décadas después las mismas poses, la misma arrogancia herida, la misma juventud dañada, que exhibía Travis Bickle. Sería un error hacer de Cho Seung-Hui un símbolo de la juventud anómica y airada, pero sin duda hay un parentesco lejano: ambos reprochan al mundo, a la sociedad, sus desajustes, su indiferencia, su molicie, su libertinaje, su opulencia, su charlatanería; y ambos se sienten irresponsables de sus actos. “Vosotros provocasteis que hiciera esto…”

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 monigoteconrastas.JPG Ilus.: Monigote con rastas

1. Jóvenes, éramos tan jóvenes

No se lo pierdan, no. Hoy miércoles a las 19:30 horas en La Casa del Libro de Valencia presentamos una obra inteligente, fina, erudita, accesible, sagaz, incluso divertida. Es el volumen de David P. Montesinos titulado La juventud domesticada (Editorial Popular). No sé por qué pero cuando leía ese libro pensaba en Pablo Veyrat, un joven que ahora hace un máster de comunicación (si no estoy equivocado) y que se prepara para acceder al mercado laboral. Pablo fue un visitante frecuente de esta bitácora en su primera época (como ahora lo es Jaime): dejó escritas reflexiones de hondura… a pesar de –o justamente por– su edad. Recuerdo sus palabras sobre la televisión y los niños; recuerdo su empeño rebelde, algo que –como la transpiración humana— se percibe inmediatamente, pero tampoco he olvidado su sensatez. Pensaba en él –como pensaba en mis hijos…–, porque todo lo que David P. Montesinos describe en su espléndido volumen es el horizonte inmediato de los jóvenes que ahora irrumpen… Rebeldía e integración, insolencia y educación, modelos de excelencia y experimentación. La referencia a lo joven es, hoy, dominante, pero los muchachos ya no tienen por qué ser el negativo exacto de sus mayores.

2. La cita –el exergo- con que Montesinos empieza su volumen es una cita de Jim Morrison. Qué casualidad.  El rótulo de la segunda parte de El jinete polaco (que analicé en Pasados ejemplares) es la traducción literal del título de una canción de The Doors (Riders on the Storm), uno de los grupos de rock de finales de los sesenta que mejor expresó, con furia poética y autodestructiva y con rabia alucinada, la voluntad de conseguir el mundo y de conseguirlo ahora, la voluntad de los jóvenes, de los jinetes que se distanciaban de la tierra de los mayores sacudiéndose la adolescencia y las pertenencias que eran lastre y determinación. En la novela de Antonio Muñoz Molina, la acción evocada y el entorno descrito con la evocación de Jim Morrison son, principalmente, los que corresponden a la Mágina (Úbeda) de los años setenta, la de 1973, cuando el cantante de los Doors ya había muerto en París y los jóvenes héroes ya habían abandonado el mundo.

La música popular del siglo XX ha contribuido a forjar la educación sentimental de numerosas generaciones que en el cine, en la radio o en la televisión han compartido unas mismas sintonías y parecidas ensoñaciones. Los grandes crooners de los cuarenta y de los cincuenta cantaron bellas melodías para jóvenes amantes, para parejas dispuestas a enlazarse con bailables. Por el contrario, el rock y el pop, las músicas que nacieron del blues y de otras influencias negras doloridas, aquejadas, pudieron expresar sobre todo un canto de rebeldía, de insatisfacción adolescente, de oposición al mundo de los adultos. Ese mundo de la posguerra mundial, estable, permisivo y represivo a un tiempo, fue contestado real y fantasiosamente por los jóvenes vocalistas y los grupos que irrumpieron en el mercado del vinilo y de las ondas radiofónicas. El mundo contestado y sus descontentos eran norteamericanos principal y originariamente y las poses de rebeldía luego mil veces imitadas fueron sobre todo las que transmitieron las fotografías de los ídolos juveniles anglosajones.

La noción misma de joven y, por extensión, la idea de la juventud como categoría y no como carencia datan de entonces, de los cincuenta. Es en aquellas fechas cuando el cine, la radio, los discos y la televisión crean la figura del adolescente rebelde, la imagen del descontento con ideas, con estudios, con problemas y con una cierta capacidad adquisitiva. Son jovencitos que cuentan con algo de dinero para comprar vinilos y otros gadgets de quienes expresan con mejor o peor poesía sus anhelos y sus furias. La herencia simbólica de aquellos cincuenta la forman James Dean y el púber parlanchín de El guardián entre el centeno, Elvis y sus contoneos procaces, los Levi’s, las cazadoras de cuero y las camisetas de Marlon Brando. Ahora corremos el riesgo de olvidarlo, instalados como estamos en una babélica convivencia de modas, de estilos y de tendencias, pero en los años sesenta el rock y el pop cambiaron por completo la indumentaria de los adolescentes y de aquellos que se resistían a envejecer, y cambiaron también el concepto de la vida y del sexo. El Manuel de 1973 –el personaje que es evocado en El jinete polaco cree haber llegado tarde y periféricamente a esa eclosión: tarde porque los grandes cantantes rebeldes ya están muertos (Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix) o son muertos en vida (Lou Reed) y periféricamente porque la distancia entre Mágina y los Estados Unidos es más grande que el abismo oceánico que los separa.  Sin embargo, él aspira a rabiar como sus admirados ídolos suicidas, y los cabellos largos que le caen, la greña rebelde que se deja crecer, provocan la ira de sus mayores.

En aquellas fechas se dio justamente una de las paradojas sociales más llamativas de la modernidad: la afirmación rabiosa de la individualidad sin restricciones y sin culpa y, a la vez, la uniformidad indumentaria, la subordinación universal a una moda masiva e identificadora, no menos sumisa que la de los mayores. Los vaqueros, por ejemplo,  o las botas camperas que los jóvenes se calzaban entonces los aunaban, fueran de Mágina o de Nueva York. Así va vestido Manuel en 1973, expresando con esa ropa lo que lo distancia de sus padres. Pero, atención, Manuel expresa también su rebeldía enconada y triste embutiéndose en un chaquetón tres cuartos que perteneciera a su abuelo, una prenda de abrigo azul de quien fuera guardia de asalto y de quien fuera represaliado por el primer franquismo. El abuelo Manuel, temible y brusco, es también el ejemplo indómito de un familiar que se opuso con torpeza tierna y con intuición a los nuevos amos políticos. Es aquel que se presentó en el cuartel como guardia respetuoso de la legalidad republicana cuando la sublevación del treinta y seis ya había triunfado, aquel que se pierde por las palabras, ese palabrista, de quien Manuel recibe el nombre y el aprecio por contar historias. Por tanto, la indumentaria de nuestro protagonista es un híbrido entre las modas anglosajonas y el uniforme de alguien propio, cercano y alucinado a quien admira.

Los jóvenes de los años sesenta y setenta fueron, pues, los primeros que sintieron universalmente su adolescencia como un estado afirmativo y peculiar, como un atributo que oponer al mundo de sus mayores. Ese logro era resultado del proceso de individualización, del debilitamiento de los controles familiares y patriarcales. Pero esa conquista necesitaba rasgos que diferenciaran a los nuevos jóvenes, que los distanciaran de la uniformidad adulta. Algunos de esos atributos externos, que tanto escándalos provocaban, se convirtieron precisamente en una nueva uniformidad generacional. ¿Es posible afirmar la individualidad en la soledad, esa soledad muda y rabiosa que, por ejemplo, tanto daño le ocasionaba a Manuel? ¿Es posible afirmarse uno mismo sin compartir una cierta estética con quienes los vemos como los nuestros? El rock y el pop desempeñaron esa función individualizadora, de contestación, pero fueron también el modo generacional de compartir algo con una multitud acogedora, la manera de sentirse acompañado, próximo, vecino, de sentirse copartícipe de un sentimiento oceánico –en el sentido que le diera Freud a estas palabras–, un sentimiento oceánico que se expresa principalmente en el concierto, en Woodstock, por ejemplo.

Una de las figuras públicas que mejor encarnó esos logros y esos sentimientos, con sus ventajas y sus miserias y sus desastres fue Jim Morrison. A comienzos de los setenta, a la altura de 1973, un adolescente enfurruñado y temeroso, taciturno, secretamente rebelde, pasea por las calles de Mágina. Ya lo sabemos: se llama Manuel y sueña con irse, con abandonar el destino que le legan y al que está atado: el cultivo de una huerta y la venta de hortalizas en un puesto del mercado. Es o se cree un “Jinete en la tormenta”, alguien solitario y audaz, ajeno a la meta que le han marcado, que él no ha elegido, alguien que vive con rabia la hipoteca que recibe. La vida que le han previsto, que el padre le ha programado, es la reproducción inevitable de lo que el progenitor mismo ha heredado y de lo que ha logrado con obstinado esfuerzo: modesta, mansa, rural, honrada y sacrificada, de abnegación y de trabajo agotador. En esa existencia predecible, el joven está condenado a sobrellevar el miedo y la ignominia heredados del linaje materno: el miedo transmitido de generación en generación, el miedo de una madre tierna y abnegada que creció con penuria y con estrecheces o el miedo a la brutalidad viril, a los arranques violentos del abuelo Manuel; y la vieja ignominia del bisabuelo Pedro, la herida familiar del expósito ignorante de su origen. Si el joven se cree un jinete en la tormenta es porque se vive arrojado a un mundo que no es el suyo, un mundo hipotecado de antemano, con infiernos y con determinaciones de sus antecesores: se vive –parafraseando a Morrison– como un perro sin hueso, como un actor de prestado. La canción que cerraba el último disco de The Doors, L.A. Woman, llevaba por título Riders on the Storm y resumía el grito existencial torturado y alucinado de Jim Morrison, el mensaje enfático, desgarrado y sombrío del letrista norteamericano.

La figura del Morrison cabalga a lo largo de toda la novela y su figura de jinete desbocado se solapa con la efigie del cuadro de Rembrandt, en un maridaje icónico absolutamente arbitrario e irrepetible que se opera dentro de Manuel. Morrison cobra una dimensión notable en la historia de la música rock por varias razones. En primer lugar, por la carga consciente e intelectual de sus letras, el dolor y el desgarro de quien se expresa desde la desazón y la incomodidad a pesar de (o justamente por) sus orígenes familiares acomodados. En segundo término, por la vida de desenfreno a la que se entregó, una vida de ebriedad en la que la alegría del viaje fue pronto reemplazada por la tortura de la posesión y de la autodestrucción. En tercer lugar, por la tempranísima muerte, cuando sólo contaba veintisiete años, con la que cerró una existencia vertiginosa, creativa y breve. Manuel sabe o cree saber inglés: entiende o hace creer que entiende las letras de aquellas canciones, tan rabiosas, literatura maldita y negra, como aquel Walk on the Wild Side, de Lou Reed; Manuel quiere emprender un viaje literal, un viaje que le lleve a Norteamérica y que le distancie de sus padres y de sí mismo, un viaje que a falta de Nueva York o San Francisco bien puede ser con destino a Madrid; Manuel bromea peligrosamente con el alcohol y con el tabaco, incluso con el hachís, y la pérdida de sentido a que se entrega con frecuencia en el bar Martos le hace creer en una vida disuelta y dolorida, una vida en la que no hay mujeres y en la que el joven se siente absolutamente desdichado, acodado en la barra y escuchando My girl, de Otis Redding, para lacerarse mejor.

No se sabe muy bien a qué razones concretas se debe el vértigo a que se sometió Jim Morrison, a qué motivos obedece su disgusto vital. ¿A un padre militar y autoritario que asqueado por la existencia del hijo renunció a él en vida? Quizá un padre así siente decepción ante el vástago que ha de prolongar su trayectoria y que desmiente una a una todas las previsiones que sobre él ha hecho y su actitud fría y luego distante no hará sino incrementar el conato de rebeldía adolescente y el abismo generacional que separarán a Morrison de su progenitor. Quizá ese vértigo autodestructivo se debió a una creatividad caudalosa e indomable que no supo expresar adecuadamente y que acabó por doblegarle. Quizá se debió a un odio cuya energía no supo sublimar. Morrison fue un tipo bien parecido, declaradamente guapo y viril, revestido de cuero negro, esa uniformidad siniestra tan característica del rechazo a lo burgués. Fue el vocalista y el letrista de un grupo cuyo nombre, The Doors, rendía tributo a Aldous Huxley (The Doors of Perception) y a la ebriedad, a la alucinación inducida y a la exploración personal y dionisíaca. Pero no quiso ser una estrella del rock, un ídolo quinceañero, sino un poeta, un artista dispuesto a aventurarse, a crear valiéndose para ello de todos los soportes posibles. Como indica el tópico y como él mismo confió, el creador, el auténtico creador, debela: en su expresión francesa –que él tanto admiró–, el creador es un crítico radical y un opositor del gusto adocenado y del poder. Siempre que pudo, Morrison hizo declaraciones contraculturales y proclamó una revuelta sin cuartel contra el orden mojigato y conservador de la América en la que nació.

La verdad de ese credo contestatario cobró mayor fuerza con la prueba de su muerte, de su extraña muerte ocurrida en París. Otros como él, Janis Joplin o Jimi Hendrix, habían perecido a los veintitantos años y sus vidas alucinadas se agrandaron hasta el mito. Entre 1970 y 1971 morían, pues, tres figuras torturadas del rock y esos decesos constituían el primer síntoma del vértigo creador y del abuso de estimulantes. A la música de entonces la agigantaron precisamente esas caídas y sirvió para mezclar el esteticismo con la muerte. Hacer de la propia vida una obra de arte era un divisa del esteticismo nacido en ochocientos, llevar hasta el límite las experiencias sensoriales, también. Rimbaud fue lectura familiar para Morrison, como lo fueron Kerouac o Ginzberg. Esta generación musical, la de Joplin, Hendrix y Morrison, quiso hacer del presente esa eternidad predicada desde el ochocientos. La vida es instante y la eternidad se resuelve en ese instante de vida. Lo que esta generación musical olvidó es que la existencia es también duración, instante y duración, presente y una cierta y una esperanzada provisión de futuro. Manuel, el Manuel de El jinete polaco, creció coqueteando con ese esteticismo rabioso que entonces aprendió, pero lo que su generación no pudo permitirse, lo que por su medio no se consintió, es agotar la vida en un instante de eternidad.

Él había nacido en el seno de una familia humilde, una familia de Mágina que accedía a los adelantos y a los electrodomésticos a comienzos de los setenta, mientras que en los Estados Unidos llevaban varias décadas disfrutando con el consumismo material y con los utensilios más sofisticados de la vida práctica. Hay páginas de gran ternura y sutil ironía en que se describen esos bienes materiales, la llegada de esos adelantos a Mágina, páginas que son elipsis y radiografía histórica, un diagnóstico de los avances que trajo aquella década condensados en un par de electrodomésticos que resumen años y cambios: de cómo se pasó en la España de entonces, de la penuria y la incomodidad del hogar, el malestar de cada día, al confort modesto que trajo el gas butano y la televisión, por ejemplo. Los bienes materiales abreviaban las operaciones de la vida, pero no venían solos, puesto llevaban dentro de sí la amenaza y todo tipo de peligros, la existencia misma era un peligro, aseguraban los mayores que protegían a Manuel. Para ellos, el mundo campesino y provinciano que siempre habían conocido mejoraba con los adelantos, pero a la vez esos electrodomésticos eran riesgo y tenían algo de ingenio maléfico.  

En cambio, en el país de Morrison, las cosas andaban de otra manera. De allí nos venían esos aparatos y de allí llegaban los ejemplos de una juventud rebelde, de una juventud que se sobreponía al bienestar material, que incluso lo despreciaba, y que se marcaba metas vertiginosas, sin temer el riesgo, sin percibir las amenazas. Morrison era el hijo bien nutrido de una familia bien, un muchacho que había crecido rodeado de comodidades y para quien todo eran facilidades, para quien era fácil cursar estudios superiores, arte dramático, por ejemplo. Manuel era el vástago de unos menesterosos, alguien en cuya casa no había libros y alguien para quien una carrera universitaria sólo podía pensarse si se disfrutaba de una beca. En los Estados Unidos de los sesenta, un título superior era una acreditación que hacer valer en el mercado o incluso una inversión en capital humano que la familia hacía en sus vástagos, pero no era una garantía o símbolo de prosperidad personal o de riqueza que idolatraran. “Desde Maine hasta California», nos recordaba Donald McCloskey, «el norteamericano capitalista y demócrata se complace en la más norteamericana de las burlas, esa pregunta norteamericana: ‘Si eres tan listo, ¿por qué no eres rico?’ “. En España, por el contrario, la carrera era entonces un emblema de superación personal y de mejora familiar, un modo de abandonar el campo y trabajo agrario, una manera de intentar salir de la condición menesterosa que compartían tantos y tantos funcionarios y empleados. En la España en la que comenzaba la masificación universitaria, más que ser experto se llevaba tener un título. Ésa era para muchos una meta por la que sacrificarse, un objetivo a alcanzar con el esfuerzo de los parientes y con el auxilio de las becas. El malditismo rebelde, incluso suicida, y la autodestrucción creadora, rabiosamente poética, inspirada en Rimbaud, por ejemplo, eran más difíciles de practicar si uno procedía de ese ambiente pobretón y había crecido en un país devastado por las penalidades, sometido a una tiranía y acomplejado por un miedo secular. Justamente el ambiente en el que creció Manuel. Por eso, en figuras como la de Manuel, el esfuerzo debía ser titánico. Por un lado, recibía en herencia el miedo, incluso la amenaza explícita del mundo, el riesgo, y por otro esperaba rebelarse tímida, silenciosa y rencorosamente contra un destino limitado o pueblerino, aquel que se asignaba a tantos y tantos hijos de una España profunda y atávica. El futuro era entonces algo a lo que se aspiraba: el porvenir era un viaje y no sólo ese instante que se consume en la eternidad del presente, un viaje que era duración. Esa certidumbre, esa exclusiva certidumbre, le salvó probablemente de recaer en el ejemplo de esos héroes del rock cuya sombra de siniestro atractivo se proyecta en la páginas de “Jinete en la tormenta”.

 

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  1. Es interesante analizar la juventud. El problema es que quienes lo hacen son gente mayor porque los jóvenes no saben lo que les pasa. Viven. Que no es poco!

  2. La verdad es que este artículo me resulta muy interesante y coincido en casi todas sus afirmaciones; como la que subrayas al decir que fue gracias a la música rock el altavoz por el que finalmente la juventud, después de años y años de silencio, pudo decir «aquí estoy yo». En lo que no estoy de acuerdo, aunque te parezca un detalle sin importancia, es equiparar la música rock con la música pop, creo que musicalmente hablando -es decir al ceñirnos sólo a los acordes de una canción- y estéticamente hablando son muy diferentes en lo que proponen. Por ejemplo, el rock, en ese diálogo que llevan tomando desde hace décadas, siempre le reprocha al pop su dejadez musical y su comercialidad en las formas. Un saludo.

  3. Tuve el privilegio de asistir a la presentación del libro del señor Montesinos citado por el señor Serna. Me uno a su recomendación para su lectura. Puesto que aun no lo he leído poco más puedo decirles sólo asegurarles que tanto la vibrante presentación del autor como los comentarios de don Justo transmitieron al abigarrado público generaron en él las ganas de adentrarse en sus páginas que, por lo leído in situ, son de agradabilísimo tránsito. No coincido con todos los planteamientos de don David, pero su propuesta es de lo más sugerente tal como demuestra el interés de los temas que afloraron en el debate posterior, bueno, y los que quedaron en el tintero. Les aseguro que si logramos traerlos a esta tertulia lograremos pasar muy buenos ratos. Mi sincera felicitación para el autor.

  4. No he podido ir a la presentación. No les dire la razón. Asuntos internos. De todas maneras una pena porque la cosa prometia y según dice el señor Kant ha estado bien. Cuáles son esos temas que han quedado en el tintero?

  5. Agradezco a Kant la breve pero generosa crónica del acto de
    presentación. Estuvo bien, incluso muy bien, y creo que sirvió
    para despertar el interés en un libro que se lo merece: hay páginas
    (muchás más de las que yo leí en voz alta dedicadas a los Simpsons)
    verdaderamente lúcidas y admirablemente escritas. Creo que el volumen
    merece tratar cada uno de sus aspectos, parte a parte, y discutirlos,
    pues en cada uno de sus apartados hay una tesis bien documentada. No
    sólo hay opiniones: hay atinadas descripciones. Decía Josep Pla que
    es más difícil describir que opinar. Bien, yo creo que el autor describe tan
    bien como opina y argumenta. Por otra parte, hay asuntos que a mí
    me habría gustado discutir más, insisto: parte a parte. Pero no era
    la circunstancia. Por ejemplo, discutir incluso sobre sus nutrientes
    intelectuales, sobre los referentes a los que cita el autor. Desde
    Baudrillard a Foucault, desde Roudinesco a Beck o Baumann. Pero no
    menciona (que yo recuerde ahora rápidamente) a Richard Sennett o a
    Maffessoli o a Daniel Bell. Creo que podría organizarse algo, real o
    virtual (electrónico), para dar cancha a lo tratado y para poder
    discutir esos asuntos tan brillantemente abordados.

  6. Yo no he leido el libro pero supongo que el autor estudiará las difíciles condiciones laborales de los jóvenes. También la dificultad de adquirir una vivienda. El subempleo en condiciones pésimas y explotadoras. Eso domestica. J. Serna podría decirnos algo.

  7. Me disculpará usted, don Justo, vaya grosería la mía. Lamento haberme adelantado a su propia intervención, sólo puedo argumentar en mi defensa la gloriosa cafetera hirviente en la que se convirtió mi cerebro tras asistir al torrente de ideas lanzadas por los ponentes, surgidas de entre los asistentes y cocidas en mi propia cabeza a raíz de todo aquello. Así, me precipité a su blog y, claro, cometí la incorrección. Perdón, le insisto.

    Desde luego, considero que acierta de pleno reclamando orden para desentrañar el libro, realmente abre tal abanico temático que sería muy fácil perderse. Ya que se adentra usted a proponer la vertiente de los “nutrientes intelectuales” y que don Pedro hace también su propuesta – y no menor por lo candente, concreta y cotidiana que es – me atrevo yo a dejar caer un par de cuestiones que allí salieron y que nos conducen a otras facetas del poliédrico tratado de maese Montesinos, una por acción, otra por omisión.

    La primera nos lleva al mundo de la política activa, cuando un asistente se reconoció amigo y compinche del autor en algaradas juveniles de corte anarquista y se declaró asombrado de que ahora, en su madurez, exigiese – incluso de forma radical – la existencia de normas para la educación. El señor Montesinos asintió y yo quedé estupefacto al comprobar que los conceptos “anarquía” y “anomia” se confundían y se admitía la confusión. Desde ese punto, revisar (¡¡quién diga “revisitar” será azotado sin piedad por mi látigo de nueve colas!!) el anarquismo y su vínculo con la juventud – que lo practica, en sus valores (pacifismo, naturismo, equidad de género, cosmopolitismo…), sin ser consciente de ello – sería otro universo de plática.

    La segunda nos lleva al mundo de la política burocrática. Desconozco – ya advertí que aun no había leído el libro – si se cita el fatídico destino de la juventud cuando las administraciones públicas decidieron apadrinarlas. Desde la local (¡cuántos “Centros Juveniles” florecieron en los municipios para domesticar a los jóvenes!) a la misma ONU, con su “Día Internacional” (desde 1995 y como resultado de las políticas nefandas de “democratización de la cultura” y, tras su fracaso, de la “democracia cultural”). Tal vez no distan tanto los hechos del 68 (¡¡otro tema de debate que surgió!!) de los de los 80-90, de cuyos polvos tenemos hoy estos lodos.

    En fin, como ven vuecencias, tela hay para cortar y trajes para coser… veamos cómo podemos hacerlo…

  8. Es divertido, de todos modos, ver en lo que ha acabado el pop y el rock en España. En un desquiciante lamento y llorona contra la piratería. Viva la rebeldía y la contracultura.

  9. He puesto un primer apartado en el post (véase más arriba) en el que relaciono a Cho Seung-Hui con Travis Bickl, el personaje de Taxi Driver interpretado con Robert de Niro. Lean, si quieren, mi texto, pero mejor… observen las imágenes.

  10. Señor Kant, ¿qué se dijo de mayo del 68? No estará el señor Montesinos queriendo su vuelta?

    Otra cosa. El señor Serna ha cambiado el orden del post y nos ha puesto lo actualizado al principio. Da un poco de mareo tanto cambio pero bueno. Valia la pena. El parecido de los fotogramas de Robert De Niro y de Cho es total.

  11. Me parece muy friki el Cho. De risa si no fuera por la masacre. El mundo tiene la culpa y los niños ricos son los malos.Un friki del copón

  12. Me gusta el comentario de Justo Serna sobre la novela de Muñoz Molina, “El jinete polaco”, una de las mejores obras de este escritor.

    No me gusta el título del libro de David Montesinos, “La juventud domesticada”, no lo leí ni asistí a su presentación (Valencia queda a más de 1000 Km. de mi ciudad), así que sólo puedo opinar sobre el título; no sería mejor “¿La juventud domesticada?”, no afirmando sino dudando, porque, si la juventud está domesticada, ¿cómo está la sociedad en la que viven estos jóvenes?

    Espero que, como dice Pedro, el autor haya reflexionado sobre las duras condiciones laborales de los jóvenes, cómo esta sociedad domesticada los utiliza y explota.

    Los que leísteis el libro, podías empezar el debate. Yo no sé cómo hacerlo.

  13. Yo si que estuve en la presentación pero no he leido el libro. Montesinos insistió al final que no era sobre mayo \\\’68 de lo que iba el libro sino de hoy de la juventud de hoy. Domesticada? dice Fuca con interrogación. Pues no sabemos si la han domesticado y si hay un domesticador.

  14. Cada día me voy convenciendo más del que blog de Justo Serna es una de las cosas más interesantes que pasan en Valencia. Cada uno de sus artículos es un placer y el gesto de la comparación iconográfica entre Taxi Driver y la matanza de Cho es de una claridad apabullante. Agradezco las intervenciones de los que estuvistéis y de los que, no estando, toman la palabra en esta plaza pública. Hablemos pues.

  15. ¿Chon (el friki que asesina) es un joven domesticado o es un rebelde desorientado? ¿Es un chaval sin padres y sin autoridad o es un chaval que odia por soledad? ¿En que se parece a los jovenes que no matan?

  16. Querido Kant,

    el hecho de que Justo, Antonio y yo provocáramos tal controversia que tardaras sólo media hora en escribir al blog, no sólo no me parece precipitado sino que me halaga. Coincido contigo en que Justo estuvo genial.

    En cuanto a tu segundo post. Tienes razón: el abanico temático que abre el ensayo es excesivo, casi hemorrágico. No sabes lo peor: en la confección original del texto eliminé bastantes más temas.

    En cuanto las cuestiones que planteas. Si la confusión que «mi compinche» deslizó entre anomia y anarquía fue tolerada por mí -o pudo parecerlo- entonces es que, como temía, mi falta de aplomo me jugó una mala pasada, porque te aseguro que nada hay más lejos de mi pensamiento. Es más: creo que el anarquismo es el modelo más perfecto de orden comunitario que se ha diseñado. En cuanto al concepto de anomia (Justo me recordó ayer entre dientes su proveniencia de Durkheim), puede ofrecer una lectura reaccionaria. Ahora bien ¿por qué no reapropiarnos del concepto?. Me baso aquí en Zygmunt Bauman, por más que él no lo use expresamente. Bauman explica de qué manera la desestructuración de las viejas comunidades operada desde la revolución industrial y la expansión de los nucleos urbanos, genera un efecto de desvertebración de los mecanismos tradicionales comunitarios colapsando el proceso de enculturación por el cual enraizaban los valores en las nuevas generaciones. Y de esos polvos vienen estos lodos porque las condiciones de emergencia de la que Lyotard llama «condición postmoderna» se empiezan a configurar desde ahí. Aceptar o no a partir de aquí el concepto de anomia me parece cuestión de vocabulario.

    No sé si entiendo la segunda cuestión. Creo que ni la ONU ni los ministerios de cultura domestican al crear instituciones para posibilitar el encuentro entre personas e ideas. Lo que domestica es la postergación de quienes buscan inútilmente un trabajo no precario y una vivienda digna en medio de la selva del turbocapitalismo. Nos domestica esa lógica silenciosa que, sin que nos resistamos suficientemente, nos convierte día tras día en meros consumidores, enterrando al ciudadano que decimos ser. Domestican los créditos y las hipotecas. Domestica el miedo….

  17. Para Jaime.

    Ayer nos cebamos con el Mayo Francés pero te aseguro que es un 5% del texto, aunque sí tiene algo de transfondo para toda la problemática que trata el ensayo. Toma nota si te place. En el cap. 1 se presenta un recorrido histórico sobre la función social de los jóvenes en la comunidad, desde los «bacheler» medievales a la joven sangre aria del partido nazi, la bohemia de los beatnicks o la cultura de los teenagers…. El cap. 2 describe el lugar que ocupan los jóvenes en el inhóspito mercado laboral de lo que Ulrich Beck llama «sociedad del postrabajo». Sumo y sigo: estado del conflicto generacional en el cap. 3. La deconstrucción de la familia en el 4. Despolitización, orgía cibernética y tiranía del look en el 5. Banalización de la cultura juvenil en el 6 desde la historia de rock, la ruta de bakalao, el cine de masas, el «homo futbolísticus», o la burbuja rosa. El último capítulo analiza, creo modestamente que desde la propia experiencia, el fracaso del sistema educativo.

    Siete razones para leer el libro y seguir montando bulla en el blog de Justo, ¿no te parece?

  18. Para Pedro.

    Estoy de acuerdo: nada domestica tanto como un trabajo precario y una hipoteca impagable.

  19. Verá, don Luís, me temo que voy a defraudarlo pero no puedo negarme a responder sus amables preguntas.

    Respecto a la primera, el señor Montesinos se declaró admirador de la revuelta del 68 (revuelta, don David, revuelta, eso de “revolución” lo dejaremos en el cajón de los conceptos equivocados como ya dije más arriba para anarquía/anomia). El ponente que se sentaba a su derecha (un converso a la filosofía de un tal Guillermo de Verbacken… o algo así sonaba, pues desconozco si se trataba de un metafísico o de una galletita de chocolate bávara… pero no nos dispersemos) decía que éste señor, del que sólo puedo indicarle que, por demás, era amigo del autor, defendía una abstrusa teoría que no llegué a captar por la cantidad de contradicciones que vertía y de la que sólo pude extraer el rencor que supuraba hacia la citada revuelta. Entre otras maravillas nos narraba cómo un J. P. Sartre certero acusaba a los estudiantes de ser “hijos de papá” (¡voto a Bríos! el mismo argumento del tarado de Cho Seung-Hui… mmm… que interesante… y coincidente con Vizcaíno Casas… MMM… cada vez más inquietante…) al tiempo que definía a los policías como beneméritos revolucionarios. En fin…

    Convencido de que don Justo pondría las cosas en su sitio y admirado por la cantidad de bobadas escuchadas a este señor (me disculpará usted, don David, porque sé que es un buen amigo suyo pero no se me ocurre otra forma de definir lo que decía… debe ser cosa de la “incandescencia” de este blog), reconozco que se me fue la mente a… Turín… fábrica de FIAT… con los obreros encerrados y los policías, compatriotas suyos de Cerdeña, asediándolos… Gramsci lo cuenta mejor que yo, reléanlo y compárenlo con ese 68 que nos contaban…

    Respecto a la su segunda cuestión, hombre, considero que lo adecuado sería preguntárselo a él mismo, más ahora, ya que lo tenemos por aquí. No obstante, llevado por mi celebérrima verborrea, no puedo callar y, aun a riesgo de recibir un merecidísimo varapalo de don David, me aventuro a creer que aunque él analiza míticamente el fenómeno – y, por ello, entiendo que lo admira – no creo que el quisiera su “retorno”, él se siente “adulto” (según la definición de integrado que dio el señor Serna) y aquello, a la postre, fue “cosa de jóvenes”.

    Así que poco más puedo decirle. Yo, como estaba achicharrado por mi embozo (capa de terciopelo, peluca atirabuzonada y máscara de Polichinela) y el calor tremebundo de los bajos de la Casa del Llibre, no intervine – podía caer lipotímico de un momento a otro – en este caso preferí escuchar (¡otra de mis contradicciones!), que es la mejor forma de admirarse ¡y vaya si me admiré!

    Apunta doña Francisca (Fuca para ustedes) un tema que también fue objeto de debate y no menor: el título del libro. Me temo que aquí hay otro lío conceptual – o yo estoy muy tibi, mihi, que también puede ser – entiendo que “domesticado” quiere decir “apto para estar en la domus, en la casa” (lo cual traería a colación el tema de una juventud que no puede emanciparse del hogar paterno) pero no, se le daba el significado de “sometido” o sea de “domado”, esto es, que, en realidad se pretendía decir La juventud domada. Creo. Con todo, su subtítulo es mucho más significativo y esclarecedor: De cómo la cultura juvenil se convirtió en simulacro. Y ese es el meollo, a mi modo de ver por lo escuchado del autor.

    Y una última, mi cordial felicitación para la labor de comparación iconográfica realizada por el señor Serna, ¡espléndida!

  20. ¡Don David, perdone usted, se cruzaron los envíos! En un momento le aclaro su duda. Y ya que lo tengo a mano, le reitero personalmente la felicitación.

  21. Para Luis.

    Definitivamente: no quiero que regrese Mayo del 68, entre otras cosas porque mientras algunos se apostaban tras las barricadas de la Rue Vendome, yo estaba mamando de los pechos de mi madre. Me seduce la capacidad de la juventud para resistirse a cualquier orden de mando que se pretenda incuestionable. ¿Quién es usted para examinarme si sus clases son basura? ¿Sirve para algo el título universitario que persigo? ¿Es razonable que la enseñanza pública se deteriore sólo porque es pública? Sigamos haciéndonos preguntas. Más allá de proclamas con un sentido más coyuntural que otra cosa como la de aquel «prohibido prohibir»; más allá de lo decepcionante que nos resulte la trayectoria posterior a las barricadas de Daniel Cohn-Bendit…., lo que realmente me interesa es plantearme si todavía estamos en condiciones de asumir la necesidad de articular proyectos colectivos para mejorar nuestra sociedad, o como mínimo, para no dejar que se vuelva cada día más inhóspita. Si la respuesta es no, y en esto mi libro no es tajante aunque tampoco aquí eluda la obligación de opinar, entonces estamos indefensos.

  22. Para Fuca.

    Cambiar «La juventud domesticada» por «¿La juventud domesticada?» tienes razón, pero si lees el libro verás que su escritura está atravesada por ese interrogante que tú reclamas que se haga explícito en el título. Los filósofos sabemos hasta qué punto las afirmaciones que uno realiza deben acompañarse del fardo de interrogantes, aclaraciones y matizaciones que les dan sentido. Y pese a todo es una afirmación problemática. Pero es que lo que este libro pretende es justamente demostrar que esa problemática existe y que, de alguna misteriosa manera, estamos perdiendo a los jóvenes como interlocutores. Sospecho que Justo ya ha notado algo de esto en sus clases. ¿O no te responden, Justo, en infinidad de ocasiones con un silencio de hielo?

  23. Es cierto,nos ha dado la vena polemizadora y se cruzan envíos. Pensando en próximos días, les sugiero que no olvidemos la propuesta de Justo Serna sobre Bell, Maffesoli y Sennett. Gracias a todos.

  24. Aclarado y convencido de cuanto me apostilla, don David, sólo discrepo en su último párrafo. La irrupción de la administración pública burocratizando la vida ciudadana y privándola de su natural iniciativa no es incompatible con su propuesta, la que oscila desde la hipoteca cotidiana que afecta al bolsillo al miedo silente que atenaza los espíritus, contrariamente, redunda en ella. Su propuesta, permítame que le diga, algo idílica, de un admón. pública que vela por un ciudadano al que facilita lugares de encuentro para intercambio de ideas y personas, es una idea muy común que poco tiene que ver con el propósito de estas intervenciones cuando se ven en la práctica diaria.

    Más aún, no es un hecho aislado o anecdótico. El advenimiento de la democracia en España – y hablaremos sólo de este marco para no dispersarnos – trajo una especial prioridad al “encauzamiento” de las fuerzas vitales de las ciudades. El movimiento vecinal fue barrido por la vía de convertir en concejales a sus líderes; las fiestas populares pasaron de ser autogestionadas (y tan humildes como divertidas, participativas y abiertas) a entrar en el presupuesto anual de las corporaciones pasando a ser pretenciosas, megalómanas y cerradas; el movimiento sociocultural que excitaba la calle (“la cultura al carrer”) desde sedes informales, asociaciones libres, escoltas, parroquias católicas… pasó a disponer de unas espléndidas casas de cultura, y la juventud, claro, también tuvo su especial tratamiento domesticador con las casas de la juventud.

    ¿Sólo pasó eso en España? Repasemos la edad en la que los jóvenes entraban a militar en los partidos políticos y los sindicatos obreros del periodo anterior a la postguerra mundial en todo Occidente ¿qué iba a hacer Occidente, conocida la experiencia previa, dinamizadora social, de los jóvenes nazis, fascistas, anarquistas y comunistas? ¿repetirla?… No, por supuesto. La gente joven bastante tenía con el rock-and-roll… aunque hasta eso les salió rana en los 50 y 60. Definitivamente, el macramé era más apropiado para la juventud. Se tenía el instrumento (la “democratización de la cultura”), se tenía el gancho (las infraestructuras costeadas por la administración, o sea “gratis”) y se tenía muy claro qué se quería: sacar de la calle (transgresora, revolucionaria, corriente imparable de ideas, tránsito torrencial de personas) a la juventud, aburguesarla, domesticarla, domarla. Y vaya si lo han conseguido, especialmente en España. El pasado año, mientras los chicos franceses se revelaban contra los contratos basura (el peso de la sociedad orgullosamente ilustrada, laica y civil sigue pesando substancialmente allí a pesar de su movimiento sociocultural), aquí, en las mismas fechas se “exigía” el “botellón”, todo un éxito de las casas municipales de la juventud.

    Por eso le digo: no es que le contradiga, lo reafirmo y ratifico pero también abro nuevos frentes y desenmascaro hipocresías políticas… ay, señor Montesinos, si usted llevara vistos tantos concejales de juventud (¡es que hay hasta una concejalía!) como yo, y hablara con ellos, no de entrevista académica, tomándose un café, descubriría una cara gris, ignorante, mediocre y pusilánime en (¿algunos? ¿muchos?) de nuestros representantes democráticos. Y eso sí es una lástima porque la buena fe de la gente se mancilla diariamente con esos individuos.

  25. Agradezco al señor Montesinos que me haya respondido personalmente y que haya razonado sus contestaciones. Es muy agradable leer a la mayoria de los que aqui escriben. Un caso de impresión es el del señor kant. Vale la pena leerles y aprender.

  26. Estoy de acuerdo con lo que me respondes sobre el título de tu libro, David P. Montesinos, siempre que no generalices, que no digas que estamos perdiendo a los jóvenes como interlocutores, estamos perdiendo a algunos (¿a muchos?) jóvenes como interlocutores; aquí, en mi tierra, los mozos salieron a la calle manifestándose en contra de la ilegal guerra de Irak o reclamando medidas contra la contaminación de nuestros mares o contra los incendios que asolaron Galicia el último verano. Las personas cambian de generación en generación y eso está bien, las sociedades condicionan la evolución de la juventud y la sociedad en la que vivimos quizá no es la más adecuada para formar jóvenes críticos y reivindicativos.

  27. Como Jaime, yo también les agradezco el tono, el vigor y el estilo de sus intervenciones. Repito lo que Jaime dice: «Vale la pena leerles y aprender». Aprender, también, de un autor que consiente debatir con los lectores, con lectores reales o potenciales de su obra. No pretendo apostillar lo que ustedes han escrito: volveré a releer todo lo dicho sobre los jóvenes, sobre el Mayo frances, sobre la domesticación o no que se da entre las generaciones actuales y pasadas, sobre la manipulación política de la juventud… ¡por concejalías de la juventud! En fin. Ya digo. Releo.

    Más tarde, calculo que hacia las trece horas, pondré un nuevo post…

  28. Y antes de que alguien reproche mi contradicción (siempre fui una persona contradictoria, qué le vamos a hacer), rectifico, donde escribí “los mozos” debería haber escrito “muchos o algunos mozos”, caigo en el mismo error que le critico a Montesinos, la generalización. ¿Os acordáis cuando le criticaban a Larra el haber titulado uno de sus artículos de costumbres “El castellano viejo”?, le pedían que cambiara ese artículo determinado por un indefinido; es lo mismo que a mí me gustaría que hubiera hecho David Montesinos.

  29. Señor Kant: no le voy a poner demasiados peros a su argumentación porque es densa, apasionada y , en muchos aspectos, absolutamente irrebatible. Me recuerda a algo que le oí decir a Haro Tecglen en una conferencia en relación a como «encauzaban» y «domesticaban» la producción cultural desde el Ministerio de Cultura, por cuya desaparición abogaba. En aquella conferencia en Villena fui yo quien le espetó que ese razonamiento -plausible en muchos aspectos- contenía el peligro de parecerse demasiado al de los neoliberales, que propagando en antiintervencionismo, sueñan en el fondo con que el mercado barra todo lo que no sean «productos de masas» y nos convierta a todos en puros consumidores pasivos de televisión y videojuegos. Ya sé que no es esto lo que usted pretende, pero no es el gesto del Ayuntamiento del pueblo X de crear un Casal de la Juventud lo que domestica, insisto, a los jóvenes de ese pueblo. Creo que hay un riesgo enorme en la gestión institucional de la cultura, pero analizando los intereses de los chicos de quince años con los que trabajo -ninguno de los cuales se pasa jamás por el casal de la juventud- temo que los agentes domesticadores estén más allá de los llamados poderes públicos, por más corruptos que nos parezcan los políticos.

    Fuca. De acuerdo contigo en todo. Yo también creo que los adultos nos deberíamos hacer mirar eso de que los chicos están desmovilizados y son indiferentes, cuando en la praxis cotidiana resulta que les estamos educando precisamente para ser eficaces consumidores. Si movimientos como el del chapapote o el no a la guerra surgen es porque existe entre los jóvenes esa energía rebelde que les hace volcarse de manera intempestiva contra la injusticia. Y lo hacen además divirtiéndose y aceptando todo tipo de incomodidades porque tienen la elegancia de querer hacer formar parte tales experiencias de su biografía sentimental. Ahora bien, diríase que tales movimientos no cuajan, no dan lugar a una experiencia asociativa sólida. ¿No será porque les hemos enseñado a descreer de la posibilidad de articular empresas colectivas para la solución de los problemas de la vida?

  30. No he leído el libro y no puedo opinar, pero sí de lo que aquí están ustedes comentando y discrepo en parte de algunas cosas mientras apoyo la opinión (como no) de Fuca.

    Antes de nada y para que conste:

    David P. Montesinos said,

    Abril 19, 2007 at 19:30

    Cada día me voy convenciendo más del que blog de Justo Serna es una de las cosas más interesantes que pasan en Valencia. (…)

    ¡Cómo que en Valencia! Mire usted, estamos en la red y éste blog es uno de los más interesantes de ella, no me lo limite, por favor (léase ésto con una sonrisa, que nos falta la voz y la sonrisa y no quiero que se me malinterprete como si estuviera regañando, no, estoy haciendo una bromita cariñosa).

    Los jóvenes airados, los no «domesticados» arman mucho alboroto y se hacen concienzudos estudios sobre ellos, pero tengo para mí que los otros, los que ustedes llaman «amaestrados» (qué es la educación más que una suerte de domesticación), son muchísimos más.

    Mis mañanas juveniles eran de danza y la facultad había de ser por la tarde. Estaba ya atestada de chicos que pasaban la mañana trabajando para ayudar en casa (trabajando duramente, descargando camiones en el mercado central y cosas similares). Mi maestro decía que era difícil mover a un obrero porque le iba el pan en ello; era muy difícil mover a aquellos chicos por lo mismo.

    Hoy continúa eso de distinto modo, pero sigue existiendo el esfuerzo brutal para salir de la miseria (económica o intelectual) en muchos jóvenes. En un repaso rápido, pienso en los que se dedican al deporte, a la música, la danza… Pocos adultos hay que se esfuercen como todos esos chicos. Son dos disciplinas que prácticamente no existían en nuestro país y que se potencian muchísimo en los últimos años; raro es el pueblito que no tiene un polideportivo y un auditorio flamantes. Todas las orquestas (más de una por ciudad) tienen su orquesta joven y puedo asegurarles que, los que preparan notarías y registros a la vez, no saben los que es esforzarse al lado de lo que es la vida de un chico que se prepara para las olimpiadas o para 4º de clarinete, para entrar en algo tan humilde como es una banda.

    Ellos están en silencio, a lo suyo y no sé si están domesticados, pero tienen un brillo en la mirada que me hace pensar que no.

    Pocas cosas he visto tan hermosas en mi vida como la manifestación de los estudiantes en Madrid contra la guerra de Irak. Toda la calzada de la calle de Alcalá, atestada de esos chicos, que no hicieron una feria de su manifestación, serios y convencidos, avanzando en una especie de ensayo de lo que quieren que sea su vida. Los adultos, desde las aceras, los miramos con una emoción muy especial.

    En mi modesta opinión, el error es haber creado una época ficticia, la de la adolescencia; una época en que los humanos están listos para procrear, en que tienen sus hormonas restallantes y los músculos tensos y en la que queremos seguirles teniendo a nuestro lado, aconsejados, cuidados, mimados y maltratados por nuestra protección. El agua se sale de la jarra por todas partes y nos golpean con todo eso que creemos amor y sólo es miedo, siempre el miedo para nuestros cachorros. ¿Cómo no va a haber contestación? Unos contestan como en el mayo francés; la mayoría lo hace trabajando como bestias y los gitanos… ¡Ah los gitanos! esos viven como hay que vivir. No hay adolescencia. Se emparejan a los catorce años y tienen sus cachorros a los quince, pero ¿Cómo se hace eso en nuestra cultura? debemos saberlo nosotros, pero no poniéndoles riendas hasta que pase esa etapa complicada para entonces quitarnos el sudor y decir ¡¡Uffff!!

    Pero hacemos más caso a los que arman alboroto porque desestabilizan nuestro modo y, sobre todo, creo que por una envidia desbocada a lo que todos soñamos en nuestra adolescencia alguna vez y nunca nos atrevimos a hacer. Para ser como ellos, hay que haber sido tratados como ellos y hace veinte años, nadie fue tan mimado como todos esos chicos insatisfechos, que lo han tenido todo. Tenemos mucha envidia y mucho miedo, siempre el miedo.

    Perdonen la perorata. Mi experiencia con los jóvenes es muy peculiar y no puedo trasmitirla en unas letras. En cualquier caso, mil gracias, Justo, por traernos esa etapa que nos tiene perplejos y David P. Montesinos por venir a debatir con nosotros.

    Feliz día de primavera a todos.

  31. Serna. Contento? Todos te quieren. Pero eres un socialdemócrata. Y además tu hallazgo de la semejanza entre Robert De Niro y Cho no es nada original

  32. Para Pavlova, he leído tu texto con placer y no me parece una perorata. Disculpa por lo de «en Valencia». El fenómeno de desespaciación que, según Virilio, se instala en nosotros desde la Red, presenta todavía algunas resistencias en mí.

    Paco, a tí también te queremos, aunque no seas socialdemócrata, te lo digo yo que tampoco lo soy.

  33. Regresé del XXV Salón del Còmic de Barcelona (expo especial dedicada a los historietistas del País Valenciano) así que no puede compartir con ustedes su compañía este fin de semana.

    Ruego especialmente al señor Montesinos que me disculpe por no haberle respondido antes, bueno, en realidad, para decirle que – siguiendo mi propia costumbre – nunca intercambio más de tres alusiones personales con nadie por no hacerme pesado.

    En este caso sólo decirle a don David que, en efecto, el debate sobre la intervención de la administración pública en la órbita de las actividades/iniciativas privadas es todo un universo poliédrico en donde las líneas divisorias entre lo que es apoyo compensatorio al más desfavorecido y los intento de instrumentalización «partitopolítica» de segmentos concretos de la sociedad están nimbadas de demasiadas incertidumbres. Es casi un reclamo para que el señor Serna contemple también este asunto en futuros blogs.

    Dos pequeñas apostillas, pues: (1) le ruego que no deduzca el que yo crea que “los políticos” son corruptos per se. Considero que responden a los criterios que marcan las reglas del juego que ellos mismos se han impuesto y dentro de ellas (y de él) hay alguno que lo son y otros que son honradísimos individuos. (2) En efecto, coincido con usted en que los agentes domesticadores están más allá de los poderes públicos, pero eso no niega que estén más acá y, especialmente, dada la idiosincrasia de nuestro régimen, también en ella. Y esto, en un régimen democrático, es especialmente lacerante. Un buen momento para recuperar a Bertran Russell a la hora de analizar esta perversión democrática.

    Por lo demás, transmitirles a todos ustedes mi satisfacción al observar, de forma directa, a miles de chicos, a lo largo de los tres días que estuve en la antedicha feria, interesados por algo, incluso apasionadamente, leyendo por cualquier rincón, enzarzados en acalorados debates, asistiendo a programas de radio en directo, disfrazados de cualquier cosa o vestidos “de domingo”, unos muertos de risa viendo “frikies” y otros orgullosísimos de serlo, chavales comentando exposiciones de jóvenes artistas actuales y de clásicos de los años 40, muchos implicados en el entreverado de cine e historieta, pero todos, libres de adultos y sin ningún político inaugurando nada. Vi vida.

    Y no vi bandosidades, ni distinciones de género, ni apriorismos irracionales, ni caras largas y aburridísimas. ¿Domesticados?… en la misma medida que la sociedad lo está, no lo dudo. Pero que están creando, generando inquietud, remirando el mundo… más que los adultos (y, eso, a pesar de los magros instrumentos que les hemos aportado), no lo duden. Me atrevo a recomendarles a estos, a los adultos, que se relean el último capítulo de Peter Pan de James M. Barry, cuando han pasado los años y Wendy es una mujer sensata y adulta, madre responsabilísima de unos hijos perfectamente socializados incapaces de viajar al País de Nuncajamás. Leanlo – en Alianza Bolsillo lo tienen – porque algunos editores suelen olvidarlo.

  34. Señor Kant, feliz regreso y grata experiencia, por lo que cuenta. Echar un vistazo a la cultura del cómic y, sobre todo, a los usos juveniles de un material habitualmente despreciado por la gente severísima y formal.

    Me parece extraordinariamente interesante la recomendación que hace de leer o releer el último capítulo de ‘Peter Pan’. De hecho, lo voy a hacer para refrescar mi impresión de lo que significa estar ya domesticado, pero también para confirmar el riesgo de negarse a crecer y madurar. Tengo que hacer una reseña del libro del señor Montesinos. Si usted me lo permite, citaré expresamente este recuerdo-recomendación que usted me hace…), mencionando esa circunstancia de Wendy.

    Por otra parte, le recomiendo que visite ‘La cueva del gigante’, el blog que el señor Montesinos tiene abierto:

    http://lacuevadelgigante.blogspot.com/

  35. Adelante, don Justo, cite usted cuanto crea oportuno, faltaría más. Por cierto ¿podría repetir para el público que no pudo asistir a su exposición en la presentación del libro que venimos comentando, el del señor Montesinos, claro, – y para mi débil memoria también, ay – las tres características que consideraba imprescindibles para una educación adecuada en el seno familiar? Estoy convencido, por los ecos que de ello quedó en mi, que apuntaban a la justa equidistancia que separa la domesticación por anquilosamiento de la madurez del asilvestramiento por inmadurez patente, con ello, creo, que les será de gran utilidad a nuestros contertulios.

    Por demás, acepto gustosísimo adentrarme en “la cueva del gigante”. Sólo su enunciado es de lo más sugerente. La cueva, como rincón telúrico donde se atesoran las riquezas de los humanos custodiadas por algún monstruo – dragón, ogro, bruja, enanos o, por supuesto, el gigante – portador de valores anhelados por los mortales y celosamente defendidos por sus propietarios, tanto o más que los propios tesoros escondidos que presuntamente protegen… si me permite la alusión a las viejas leyendas sobre las cuevas… sí, muy sugerente. Aunque, conocido su garante, don David P. Montesinos, tal vez necesite la guía del profesor Lidenbrock, vistas sus fecundas aportaciones.

  36. Estimado Sr. Kant, me pide que detalle lo que usted llama «las tres características que [yo] consideraba imprescindibles para una educación adecuada en el seno familiar», asunto que traté en la presentación del libro de David. P. Montesinos. Procuraré hoy, en mi nuevo posto, tratar ese asunto para finalmente derivarlo a otras cuestiones. Calculo que hacia las 14 horas estará listo…

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