Variedades

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Variedades 0.

Comienzo una nueva sección en este blog. La titulo Variedades. Es poco original, lo admito, pero no conviene excederse en la audacia formal… La nueva sección es un repertorio de chispazos y observaciones, de noticias y de lecturas (que a veces reproduciré como parte de mi scriptorium). Tiene la característica de ser un work in progress. Es decir, son anotaciones breves que se irán yuxtaponiendo, sumando a lo largo del día o de los días, hasta hacer de la entrada un post lógico y sucesivo.

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 Variedades 1. Candidatos

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 Anthony Giddens es un pensador laborista, sociólogo prolífico y, durante un tiempo, director de una institución prestigiosa: la London School of Economics. En 1999, publicó en inglés un libro que era una apretada síntesis, una radiografía del mundo reciente, un compendio para profanos que se transmitió a través de las ondas de la BBC: Runaway World. En castellano, Un mundo desbocado.

En dicho volumen abordaba los temas clave de nuestro tiempo: la globalización, la tradición, la familia, la democracia, etcétera. Admitía las dificultades crecientes a las que debíamos hacer frente, pero no adoptaba un tono apocalíptico, ese estilo agraviado, sombrío y atrabiliario que tanto se lleva entre locutores dolientes y periodistas radicales de salón. Era una sensata presentación de lo que, según su diagnóstico, era, es, ese mundo desbocado, un caballo sin brida, sin rumbo, sin dirección. La metáfora le servía para identificar el curso de la sociedad, su aceleración, más allá de frenos institucionales, pero sobre todo para retratar el estado de ánimo, la impresión generalizada de que somos individuos subidos a lomos de un proceso que nadie gobierna enteramente.

Frente al mundo de la Guerra Fría, en el que la contención mutua, la amenaza de la destrucción generalizada, aplacaba ciertas tendencias  en principio indomables, la sociedad global de nuestro tiempo carece de esas bridas. La globalización, por un lado, disuelve los lazos que antes nos ataban o contenían o sofocaban pero, por otro, nos quita los asideros, los criterios firmes, la pompa y circunstancia que en el pasado nos auxiliaban.

Se trata, en todo caso, de una tarea difícil que ha de hacer frente a la desafección de los ciudadanos de las viejas democracias, incluso al desinterés de los recién llegados. ¿La causa? Son numerosos los factores que influyen: la corrupción que se destapa justamente por los medios y que revela la granjería de la que tan necesitada están esas maquinarias de gasto que son los partidos; los comportamientos mafiosos que usurpan los servicios y hurtan los recursos para redistribuirlos como favor a cambio de sujeción servil; la desmoralización que genera el súbito enriquecimiento de políticos menesterosos que luego hacen ostentación de lujos asiáticos, de ‘gadgets’ carísimos y viviendas multimillonarias; el sectarismo…

 Hay una anécdota que cita Giddens y que vendría a plantearnos la paradoja en la que estamos envueltos, la de la desconfianza, frente a la democracia indispuesta y achacosa con la que nos conformamos. “Un viajero británico en EEUU”, dice Giddens, “preguntó una vez a un compañero estadounidense: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que no osaríais invitar a cenar?», a lo que el estadounidense respondió: «¿Cómo podéis aguantar ser gobernados por gente que jamás os invitaría a cenar?» 

La vida es siempre una suma de acuerdos que se establecen entre dos o más personas sometidas a ciertas obligaciones mutuas, a ciertas fidelidades, con el fin de obtener ventajas respectivas, la principal de ellas el respeto recíproco. La exigencia es el requerimiento básico para el observancia de esos acuerdos, requerimiento que, en principio, se basa en la ‘confianza’. Como no siempre podemos depositar nuestra consideración en alguien a quien no conocemos e incluso como no siempre ese a quien conocemos es fiel a su palabra, necesitamos instituciones y compromisos formales que garanticen la observancia de las obligaciones. Necesitamos confiar, en efecto, en representantes políticos a los que no tendríamos reparos en convidar a cenar o en aceptarles una invitación de sobremesa. Confiar es aguardar que el otro cumpla la palabra dada, una palabra que en el caso del político no es personal, sino institucional, esperando de él que respete la obligaciones contraídas, en el Gobierno o en la Oposición. Cuando esto no se confirma, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus tareas, cometidos y promesas, entonces la ineptitud o la avaricia se gratifican y el solvencia pública de las instituciones se daña.

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Variedades 2. Mariano Rajoy y el matrimonio gay

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La Iglesia católica acostumbra a escandalizarse de casi todo lo que nos cambia… En Tengo una pregunta para usted (el programa de TVE), el candidato Mariano Rajoy tuvo la cintura suficiente para no escandalizarse y para no profesarse como católico intransigente. Al menos, de cara a la galería. En Abc –el diario conservador que hace campaña por él— se ha celebrado  la respuesta emocional y chispeante que Mariano Rajoy dio a un ciudadano que en dicho programa televisivo le preguntaba sobre un futurible familiar. “Dos hijos, uno de siete años y otro de uno, fueron el argumento esgrimido por uno de los asistentes para interrogar a Mariano Rajoy sobre si asistiría «con orgullo» a la boda de uno de ellos si fuera homosexual. «Estaría incondicionalmente con mi hijo y asistiría a la boda», afirmó Mariano Rajoy, para indicar a continuación que, no obstante, «le diría que hiciera una unión de hecho», propuesta que llevaba en su programa electoral de 2004”.  Si se fijan bien, la respuesta es afectuosa, tierna y respetable, pero, de otro lado, es absolutamente incongruente. El partido del señor Rajoy ha sido –y es— absolutamente contrario al reconocimiento del matrimonio homosexual, cosa que –al parecer— no sería óbice para que su dirigente aceptara a un hijo deseoso de contraer nupcias con otro varón. Fíjense: ese posible hijo no sólo sería un gay que asume su condición, sino que, además, sería partidario de la legislación (socialista) que posibilita  el matrimonio que su padre combate apelando al Tribunal Constitucional. ¿Para qué llegar, pues, a esa situación extrema?  La del Tribunal Constitucional, me refiero. 

Candidatos: El candidato Sarkozy, artículo de JS en Levante-EMV, 20 de abril de 2007.

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Variedades 3. Los Simpsons, veinte años. 

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Fue divertida, en efecto, la presentación de La juventud domesticada, de David. P. Montesinos, en La Casa del Libro de Valencia. Cuando me tocó glosar las virtudes del volumen no pude dejar de leer en voz alta un pasaje de dicha obra que me parece admirable en su sencillez y en su sagacidad. Son un par de párrafos dedicados a escrutar el  sentido de The Simpsons. Resulta que hay una coincidencia. Estamos de celebración: se cumplen ahora veinte años de los Simpsons.   

David P. Montesinos, La juventud domesticada, capítulo 4, págs. 97-98: 

“El idiota de Flandes: la familia en la encrucijada  

Lo que odia Homer Simpson de su vecino Ned Flanders es su condición de ciudadano leal y responsable. Ned es considerado, bienintencionado y vive dentro de un mapa moral –propio de un credo protestante asumido de forma entusiasta— que le impide relacionarse con sus congéneres en las claves de envidia, desconfianza o explotación en que lo hace el americano medio como Homer. Y sobre todo Ned es un buen padre, un padre obsesionado con predicar a sus hijos la importancia de llevar una vida decente y arrostrar con humildad y esperanza los reveses que Dios envía. Homer es todo lo contrario: manipula o es manipulado por sus hijos, deshace con su indolente tolerancia el esfuerzo educador de su esposa, abdica de suministrar criterios de verdad porque ni él está dispuesto a cumplirlos ni atisba el interés de hacer otra cosa que ver la tele y comer hamburguesas… Pese a todo, nos sentimos más cerca de los Simpson que de los Flanders, porque intuimos que la vida –en toda su espontaneidad, en toda su paradoja existencia— entra por la ventana de aquellos y no de estos.   

Alguien podría pensar que la serie Los Simpsons transmite un mensaje inquietante: quien educa esforzadamente a sus hijos, acaso consigue loque busca, futuros ciudadanos dóciles y anémicos, sin voluntad ni contradicciones, quien, como Homer, los deja al albur de las circunstancias, incapaz de trazar un mínimo perfil de lo que quiere de ellos, deja que sea la vida quien decida, y así pueden surgir individuos de perfil fuerte, enfrentados al mundo y dispuestos a no seguir la corriente general. Ironías de la vida”. 

Veinte años de The Simpsons. Links:  

http://www.europapress.es/noticia.aspx?cod=20070419185157&ch=274   http://www.elpais.com/articulo/gente/Simpson/cumple/anos/elpepugen/20070419elpepuage_4/Tes   http://www.abc.es/20070419/sociedad-comunicacion/simpson-cumplen-anos_200704191428.html

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Variedades 4. El limbo, ahora sí, ahora definitivamente

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Según leo en un despacho de la Agencia Efe, ahora sí, ahora definitivamente, el limbo desaparece como espacio físico o metafórico. “La Iglesia católica ha eliminado el limbo, el lugar donde la tradición colocaba a los niños que morían sin recibir el bautismo, al considerar que refleja una ‘visión excesivamente restrictiva de la salvación’. Así se afirma en un documento publicado ayer [20 de abril] por la Comisión Teológica Internacional, que depende de la Congregación para la Doctrina de la Fe al asegurar que existen ‘serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios’…” ¿Serias razones? El documento aprobado “se titula La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados y, según la Comisión, el limbo representaba un ‘problema pastoral urgente’, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados y también ‘otros que no nacieron al ser víctimas de abortos’. La Comisión Teológica Internacional señala además que ‘es cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y a la vez excluya a niños que no tienen pecados personales de la felicidad eterna’… Vaya, vaya. Sobre este asunto ya me pronuncié hace un par de años en un artículo de prensa, pero no por poseer conocimientos teológicos (algo para lo que no estoy dotado), sino por estrictas razones personales: “No está mal, no”, me decía, “que se rompa con el encantamiento triste del limbo. No está mal que se libere de esa esclavitud a los millones de niños que allí se apretujan desde el principio de los tiempos. Lo que demandaría a la Iglesia es que pidiera perdón por haber convertido una metáfora en un lugar, por haber descrito como espacio o como cárcel aquello que sólo es un presidio del alma. Lo que les exigiría a nuestros clérigos, en fin, es que dejaran en paz, ahora sí, a los muertos, a nuestros muertos, a mi hermanito, por ejemplo. Salud”.

0 comentarios

  1. Estuve, de casualidad y de pasada (ya que yo iba buscando otros libros por allí y te vi charlando), en la presentación de ese libro en La casa del libro (valga la redundancia,jajaja). Lástima no haber podido escuchar todos los comentarios, ahora miraré los enlaces.
    20 años ya de Los Simpsons, sólo les saco 3, así que puedo decir que he crecido con ellos. A ver si hay otros 20 más!
    Saludos PoP!

  2. Fanático del tema como vosotros. En sus peores momentos Woody Allen ve un film de los Hermanos Marx para recuperar el gusto por la vida. Yo veo a los Simpson.

  3. Me parece admirable la reflexión de estos tres textos que nos ha escrito Justo Serna. Pensar en ese mundo desbocado de Anthony Giddens o las actitudes incongruentes de Rajoy y rematar con el limbo, nos hace reflexionar, sin duda, en las contradicciones humana, en ese razonamiento humano que tienden, en ocasiones, a ser contradictorio donde sus reglas no puede ser abarcadas en un sistema formal. Como diría Sartre “la vida es subjetiva y el hombre intenta recuperar su objetividad”.

    Tal vez, la torpeza de mi propia subjetividad me haya llevado a estas conclusiones, pero a mí me pasa como a David P. Montesinos, después de leer lo del limbo, prefiero recuperar el gusto por la vida a través de los Simpson, o de lo contrario, pediría como Groucho Marx: “Por favor, paren el mundo que yo me bajo”.

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