Los intelectuales y nosotros

said.jpg

1. ¿Los intelectuales callan o simplemente no gozan de audiencia y de ahí su retiro? ¿O, mejor, existen todavía los intelectuales? Si hacemos caso a lo que los franceses discuten desde hace veinticinco años, esta figura heroica de la modernidad estaría en declive e incluso habría desaparecido. Entre 1979 y 1984 morían uno tras otro algunos de los maestros pensadores de la Francia intelectual: el sociólogo Nicos Poulantzas se suicidaba lanzándose al vacío,  después de haberse asomado al marxismo árido de Louis Althusser; el semiólogo Roland Barthes era atropellado por la realidad, digo… por una furgoneta banal, después de haber examinado el signo lingüístico; el grafómano Jean-Paul Sartre fallecía finalmente después de haber emborronado el mundo con su escritura abarcadora, la misma que trataba de negar la fatalidad de lo irremediable; el filósofo Michel Foucault era derrotado por el Sida, después de haber impugnado la figura eminente e incontaminada del intelectual universal. Desde entonces, los franceses se interrogan por la generación siguiente, por aquellos maestros pensadores que habrían sustituido a esos autores conocidos y reconocidos; incluso públicamente se interrogan por los efectos y consecuencias de Mayo del 68.  

La respuesta general nos la recordaba Edward W. Said (basándose para ello en un diagnóstico de Régis Debray); nos lo recordaba en un libro firmado en 1994 y que ahora rescata la editorial Debate para nosotros: Representaciones del intelectual. Lo vemos asomarse, con tiento y con interés, con algo de timidez académica. Asumiendo las mejores tradiciones occidentales, sintiéndose desgarrado a la vez por su circunstancia palestina… Desde hace años, dice Said, los intelectuales han abandonado en gran parte el redil de sus editores para terminar “confluyendo en los medios de comunicación social: como periodistas, directores e invitados de debates públicos, asesores, gerentes, etcétera. En ese momento, no sólo dispusieron de una gigantesca audiencia de masas, sino que, además, el trabajo de toda una vida como intelectuales dependió de su audiencia, de la aceptación u olvido que recibían de esos ‘otros’ que se habían convertido en un espectador exterior, consumista y sin rostro”. Reparemos en ello, en algo que no es tan nuevo: la relación que se da entre intelectuales y mass media y sobre lo que tuve oportunidad de pronunciarme.  

¿Quiénes son los intelectuales?, me preguntaba tiempo atrás y me pregunto ahora. ¿Aquellos que cultivan el intelecto, los que se valen de la reflexión, de la cognición? Si ésa fuera la respuesta, entonces todos los seres humanos, salvo grave avería, podrían definirse como tales. Los individuos no somos mera chiripa existencial: somos herederos de tradiciones milenarias que llegan hasta nosotros y que nos proporcionan los recursos de que servirnos para pensar y actuar, como intelectuales, como filósofos. Nos abismamos en nuestro propio yo y evaluamos lo que nos pasa o nos concierne empleando las referencias culturales que cada uno tiene. ¿Pero esa circunstancia nos convierte en pensadores? Todos los hombres son intelectuales, decía Antonio Gramsci, aunque no a todos los hombres les corresponda desempeñar en la sociedad dicha función.

Quienes la desempeñan son aquellas personas que, dotadas de alguna cualidad reconocible, intervienen, denuncian.  Son referentes para numerosos seguidores o rivales que aguardan sus pronunciamientos. Estos individuos reverenciados o detestados son creadores: han alcanzado una preeminencia pública por la virtud artística o científica con que están ungidos y, así, filman películas, publican novelas, poemas, estrenan obras dramáticas, investigan. Su conversión en intelectuales viene después, cuando valiéndose de la celebridad o del reconocimiento se atreven a hablar de cosas que no son de su competencia: hacen declaraciones, firman manifiestos, critican decisiones, enjuician a los gobiernos y difunden su palabra, su voz.

O, como dijera Jean-Paul Sartre, el intelectual es un entrometido, alguien que se inmiscuye donde no le llaman esperando derrocar verdades recibidas y prejuicios heredados, atavismos y políticas que juzga retrógradas. O, más aún, el intelectual  es aquel que abusando de la notoriedad alcanzada sale de su ámbito (la ciencia, la literatura, el arte) para criticar a la sociedad, para reprender a los poderes establecidos, para asombrarnos. La celebridad: justamente cuando el creador aprovecha esta circunstancia para examinar el estado de la moral colectiva, cuando el científico se sirve de la fama para interpelar a sus destinatarios, cuando el poeta se erige en defensor de una causa, entonces estamos en presencia de intelectuales. Se exhiben ante sus compatriotas y ante el mundo coronados por el prestigio y protegidos gracias a su crédito. Utilizan, incluso, la televisión.

Propiamente, pues, no hay nada nuevo en la condición del intelectual mediático. Ahora bien, como acabo diciendo en un artículo publicado en Levante-EMV (Posdata), la multiplicación exponencial de esos medios en los que intervienen, la democratización de la opinión, la libertad más o menos real que Internet nos da acaban menoscabando al pensador oracular. ¿Feliz declive? El regreso a Edward W. Said, oportunamente recuperado en Debate, le obliga a uno a tratar estos asuntos. En las páginas de Representaciones del intelectual habla en general pero, a la vez, habla en particular: reconociendo su condición de palestino que no calla ante las agresiones cometidas contra los suyos y que tampoco quiere convertirse en portavoz nacionalista de su pueblo. Defiende un concepto  orgulloso y digno del intelectual, entre camusiano y sartreano, que es el de quien sabe auparse por encima de las exigencias del sistema y de la mera radicalidad. Cree que el intelectual que merece ser calificado como tal ha de pensar contra lo obvio y contra el estereotipo, contra el prejuicio y contra las simplificaciones: ha de evitar el arrastre de la corriente que fluye gracias al sentido común de las cosas.

Said no pudo ver el despliegue majestuoso de esa corriente que es Internet (el dominio de los lugares comunes, pero también el espacio del ensayo y del tanteo). Tampoco pudo llegar a medir del todo el peso creciente que la cultura mediática ejerce en nuestras vidas. Por un lado, los intelectuales se desvanecen, eclipsados o sometidos a las tentaciones de éxito, y, por otro, con la nueva circunstancia de la Red parece cumplirse el sueño de Gramsci. Todos los individuos pueden ser intelectuales, aunque antes no todos podían cumplir esa función; ahora, sin embargo, innumerables individuos tienen en la sociedad la función de intelectuales gracias al intervencionismo electrónico. 

Pero, a pesar del despliegue de los medios de comunicación, Said no dejó de creer en el tipo particular de intelectual que él mismo representaba. Lo concebía como francotirador, como amateur, como perturbador del statu quo: un individuo dotado de alguna clarividencia o saber, de cierto arrojo o penetración, que espera arrancarse de lo concreto para examinar lo universal o, mejor, que desea intervenir en lo concreto para mostrar sus implicaciones universales. Es individuo, sí, pero se sabe inserto dentro de unas comunidades a las que representa explícita o implícitamente, a las que invoca y expresa. ¿Lo ata eso a una nación? ¿Le establece algún tipo de pertenencia irrevocable? El intelectual descrito por Said busca incesantemente la independencia sabiéndose a la vez vinculado a sus semejantes, sabiéndose exiliado real o metafórico: un tipo marginal, antes solitario que gregario; un tipo que evita la adulación del poder o el señuelo de lo comunitario.   Said hablaba de sí mismo o creía describir un modelo al que quería parecerse: alguien que profesa la libertad laica de conciencia y que, por tanto, no se resigna a los compromisos que debilitan la verdad en razón de la religión, de la comunidad o del poder. Es un noble ideal, desde luego, pero Said no dice nada de los errores, de las villanías, de las graves equivocaciones o incompetencias que se han cometido profesando esa libertad de criterio.

El intelectual a la manera del ensayista palestino tiene el coraje de atreverse, de acertar, pero también tiene la libertad de errar, como hicieron Sartre o  Camus, cada uno a su manera. No siempre se ha exigido al intelectual la competencia de lo dicho, cosa que le deja margen para porfiar en el yerro, en el descuido irresponsable. Esa tensión forma parte de esta historia y de esta figura egregia de la cultura, pero las nuevas circunstancias mediáticas y electrónicas han cambiado las cosas. Por un lado, mejoran el estado y las posibilidades de la opinión: ya no son sólo unos pocos quienes tienen derecho para expresarse (yo mismo me pronuncio en mi blog…). Pero, por otro lado, la multiplicación del espacio “intelectual” rompe las jerarquías obvias, la auctoritas, cosa que en el peor de los casos podría llevarnos a la irrelevancia o a la estridencia o a la agresión verbales.

11 comments

Add Yours
  1. Miguel Veyrat

    ¿Y tú me lo preguntas? Intelectual eres tú. Encajas en toda la descripción de Edward Said, glorioso entrometido Justo Serna. Eres un maestro, una mosca cojonera de la postmodernidad (odio ese palabro, pero no tenemos otro, espero de tí que inventes otro). Y no sólo “cumples esa función”, la enalteces, como la enaltecen otras personas que llegan hasta aquí para pensar la actualidad en voz alta.Sé que nunca te dejarás arrastrar por la corriente. Una vez más, un enorme abrazo.

  2. marPoP

    Totalmente de acuerdo con Veyrat, y menos con Paco…
    Saludos, como siempre, PoP! Me despido con otro intelectual:

    “Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo”
    “Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme ‘La guerra y la paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia…”

    Woody Allen

  3. Paz Vega López (¡¡¡vuelvo!!!)

    Querido Justo Serna:
    Hoy los intelesexuales, digo intelectuales, se deben de forma muy clara a la línea editorial del periódico que les da de comer, y hasta parece que su mordaza les resulta komplaciente.

    YO, como sabes, llevo una semana asomada a la ventana de la realidad y lo que estoy descubriendo de la kamarilla katalana me produce una insoportable REPUGNANCIA.

    Como consecuencia, mi segunda etapa poética tendrá su mayor peso específico en lo intelesexual, digo en lo intelectual, más que en lo sexual, que sólo aparecerá esporádicamente para destacar más la realidad.

    Como sé que a los que me conocen de mi primera etapa poética, como es tu kaso, les da un vuelco el korazón cuando ven estampado mi nombre en su foro, intentaré bajar lo menos posible para no influirte en tu lectura pendiente, sobre la que espero que no te falten un buen vaso de horchata helada, cuando la tengas entre manos, o buenos chorros de agua fría en forma de piscina o playa.

    Besitus,
    Paz Vega López.

  4. luis quiñones

    ¿Dónde están los intelectuales? Quizás no haya que confundir el intelectual con el artista; el artista duda sobre la realidad, la cuestiona, y la plasma si acaso; el intelectual debe definirla, ayudar a cambiarla, reflexionar éticamente sobre ella. ¿Diríamos que un pintor es un intelectual? El ego y el sistema que premia al individuo lo que fomenta son visiones individualistas del mundo, y por tanto eso es una forma artística de pensamiento; mientras que el intelectual enfrenta su punto de vista con el punto de vista social y hace dialogar esas dos perspectivas. No debemos de confundir al filósofo con el novelista (aunque muchos intelectuales hayan tenido pulsiones artísticas).
    Me parece interesantísima la reflexión de Justo. Acertada, en resumen. Quizás los intelectuales hayan sido devorados por este sistema, que asimila y fagocita. Estar al margen no suele dar dinero y hasta el intelecto se compra, transformando la rebeldía en pura estética, de ahí la proliferación de “artistillas”, cotizados, eso sí, pero de un currículum antiintelectualista. Y pintar un cuadro o escribir un buen poema, la experiencia nos dice que no cambia el mundo. Necesitamos de buenos intelectuales, porque habrá que discernir sobre los errores que se comenten: Guantánamos, recorte de libertades, peligroso culto al ego y demás males postsartreanos. Así las cosas (me temo).

  5. Miguel Veyrat

    Por ejemplo, los intelectuales, de ahora y del futuro, están, como decía Justo, en la red batiendo el cobre. Les hago un regalo, un amigo joven poeta costarricense, muy prometedor, que termina sus estudios en la Universidad de Amherst, patria chica de la gran Emily Dickinson, acaba de abrir blog poético, . No se lo pierdan, de verdad. Ahí no encontrará “artistillas, Luis Quiñones, sino lo mejor de las vanguardias de hoy en día, que van haciéndose minuto a minuto.
    Un fuerte abrazo a todos

  6. Samsa and Friends « Los archivos de Justo Serna

    […] El intelectual… Hace más de cuarenta años de esa entrevista. Lo que allí  se trata es algo antiguo pero perfectamente presente: el mundo y su observación, la realidad y su transformación. Sartre está  persuasivo (aún no ha coqueteado con los maoístas) y algunas de sus posiciones vaticinan el  68. No siento nostalgia alguna de un autor al que he frecuentado, sobre el que he escrito alguna cosa y algunas de cuyas obras sigo leyendo. Es, simplemente, la observación de otro mundo distinto.  Desde luego, hay que ponerse en guardia ante la fascinación que el filósofo francés puede provocar. Pero, si escuchan bien, de lo que Sartre habla es del futuro. Parece tratar el presente. No es así. Lo que de verdad le angustia –y lo expresa con sutileza– es  el porvenir, que dura mucho, sí. Desde Aldous Huxley, desde Georges Orwell, desde Ray Bradbury, el futuro nos produce ansiedad…  […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s