El ‘filósofo mediocre’

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Regreso a José Antonio Zarzalejos, a su artículo “Mentira de Estado y despotismo“, publicado el 24 de junio. Regreso a este articulista  porque al reservarse como director la Tercera de Abc cada domingo no es raro que acabe siendo el artículo más importante de la semana en el diario conservador. Este período histórico quedará por sus logros y por sus derrotas, pero quedará también por la reactivación de la prensa de trinchera. Cuando creíamos felizmente llegado el periodismo noticiero, en un mundo en el que las ideologías parecían estar en declive, en un dominio en el que la información es lo que cuenta, vemos reaparecer los medios doctrinales y severísimos, el articulismo militantemente ideológico que tiene por único y exclusivo fin afear cualquier conducta del Gabinete rival o celebrar las bondades siempre evidentes de los nuestros.  Es tal la convicción con que se escruta, con que se juzga, que no hay momento para la duda. Son tales  la firmeza y la seguridad de los principios desde lo que se evalúa, que la respuesta siempre está anclada en certidumbres inconmovibles, cosa que hace intratable o innegociable al otro.

Cada siete días, como si de una epístola moral y dominical se tratara, José Antonio Zarzalejos suele hacer balance de la política española. El resultado es generalmente despectivo, muy despectivo, con Rodríguez Zapatero, y adulador, muy adulador, con Mariano Rajoy. Del primero no es raro que diga lo que leo en su último artículo: que se trata de “un presidente inmaduro y éticamente indigente”, un individuo en el que se distingue “la personalidad de un presidente entre ingenuo y visionario, entre ingenuo y banal”.  Doblemente ingenuo, pues: capaz de tener visiones (en ese diagnóstico Zarzalejos coincide con Pío Moa) y de ser simplemente trivial. Los editorialistas  no ocultan sus preferencias, desde luego, pero no estaría de más que matizaran sus animadversiones y que frenaran sus inclinaciones, para así evitar que sus reflexiones se conviertan en pura munición electoral, en panfleto, en hagiografía o en todo ello a la vez. Es tal la ojeriza que Rodríguez Zapatero le provoca a Zarzalejos, que en democracia dice no haber existido Gobierno peor, pero no por ingenuidad (que es lo primero que se suele denunciar), sino por desprecio a la verdad, por altivez frente a los medios, por soberbia frente a los periodistas.

 El diario Abc no tiene gran ventaja ideológica sobre El Mundo. Mientras el primero es un todo coherente en el que cada pieza encaja para hacer de sus lectores unos seguidores fielmente conservadores, el segundo adopta posiciones cambiantes que le ensanchan el negocio. Aunque la línea editorial que le marca su director sea afín a los populares, El Mundo pone los huevos en varios cestos, sabedores sus responsables de que una empresa comercial puede ser un ariete ideológico, pero sobre todo es una firma con mercado potencial, una razón social con consumidores y usuarios. A los destinatarios-modelo de Abc no es preciso convencerles de nada: ya están persuadidos de antemano y, por tanto, cada uno de sus columnistas reafirman lo ya sabido evitando la disonancia cognitiva e ideológica. Mientras el diario Abc padece los reveses del mercado, El Mundo prospera económicamente, dada la ambigüedad de trato que dispensa a este Gobierno y dada la mayor variedad de sus colaboradores.

Resulta cansado, agotador y previsible leer los artículos de opinión de Zarzalejos. La estructura de los mismos es siempre muy parecida: echa un vistazo al presente para explicar algo que le disgusta o aprueba, valiéndose  inmediatamente de alguna analogía histórica. Empieza estableciendo los paralelismos, fijando las semejanzas (la verdad, con poca información o escuetas lecturas)  y a partir de ahí se lanza a mantener su analogía. Las comparaciones a veces sirven, pero si haces de ellas la base de tu argumentación política no es improbable que las arruines. ¿Por qué razón? Porque los contextos históricos del presente y del pasado varían, porque los hechos pueden tener alguna similitud pero poco más… Si fuerzas una analogía intentando sacarle todo el provecho, lo más probable es que, entonces, se vean la escasez de lo que dices y la frágil comparación que puede hacerse  entre personajes o acontecimientos cronológicamente distantes. Si sostienes, como hace Zarzalejos, que Rodríguez Zapatero es un déspota, lo haces, en primer lugar, para censurar sus hábitos, sus decisiones o sus providencias poco o nada democráticas. ¿Y cuáles serían esas actuaciones punibles? Aquellas que el propio periódico ha denunciado (referidas a la cronología de las negociaciones efectivas con Eta)  y que el Gobierno ha desmentido y negado. Como el diario no acepta ese rotundo mentís, entonces califica de mentira lo que el Gabinete dice  mostrando a su presidente como un político que obra con la mendacidad y con la altivez típica de la especie. ¿De qué especie? La de los déspotas.

“Rodríguez Zapatero es –políticamente hablando– un déspota”, precisa Zarzalejos. “Es decir, una persona que abusa de su autoridad y cultiva una concepción democrática cínica en la que –como en una moneda– una faz muestra su adanismo y la otra su determinación irresponsable de alcanzar sus propósitos arteramente”. ¿Se puede ser a la vez cínico, adánico e irresponsable? Los déspotas suelen ser cínicos, pero rara vez son adánicos, justamente porque tienen su permanencia como principal meta. Es más, decir de un Gobierno actual que sus decisiones sólo dependen de un tipo irresponsable que se cree adánico es desconocer cómo funciona la política hoy, que está lastrada por determinaciones varias y vastas, que está condicionada por múltiples asesores, ministros, consejeros. Aunque se quiera ser despótico en una democracia consolidada, el poder es limitado. O, como decía Luc Ferry, el antiguo filósofo-ministro francés, “la experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas… Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo (…). La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años”.

Pero, contrariamente a esa evidencia, Zarzalejos piensa en Rodríguez Zapatero como un déspota. No dice que represente ese papel: dice que es un déspota. Fíjense que cuando a Nicolas Sarkozy se le compara con Napoleón nadie piensa en la literalidad de la analogía: se emplea la imagen del Napoleón-Sarkozy como un recurso metafórico gracias al cual se representa un papel que no puede ser estrictamente comparable al que desempeñara Bonaparte. Pero Zarzalejos es literal. Por eso, debe valerse de dos recursos para fundamentar su dictamen. Por un lado, se sirve de la definición que de déspota da el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una definición de urgencia que sintetiza, que abrevia. Justamente lo contrario de aquello que debería perdírsele a todo editorialista. Los diccionarios de la lengua no pueden emplearse para fundamentar un hondo análisis: sólo sirven para tener un compendio apretado de rasgos mucho más complejos. Por eso, en el fondo del artículo de Zarzalejos hay otro recurso de mayor vuelo con el que zaherir a Rodríguez Zapatero: compararlo con los déspotas ilustrados del siglo XVIII. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, etcétera. También en este punto, la erudición del periodista se queda corta y su concepción de lo que fue la época histórica del absolutismo es escasa, anémica. El déspota del Setecientos tiene un asesor, un filósofo de cabecera que le ilumina, que le marca el camino de lo deseable. Aunque no cite el caso de Prusia, creemos entender a qué se refiere: si Federico II tuvo a su Voltaire, Rodríguez Zapatero tiene también a su “adulador académico”, a Philip Pettit, un “mediocre politólogo”, en opinión de Zarzalejos. 

Es absolutamente improcedente comparar una etapa preliberal con un período demócrático. Los déspotas ilustrados del Setecientos eran monarcas que ejercían el poder sobre unos súbditos de previlegios desiguales; eran unos soberanos que se preocupaban del fomento de la riqueza pública en un momento en que el Estado  carecía de jurisdicción unificada, en una época de crecimiento y de hambrunas, de expansión y de contención; en un tiempo en que la Monarquía  necesitaba de nuevos apoyos, de mayores recursos financieros, de instituciones coherentes. La racionalización era la fórmula con la que creyeron arreglar el reino, pero la variedad de competencias, la acumulación de instituciones y la gestión diaria impidieron frecuentemente ese propósito reformista. Hasta tal punto es así que no resulta extraña, por ejemplo, la decepción de los consejeros áulicos del soberano: de ese Voltaire, por ejemplo, que se aparta del príncipe en quien confió.

¿Es Philip Pettit el nuevo Voltaire? ¿Es Rodríguez Zapatero el nuevo Federico II? La validez de las analogías se demuestra cuando se llevan hasta el final: es entonces cuando vemos que las similitudes son meramente superficiales y es entonces cuando vemos el riesgo de las comparaciones precipitadas. De momento, y eso es lo que le molesta especialmente a Zarzalejos, Pettit “ha venido a nuestro país para evaluar a Rodríguez Zapatero” y, según indica el periodista, le “ha otorgado un sobresaliente”.

¿Progresa adecuadamente? ¿Necesita mejorar? Leeré al ‘mediocre politólogo’ (según Zarzalejos): lo que dijo tiempo atrás, en 2004, y lo que ahora sostiene, en 2007.

7 comments

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  1. Pedro

    Hace años creia que “El Mundo” era mejor que El Pais. Me hubiera gustado que vendiera más periódicos. Hace tiempo que reconozco que no es trigo limpio todo lo que se publica en “El Mundo” empezando por muchos de sus editoriales. Pero esto es una batalla

  2. Paco Fuster

    A mi me ha parecido entender – no sé si forma equivocada o acertada – que la crítica se centra en la ausencia de argumentos claros y contundentes en la disertación de Zarzalejos sobre la política de Zapatero. No soy un lector incondicional del “Abc”, pero las columnas que he leído del director se basan justamente en eso, en un ataque frontal y directo contra la persona de Zapatero, sin reparar en argumento alguno, y en el caso concreto de este texto que nos ocupa, con unas comparaciones y unos símiles históricos que no se sostienen por ningún lado (a mi no se me ocurriría nunca comparar a un líder político actual con Federico II, son contextos muy diferentes).
    Es un criticar por criticar, que a mi juicio provoca una mengua en la credibilidad de este diario y de su director. Entiendo que como periódico de ideologia conservadora, debe resaltar – y exagerar llegado el caso -, los fallos cometidos por el ejecutivo socialista, con la intención de provocar la llegada del Partido Popular al gobierno. Ahora bien, de ahí a lo de Zarzalejos hay un paso. La crítica feroz y sistemática provoca un efecto contrario al que se busca, ya que lo confunde todo, de forma que en su ánimo de hacer visible la incompetencia e ingenuidad de Zapatero, a mi personalmente sólo me hace visible una imagen catastrofista y una visión de caos y desconcierto total, de pesimismo justificado: todo lo que hace está mal hecho, si habla con un filósofo (en este caso Pettit), mal porque lo hace, y si no habla, mal también porque no lo hace.

    Yo creo que esto ya forma parte de la campaña – en vista evidentemente de las próximas elecciones generales – de desacreditación pública del presidente del gobierno, emprendida por algunos medios de comunicación que en su afán por provocar el cambio político, caen en la descalificación gratuita y el insulto previsible. Cuando la crítica responde a unas razones concretas y se basa en argumentos sólidos, creo que es positiva y necesaria, se dirija a quién se dirija (entre ellos a Zapatero, por supuesto) y venga de quién venga. Pero creo que éste no es el caso del “Abc”, que ha optado desde hace un tiempo por la estrategia fácil y que ellos creen más rentable a corto/medio plazo: la crítica por sistema y sin capacidad alguna de reconocer que dentro de todo lo malo, alguna cosa bien se habrá hecho. Pues no, todo mal, todo es un desastre.

    Sobre la diferencia del “Abc” con “El Mundo”, creo que objetivamente si que hay al menos una. Esta diferencia – que advierte muy bien Justo Serna – es la variedad de colaboradores y en consecuencia de opiniones, que en el caso de “El Mundo” creo que es mayor. Opino que debemos reconocer que los editores del periódico de Pedro J. Ramírez han sabido jugar hábilmente sus bazas para diversificar su ámbito de captación, ampliado el abanico tipológico – no sé si también ideológico – de sus lectores hasta límites hace unos años impensables. Las cifras de venta nos dicen que el periódico ha crecido en aceptación y que su prosperidad se mantiene estable gracias a un grupo de lectores fieles que parece ampliarse por momentos. En cambio el “Abc” navega a la deriva recurriendo a estrategias tan “elaboradas” como las de regalar ejemplares a la entrada de algunas facultades universitarias, sin ir más lejos la nuestra.

    Por cierto, no se si tendrá algo con ver con el éxito de ventas de “El Mundo” o es un tema independiente sin ninguna relación, pero he leído este fin de semana que le han dado a Pedro J. Ramírez el premio de periodismo Isaiah Berlin. Lo digo porque he leído la notícia y no me ha quedado claro si el premio es a la trayectoria del periodista o a la labor concreta que ha hecho con este periódico que según el jurado “en poco más de 10 años ha logrado cifras de venta inimaginables”. http://www.elmundo.es/elmundo/2007/06/23/comunicacion/1182573545.html

    Espero que si alguién sabe la respuesta a esta duda me la explique, gracias.

    Un saludo a todos.

  3. Jaime

    Sr. Fuster he leido el enlace que pone a El Mundo. Está muy mal escrita la noticia y no se sabe si el premio es al periódico o al periodista. Los premios (todos los premios) son dudosos y más entre periodistas. Me lo dijo un profesor mio; de periodismo.

  4. John Constantine

    A mi el artículo de Zarzalejos, dentro de su arbitrariedad, me parece acertado. El problema es que casi todos los puntos que atribuye a Z.P. se pueden asignar claramente a Aznar y su gobierno (el proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado sólo por la voluntad o el capricho,descaradas intervenciones en operaciones empresariales, sin olvidar la innoble manera de usar y tirar a correligionarios y colaboradores,) y no recuerdo haber oído entonces la voz justiciera y redentora del director de ABC alzándose en justa indignación. Con lo cual, tal vez Zarzalejos debería primero explicarnos los motivos de su silencio de otrora y su estruendo actual…

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