Ciudadanía. Dos o tres cosas que sé de ella

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1. Como diría Thomas de Quincey, debo perdirles disculpas por hablar tanto y tan seguido sobre cuestiones abstractas, aparentemente esotéricas y con una prosa accidentada. Llega el fin de curso y uno ya no está para casi nada y lo que le sale no tiene precisamente la liviandad que, por tema y por estación, desearía. Intervengo en la Universitat d’Estiu de Gandia en una mesa redonda sobre la Ciudadanía. No hay que ir con lo puesto, me digo. No hay que ir con lo ya leído o sabido, sino que hay aprovechar el encargo para aprender más, para releer o para combinar reflexiones. Perdonen esta confesión: tengo por principio leer… más de lo que sé, ordenarme aquello de lo que voy a hablar, encontrar alguna idea. Recuerdo una novela de Javier Marías (Mañana en la batalla piensa en mí) en la que el narrador hablaba de un personaje, el Rey, el Soberano, y decía: tiene ideas pero le cuesta ordenárselas. Yo no sé si tengo ideas, pero a veces las pocas que pueda reunir sí que me cuesta ordenármelas: y esto me ocurre cuando leo demasiado… No es exhibicionismo, es mi manera de revelar las fuentes. En las últimas semanas, sobre el tema que nos ocupa, he leído o releído a Umberto Eco, a Ian Buruma, a John Gray, a Andrés Ortega, a Manuel Pérez Ledesma, a Hannah Arendt,  a Victoria Camps y Amelia Valcárcel, a Dominique Schnapper, a Thomas H. Marshall y a Laura Zanfrini. Algunas de las reflexiones que esas lecturas me han provocado las he ido detallando en este blog; otras las expreso ahora. No me pidan gran cosa. Por tema y por estación, por cansancio y por complejidad, el objeto lo trato como buenamente puedo y sobre todo con un didactismo que también deberán perdonarme. Voy a intentarlo, pues.

La ciudadanía es un estado jurídico del individuo, un marco legal que reconoce a una persona como sujeto de derechos o, mejor, como miembro de pleno derecho de una sociedad determinada. Esa sociedad determinada se constituye políticamente como Estado y, por tanto, la condición de ciudadano la da una nacionalidad de pertenencia. En la Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789, se reconocían dos clases de derechos: los naturales, que son los inherentes al ser humano; y los propios del ciudadano, que son resultado del pacto social, del contrato: del estado de naturaleza se pasa a la sociedad con instituciones, agregados humanos superiores formados por individuos,  y son precisamente estas instituciones –el Estado, principalmente— las que rigen las relaciones entre sus miembros y los extraños, los foráneos. Según la teoría clásica, aquellos individuos originarios cedían parte de sus derechos naturales para que la institución política pudiera funcionar y, principalmente, garantizar la seguridad de cada uno.

Con todos refinamientos y desarrollos que se quieran, pero es de ahí de donde viene la creación moderna de los Estados, de los Estados-nación, que en sus Constituciones identifican y reconocen quiénes son sus miembros, quiénes son los nacionales, y qué derechos originarios tienen o conservan o se les reconocen. Desde ese punto de vista, la Nación política aparece ya excluyendo.  Las declaraciones del siglo XVIII instituyen esos derechos, que ya no son privilegios que unos pocos han podido acumular, sino condiciones, franquicias e inmunidades que a todos se les atribuyen por el hecho de formar parte de una nacionalidad con Estado. Eso es la ciudadanía. O, como dice Thomas H. Marshall, en un pasaje célebre de su obra Ciudadanía y clase social: “la ciudadanía es aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad. Sus beneficiarios son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica”. ¿Cuáles son esos derechos y cuáles esas obligaciones?

Decía T. H. Marshall que los derechos de esa comunidad política son de tres tipos y, además, con una cronología sucesiva (aunque hay excepciones): los civiles, los políticos y los sociales. Esos derechos corresponden a tres épocas históricas de ampliación y de universalización, que empiezan en los varones y acaban en las mujeres, que comienzan en los compatriotas… ¿y acaban en los inmigrantes? La fase más temprana es la propia del primer liberalismo: la civil, la que arranca del Setecientos, aquella en la que una parte significativa de la población consigue la igualdad jurídica fundada en la libertad de la persona, de expresión, de pensamiento y religión, derecho a la propiedad y a establecer contratos válidos, y derecho a la justicia. La segunda fase corresponde a la instauración de la democracia representativa, básicamente a finales del Ochocientos, aquella en la que se registra la extensión de los  derechos políticos (el derecho a ser elector y elegible, el derecho a ser representante o representado). La fase última, dice Marshall, es la propia del Estado-Providencia, aquella en la que se reconocen y se universalizan los derechos sociales (sanidad, educación, etcétera), universalización que es posible gracias a la función redistribuidora del Estado.

En una democracia, los ciudadanos gozan de los derechos civiles y políticos, que son derechos-libertades, que son absolutos, que están presentes en las Constituciones y que no pueden ser revocados justamente por ser irrestrictos. En cambio, los derechos sociales son materiales, son derechos-créditos, figuran también en las Cartas Magnas pero su aplicación efectiva o la calidad de su disfrute dependen del presupuesto. La crisis fiscal del Estado del bienestar arranca, precisamente, de esta contradicción: se universalizan los derechos, pero esos derechos producen un enorme gasto social que el Estado no puede costear. De ahí arrancan las restricciones de presupuesto, la reducción del gasto, el deterioro de los servicios públicos que deberían hacer efectivos esos derechos. Sin embargo, de unos años a esta parte, el crecimiento económico y la inmigración han hecho aumentar los ingresos de un Estado que ahora puede gastar más, cosa que se hace, sin embargo, con mayor mesura o prudencia de lo que lo hacía el Welfare State en los años sesenta, por ejemplo. ¿Qué nos encontramos, pues?

A los inmigrantes se les concede –por decirlo así– la ciudadanía civil, se les concede la ciudadanía social, pero para que ello suceda han de estar reconocidos, han de tener papeles que los identifiquen, que los hagan visibles. De no ser así, no hay derecho alguno y, por tanto, quien se incorpora a una comunidad política queda excluido, auténticamente como un paria. Pero hemos dicho algo fundamental: comunidad. Ésta es siempre, en la literatura sociológica, un agregado humano de vínculos primarios, lazos que atan, pertenencias que unen a todos sus miembros. Esas pertenencias no son sólo políticas, por ejemplo los derechos que se les reconocen a sus integrantes; son también étnicas. El Estado se configura como Estado-nación y, por tanto, instituye a los ciudadanos no sólo como sujetos portadores de derechos, sino también como miembros de una comunidad más o menos homogénea: una lengua, una historia, una cultura e incluso una religión. Así fue, al menos, en el siglo XIX. ¿Cuál es el resultado? Que no son sólo vínculos jurídicos los que nos atan, sino también un imaginario o un espejo cultural en el que nos reconocemos como compatriotas.

El inmigrante que llega con el ánimo de permanecer, ¿qué debe hacer?  Según la sociología clásica, aquello que debe hacer es integrarse, asimilarse, como haría cualquier niño nacional que aprendiera las normas de la colectividad gracias a un proceso de socialización. Pero lo que el niño aprende no son sólo normas, sino también percepciones, concepciones, marcos, formas de ver el mundo, sea a través de la familia, de la escuela, de la religión. El inmigrante que llega no es una tabula rasa aunque, por su propia supervivencia, ha de aprender pronto cuáles son las normas de obligado cumplimiento en cada unos de los espacios jurídicos en los que se desenvuelve, pero no siempre averigua ni acepta ni comparte aquellas percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que constituyen la cultura dominante de dicha sociedad. Algunos teóricos postulan el reconocimiento de otros derechos, los llamados derechos culturales o étnicos, que serían aquellos que garantizan la preservación de las percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que tienen los distintos individuos y que no siempre coinciden. No se trata de reconocer derechos a grupos, pues los derechos de ciudadanía son individuales, sino de ampliar los derechos a la esfera cultural, de modo que pueda aceptarse como legítimo todo producto o valor étnico que no atente contra la legalidad del Estado constitucional. ¿Multiculturalismo? ¿Pluralismo cultural? En todo caso, insisto, los derechos de ciudadanía habrán de ser individuales y todos los valores que puedan expresarse en la sociedad abierta no podrán excluir, marginar o estigmatizar.¿Qué hay que hacer?

Hay normas que han de ser universales e incuestionables, pero hay percepciones, concepciones, marcos o formas de ver el mundo que son producto de la historia, de la contingencia y, a la vez, perfectamente debatibles. No podemos confiar en que las normas y los valores que todos debemos compartir y que nos hacen ciudadanos se aprendan al azar, gracias a los padres o gracias a las distintas catequesis. Esas normas y valores se expresan en un marco común que hemos de aprender gracias al civismo: lealtad al régimen constitucional, obediencia a la ley, tolerancia ante las diferencias étnicas, participación en tareas colectivas. Esas virtudes cívicas hacen del individuo un ciudadano activo, participativo y deliberativo. Si es ése el objetivo que persigue la Educación para la ciudadanía, me parece una asignatura necesaria e insuficiente.

2. Hemeroteca:

Virtudes cívicas, artículo de JS (2001)

22 comments

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  1. Jaime

    A propósito de la mesa redonda usted decia ayer que el post de hoy seria “base o reflexión de lo que pueda decir en Gandía”. Si esto es la base (densa densa) qué dirá alli?

  2. Marisa Bou

    Me encanta el tono didáctico -porque tengo mucho que aprender- y la claridad con la que está expuesta la teoría de ciudadanía. Esperaré con impaciencia la continuación, porque creo que me aclarará culquier duda que pueda tener todavía al respecto.
    Aprovecho para saludar a todos los participantes de este foro, que adivino simpáticos y gratos de leer. Espero estar a la altura.

  3. Julia Puig

    Efectivamente, Justo, a estas alturas del curso, el cansancio empieza a notarse, pero como siempre, las reflexiones que usted nos ofrece despiertan las ganas de debatir. Creo que el único camino para obtener una sociedad de derecho equilibrada debe basarse en la combinación correcta entre los derechos sociales y los derechos individuales. Los derechos humanos deben ser una exigencia social y siempre dentro del marco de la educación en civismo, tolerancia, obediencia a la ley, o como explicaría Foucult: ante la injusticia hay que levantar la voz y protestar a través de la “ciudadanía universal”.

  4. luis quiñones

    Querido Justo:
    Nadie mejor podría haber explicado qué es la ciudadanía. Derechos, deberes, libertades individuales y públicas, civismo… y así lo es como tú muy bien afirmas desde la revolución francesa. ¡Vive Dios! En realidad ya en los institutos de enseñanza secundaria se educa en esos términos, antes de la implantación de esta asignatura, desde la llamada transversalidad curricular; o sea, que lo que se ha hecho es compilar esos elementos curriculares que impregnaban la literatura y las ciencias sociales en una materia… Entonces, ¿cuál es el problema? ¿A cuento de qué tanta polémica, como siempre ficticia? Educar es vivir y hacer vivir a otros, dijo alguien. Y educar es también hacer vivir a otros en libertad, en derechos, en concepciones críticas del mundo.
    Intuyo que en este caso, como en otros, cuando critican que es una nueva manera de aquel espíritu nacional del catolicismo obtuso de los años cincuenta, caen en la cuenta que fueron ellos quienes vieron que aquella asignatura fortalecería el régimen anterior. Y debe ser que el ladrón piensa que todos son de su condición o algo así. Porque si no, dónde está el problema de profundizar un poco más en las claves de nuestra conviviencia pacífica.

    No viene mal, en un ambiente cada día más hostil (en las aulas y en las calles) en el que todavía los malos tratos, la conducción temeraria, el terrorismo, la bronca preconstitucional y la falta de respeto por las minorías son el ABC soterrado de nuestro mundo políticamente correcto, un poco de instrucción en la igualdad y en los derechos.

    Como ves, aunque Curri se haya ido de vaciones, yo no. Un fuerte abrazo para ti y para todos tus lectores.

  5. Kant

    No puedo negar que la idea última, intrínseca, del texto del Sr. Serna, es la misma que sostengo. Extrínsecamente, creo que hay algunos puntos que podrían ser observados desde otra perspectiva. Ya me extrañó que en su bibliografía faltara Ferdinand Töninies con su clásico “Comunidad y asociación” y, tal como se desarrolla su discurso, bien hubiera merecido una relectura previa.

    Al no poder extenderme demasiado en mi propia reflexión – no me lo prohíbe nadie, sólo trato de ser consecuente con mis propias reglas de participación en el “blog” – me permitirán que sólo destaque dos puntos. Si alguien quisiera mayor explicación sobre alguno de ellos, gustosamente se lo desplegaré en otra intervención.

    1) La importancia del tratado soslayado estriba en que el autor diferencia nítidamente entre una agrupación humana natural (la comunidad) y una artificial (la asociación). Para el caso que nos ocupa, aplicando la Declaración de 1789, entre los primeros estarían los derechos de las naciones, o sea, de los grupos humanos con una conciencia de pertenencia natural, inherente, a ese grupo, a esa comunidad, independientemente de los elementos sociopolíticos que los influyeran; y entre los segundos estaría el Estado o sea, la o las comunidades que deciden regirse por un pacto sociopolítico tan común como artificial, el derecho emanado de una constitución.

    Si esto se aplica, no se generan tensiones internas en el Estado – más allá de las normales – ni el sistema educativo se convierte en una máquina deformante de la historia para aplicar el adagio orwelliano de controlar el presente para deformar el pasado y así asegurarse el futuro de dicho Estado. El ciudadano, sabe que es ciudadano – amparado por una Constitución – y, además, sabe que tiene una nacionalidad, o sea, una cultura propia (lengua, costumbres, literatura, deportes…) que NO debe ser necesariamente la del Estado, toda vez que el Estado, por definición, es artificial. V. gr. en el caso de España, que alguien pudiera definirse como, pongamos el caso, ciudadano español de nación catalana, nos evitaría más de un conflicto.

    De aquí que no llegue a entender porqué a lo largo del discurso del Sr. Serna se use el concepto “nacional” – en su concepción decimonónica – en lugar del de “ciudadano”, en su acepción coetánea. Discurso, por demás, que cuando llega al encuentro entre el foráneo y el ciudadano (¡no el compatriota! El concepto “patria”, viene de “padre” y, por ende, de una visión natural, no artificial, de su significado) alcanza un punto crítico: la ciudadanía, matizando a Marshall, NO es “aquel estatus que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad”, es el estatus que reconoce a las personas plenos derechos civiles ante su Estado.

    Veo mal deslizarse por los conceptos, retorciéndolos. Se habla inicialmente de Estados – como marcos legales-racionales, Weber “dixit” – para pasar luego al, absolutamente académico, de “Estado-nación” y desde aquí reinterpretarlo, en última instancia, como una comunidad. El Estado, dijimos, es un pacto, una asociación artificial y, por tanto, no necesariamente sus fronteras – su marco jurídico – han de coincidir con las de una sola nación, religión, lengua o cualquier otro aspecto antropológico de las comunidades humanes. Por lo tanto, el Estado sólo reconoce derechos; las personas, sean ciudadanas o no, portan de forma inherente sus rasgos nacionales – tribales, si mejor gustan – independientemente de que aquel se los reconozca, incluso antes de que ese mismo concepto de Estado existiese. Pertenecer a una nación, a una tribu, a una comunidad, viene con nuestra condición humana: todos los humanos tienen una nacionalidad aunque no todos tienen una ciudadanía.

    2) Sr. Serna ¿tanto le cuesta emplear “Estado del Bienestar” (desde ahora EBE) en castellano? Se zafa de ese término prefiriendo el inglés “Welfare State” (?) o el despectivo “Estado Providencia” (!). Si mal comenzamos en este punto, peor lo rematamos: independientemente de que Marshall vive anclado en un eurocentrismo absurdo (pregúntele a un congoleño o a un pakistaní en qué “época histórica” está… ¿o es que las excepciones a su regla hay que aplicarlas a cuatro de los cinco continentes?), su explicación sobre la presunta quiebra del EBE denota o una ignorancia insospechada o una mala intención bien interesada del autor. El EBE fracasa por lo que se conoce como la “Perversión keynesiana”, no por “un enorme gasto social”. Dicha mala práctica socioeconómica se puso en marcha desde la II Internacional, o sea, con los gobiernos socialdemócratas europeos, especialmente en los años 60, en aras de sus ridículos objetivos políticos inmediatos y, a largo plazo, por su miedo cerval a la URSS.

    Por lo demás – y me quedé sin espacio, de ese rollo se salvan uds – coincido plenamente con el Sr. Serna, especialmente en su último párrafo, que más de uno, antes de hacer el botarate en los medios, debería leer con pausa y medida, algo cada vez más infrecuente en España.

  6. Kant

    Vaya, otro lapsus… el primer autor que cito tiene por apellido Tönnies, Ferdinand Tönnies, no lo que puse, que da risa. Perdonen, pues. Por cierto, su obra es un opúculo, fácil de leer, se lo recomiendo.

  7. Paco Fuster

    Una matización – a Justo – y una disensión – con mi amigo Kant – .

    La matización es la siguiente. Coincido en la totalidad o casi, de lo que expone Justo en su texto. Sin embargo, si echo en falta una mayor alusión a la situación histórica de la mujer (aunque lo menciona de pasada) y a su dificultad secular (no olvidemos que en muchos paises las mujeres obtuvieron el derecho al sufragio – símbolo máximo de la ciudadanía – en el segundo tercio del siglo XX, cuando no después) para acceder a la ciudadanía. Admito que es un tema muy complejo que requeriría otro post entero tal vez, pero si creo conveniente no olvidarnos de este viejo tema – el del acceso de la mujer a la ciudadanía y la resitencia por parte de los ciudadanos varones – que arranca ya con el nacimiento del propio concepto de ciudadanía (vid. Olimpe de Gouges, Condorcet).

    Hecha esta matización, me centro en el señor Kant. Y lo hago para decirle que en el punto 1 de su comentario trata usted un tema con el que discrepo. Establece usted una distinción clara entre lo que es la Nación – entendiendo esta como una comunidad cuyos miembros comparten una cultura propia (lengua, costumbres..) – y lo que es el Estado – asociaciones regidas por un pacto artificial -. Luego prosigue en esta línea y nos dice que el Estado únicamente reconoce los derechos – entiendo que se refiere a los acordados en el pacto artificial del que hablaba – mientras que son las propias personas las que tienen unos rasgos nacionales inherentes, independientemente del Estado en que se encuadren.
    Bien, mi disensión con usted es la siguiente. Comparto que el Estado sea artificial y fruto de un pacto, pero no comparto para nada que la Nación o la nacionalidad sea un rasgo innato a las personas. Es más, creo que es igualmente espurio. No creo que la nación sea un rasgo antropológico de las comunidades humanas equiparable a la religión o la lengua.
    Si trae usted a colación a Tönnies, yo por mi parte no puedo evitar mencionar a dos especialistas en el tema de la Nación y la nacionalidad, Ernest Gellner y Benedict Anderson. Al hilo de este debate que le propongo decía Gellner en “Nación y nacionalismo” y yo lo suscribo que: “Las naciones, como los Estados, son una contingencia, no una necesidad universal. Ni las naciones ni los Estados existieron en todos los tiempos ni en todas las circunstancias.” (“Nación y nacionalismo” p.6). Así pues, tan artificial es una como los otros. Lo único que yo creo natural en el ser humano es el sentimiento de pertenencia a una comunidad y los lazos que establece la cultura común, la nacionalidad y me parece un rasgo que depende mucho del contexto determinado en el que nace y crece cada cual. Esto entra en contradicción con su afirmación – la de Kant – según la cual: “Pertenecer a una nación, a una tribu, a una comunidad, viene con nuestra condición humana: todos los humanos tienen una nacionalidad aunque no todos tienen una ciudadanía.”. Yo lo dejaría en comunidad, sin equiparar este concepto al de nación (sobre el de tribu no opino porque a dia de hoy no sé todavía que se entiende por tribu en el contexto de la antropología).
    En mi opinión, la Nación es tan artificial como el Estado, es un pura “comunidad imaginada” (B.Anderson, “Imagined commmunities”) fruto de una acuerdo implícito y no tan visible como el que da origen al Estado – que conlleva una codificación de derechos y leyes, el estableciemnto de un aparato burocrático y de gobierno y un poder poder coercitivo encargado de sancionar el cumplimiento de la ley – establecido entre un grupo de personas o comunidad si se quiere, que comparten unos referentes culturales que asumen como propios. Se trata en parte y como dice Kant de un problema de conceptos, pero en resumen, mi opinión es que la nacionalidad es un artificio – la nación se imagina como dice Anderson – muy posterior a la comunidad y por tanto, no equiparable a otros elementos como lengua o religión.

  8. jserna

    La historia conceptual es una herramienta importantísima de la reflexión y del análisis: saber qué significa cada cosa en cada momento es el mejor modo de evitar anacronismos y de averiguar los usos que de ciertas palabras se hacen en esta o en aquella época. Desde luego, hay que separar entre comunidad y asociación. No figura Ferdinand Tönnies en la bibiografía que cito en el blog porque la que pongo es la última que he leído o releído (a pesar de que Tönnies y Gellner, particularmente, me interesen). De Tönnies suelo hablar en mis clases, sobre todo después de acceder a la traducción de su obra más conocida en la versión que publicara la editorial Península (colección ‘Homo sociologicus’) hace años: la comunidad es un agregado de vínculos primarios; la asociación es una entidad de lazos secundarios. La primera se basa en la lógica de pertenencia; y la segunda, en la lógica de participación. El ciudadano pertenece a una comunidad política que tiene una base jurídica pero también étnica: y eso es un serio problema. En principio, la complejidad moderna incrementa la importancia de las asociaciones y hace disminuir la relevancia de lo comunitario. En principio… Pero qué digo. Permítanme que me retire: acabo de regresar de compartir una mesa redonda sobre todo esto y la verdad es que la seriedad y la importancia de las objeciones que ustedes plantean requieren un mejor estado físico.

  9. Kant

    Dada la situación expresada por el Sr. Serna, lógicamente, esperaremos su merecido descanso y su posterior participación.

    Centrémonos, pues, en la del Sr. Fuster. Vaya por delante que me sumo a su matización sobre el siempre olvidado, secundarizado y minusvalorado papel de las mujeres. ¡Valiente Estado democrático estamos construyendo dejando de lado al 50% de su población!

    Respecto a su discrepancia conmigo, veámosla. Veo que partimos de un problema conceptual. Ya lo advirtió el Sr. Serna en su breve pero oportuna última intervención y yo, como socrático que soy, lo considero aspecto primordial: pongámonos de acuerdo con el significado de las cosas o convertiremos nuestra conversación en un esfuerzo baldío.

    Verá que yo uso la palabra nación en minúscula, ud. lo hace con mayúscula. Y es lógico, ud. y los autores a los que cita, usan esa palabra en su acepción política y, por tanto, como sinónimo de Estado (que ese su origen en la Francia revolucionaria), yo lo hago en la etnológica y, por eso, la limito a su componente cultural. Por eso, si me relee, verá que, en previsión de un comentario como el suyo, ya advertía “(—) sus rasgos nacionales (tribales, si mejor gustan – (…)”.

    A partir de ahí, comprenderá ud. porqué la nacionalidad – etnológica, no la política – es un rasgo innato de cualquier ser humano, en realidad, de cualquier primate. Los primates nos agrupamos en comunidades subsistemáticas de nuestro sistema como especie. A guisa de ejemplo – porque esto es bastante nuevo en la biología ya que el antropocentrismo secular ha hecho muy difícil la actual aceptación de estos hechos demostrables empíricamente – le recordaré que en la actualidad los chimpaces de África oriental y los de la occidental han desarrollado dos subsistemas diferenciados de desarrollo y, dentro de cada grupo, se están estudiando grupos menores que, a su vez, están forjando una identidad diferenciada. En unos millones de años, esos chimpancés se constituirán como tribus.

    Lamentablemente, nuestro antropocentrismo como especie tiene su correlato sociopolítico en el eurocentrismo: mientras nadie duda en que un cafre, un guaraní o un hotentote son una tribu, ¿quién se atreve a decir lo mismo de un alemán, un croata o un bretón?… ah, no… nosotros no somos tribus, somos naciones.

    La desdichada confluencia de una ignorancia antropológica palmaria entre nuestros teóricos y los inconfesables intereses dados por su carácter mayoritario de intelectuales orgánicos, dan lugar a ese equívoco. En otras palabras: la nación, la tribu, es innato en los seres humanos, todos pertenecemos a una. Lo que no lo es, es la pertenencia a un Estado, o sea, a lo que ud y lo que los autores con los que argumenta, llaman Nación. De tal manera que no, no es lo mismo el Estado y la nación ya que, ni mucho menos, tienen la misma artificialidad. Le insisto: siempre, siempre en el devenir de nuestra especie ha habido grupos étnicos, decenas de miles de años antes de que existiera si quiera el concepto “jefatura”.

    ¿Por qué se produce, entonces, esa confusión? ¿porqué Anderson, que ud. cita o Marshall, citado por don Justo, confunden el concepto?…

    Le responderé – y a quienes estén interesados en el asunto, también, claro – un poco más tarde. Tengo un deber ineludible que atender. Discúlpenme uds.

  10. Kant

    Regresé. Sigo.

    Copio de Wittgenstein: “lo esencial es llevar a cabo animosamente la actividad de aclarar… Todo está en orden mientras quede completamente claro…” Veamos si lo consigo. Planteaba una cuestión: si parece tan evidente la distinción entre lo innato del individuo – lo inherente a él en cuanto a ser humano – y lo racional – la decisión por él tomada en cuanto a ciudadano – ¿por qué se produce esa confusión entre la Nación, política, y la nación, antropológica?…

    La respuesta deberíamos buscarla hacia el XVIII, en la comprobación práctica, por parte de los teóricos del Estado Moderno (tal vez si usamos ese término y no el de Estado-Nación, también aclaremos las cosas) de su fracaso a la hora de llevarlo a la práctica. Tomemos el caso de Robespierre y dejemos de lado momentáneamente el asunto nacional. En su programa revolucionario venía el ateismo como “conditio sine qua non”. Su implantación fue un fracaso tan abrumador que él mismo tuvo que inventarse aquella pintoresca religión civil que, mal que bien, contentó a las masas. ¿Dónde estribó el fallo? El problema fue que las creencias, la irracionalidad, lo pasional, incluso el pensamiento mágico, son parte integrante e inextricable del ser humano. Era paradójicamente irracional mantener una política fundada en la razón. Sólo en la razón. No funciona entre los humanos sólo en el planeta Vulcano.

    Con el Estado ocurrió algo parecido. Por más que la presunta racionalidad ilustrada apuntaba a un constructo perfecto, límpido, inmaculado y, como dije citando a Weber, legal-racional, burocrático, lo cierto es que nadie se movía por una idea tan artificial. Le pasó a Robespierre y le pasó a Stalin (por poner un par de casos extremos): el Estado, por más perfecto que fuere (según ellos), no conmueve. En cambio, la tribu, la nación étnica, la comunidad de Tönnies, sí. Y así nos encontramos cómo, con el cerebral Robespierre, se impone el “Allons enfants de la Patrie…” ¿vieron?… “… de la Patrie”. Y con Stalin, la “Gran Guerra Patria”. Vaya, qué curioso, ¡la Patria! Los campeones de la racionalidad sólo podían conmover a sus ciudadanos con elementos nacionalistas. Y eso hicieron, especialmente en el XIX. Aunque se sigue practicando en el XXI, sin ir más lejos, aquí mismo ¿o no recordamos a los del “patriotismo constitucional”?… La patria…

    No encontrarán Estado Moderno alguno, con toda su carga legal-racional impoluta, con su verborrea inflexible sobre las bondades del Estado de Derecho, que no acabe sometiendo a sus etnias minorizadas a la par que desarrollando sus propios elementos nacionalitas (la bandera, “la patria”, la lengua, las costumbres, las creencias…). Tome el caso de México, de los EEUU, de Argentina, de Francia, de Yugoslavia, de Gran Bretaña… ¿seguimos?… Todos los Estados Modernos necesitan enmascarar su artificialidad. Es más, las naciones, aun minorizadas dentro de la Nación, molestan a ese Estado pues, al fin y al cabo, delatan su permanente incumplimiento de su fundamento: el pacto social y el respeto a los derechos, a todos los derechos, de sus ciudadanos. En otras palabras, delatan su simulacro de democracia, su incumplimiento del fin último de la Ilustración, la felicidad universal. Ellos son los embaucadores, no la población comanche o la frisona o la valaca o la misquita que luchan por sus derechos inalienables como seres humanos ante la opresión real, diaria y alienante de los Estados, de las Naciones, que tienen el cinismo de llamarse democráticas.

  11. Paco Fuster

    Advierto ya de entrada que presiento largo este comentario – lo digo por si alguién se asusta por la extensión, que no diga que no está avisado – por la complejidad del tema y las múltiples apostillas de Kant.
    Vaya por delante que me alegro de su unión a mi sugerencia sobre la ciudadanía femenina. Y vaya por delante también que me parece un lujo y un placer impagable poder debatir con gente como usted, con su nivel de erudición. Nos da usted unes clases de repaso veraniego sinceramente formidables (¡y gratis!). Gracias de verdad.
    Dicho esto, decididamente señor Kant, se trata de un problema de conceptos, de palabras y nombres. Dice en su primera intervención que los autores que yo cito y yo mismo, usamos el concepto de Nación – con mayúscula – en su acepción política. Pues bien, si y no. Me explico: en el caso de Anderson, si, evidentemente. Este autor lo cito para reafirmar mi opinión sobre la artificiosidad de la Nación en su concepción política, que es la única que conozco (luego aclaro esto). Sobre Gellner sin embargo, ya no lo tengo tan claro. El concepto de nación y nacionalismo en Gellner no es solo político. Usted contrapone la Nación política como sinónimo de Estado a la nación etnológica, tribal (dice en su penúltimo comentario) o antropológica (dice en su último comentario), una nación limitada a su componente CULTURAL (ahora entenderá porque lo remarco). Dice Gellner – y que conste que no pretendo citar por citar y quedar como erudito, que no lo soy evidentemente, pero si estamos hablando de Gellner mejor que hable el mismo y no que interprete yo lo que creo que dice – que son dos las condiciones que definen lo que es la nación – en minúscula lo dice – y lo hace que dos individuos sean de la misma nación: “1.Dos hombres son de la misma nación si y sólo si comparten la misma cultura, entendiendo por cultura un sistema de ideas y signos, de asociaciones y de pautas de conducta de comunicación. 2. Dos hombres son de la misma nación si y sólo si se reconocen como pertenecientes a la misma nación. Las naciones hacen al hombre; las naciones son los constructos de las convicciones, las fidelidades y solidaridades de los hombres (“Naciones y nacionalismo”, Gellner, p.20)”. Si se fija, no habla en ningún momento de política, sino que apela a la cultura, porque para el son conceptos indisociables. Mi primera intervención únicamente quería demostrar mi opinión según la cual todo lo que va más allá de la comunidad – entendiendo esta por los lazos inherentes e inevitables en toda comunidad – es artificial, imaginado, teorizado.

    Como sé que es usted aficionado a la historia y gusta de ilustrarnos con ejemplos variados, voy a hacer una pequeña incursión sobre el uso del concepto y el origen de esa confusión que usted ha intentado explicar sobre Nación política y nación antropológica.
    Para demostrar la artificialidad del Estado, apela usted a Robespierre y a Stalin. En esto – lo artifial del Estado – coincido plenamente con su planteamiento. Sin embargo, no entiendo porque dice usted que la respuesta está en el siglo XVIII y después – y dentro del mismo párrafo – atribuye el “fallo” de la confusa identificación a “las creencias, la irracionalidad, lo pasional, incluso el pensamiento mágico”, esto es, elementos propios del Romanticismo y por tanto opuestos a la Ilustración, la racionalidad y el siglo XVIII. A pesar de esta discrepancia llega usted en lo esencial a la misma conclusión que Gellner y que yo mismo, esto es, a que los Estados políticos son indisociables de lo que usted llama la nacionalidad cultural, ya que todos los Estados han necesitado apelar a estos elementos culturales (lengua, religión, costumbres…) para justificar su carácter artifical y contractual, convencional. Dice usted que los racionalistas sólo podían conmover a sus ciudadanos apelando a elementos nacionalistas. Aquí reside el problema. Yo soy partidario – ya se habrá dado cuenta – de utilizar cada palabra con un sólo significado. Si la Nación es política, lo “otro”, la cultura (lengua, costumbres…) deberá recibir otro nombre, no sé cual, pero otro; o si no, evitar el concepto de Nación política, o una cosa o la otra. De lo contrario, esto es un embrollo considerable.
    Yo creo también que una parte del lío conceptual procede de una mala traducción del alemán. Me explico: esta arraigada confusión entre nación y Estado nace según tengo entendido con el Romanticismo decimonónico. Este nacionalismo romántico (definido sobre todo por Herder y Fichte) es un nacionalismo étnico que reconoce unos lazos culturales entre los miembros de una nación y sus antepasados. El nacionalismo étnico actual – podríamos poner como ejemplo los partidos llamados por algunos “herderianos”, p.ej. CIU – bebe de estas fuentes del romanticismo alemán que lanzó el concepto de “volk” o “volkgeist”. Este concepto se puede definir de dos formas, cada cual lo hace según sus necesidades o intereses. O bien como “pueblo”, entendiendo esto como comunidad que comparte unas costumbres, usos, lengua, folclore; o bien, como nación. Aquí está evidentemente el meollo del asunto. Si lo entendemos como nación cultural, entonces si, podemos diferenciarla de la política, pero no todo el mundo lo entiende así y de aquí el problema conceptual que he tratado de aclarar, aunque no sé si lo he líado todavía más.

    Como ve, mi sorpresa inicial derivaba de la incomprensión de un concepto – el de nación cultural, étnica o antropológica – que debo confesar, me es del todo extraño. Accepto su existencia probada, pero admito que no lo he utilizado nunca en ese sentido. Yo prefiero – no si sé equivocadamente en mi tozudez – hablar de Nación política y comunidad cultural o grupo étnico, para no confundir. O esto, o limitar el concepto de nación a la cultura y optar por el de Estado para la política. Pero esto amigo Kant, no lo decido yo. Pero en caso de la segunda opción, habría entonces que llamar a la “Organización de las Naciones Unidas” y al “Torneo de las seis naciones” de rugby para decirles que estan equivocados, que a partir de ahora se deben de llamar “Organización de los Estados Unidos” y Torneo de los seis Estados. Lo veo improbable.

    Pido perdón por la extensión excesiva de este escrito pero el tema no es muy fácil de explicar y los matizes de significado de los conceptos se nos escapan. Lo siento pero no he podido abreviar más.

  12. Kant

    Evidentemente, no soy Wittgenstein y me temo que por eso, lejos de aclarar las cosas, las estoy obscureciendo. Yo quería que habláramos de ciudadanía y me veo abocado al tema del nacionalismo. Aunque casi es norma en este “blog” el suave devenir de temas alejándonos del original – ocasionalmente de forma bastante considerable – en este caso, la enjundia de la cuestión en la que nos adentraríamos creo que excede demasiado pronto, yendo demasiado lejos, del objeto del interés inicial. No le niego que en otras circunstancias tal vez me adentraría gustoso en esa selva de prejuicios – por ambas partes, pros y antis – que es el nacionalismo pero, como apunta muy sensatamente don Justo, la cuestión substancial, ahora, es la Educación para la Ciudadanía. Nos jugamos demasiado en ello. Supongo que en esto también coincidimos. Podemos solicitar del Sr. Serna otro “post” sobre el tema específico o podemos buscar otras formas de tratar, ud. y yo, este asunto pero, le ruego que volvamos a la cuestión, vaya, artificial, del asunto: la ciudadanía.

    Tampoco querría que interpretase mi anterior párrafo como un menosprecio a su última intervención, así que, si le parece – y no irrito a los contertulios que se impacientan con la derivación de nuestro diálogo – le haré alguna apostilla a sus indicaciones… ¡¡nunca darle una lección, ni en broma, caballero, que está ud. sobrado de capacidad y recursos intelectuales!!

    Decía que, lejos de aclarar, obscurecía, porque los conceptos se suceden y, con las breves líneas de las que disponemos, apenas podemos llegar a un mínimo reconocimiento. Vea el concepto “cultura”, los estadounidenses, tan amigos de la estadística, la última vez que contaron sus definiciones, sobrepasaron las nueve mil. Y no es de extrañar, parece como si cada materia de conocimiento exigiera la suya propia y, dentro de ella, cada escuela tuviera que reafirmarse en alguna específica, contando con las discrepancias personales dentro de cada una. Peor aún, lo que el español entiende como tal, perfectamente diferenciado de otro concepto, “civilización”, resulta que en el ámbito cultural anglosajón se consideran sinónimos. Si a ello une que el ámbito cultural germánico oscila entre ambas, el resultado no puede ser más incierto. En ocasiones pienso que la solución la dio don Bernat Martí, en antiguo director del SIP-Museu de Prehistòria: “cultura es cuanto no es natura”, punto. Pero, bueno, bromas a parte, nos hacemos cargo de las dimensiones de este asunto.

    Las disquisiciones que se hacen entre los etnólogos y/o antropólogos sobre las presuntas diferencias entre la Antropología y la Etnología, son estériles, no pasan del prurito académico de ver si es el concepto anglosajón (el primero) o el francés (el segundo) el que se impone. Prescindo por completo de semejantes memeces. Por eso me verá ud. usar indistintamente ambos, entre otras cosas, porque, tanto uno como otro, coinciden en el concepto tribal.

    He estudiado moderadamente la cuestión nacional y me he encontrado con autores, desgraciadamente demasiados, que me incomodan por su desvergüenza. Partiendo de apriorismos académicos o librescos y de prejuicios personales que suelen ocultar al resultarles traumáticos, ofrecen una hipótesis abstracta para definir una nación. A renglón seguido presentan un catecismo o formulario, pretendidamente neutral, para identificarla inequívocamente. Y, oh sorpresa, milagrosamente, ese formulario vienen a confirmar… ¡su propia hipótesis inicial! Me temo que Gellner es uno de estos.

    Sin salir del mismo autor, su formulario para saber si dos individuos son de la misma nación, me perdonará ud. pero su definición es claramente política, de Nación. El enunciado “las naciones hacen al hombre” – independiente de su machismo y de su uso confuso e interesado, en minúscula, del concepto – ya delatan su artificialidad, su politicidad. Son los grupos humanos los que constituyen de forma natural en naciones o tribus – todos nacemos en una – y son estas las que deciden asociarse de forma artificial para generar estructuras de poder, Jefaturas y Estados (Naciones), que sí conformarán a los individuos gracias a sus medios formativos, conformativos y coercitivos.

    Respecto al origen del Romanticismo, suelo recomendar Sir Bertran Russell y su “Historia de la Filosofía” para que se entienda que Ilustración y Romanticismo son hermanas bastardas del mismo “ennui” en el mismo XVIII.

    Desengáñese, nunca conseguirá su sueño de una palabra, un concepto. La polisemia también es consubstancial con el habla humana. De nuevo Vulcano puede ser el único lugar donde eso sea factible.

    En efecto, y esto era de lo que hablaba en mi primera intervención, la ciudadanía política es una cosa y la nacionalidad cultural otra, en ocasiones coincidentes, en ocasiones divergentes. Lo que es mentira, lo que rechazo, es el embuste interesado de los Estados Modernos del ciudadano-nacional. Sólo la idea ya repugna a la biodiversidad humana pero parece que no es así para los artífices de la modernidad… de la fracasada, por su desarrollo incompleto, modernidad.

    Lamento, definitivamente, que el embrollo conceptual lleve a situaciones tan inverosímiles como la de, al final, no saber ni a quien telefonear. Porque si, en efecto, la ONU, debería ser la OEU (como la Organización de Estados Americanos, así se denomina), con el Trofeo de las Seis Naciones pincharíamos en hueso: tendría que ser el Trofeo de las Cuatro Naciones y los Dos Estados, ¿o no? ¿Improbable?… desempolvemos la mecánica cuántica: que sea improbable no quiere decir que sea imposible.

    Me uno a sus disculpas para con los contertulios, es la primera vez que me he excedido y con mucho, la máxima longitud de mis participaciones pero el caos conceptual en el que nos hemos sumergido sólo permitía este espacio para escapar de él.

    Ahora sólo ruego una cosa: volvamos a la Educación para la Ciudadanía, por favor.

  13. Paco Fuster

    Voy a hacerle caso y a abandonar esta “batalla” dialéctica (almenos en este foro, yo estoy a su disposición en privado, tengo cuerda), porque en este caos conceptual se me antoja difícil nuestro consenso, a pesar de mis sus esfuerzos visibles (y los suyos) por explicar de forma argumentada mi postura. Yo creo que efectivamente,nos hemos alejado del tema pero tampoco tanto. Si relee el post de Justo, verá que trata múltiples temas referentes a la ciudadanía (entre ellos el de los Estados y las Naciones políticas). De hecho sobre la “Educación para la ciudadanía” sólo habla en el último párrafo.

    Huelga decir que le haría muchas apostillas a su última intervención (sobre todo en lo referente a su concepción de la obra de Gellner y su lectura de la cita), pero que nadie se asuste, no les martirizo más con el tema.
    Una cosa sí. Soy un obsesionado de las citas y sería traicionarme a mi mismo si no le expongo esto. Esa definición de cultura que atribuye a Bernat Martí me temo es original del suecano Joan Fuster, quién ya dijo en su dia que “cultura és tot allò que no es natura” (“Babels i Babilònies”, 1972). No tengo nada en contra de Bernat ni mucho menos (casualmente el miércoles estuve con él en la Biblioteca del Museo y me ayudó con un trabajo que llevo entre manos, me trató muy bien y se lo agradezco), pero al César lo que es del César, y a Fuster (no a mi, a Joan) lo que es de Fuster. Qiuzás me equivoque y Fuster lo tomara de Bernat (aunque lo más lógico seria lo contrario). Sobre esto Justo que ha trabajado a Fuster quizás nos pueda decir algo.

    Esto es todo. Me podría extender, pero voy a hacerle caso a Kant,que aunque no me quiera dar lecciones, es un maestro para mí y lo digo sinceramente, yo le considero casi (y con su permiso) como mi mentor en este foro. Volvamos pues al tema de la ciudadanía y lo hago instando y animando a los demás contertulios (incluido Justo) a que intervengan y opinen sobre lo que aquí se ha dicho. Yo lo que tenía que decir ya lo he dicho.

  14. jserna

    Me gustaría poder intervenir con enjundia, como hacen ustedes, pero la verdad es que aún no me he recuperado de mis últimos trabajos (que aún no han acabado). De todos modos, en los comentarios que introducen hay asuntos en los que estoy de acuerdo y otros en los que, lógicamente, discrepo. Nación, Estado, comunidad, asociación, etcétera, son efectivamente polisémicos y tienen una historia detrás (como el señor Kant muestra) larga, conflictiva. Como también el concepto de ciudadanía. ¿Educar para la ciudadanía? Por supuesto. He leído los contenidos de los Reales Decretos en los que se detallan los contenidos de la asignatura para Primaria y Secundaria y, la verdad, no entiendo el escándalo. O, mejor, sí que lo entiendo: la sociedad es básicamente cultura que recubre la naturaleza; las normas, valores y represiones son la cultura que nos aleja de la naturaleza; la contención y artificio y convención es lo cultural que nos distancia de lo natural (Freud se extendió sobre ello, bastante antes que Joan Fuster, claro). La religión es manifestación cultural de una comunidad moral… ¿Cómo no iba a inquietarse una Iglesia que se retrae ante lo nuevo, igualmente cultural? Perdonen que no siga: aún estoy offside. ¿Se dice así?

  15. Kant

    Lo dejamos pues, Sr. Fuster, en este foro y quedo a su disposición en cualquier otro.

    Sobre su afición a las citas le narraré el origen de la que señala porque es simpático. En 1990, don Bernat Martí realizó en Barcelona un curso en ESADE sobre gestión cultural. Uno de sus profesores, don Josep Chías, a la sazón amigo mío como amigo soy del Sr. Martí, que tiene una divertida forma de dar sus clases, entró el primer día en el aula y, casi sin tiempo a presentarse, espetó a los asistentes “¿Y qué es cultura?”. Era un truquillo ensayado mil veces antes que descolocaba a los alumnos y le daba pie para comenzar su sesión. En otras ocasiones, generalmente, los cursillistas enmudecían pasmados y confusos. En esta ocasión, una voz aplomada, seca y contundente sonó desde el final de la sala, era la de don Bernat, claro, y desde allí retumbó su “cuanto no es natura”. El descolocado y perplejo, entonces, fue el Sr. Chías.

    Tendremos que preguntarle a nuestro común arqueólogo el origen literario de su cita, aunque, no le extrañe que tenga diversas paternidades: esa diferenciación entre cultura y natura es bastante más antigua que los textos de don Joan Fuster. No sólo es tema viejo entre los antropólogos del siglo XX – una fuente de información de la que cualquier arqueólogo actual que se considere habrá bebido y de la indudablemente también bebió don Joan –. En el mismo momento que se pergeña la Enciclopedia es una cuestión que ya se baraja y que latirá durante todo el XIX. Lo cual no es de extrañar porque en el Renacimiento, con el resurgir del Derecho Romano, de nuevo tenemos a colación el asunto que no será olvidado ni en el Concilio de Trento. Ello sin olvidar que la Escolástica medieval tampoco dejó el asunto de lado dadas sus especulaciones sobre el derecho divino, el natural y todas aquellas zarandajas cristianas.

    Lo que me veo impelido a apoyar – con una sola fisura – es la nueva intervención del Sr. Serna. No se extrañen. La maldita polisemia del concepto “cultura” hace que, en este caso, se ajuste a mi propia concepción en esas circunstancias. En consecuencia, no me contradigo. No es que me moleste hacerlo pero tampoco quisiera parecer un veleta. Lo que sí hago patente, por otra parte, es que si nuestros conceptos se ajustan al ámbito del que se trata, nuestras ideas son comprensibles. Si usamos conceptos diferentes al del ámbito en el que estamos, ya no. Y eso, posiblemente, es lo que me pasó a mí anteriormente. La conversación, que comenzó siendo de orden político – o sea, de los asuntos de la polis – acabó derivando a otra de orden antropológico y así, las piezas no cuadran y el discurso chirría.

    La fisura estriba en que si bien el éxito humano en recubrir la naturaleza de artificialidad es indudable, como él afirma, no es menos cierto que eso mismo conlleva su fracaso evolutivo como especie: cuanto más se ha alejado de su referente natural, cuanto menos ha entendido que sólo somos una pieza más de un macrosistema planetario y que, por eso, necesitamos armonizar nuestro desarrollo con nuestro ámbito ecológico, más nos hemos disociado de nuestra viabilidad. Por eso hablaba del fracaso de la Modernidad más arriba. Su planteamiento de que la naturaleza es una fuente inagotable de recursos primarios para el desarrollo material de (algunas) personas, es lo que ha permitido el desastre medioambiental en el que vivimos y en ese desastre viene incluida la destrucción de la biodiversidad a un ritmo galopante, sin precedentes, y de ella, la aculturación de miles de comunidades humanes, la alienación de otras tantas y un alud de desaparición, de etnocidio, de pueblos y culturas humanas en su nombre.

    Donde sí cierro filas con él es ante el melifluo olor a sotana. La animadversión católica a la ciudadanía es comprensible: su primer acto realmente político, cuando alcanzó el poder en Roma, fue acabar con la ciudadanía romana, fue abocarnos al medievo, donde campó a sus anchas y donde nos quiere devolver apoyándose en el patético espectáculo que da la postmodernidad. Recuperar la dignidad ciudadana en todo su esplendor y civilidad y revisar los planteamientos dieciochescos de la Ilustración para armonizar cultura y natura son dos de los frentes que más temen los cristianos, es en ellos donde más hay que incidir.

  16. Kant

    Pero, vamos a ver, Sr. Serna… ¿ud. me quiere matar a mi a disgustos? ¿tanto le cuesta poner que está “fuera de juego” en vez de ensayar con ese anglicismo de “offside”?… que, por cierto, sí, está bien escrito. ¡Por amor a la lengua, no colabore ud en aquella campaña “destrossem la seua llengua”!… ¿la recuerda? :-)

  17. Kant

    O han estado uds en la playa este fin de semana o, me temo, que el Sr. Fuster y yo les hemos agostado el “post” con nuestra derivación hacia el tema de la identidad étnica de los ciudadanos. Ambos nos disculpamos por ello y, en consecuencia, me reitero en proseguir con el asunto que el Sr. Serna nos propuso inicialmente.

    Don Luís Quiñones – que deduzco es maestro de enseñanza – aportaba un tema bien sensible para el ámbito académico: la previa existencia de las materias – y sobre todo, del espíritu – de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, de Civilidad, vaya, impregnada en las ciencias sociales y en la literatura. A mi, con todo, me gustaría que, independientemente de la aparición de la nueva asignatura, las antedichas no aflojaran en ello y, sobre todo, que las asignaturas científicas se sumaran a ello. Es bastante descorazonador asistir a clases de físicas, químicas o matemáticas en las que los mismos profesores recriminan a sus alumnos por padecer de “formulitis” (aprendizaje memorístico de las fórmulas que permiten la resolución de problemas sin comprender su significado) son los primeros que las enseñan desprovistas de cualquier factor humano vinculado con el progreso de la ciencia.

    Es en el campo del progreso científico – y no en el filosófico – donde los poderes reaccionarios pusieron más empeño y obtuvieron sus mayores derrotas y, por eso, su descrédito social. Frente a la abstracción de las ideas filosóficas y, por ende, su limitación a círculos intelectuales, tan interesantes como intrascendentes, los científicos eran capaces de crear aplicaciones prácticas y tecnológicas que, llegando al común de la sociedad, hacían tambalear las instituciones reaccionarias: desde las vacunas (frente a las oraciones) a la libre navegación (frente al comercio feudal), desde los ordenadores (ante el rosario) a la libertad sexual (ante la castidad), la ciencia a generado razón, la razón, crítica y la crítica a demolido las creencias mágicas de las religiones y la ha concienciado de las condiciones reales de la socioeconomía a amplísimos segmentos sociales. Por eso han sido tan furibundamente perseguidos a lo largo de la historia cristiana y por eso, ahora mismo, la derecha más cavernícola del país – asistida por las iglesias cristianas e islámicas – se encabezona en su rechazo al estudio genético, la eutanasia, la procreación asistida, la inteligencia artificial…

    No caigamos, pues, en la comodidad de hacer descansar en esa asignatura recién creada la responsabilidad de dar a conocer el concepto, los derechos y deberes de los ciudadanos y persistamos en introducir en todas las asignaturas el componente humano de las mismas – conozcamos a las personas y las circunstancias en las que la ciencia tuvo trabajar y enfrentarse al mundo basado en creencias y verdades únicas – y dotémoslas de su mejor instrumento de trabajo y aprendizaje, la razón. Será la mejor manera de coadyuvar la ciudadanía. Sin razón, sin crítica, no hay ciudadanos más allá de otra declaración formal más.

    Esa “ciudadanía universal foucoliana” que traía a colación, yo creo que muy acertadamente, doña Julia Puig, sólo será posible cuando se concrete, en el mundo real, la ciudadanía concreta de cada uno de los Estados. Por eso espero que la asignatura de Civilidad sirva para comenzar, de una vez, a seguir el adagio lívico aplicado a la democracia española: “facta, non verba”. Ya está bien de declaraciones, intenciones y legislación hueca, actuemos ya. En un país, donde su ex-presidente de Gobierno, tiene el cinismo – ayer mismo lo tuvo – de declararse perseguido, como se persigue actualmente la libertad en España, y lo dice sin rubor y con descaro, alentado y alentando por/a millones de ciudadanos incapaces de desarrollar un pensamiento crítico constructivo, se tienen que cambiar las cosas de raíz. Y la raíz es la razón, y el árbol que genera, la crítica, y uno de sus frutos, la civilidad.

    Ese es el temor que genera la asignatura, esa es la batalla que hemos de ganar.

    PS para doña Marisa Bou. Señora mía, aquí, aprender, aprendemos todos de todos. Dese también por saludada en lo que a mi respecta, agradable joven.

    PS para don Jaime. Caballero, puedo augurarle que, en cuanto don Justo recupere fuerzas, podrá deleitarnos con su experiencia en Gandia que será grata para todos los contertulios. Y ojo, porque también aquí las vacaciones acechan.

  18. Pavlova

    Advierto que me voy a quedar de cancerbera involuntaria de éste blog, pronto desierto, rumiando los avatares de la nueva asignatura que, como gatos panza arriba, la oposición ataca sin argumentos que no sean de caverna. Nada he dicho porque, curiosamente, estoy de acuerdo con todos ustedes, con lo que dicen y con lo que rebaten y creo que es porque lo hacen desde esa posición científica a la que alude Kant.

    Lo que no he visto en todo éste tiempo, ni aquí ni en ningún lado, y quizás sea porque no resulte correcto, pero nací predispuesta por una incorrección familiar genética y voy a ello; no he visto, digo, que nadie aduzca, contra los improperios de nuestra caverna aznarina-rajoyana-clerical, en referencia a la imposición de unos criterios en la educación, castrando la libertad que defienden como si fuera suya (igual que España), que nadie diga los años, lustros, décadas en que nos fueron impuestas, por los mismos que braman indignados, al menos dos asignaturas que sólo eran a mayor gloria de ellos: La formación del espíritu Nacional y la Religión, que aún colea. Yo, y perdón que me ponga como ejemplo, pero me tengo cerca y me conozco bien, durante todo mi bachillerato (mi hermana continuó durante la carrera, a mí ya eso no me llegó), he tenido que estudiar dos asignaturas, sobre todo la segunda, evaluada, calificada y muy tenida en cuenta, en la que se afirmaba que las gentes como mis padres debían ser exterminadas; que irían al Infierno sin remedio; que el sexo era pecado y que Franco era bueno y que había salvado la Patria, entre otras muchas cosas que no quiero recordar y que todos conocen. Por no decir la Historia “adaptada” que nos daban a todos y hasta la Geografía y la Filosofía.

    Estos señores se permiten decir ahora que una asignatura que trate de conducir a las criaturas por caminos éticos, manipulará sus tiernas cabecitas y que el Estado no es quién para hacer eso. Aparte de la fobia a todo lo que sea ciencia (qué razón tiene Kant, hijo de mi vida), lo que tiene ésta gente es un morro que se lo pisa.

    Perdón por la última expresión, pero mis hijos están de vacaciones, charlamos mucho y, quieras que no… Influye :-)

  19. Paco Fuster

    ¡Que no cunda el pánico! Voy a referirme al último comentario de mi amigo Kant, pero tranquilos, no hay motivo para la alarma. Al contrario, en este caso intervengo para suscribir de principio a fin su comentario. Sobre todo, me parece muy interesante y importante la idea que esboza sobre la necesidad de introducir un componente humano en las asignaturas como química, física, matemáticas… En este sentido, me ha hecho usted recordar a un profesor de química de mi instituto (un buen tipo, no lo dudo) que disfrutaba provocando a los alumnos “de letras”, a través del desprecio hacia nuestra especialidad, animando a sus alumnos “de ciencias” a mofarse de nosotros. Era uno de esos que olvidan como usted muy bien dice, el componente humano de las ciencias y menosprecian el Latín por su carácter de “lengua muerta” lo que equivalia para él a decir inservible. Ya no digamos la historia, ¿la historia?, ¿para qué?, ¿eso de qué sirve?. Seguro que conocen gente así. Yo cuando les escucho me acuerdo de una frase de Buñuel que creo que gustará a Kant (por lo que le conozco, imagino que aunque es ilustrado y racionalista por naturaleza, también concede una gran importancia los elementos irracionales y oníricos del ser humano, como dejó claro en un comentario de la célebre polémica). Decía Buñuel: “La ciencia no me interesa. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son preciosas.”. No hay que tomarlo al pie de la letra, porque la ciencia nos interesa, pero la idea se capta bien.

    Salvo esta anécdota que he recordado, en lo demás asiento. No sólo se debe educar para la ciudadanía en esta asignatura, pero poco a poco. Como decía muy acertadamente una profesora mia a la que aprecio mucho, los cambios legales siempre van por delante y son más “fáciles” de llevar a cabo que los cambios culturales o de mentalidad de una sociedad, que requieren normalmente de períodos muy largos. Como ella decía, a menudo, la ley (en este caso la que aprueba esta asignatura) es condición necesaria pero no suficiente.

    A la señora Pavlova decirle que me alegra mucho su reaparición, por un momento pensé que Kant y yo estabamos intercambiando pareceres y nadie nos escuchaba. Aunque como usted bien dice, es curioso que esté de acuerdo con lo todo lo dicho (supongo que querrá decir con la mayoría) porque se ha dicho mucho y muy variado. Sobre su comentario un apunte. Si que se ha hablado (yo lo escuchado mucho en la radio) sobre el tema de la asignatura de Religión. Lo que ocurre es que la opisición y los medios que han criticado la Educación para la ciudadanía, se han preocupado mucho en insistir en el hecho (que para ellos es vital) de que la Religión siempre ha sido (almenos cuando yo estudiaba antes no lo sé) una asignatura optativa y voluntaria (siempre había o debía haber una alternativa para los alumnos como yo que no querían adoctrinarse en el buen camino), mientras que la nueva asinatura es obligatoria. Este hecho, el carácter obligatorio y por tanto ineludible, es el que ha hecho que la “caverna aznarina” que usted dice haya emprendido una cruzada en defensa de la objeción de conciencia, alegando que entra en conflicto con las propias convicciones de conciencia por tratar temas referentes a modelos de familias y matrimonio, orientación afectivo-sexual y otras propias de la ideología de género que afectan directamente a la formación moral de los alumnos. Esto es, lo mismo que la Religión pero con el matiz este que le digo, que una era voluntaria y la otra obligatoria.

    PS para Kant: Ayer me puse en contacto con usted por otras vías, pero he tenido últimamente (precisamente ayer) algún problema con este medio que alteró momentáneamente su correcto funcionamiento. Lo digo por si no ha recibido mi misiva, me lo haga saber en cuanto pueda.

  20. jserna

    Estimada Pavlova, este viernes próximo, en Levante-EMV, publico un artículo titulado así: ‘Formación del Espíritu Nacional’. Espero ser suficientemente… ¿duro, analítico?

  21. Kant

    Doña Ana, no le he dicho nada en este “post” dada nuestra ultimamente habitual coincidencia de pareceres. Parece mentira: hace unos meses diríase que distábamos un universo y, ya ve, a fuerza de razonar conjuntamente, no parece que la discrepancia tenga una distancia mayor – siguiendo las proporciones cósmicas a las que me refería – que la que une Galapagar con Catamarruc.

    En fin, me limito, pues a enviarle mi cordial saludo estival y mi solidaridad en la homérica función de (involuntarios) custodios (junto a otros, como el sr. Fuster o algún maldito/a tímido/a que nos leen en silencio pecaminoso) del “blog” de don Justo. Espero que esto no acabe como “Beau gest” (novela que incendió mi imaginación infantil).

    Don Paco, trataré de enmendarme.

    Don Justo ¡no se extralimite en esfuerzos! y, desde luego – salva sea la memoria de “nuestro” don Jozé (“Bueno’ día’ a todo’… Buenos días don Jozé”) – cargue ud sin resquemor contra la FEN, a ver si los presuntos desmemoriados niegan ahora su vicio nefando

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