Ya lo sabemos: el esfuerzo a que estamos obligados es un doble castigo: por un lado, es una condena bíblica, metafórica y mítica; por otro, es un hecho cierto y nada simbólico, el deber de trabajar. Hubo un tiempo en que Adán y Eva paseaban por el Edén oreado. Edén: tiene nombre de bar de carretera. Digo… que, cuando Adán y Eva se abandonaban al deleite y a la holganza, carecían de atropellada inquietud y de premura: caminaban fresquitos, mirando la minucia de aquel vergel, tan reciente y espeso. No sentían la amenaza de la naturaleza tupida, el abrazo de su flora o el acoso de su fauna. Los nombres y las cosas coincidían, la timidez y el esfuerzo no existían, y el Dios tutelar observaba su creación con benevolencia, orgullo y algo de guasa. Se sentía satisfecho, sí, y la verdad es que, aunque mejorable, el Paraíso parecía un auténtico jardín. Todo acabó, sin embargo. ¿Fue la salida de Adán y Eva un retorno? No, por supuesto. ¿No hay regreso en la eternidad de una vida por vivir. Fue un ingreso en el tiempo y en el pavor, en el laboreo y en la repetición. En ello estamos aún, cuando cada otoño se avecina, cuando concluye el ciclo: avergonzándonos de la molicie a que nos hemos entregado, y repudiando el porvenir y las tareas sucesivas. Veo distanciarse el verano, aquel edén. Mañana empieza mi auténtica temporada laboral…
Me pregunto a qué demonio debo esta expulsión.


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