El lunes 17 de septiembre publiqué en Levante-EMV un artículo titulado «Retrato del villano«, sobre Jaime Giménez Arbe, alias El Solitario: sobre su imagen, sobre el aura mediática que le rodea… Al escribirlo me valía de ese libro titulado Fichados que aquí empleé meses atrás. Hoy leo en la prensa nuevas revelaciones sobre las actividades del presunto atracador. Creo que vale la pena releer lo que el lunes publiqué y lo que El País (José A. Hernández) o Abc (Ep) abordan otra vez y con nuevos datos. En uno u otro caso, el asunto es la imagen del ladrón, el prestigio del ingenio criminal, la intuición del delincuente. Llevamos siglos con historias de atracadores que burlan el acoso de la policía, con cuentos en los que el las fechorías las comete un villano amigo del pueblo, con relatos en los que el olfato le salva de su captura. Pero llevamos años y años también con la moraleja finalmente establecida: el delincuente nunca triunfa. Creo que el caso de El Solitario se presta a numerosas interpretaciones: tiene algo de literaria, algo de estrella mediática: una figura que dice emplear todo su ingenio para cometer trapacerías que ponen en jaque a la sociedad. Pero el presunto delincuente es también un supuesto homicida al que se le atribuyen crímenes execrables, algo que rebaja sin duda su prestigio criminal.
Pensaba en todo esto y, por asociación, pensaba igualmente en la literatura policial del siglo XIX. La ciudad, esa ciudad industrial y multitudinaria a la que acuden tantos y tantos rústicos del Ochocientos. Es el ámbito del anonimato, el lugar en el que es más fácil parapetarse tras la semejante apariencia de las cosas y de las personas: los potentados parecen potentados y los obreros se asemejan a los obreros. Adoptar una indumentaria genérica sirve para pasar inadvertido… Por eso, la policía ha de mejorar sus métodos de pesquisa y, por ello, la figura egregia de Sherlock Holmes se alza como héroe tutelar en un medio urbano que es, literalmente, un bosque, con numerosos árboles, con abundante vegetación y con tumultuosa fauna que a todos confunden.
«–Considerándolo todo –dijo Holmes–, creo que su decisión es acertada. Tengo suficientes pruebas de que le están siguiendo en Londres, y entre los millones de habitantes de esta gran ciudad es difícil descubrir quiénes son esas personas o qué es lo que se proponen». Eso lo leemos en El sabueso de los Baskerville, al que he regresado en la edición reciente de Valdemar (2006).
O como, en otra página, le dice nuestro detective a Watson cuando éste muestra indecisión a propósito de las lecciones o consecuencias a extraer:
«–¿No se le ocurre ninguna? Ya conoce mis métodos. Aplíquelos».
Ya conoce usted mi método: se basa en la observación de los detalles, de aquello aparentemente irrelevante que acaba siendo significativo. Es un método semiótico, basado en los síntomas o en las huellas, en los restos o en los atisbos. Así nos lo explicaron Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok en uno de los capítulos de El signo de los tres, un libro-homenaje a Arthur Conan Doyle y a Charles Sanders Pierce que organizaron Umberto Eco y Thomas A. Sebeok.
El delincuente, leemos en los relatos del siglo XIX, no pregona su imagen delictiva. Se vale de su aspecto anodino para emboscarse, efectivamente, tras su indumentaria repetida, su índole previsible. En principio no hay nada en él que delate su condición, pero el detective es como un médico que distingue los síntomas gracias a su experiencia clínica. O es como un microhistoriador que sabe rastrear entre documentos inertes que no parecen tener sentido ni conexión (así lo dijo Carlo Ginzburg). El observador ve algo que desentona, algo que sobresale: un punctum que rasca, que hiere la vista, que atrae la atención de quien está entrenado para ver y discernir. Pero ese rasgo aparentemente extraño o incoherente ha de ser objeto de hipótesis. Conan Doyle lo dejó dicho: primero, las hipótesis lógicas; sólo al cierre, cuando no hay interpretación convincente, lo sobrenatural. Sorprendentemente, el autor de Sherlock Holmes se dejó atrapar por el espiritismo. Así lo revela en sus memorias. El gran detective jamás lo hubiera hecho. Holmes no se resignaba a las conjeturas infundadas o a la influencia de los fantasmas (a pesar de la gran tradición británica de ghost romance): como uno de sus personajes, tampoco el investigador quería caer de lleno en plena novela barata. En efecto, «Holmes no prestaría atención a tales fantasías, y yo soy su ayudante», dice Watson en otra página de El sabueso de los Baskerville. De lo que se trata, en todo caso, es de dar con el criminal, insertando su acción en un relato coherente en el que cada uno tenga su papel…
Releo esta novela de Conand Doyle (que leí por vez primera en la menesterosa colección de RTV a comienzos de los 70) y confirmo las virtudes del relato clásico. La Inglaterra victoriana es el escenario de una lucha por la propiedad, por una herencia de siglos. La continuidad histórica no ha alterado el poder terrateniente, que subsiste en plena sociedad capitalista, como también sobreviven sus tradiciones y leyendas. De una de ellas espera servirse un segundón dinástico para quedarse con la fortuna que viene del siglo XVII. En esta novela, Conan Doyle narra los delitos en el Ochocientos valiéndose del folclore tradicional. Es un cuento de crimen y castigo, de reparación, un cuento de presuntos fantasmas.
Regreso a El solitario, a su tratamiento mediático. ¿Y qué encuentro? Una novela barata, diría el personaje de Conan Doyle. ¿De fantasmas o de fantasmones? Relean, conmigo, cómo acaba José A. Hernández su crónica para El País: «Utilizaba crema Nivea tras los atracos para suavizar sus grandes manos, que se tapaba con esparadrapo para no dejar huellas dactilares allí donde pudiese tocar. A su novia de Brasil le preguntó, ante de viajar a Figueira, como se decía en portugués ‘esto es un atraco’. Lo quería saber para que le entendiesen adecuadamente. Jiménez Arbe lo tenía todo planificado. Sólo se le escapó pensar que ya podía estar bajo la lupa de la policía. Una vez detenido, tardó en comprender que aquel había sido su último atraco«. ¿Quién es el autor de esa frase…, José A. Hernández? No me digan que no es el final de un folletín del Ochocientos. Sólo un reparo: si los dedos están forrados con esparadrapo, entonces no hay huellas; y si no hay huellas, la lupa de la policía no puede distinguir atisbo alguno. Entonces, ¿para qué y por qué El Solitario nos muestra su dedo (o su huella) en la foto superior? No sé: parece estar en una novela del siglo XIX. En cambio, en el siglo XXI nos las vemos con el CSI…
Ahora bien, dicho esto, me doy cuenta de que regresamos a la ficción.
Uf.
Fin.
————-
Atención: Nuevo post el viernes 21 de septiembre, a poqueta nit…


Deja un comentario