1. ¿Historia?
El miércoles 19 de septiembre se inauguró en el Museu Valencià de la Il·lustració i la Modernitat (MUVIM) una muestra histórica titulada Dos siglos de industrialización en la Comunidad Valenciana. Está comisariada por Juan Lagardera con el apoyo, entre otras instituciones, del Colegio de Ingenieros Industriales de Valencia y la Diputación de Valencia.
Anaclet Pons y yo hemos contribuido con un capítulo del catálogo y con las pesquisas sobre ciertos fondos que debían exponerse. Mi sensación ante los resultados es ambivalente: me reconozco y no me reconozco en una exposición de la que mi compañero y yo no hemos sido los comisarios. Esos sentimientos particulares son, sin embargo, irrelevantes para el gran público o para los espectadores que acudan a ver dicha muestra. Está concebida para ilustrar, precisamente: no para contentar a los estudiosos o a los académicos o a los eruditos o a los historiadores. Admitamos eso de entrada.
Será bueno el resultado si el gran público obtiene una imagen de conjunto, si los espectadores aprenden algo que ignoraban. Sorprende la ignorancia que del pasado puede llegar a tenerse: muchas personas viven en un presente eterno que no se consume y de cuyo origen nada saben. ¿Puede vivirse así? Puede vivirse felizmente, desde luego, sin interrogarse sobre lo que nos precede y condiciona. Pero el presente dura, sucede y, a la postre, debemos acarrear con las consecuencias de nuestros actos, como cargamos con los efectos de lo que nuestros mayores hicieron.
Como dice el narrador-psicoanalista de La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld, «el hombre feliz no mira hacia atrás. Vive en el presente. Y ahí está el problema. El presente nunca puede darnos una cosa: sentido. Los caminos de la felicidad y del sentido no son los mismos. Para encontrar la felicidad, un hombre sólo necesita vivir en el instante; sólo necesita vivir para el instante. Pero si quiere sentido», añade el narrador, «deberá rehabitar el pasado, por oscuro que fuere, y vivir para el futuro, por incierto que sea».
Los resultados de dicha Exposición serán igualmente interesantes si los responsables de las empresas actuales se hacen cargo de su pasado, de sus restos, de sus vestigios materiales. En distintos puntos del País Valenciano hay depósitos de piezas industriales que están esperando su adecuada conservación, su restauración, su catalogación… El abandono o la incuria no pueden durar: tienen responsabilidad las firmas y las instituciones, los mecenas y los cargos públicos.
Insisto: el gran público, los dirigentes políticos y los industriales han de rehabilitar y rehabitar ese pasado. Como dice Jed Rubenfeld en La interpretación del asesinato, la vida ha puesto delante «de nuestros ojos la felicidad y el sentido, y se limita a urgirnos a que elijamos una de las dos cosas. En cuanto a mí, siempre he elegido el sentido», apostilla con grandilocuencia. Sin duda se refiere a la pesquisa sobre el pasado: al significado que vincula los tiempos pretéritos con nuestro presente. Si invocamos la felicidad (en su acepción más banal), si creemos vivir en un presente que no dura, entonces el resultado será previsible: el pasado nos limitará sin saber por qué ni cómo. Al igual que un psicoanalista ayuda a exhumar lo reprimido o lo olvidado, el historiador incomoda y desentierra lo que estaba censurado u oculto de un proceso colectivo. Al igual que el narrador freudiano de La interpretación del asesinato opta por averiguar el significado, también el historiador se inclina por trazar un sentido al pasado que nos llega.
Quizá sea una dejación abandonarse a la felicidad entendida como el simple discurrir de las cosas. Pero no pensemos que, habiendo optado por el sentido, el problema del pasado y de su conocimiento ya está resuelto. Los psicoanalistas disputan por la interpretación, como también los historiadores. Un sentido anacrónico del pasado puede alterarlo, condicionarlo, mixtificarlo. Una reducción de lo pretérito a las necesidades del presente, también; sobre todo si tomamos el hoy como la justificación del camino: si las cosas han acabado bien, por qué no vamos a reconstruir alegremente ese proceso que se consuma en nuestros días. Desde luego soy contrario a esta concepción de la historia que tanto se extiende en exposiciones, en conmemoraciones y en otros regocijos públicos.
Quisiera reproducir los primeros párrafos del capítulo que Anaclet Pons y yo hemos escrito para el catálogo de esta exposición industrial. Es, creo, un aviso para navegantes… de la historia. O un preservativo contra la felicidad.
«La historia no es un proceso que se desarrolle consumando finalmente lo que ya estaba en origen. Tampoco es una narración coherente en la que todo encaje para conformidad común o alivio general: ni siquiera es recorrido continuo que nos transporte desde un momento original a otro superior que lo justificaría. Si así fuera, los historiadores no seríamos más que cronistas, como dijera Walter Benjamin: enumeradores de acontecimientos pasados, de glorias menudas o gigantescas en confusa mezcla. Si así obráramos, reuniríamos bajo una cronología lineal un cúmulo de acontecimientos y sucesos o una retahíla de fechas y personajes. Si así empleáramos los documentos, en fin, cultivaríamos una historia monumental. La historia monumental, al decir de Friedrich Nietzsche, es aquella en la que el cronista da un sentido memorable a lo pretérito, a la sucesión de lo ocurrido: el relato de una gesta unívoca que, llegando al presente, racionaliza retrospectivamente y nos conforta.
Las cosas no han ido necesariamente así ni tampoco hay una única forma de examinar, de explicar y de comprender el pasado. El mismo Walter Benjamin postulaba una recuperación selectiva y fragmentaria de lo inerte histórico: proponía detenerse en ciertos instantes del pasado, instantes que nos iluminan, que nos interpelan y, por eso, nos fuerzan a darles sentido. De este modo, evitaríamos aquel procedimiento basado en la simple adición, que solamente nos proporciona una masa de hechos para llenar un tiempo supuestamente homogéneo y vacío. Cambiando la perspectiva no veríamos trayectorias ascendentes, victorias señaladas, consumaciones, sino sobre todo múltiples líneas contradictorias, proyectos alternativos, cosas que fueron y desaparecieron o futuros posibles que no cuajaron. Si la historia la vemos así, quizá nos sea más sencillo evitar la simple sucesión lineal: ya no podremos ofrecer al espectador una perspectiva coherente, mansa, complaciente, de una realidad que es compleja y dispersa.
Si hablamos de empresarios y de empresas, de fábricas y de fundiciones, podemos decir que por cada éxito, por cada compañía que logra triunfar, hay un sinfín de fracasos, de ilusiones truncadas, de proyectos frustrados, de quiebras. Mirémoslo de este modo, entendamos que las imágenes del éxito sólo son una posibilidad, que las cosas no estaban destinadas necesariamente a tener fortuna, que esas fotografías que ahora vemos, que ahora se exponen, son semejantes a las instantáneas que hubieran podido encargar aquellos que se quedaron en el camino. Por supuesto, habitualmente sólo tenemos la huella del esfuerzo victorioso, sólo nos quedan los catálogos de las empresas que vendieron sus productos, los retratos de quienes las capitanearon. Podemos observar sus membretes, sus máquinas, las fotografías de la fabricación. Y las poseemos porque ellos, los que tuvieron éxito, sí que las guardaron: con esa conservación quisieron inmortalizar su fortuna y quisieron dar orden y sentido a su gesta, esa que otros no pudieron completar y que ahora sólo queda entrevista…»
2. Hemeroteca
Artículo de JS (Crítica de una Exposición histórica, mayo de 2001)
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-«Credo y Ciudadanía«, Levante-EMV, 24 de septiembre de 2007
Artículo de JS sobre Educación para la Ciudadanía
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-«El pasado industrial valenciano mira al futuro«, Levante-EMV, 26 de septiembre de 2007
Artículo de Manuel García Ferrando sobre la Exposición Industrial del Muvim.


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