1. La Monarquía. Leo en Levante-EMV un despacho de Efe. Son palabras del Jefe del Estado. El Rey ha destacado en Oviedo, durante el acto de apertura del curso universitario, que «la monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución» ha determinado «el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España«. En su intervención, don Juan Carlos ha pedido que se forme a los jóvenes en «convivencia democrática, entendimiento y respeto mutuos, tolerancia y libertad» porque son ésos los valores que han hecho posible este período de estabilidad democrática«.
Son dos ideas interesantes, sí: la función de la Monarquía y el papel de la educación cívica. Las instituciones son creaciones humanas, un entramado de redes o de relaciones urdidas a partir de centros que reúnen poder o influencia: centros que también encarnan simbolismo o representación. Ninguna de esas posibilidades son excluyentes. Fíjense que en su alocución universitaria don Juan Carlos hablaba de la Monarquía parlamentaria. Hablaba de una institución política que adjetiva: hablaba, en fin, de un sistema representativo (el parlamentario) que en origen –en el siglo XIX– fue liberal pero no democrático. Por supuesto estas precisiones no son irrelevantes, dado que los régimenes liberales de la Monarquía española del Ochocientos fueron cualquier cosa menos democráticos: en 1845, por ejemplo, los derechos políticos estaban sería, muy seriamente, restringidos y, por tanto, el sufragio sólo podían ejercerlos… cuatro y el de la guitarra (si ustedes me permiten emplear la expresión castiza).
¿Que estas limitaciones no se debían a la exclusiva responsabilidad de la Corona? Por supuesto, una parte decisiva de los liberales españoles excluyeron políticamente a aquellos que decían invocar: la nación. Pero la Corona tenía un papel interventor, controlador, de origen absolutista, muy alejado, por ejemplo, del modelo británico. La Reina Isabel II, que fue vilipendiada, denostada, ridiculizada por una parte de sus camarillas y opositores, fue una soberana temprana y toscamente educada bajo los principios políticos del absolutismo que su padre (Fernando VII) supo aplicar con saña. Isabel Burdiel ha sabido tratar este asunto de manera atinada en un libro sofisticado: Isabel II. No se puede reinar inocentemente. Allí hay páginas de un patetismo extremo: vemos a una soberana tristemente cómica, risible; a una reina a la que se la estigmatiza por el hecho de ser mujer poco fiable, rodeada de cortesanos y familiares con intereses espúreos o contrarios a la propia institución monárquica que los nutre.
Repaso lo anterior, reparo en las palabras de Juan Carlos, en la precisión del adjetivo (Monarquía parlamentaria) y aún la veo insuficiente si no relacionamos ese calificativo con la Constitución a la que el Rey finalmente alude, la del 78: con todas las servidumbres que se quiera (después de una dictadura), pero ésa es la primera gran Constitución democrática que regula en España las funciones de la Monarquía, que limita su poder.
Releo lo anterior y de repente me acuerdo de una incongruencia típica de columnista monárquico: lo que el domingo pasado leí en Abc. Era en el suplemento D7: en particular en la sección de Valentí Puig, titulada «La semana en un bloc». «En la historia de la España moderna, la monarquía tiene algunos defectos; la república, prácticamente todos«, concluía Puig. Es, sin duda, un pensamiento erróneo, una comparación confusa. Ahora bien, tiene el brillo de la concisión y el prestigio del aforismo, algo que el escritor balear aprendió de su admirado Josep Pla…
Pero que parezca un pensamiento exacto no quiere decir que lo sea, por descontado. Puestos a comparar, la Monarquía sale peor parada que la República. En la España del siglo XIX, los problemas dinásticos que se originan a la muerte de Fernando VII –el Deseado o el Rey felón– provocan tres guerras civiles (las llamadas guerras carlistas). ¿Que la causa de esos enfrentamientos no es exclusivamente la pugna entre las distintas ramas de los Borbones? Por supuesto: en la España del Ochocientos, las luchas dinásticas son el envoltorio de numerosos conflictos enconados, irresueltos. Pero, atención, la Monarquía española del XIX es simplemente desastrosa si la comparamos con su equivalente británica, pues –como dijo Isabel Burdiel en un artículo abajo reproducido– «en realidad, la Monarquía británica era una ‘república disfrazada’ al servicio de los intereses de unas clases medias amenazadas por aspiraciones políticas y cambios socioeconómicos muy rápidos e intensos»…
2. Revista de prensa
Martes, 2 de octubre. Leo El País, leo Abc, leo El Mundo…, los tres coinciden en el titular de primera plana: «El Rey reivindica…»
3. Hemeroteca
-«Caudillos«, Levante-EMV, 1 de octubre de 2007
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–Reseña crítica del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (de Fernando Savater), Ojos de Papel, 1 de octubre de 2007.
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Esta tarde, 5 de octubre, nuevo post titulado «La historia y los jóvenes»




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