La Monarquía…

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1. La Monarquía. Leo en Levante-EMV un despacho de Efe. Son palabras del Jefe del Estado. El Rey ha destacado en Oviedo, durante el acto de apertura del curso universitario, que “la monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución” ha determinado “el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España“. En su intervención, don Juan Carlos ha pedido que se forme a los jóvenes en “convivencia democrática, entendimiento y respeto mutuos, tolerancia y libertad” porque son ésos los valores que han hecho posible este período de estabilidad democrática“.

Son dos ideas interesantes, sí: la función de la Monarquía y el papel de la educación cívica. Las instituciones son creaciones humanas, un entramado de redes o de relaciones urdidas a partir de centros que reúnen poder o influencia: centros que también encarnan simbolismo o representación. Ninguna de esas posibilidades son excluyentes. Fíjense que en su alocución universitaria don Juan Carlos hablaba de la Monarquía parlamentaria. Hablaba de una institución política que adjetiva: hablaba, en fin, de un sistema representativo (el parlamentario) que en origen –en el siglo XIX– fue liberal pero no democrático. Por supuesto estas precisiones no son irrelevantes, dado que los régimenes liberales de la Monarquía española del Ochocientos fueron cualquier cosa menos democráticos: en 1845, por ejemplo, los derechos políticos estaban sería, muy seriamente, restringidos y, por tanto, el sufragio sólo podían ejercerlos… cuatro y el de la guitarra (si ustedes me permiten emplear la expresión castiza).

¿Que estas limitaciones no se debían a la exclusiva responsabilidad de la Corona? Por supuesto, una parte decisiva de los liberales españoles excluyeron políticamente a aquellos que decían invocar: la nación. Pero la Corona tenía un papel interventor, controlador, de origen absolutista, muy alejado, por ejemplo, del modelo británico. La Reina Isabel II, que fue vilipendiada, denostada, ridiculizada por una parte de sus camarillas y opositores, fue una soberana temprana y toscamente educada bajo los principios políticos del absolutismo que su padre (Fernando VII) supo aplicar con saña.  Isabel Burdiel ha sabido tratar este asunto de manera atinada en un libro sofisticado: Isabel II. No se puede reinar inocentemente. Allí hay páginas de un patetismo extremo: vemos a una soberana tristemente cómica, risible; a una reina a la que se la estigmatiza por el hecho de ser mujer poco fiable, rodeada de cortesanos y familiares con intereses espúreos o contrarios a la propia institución monárquica que los nutre.

Repaso lo anterior, reparo en las palabras de Juan Carlos, en la precisión del adjetivo (Monarquía parlamentaria) y aún la veo insuficiente si no relacionamos ese calificativo con la Constitución a la que el Rey finalmente alude, la del 78: con todas las servidumbres que se quiera (después de una dictadura), pero ésa es la primera gran Constitución democrática que regula en España las funciones de la Monarquía, que limita su poder.

Releo lo anterior y de repente me acuerdo de una incongruencia típica de columnista monárquico: lo que el domingo pasado leí en Abc. Era en el suplemento D7: en particular en la sección de Valentí Puig, titulada “La semana en un bloc”. “En la historia de la España moderna, la monarquía tiene algunos defectos; la república, prácticamente todos“, concluía Puig. Es, sin duda, un pensamiento erróneo, una comparación confusa. Ahora bien, tiene el brillo de la concisión y el prestigio del aforismo, algo que el escritor balear aprendió de su admirado Josep Pla…  

Pero que parezca un pensamiento exacto no quiere decir que lo sea, por descontado.  Puestos a comparar, la Monarquía sale peor parada que la República. En la España del siglo XIX, los problemas dinásticos que se originan a la muerte de Fernando VII –el Deseado o el Rey felón– provocan tres guerras civiles (las llamadas guerras carlistas). ¿Que la causa de esos enfrentamientos no es exclusivamente la pugna entre las distintas ramas de los Borbones? Por supuesto: en la España del Ochocientos, las luchas dinásticas son el envoltorio de numerosos conflictos enconados, irresueltos.  Pero, atención, la Monarquía española del XIX es simplemente desastrosa si la comparamos con su equivalente británica, pues –como dijo Isabel Burdiel en un artículo abajo reproducido– “en realidad, la Monarquía británica era una ‘república disfrazada’ al servicio de los intereses de unas clases medias amenazadas por aspiraciones políticas y cambios socioeconómicos muy rápidos e intensos”…

2. Revista de prensa

Martes, 2 de octubre. Leo El País, leo Abc, leo El Mundo…, los tres coinciden en el titular de primera plana: “El Rey reivindica…”

3. Hemeroteca

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-“Caudillos“, Levante-EMV, 1 de octubre de 2007

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Reseña crítica del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (de Fernando Savater), Ojos de Papel, 1 de octubre de 2007.

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Esta tarde, 5 de octubre, nuevo post titulado “La historia y los jóvenes”

22 comments

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  1. Hemeroteca

    Una familia en el Trono
    Isabel Burdiel, El País, 31/08/2007

    En 1867, el periodista y analista político británico Walter Bagehot escribió una obra titulada The English Constitution cuyo objetivo era analizar el secreto de la estabilidad política británica frente a las convulsiones que experimentaron casi todos los otros regímenes europeos durante la primera mitad del siglo XIX. Aquel secreto eficaz consistía, a su juicio, en la cuidadosamente preservada relación entre mito y realidad respecto al ejercicio efectivo del poder que, sin reglas escritas, había sido transferido desde un monarca que gobernaba sólo en apariencia a un gabinete responsable primordialmente ante los Comunes. El desvelamiento de la intencionadamente obscurecida relación entre el ejercicio dignificado (dignified) y efectivo (efficient) del poder tenían en Bagehot un sentido que oscilaba entre la descripción y la prescripción. Entre una herramienta de análisis y una guía política de tintes maquiavélicos para afrontar los retos de gobernabilidad en la Inglaterra capitalista y liberal.

    Frente a los toscos y peligrosos alardes revolucionarios europeos, la delicadeza del sistema británico había consistido (debía seguir consistiendo) en reducir al mínimo los cambios en la apariencia del funcionamiento del gobierno del país al tiempo que éste era alterado de forma dramática y definitiva. La estabilidad victoriana (la envidia de todos los liberales europeos) se sostenía sobre la capacidad de la Monarquía para representarse (y dejarse representar) como un referente de autoridad al tiempo que, en la práctica, la Reina había sido despojada de todos sus poderes legislativos y ejecutivos relevantes. En realidad, la Monarquía británica era una “república disfrazada” al servicio de los intereses de unas clases medias amenazadas por aspiraciones políticas y cambios socioeconómicos muy rápidos e intensos.

    Sin embargo, para que aquella noble mentira funcionase a largo plazo, para que la Monarquía conservase su papel de preservadora de un sistema de deferencia capaz de acolchar el conflicto social y no fuese intercambiable con un régimen republicano, la realeza debía tener la habilidad de variar, no sólo su comportamiento público (político) sino también el privado. Paradójicamente, el monarca impotente, inactivo en el espacio de la política, debía ser muy activo y muy potente en la representación pública de su vida privada. Debía estar preparado, de hecho, para asumirla como un espectáculo popular capaz de sublimar (y representar) los valores morales de la sociedad en su conjunto y, muy especialmente, aquellos valores burgueses relacionados con la familia, el autocontrol, el trabajo y el mérito. Por eso, para Walter Bagehot, “una familia en el Trono es una idea interesante”. Una interesante idea (de ingeniería política) porque la eficacia de la Monarquía como elemento de cohesión social habría de medirse por su capacidad para inscribirse en el orden de lo más cotidiano y de lo más íntimo, en el reducto de los valores asociados simbólicamente a lo que (entonces y ahora) se consideraba el gran cemento de una sociedad ordenada y estable: la familia o su imagen idealizada de lugar de encuentro de los hombres y las mujeres con su yo más íntimo, con su auténtica realidad, con sus aspiraciones y logros más esenciales. También con sus demonios.

    La conversión de las vidas privadas de los reyes en materia de interés público tiene una larga trayectoria pero, en el sentido que acabo de aludir, es un producto necesario del muy complicado y en ocasiones violento proceso que ha conducido (en varios países democráticos, entre ellos España) a la Monarquía parlamentaria en la que el Rey reina pero no gobierna. Un tipo de Monarquía que, en todos los países donde pervive, ha ido depurando su representación de la unidad nacional no sólo, ni fundamentalmente, en un sentido político sino moral: como encarnación de los valores y aspiraciones (sueños y demonios) de las familias de clase media.

    Comparto con El Roto -un humorista poco sospechoso de complacencia con los poderes constituidos- la opinión de que la ya célebre portada veraniega de El Jueves es un atentado a la inteligencia. Entre otras cosas porque -como en el muy prepolítico exabrupto de Iñaki Anasagasti- busca anular y tergiversa toda posibilidad de conocimiento serio respecto a lo que significa (y puede significar) “trabajar” para un miembro de una Casa Real que reina sin gobernar. La cuestión no estriba (sólo) en la manifiesta grosería machista de la viñeta o en que su secuestro comprometa la libertad de expresión y sea, a su vez, otro insulto a la inteligencia -deliciosamente decimonónico, por cierto- en la era de información digital. La cuestión estriba en qué se está diciendo (a un nivel cultural y político profundo) con esa viñeta. Sobre qué sustrato de ideas compartidas se asientan la crítica y el chiste, o su posibilidad como tal. Los propios humoristas de El Jueves -buscando exculparse probablemente- lo han dejado claro. La viñeta y su alusión a los 2.500 euros que (también) les corresponderían a los Príncipes pertenecen al mismo género, a la misma concepción compartida de la representatividad idealizada de la familia real que las fotos de verano en Marivent. No se trata de que en una Monarquía democrática no debería haberse secuestrado El Jueves. Se trata de que tan sólo en una Monarquía democrática tiene sentido (puede entenderse) el chiste de El Jueves, o su posibilidad como tal. Utilizar a los Príncipes para criticar la desenfocada medida del Gobierno de Zapatero de subvencionar con 2.500 euros el nacimiento de un hijo -independientemente del nivel económico de los padres- tan sólo tiene sentido en un universo de democratización efectiva de la Monarquía en la que ésta asienta su valor simbólico (como el resto de la realeza europea) en la incesante representación pública de una familia en difícil equilibrio entre normalidad y excepcionalidad.

    El pasado 14 de abril, Antonio Elorza escribía en este periódico que la deriva populista de la Monarquía -enfatizada por el matrimonio del Príncipe de Asturias con Letizia Ortiz- hacía que la realeza basculase en exceso hacia la normalidad minando el aura de excepcionalidad tradicionalmente asociado a la Corona. Con un curioso argumento para un nostálgico de la República, afirmaba que el acercamiento de la familia real al pueblo, sus usos y sus normas, privaba de sentido a la institución monárquica. O al contrario, la historia dirá. De hecho, el incidente veraniego de la viñeta aludida y la explotación de su estela, demuestra que la familia real sigue siendo el centro de un sistema simbólico, de un espectáculo popular (en el sentido que Bagehot creía necesario para dotar de arraigo a la Monarquía) que abarca desde las revistas del corazón (supuestamente monárquicas) hasta las supuestamente antimonárquicas como El Jueves.

    No se trata sólo de recordar que la Monarquía actual ha ayudado decisivamente a consolidar en España las mejores aspiraciones y los logros de la II República, o que la historia demuestra hasta la saciedad que no hay relación necesaria entre democracia y república. Las dictaduras más sangrientas se han desarrollado en un marco republicano. Las ostentaciones de privilegio y despilfarro -como por ejemplo la boda de la hija de Aznar en El Escorial- no son patrimonio exclusivo de las monarquías. Se trata de constatar el no tan extraño fenómeno por el cual los esforzados humoristas de El Jueves no han hecho otra cosa que demostrar su plena inclusión (vía explotación comercial) en ese sistema simbólico (y político) para el cual “una familia en el Trono es una idea interesante”. Así es que la cosa no pasa de ser otro jueves de verano en Marivent.

  2. Roberto Scalfaro

    Todas las excusas del mundo se han utilizado para justificar las monarquías. ¿Para qué sirven? Parásitos y ociosos. Viven a expensas del erario público.

  3. Jaime

    Me parece interesante el articulo de la Prof. Burdiel pero lo del Jueves no es un asunto de verano como dice.

    Ha ido a más pues la crítica al rey ya no es solo la de la revista. Se está removiendo la monarquia? Cómo explicar esto?

  4. Arnau Gómez

    Aunque sentimentalmente la II República está en el corazón de muchos de nosotros, el (j.d.d.) pragmatismo político y el peligro de una involución fascista, que no está latente,sino cada vez más patente,nos hace ser defensores de la monarquía refrendada en la Constitución,muy imperfecta,con muchas carencias,pero que ha impedido a la derecha fascista-aznarista,que dice defender esa Constitución,cambiarla (Sirera dixit) o ,simplemente, derogarla y substituirla por una más acorde con sus miras ideólogicas y de poder.
    El retrato de Fernando VII (el deseado y, añado, nunca conseguido) nos debe recordar que el absolutismo (antecedente del totalitarismo) fue el que produjo en España, un siglo y más de medio de otro, de inseguridad e inestabilidad política y social.
    Dicen que quien no se conoce la Historia,puede tener la tentación de repetirla.No nos dejemos tentar por el demonio fascista.

  5. Pipi olo

    Hola serna soy Pipi olo. He vueltooooo!

    Nadie te quiere nadie te contesta nadie te escribe nadie te dice nada. Tu “blog” es una ruina hostia!. Donde están los Veirats y los kants? Adiósssss

  6. Roberto Scalfaro

    Pipiolo, usted como que demuestra sus deficiencias neuronales en los diferentes blogs. Déjese de ñañerías y haga comentarios interesantes, si puede.

  7. Paco

    Pipi oooolo tiene razón! Los espesos y los listos se van de aquí a pensar a otro lado y quien viene? Scalafaro. Y dice “ñañerias”? Peso eso què es?

    Menos mal que queda el señor Arnau!

  8. Kant

    Don Orín – supongo que eso de Pipi será alguna denominación familiar – ya advertí que leería el “blog” de don Justo aunque no pudiera participar en él con la asiduidad de antaño. No obstante, descuide, estoy haciendo las gestiones correspondientes para volver a él lo más pronto posible.

    Por otra parte, advierto que presenta ud. un encefalograma semejante al de mi muy querido don Paco, no se preocupe, aunque algunos insisten en que lo suyo es genético, yo confío en la educación y, poco a poco, acabaremos haciendo de ud. – como de él – una persona de provecho para la sociedad.

    Les reconoceré a todos los demás una cosa, no he podido leer las diferentes aportaciones de hemeroteca con el cuidado que requerirían – lo siento, admirada doña Isabel – y el “post” de don Justo lo hice al salto de mata pero, así y todo, por mejores argumentos que se me presenten hay algo que considero obvio: una jefatura – de lo que sea – hereditaria, es una desigualdad flagrante.

    Si tenemos la osadía de hablar de ello aplicado a una colectividad humana – que no de un grupo de primates, con su macho alfa a la cabeza – a la que, además, queremos adornar con la idea de que dicha colectividad pretende regirse por los valores democráticos más avanzados, no alcanzo a ver cómo prescindiendo de uno de los tres pilares de la democracia moderna (Igualdad, Libertad y Fraternidad), vamos a conseguir el mismo propósito moderno y democrático para aquella.

    Mientras no resuelvan esto, el resto son monsergas.

    Por otro lado y desde otra perspectiva, si tan espléndido papel hace el ciudadano Borbón (y familia) y tan amado es por su pueblo – el español – tampoco llego a ver qué inconveniente hay en que las masas enfervorecidas de ciudadanos, pasmadas por su buen hacer como jefe de Estado, le alaben el gusto depositando un voto en una urna cada equis tiempo para ratificarlo como tal y, encima, lo renueven en el cargo “per saecula saeculorum”… aunque, claro, que si los señores Putin o Morales pretenden estar como jefes del Estado en más de dos legislaturas, eso, me dicen, es antidemocrático. En cambio, un rey constitucional, o sea, un jefe de estado vitalicio y hereditario, es la repanocha de democrático. Ay, qué cosas tienen uds, dilectos monarcófilos democráticos… demasiado complicado para que lo pueda entender…

  9. Pavlova

    Mi querido Kant, no puedo por menos que estar completamente con usted. Es que la cosa es tan de cajón que uno se queda perlejo de que no se entienda a la primera, aunque no sé por qué, justamente ahora, la derecha se acuerda de ello. Es que no saben qué hacer ya.

    Y permitame que le diga que me ha encantado su contundente aserto: “Mientras no resuelvan esto, el resto son monsergas.”

    Yo recuerdo aquello que estudiábamos de chicos, eso de que las razas, antes de desaparecer, en su degeneración, crecen; cada vez más grandes, (más altos) y con las cabezas más pequeñas… Pero, ya digo, eso lo sabemos desde chicos ¿Es hora, precisamente ahora, el momento de recordarlo?

    Leyendo los telegramas de Pipiolo y de Paco, he llegado a pensar ¿Serán borbones?

  10. Pavlova

    “Ñañerías”… hasta el más lerdo, en el primer momento, puede notar que es un error de pulsación, pero estoy pensando que no, que ñiñerías puede sonar hasta cariñoso y no es eso: Ñañerías, sí señor, lo que dicen esos dos son ñañerías. Hay que avisar a los remozadores del María Moliner :-)

  11. Pavlova

    Niñerías, quise escribir, claro, no ñiñerías. Por mucho que la eñe se haya internacionalizado tampoco es eso.

  12. Miguel Veyrat

    Por mucho que lo desearan algunos, nadie abandona a Justo Serna. Simplemente, la vida nos lleva aquí y allá, y a veces el ordenador no hace el papel de corazón gobernando el pulso de la sangre.
    Quería simplemente decir dos cosas, en esta ocasión: Ante la alternativa de tener que votar cada cuatro años a Felipe González, Aznar o a cualquier otro camaleón felón y oportunista como Presidente de la República, prefiero, por ahora y mientras no florezca una generación de intelectuales digna de presidir la vida moral y política de los españoles, la monarquía parlamentaria —por mucho que me entristezca la debilidad mental de la que dan prueba los sucesores de Juan Carlos I, que al menos ha demostrado ser bastante “listo”. Segundo, quizás si Inglaterra es hoy una república con Monarca a la cabeza y Francia una monarquía encabezada por un Presidente, se deba a que ambas naciones supieron cortar a tiempo, un buen día, la cabeza al Monarca. Los pueblos francés y británico entendieron y procuraron organizarse desde entonces para administrar conjuntamente “lo suyo”.

  13. jserna

    Kant dice… “si los señores Putin o Morales pretenden estar como jefes del Estado en más de dos legislaturas, eso, me dicen, es antidemocrático. En cambio, un rey constitucional, o sea, un jefe de estado vitalicio y hereditario, es la repanocha de democrático”.

    Admitirá que los casos no son comparables. Mientras los poderes de Putin y Morales son ejecutivos realmente, los de un monarca constitucional son menguados. Bajo un marco constitucional, don Juan Carlos y sus sucesores a la Corona no pueden hacer política propiamente. Decía literalmente Max Weber –en la edición de Joaquín Abellán– que política es “la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder (…) entre los distintos grupos humanos que éste [el Estado] comprende”. Es dudoso atribuirle a al monarca esa capacidad de distribución del poder entre los distintos grupos: desde ese punto de vista, no hace política: ejerce un simbolismo. Se me dirá que tiene una función militar destacable –la máxima– que le reconoce la Constitución. En realidad, el papel que realmente se le reserva al monarca es el más limitado que pueda pensarse entre los empleos políticos ejecutivos del Estado. Por supuesto, el presidente del Gobierno puede llevarnos a una guerra con el apoyo de una mayoría parlamentaria que le sea afín; el monarca, no. Putin o Bush o Morales pueden llevar sus respectivos países a la guerra…

  14. Roberto Scalfaro

    Vaya, cuanto revuelo ha causado la palabra “ñañerías”. Investiguen estimados contertulios, revisen las jergas, el argot de alguna tierra distante y simbólica, allí encontrará tal vez a los ¿ñaños? ¿ñañes? Adelante que podrán dar con la señal correcta.

  15. Arnau Gómez

    ñaño, ña.

    (Del quechua ñaña, hermana de ella).

    1. adj. Bol., Ec. y Perú. Unido por amistad íntima.

    2. adj. Col. y Pan. Consentido, mimado en demasía.

    3. adj. Pan. Dicho de un hombre: homosexual (‖ con tendencia a la homosexualidad). U. t. c. s. m.

    4. m. y f. Ec. hermano (‖ persona que con respecto a otra tiene el mismo padre y la misma madre).

    5. m. y f. Perú. niño (‖ persona que está en la niñez).

    6. m. Chile. Hermano mayor.

    7. f. Arg. y Chile. Hermana mayor.

    8. f. Chile. niñera.

    9. f. Nic. excremento (‖ residuos que despide el cuerpo por el ano).

    Real Academia Española © Todos los derechos reservados

  16. Kant

    ¿Cómo que no son comparables, admirado polígrafo?… Vaya por delante que no podré responderle con el fundamento que se merece por la vida alocada que llevo estas semanas pero confío en su buen criterio para leer mis apresuradas palabras en el orden republicano que trato de darles.

    De entrada, volvemos a tropezar en un punto en que en algún otro “post” nos hemos encontrado: el de argumentar con opiniones – en este caso, la del señor Weber – lo que es producto de una determinación legal, ajustada a derecho y por ello, interpretable pero no opinable.

    En el caso que nos ocupa, es precisamente la Constitución española la que da al ciudadano Borbón una capacidad ejecutiva desconocida en otros lares monárquicos. Lejos de “no poder hacer política propiamente” no sólo el rey de España la hace sino que se le reconoce como virtud en los medios cortesanos de comunicación (“artífice de la Transición”, “eje moderador de las partes”, “portador de la Democracia”… etcétera). Mas, no divaguemos con ello y atendamos al fundamento legal.

    El Artículo 56.1. de la Constitución española dice: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.”

    En fin, ya me dirá ud si esto no es hacer política. Item más. La comparación con cualquier otro monarca europeo empalidece al más audaz. Pero eso no es todo. El artículo 62 del mismo texto señala las funciones del rey:

    a) Sancionar y promulgar leyes.
    b) Convocar y disolver las Cortes Generales y convocar elecciones en los términos previstos en la Constitución.
    c) Convocar a referéndum en los casos previstos en los casos previstos en la Constitución.
    d) Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución.
    e) Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su Presidente.
    f) Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros, conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes.
    g) Ser informado de los asuntos de Estado y presidir, a estos efectos, las sesiones del Consejo de Ministros, cuando lo estime oportuno, a petición del Presidente del Gobierno.
    h) El mando supremo de las Fuerzas Armadas.
    i) Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, que no podrá autorizar indultos generales.
    j) El Alto Patronazgo de las Reales Academias.”

    Y por si ello fuera poco, adjunta en los artículos, 63…

    “1. El Rey acredita a los embajadores y otros representantes diplomáticos. Los representantes extranjeros en España están acreditados ante él.
    2. Al Rey corresponde manifestar el consentimiento del Estado para obligarse internacionalmente por medio de tratados, de conformidad con la Constitución y las leyes.
    3. Al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz.”

    y 64…

    1. Los actos del rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso.
    2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden.

    Estas atribuciones son desconocidas en otras monarquías europeas y son, evidentemente, actuaciones políticas por más “moderadas” que aparezcan. Lo cual, siendo malo, no es lo peor.

    El rey – que la Constitución se empeña en escribir con mayúscula como si fuera un nombre propio – como ostentador del mando supremo del ejército (apartado h del artículo 62) puede aplicar el artículo 8.1 de la misma Constitución que dice “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”

    En otras palabras que si el ciudadano Borbón de turno entendiera, él, que la soberanía de España está en peligro o su integridad territorial puedire afectarse (pongamos – es un poner – por caso que el conflicto vasco se resuelve democráticamente y producto de esa decisión admitida por los tres poderes del Estado, la Comunidad Foral Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca pasan a ser la República Navarra de los Vascos), sencillamente, puede tomar las medidas que considerase oportunas, por ejemplo decretar un estado de excepción. No, a una guerra en el exterior no nos puede llevar pero a una persecución interna, sin duda alguna… y con la Constitución en la mano.

    Un dato final, desconozco los sistemas constitucionales de Bolivia y Rusia pero, precisamente el escándalo constitucional que se ha producido en los EEUU – y del que acá (casi) nadie se ha hecho eco, todo sea dicho de paso, intrépidos periodistas – es que al Irak no sólo han ido de espaldas a las resoluciones de la ONU sino retorciendo la Constitución estadounidense hasta convertirla en un guiñapo. En otras palabras: mientras el presidente de los Estados Unidos no puede declarar una guerra ni actuar militarmente contra su propia población – Constitución en mano – en España sí puede, constitucionalmente, decretar una ley marcial que interrumpa la Constitución y masacre decisiones democráticas.

    Es otro de esos pequeños flecos que “algún día” se tendrán que contemplar a la hora de modificar la Carta Magna… pero no corre prisa.

  17. jserna

    Admirado e ilustrado Kant: ¿usted se ha sentido especialmente incómodo con la actuación del monarca en los últimos treinta años? ¿Ha visto que las atribuciones que le reconoce la Constitución impidan el libre desarrollo de la democracia? En el Ochocientos, la monarquía parlamentaria pero no democrática fue un desastre. Ahora, en España, vivimos tan ricamente gracias a que la autoridad real está sometida a la voluntad democrática. Sin duda, vivimos tan ricamente si nos comparamos con ciertas repúblicas increíblemente peores. Y todo eso, teniendo en cuenta las competencias que establece la Constitución. Ah: y no soy especialmente monárquico. Ni mucho menos. Pero tampoco soy utópico o soñador. Como escribía en la reseña del libro de Savater, creo que debemos ser maquiavélicos y realistas.

  18. Kant

    Respondo a su encuesta, dilecto caballero. A la primera la cuestión: no, no me he sentido especialmente incómodo con la actuación del monarca. A la segunda cuestión: no, no se ha impedido el libre desarrollo de la democracia dentro del concepto que la Constitución del 75 tiene como tal.

    De ello, no obstante, no se puede inferir la bondad de la monarquía como principio rector de una vida plenamente democrática. En todo caso, la sagacidad y bien hacer del ciudadano don Juan Carlos de Borbón, un hombre que podría haber sido un excelente presidente de la República. Pero, creo que coincidiremos todos en que una cosa es el llamado juancarlismo y otra la monarquía.

    De hecho, sin negarle a don Juan Carlos sus méritos y aún presumiendo un futuro adecuado en manos de su hijo (de funesto nombre, por cierto, no ha habido Felipe bueno hasta ahora; repasen los cinco anteriores y verán) ¿qué ocurrirá con su nieto? ¿y su bisnieto?… ¿por qué vivir con esa espada de Damocles? ¿o acaso tiene esa familia una tradición genética que les asegura la mesura (Felipe V), la visión de Estado (Fernando VI), la visión estratégica (Luís I), la cordura (Carlos III), la negociación (Carlos IV), la tolerancia (Fernando VII), el diálogo (Isabel II), la apertura de miras (Alfonso XII) y el aprecio popular (Alfonso XIII)? Puede que en otra dinastía de algún idílico lugar pero no es el caso que nos ocupa.

    Aquí, por otra parte, no creo que se debata tanto sobre la actuación de un monarca concreto sino sobre el sentido general de la institución que encarna. Ciertamente hay repúblicas infinitamente peores que esta monarquía, como hay monarquías infinitamente peores que la peor de las repúblicas democráticas. A la postre, somos humanos, nuestra obra no es perfecta, es corruptible y puede fracasar. Pero – Platón nos acoja – especulamos sobre lo bonancible de una monarquía (hipotética) para la democracia (excelente) y, como ya vimos más arriba, el problema del “ciudadano privilegiado vitalicia y hereditariamente” es algo que ya repugnaba a los romanos pues el principio de igualdad democrática desaparece. No alcanzo a ver, pues, porqué hemos de caer en manos de Augusto en vez de corregir los humanos problemas de la República.

    Más me preocupa esa referencia a don Nicolás Maquiavelo, aunque siendo su fuente el señor Savater, tampoco resulta extraño.

    Refresquemos “El Principe”, capítulo V: ‘De qué manera deben gobernarse los estados que, antes de ocupados por un nuevo príncipe, se regían por leyes propias’.

    Tras subrayar el autor, con su famoso candor, que los pueblos “avezados a vivir en la obediencia a un príncipe” son estados muelle, de fácil control por el poder, contrasta que “En las repúblicas, por el contrario, hay más valor, mayor disposición de ánimo contra el conquistador que luego se hace príncipe, y más deseo de vengarse de él. Como no se pierde, en su ambiente, la memoria de la antigua libertad, antes le sobrevive más activamente cada día, el más cuerdo partido consiste en disolverlas (…)” Y en el mismo capitulo ofrece un recetario para lograrlo (en lenguaje moderno: desestructuración de las libertades consolidadas hasta hacerlas desaparecer, ruina económica, generación de conflictos internos que permitan la intervención represora del poder…). Caramba con las recomendaciones del demócrata del señor Savater.

    No obstante, por último, coincido con ese alegato a favor del realismo. Precisamente por eso me irrita la ficción de la “monarquía constitucional”. No deja de ser un simulacro de democracia, no deja de ser una idea utópica en el mejor de los casos, o sencillamente, una idea desquiciada, un oxímoron: la monarquía es el poder de uno y la constitución es la compilación legislativa que reconoce el poder de todos.

    Por eso, la peor República democrática es preferible a la mejor Monarquía constitucional. En ambas la democracia es un bastión incontrovertible pero aquella parte de la realidad colectiva, de la imperfección humana y de su capacidad de corregirse a través del refrendo electoral cada equis años; en esta, la base es iluminación de un individuo, incuestionable, intocable, ajeno al refrendo popular, por encima de los demás, y, por ende, de facto, entendido como perfecto, vitalicio y con capacidad para transmitir sus dones por generaciones hasta el final de los tiempos. Sí, seamos realistas, seamos republicanos.

  19. Pavlova

    Amén, Señor Kant, amén. No se puede decir mejor ni de modo más realista. Claro que no es cuestión de lo bien o lo mal que lo haga Juan Carlos (que a mí sí me molesta, aunque no se me haya preguntado), es cuestión de la institución porque nada garantiza que por el mero hecho de nacer de una madre y no de otra, se sea más o menos listo o con mayores o menores condiciones para nada, ni siquiera se puede garantizar la belleza o el color de los ojos. El problema es que, en una monarquía real, no en ésta surrealista traída por el bellaco traidor, aunque Juan Carlos fuera retrasado mental, psicópata, ciego-sordo-mudo o simplemente como Marichalar, sería rey. Si se hubiera abolido la Ley Sálica, la próxima reina sería su hija Elena.

    El mayor problema de la monarquía española es el de la incertidumbre. Juanito ha salido aceptable, pero ¿y los siguientes? y si son descerebrados ¿Qué va a pasar con nuestra monarquía de quita y pon, que se ha saltado una de sus normas más características, la de la continuidad? Puede haber muy graves problemas, me parece.

    Sí, seamos republicanos. Sigamos siéndolo. Ser republicano no depende de si sale bueno o malo el rey de turno, como si de un melón se tratara, es, precisamente y entre otras cosas, no querer correr ese albur. Fundamentalmente por sentido práctico.

  20. jserna

    Queridos amigos, no sé si han dado cuenta de la lógica final de su argumento: un rey incapaz tiene todo tipo de filtros o reparos u obstáculos para hacer sus demencias; un presidente de la república –con auténtico poder ejecutivo– puede ser un demente sin que las atribuciones de su empleo se vean mermadas. Lo bueno de la monarquía limitada, parlamentaria, constitucional y, finalmente, democrática es que, al final, es irrelevante quién desempeñe esa función. Eso sí: siempre que lo haga con correción simbólica e institucional.

    Dice el señor Kant: “Por eso, la peor República democrática es preferible a la mejor Monarquía constitucional”. Pues no sé qué quiere que le diga. Imagino la peor república democrática y me sobrecojo. Imagino la mejor monarquía constitucional (¿Inglaterra, por ejemplo?) y me apunto…

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